Disclaimer: Por si a alguien se le olvidaba, dado que no lo anuncio desde hace 6 capítulos, ninguno de los personajes me pertenece.

Sí, bueno. Me tardé un año. La cháchara viene más abajo.

!A leer!


8. Estremecimientos de frío y calor

Se miraron. Fue uno de esos silencios, aquellos en los que está a punto de definirse algo importante y la mente más que incomodarse por la falta de ruido, se tensiona ansiosamente visualizando sin palabras y sin una lógica real de pensamiento los próximos cinco o diez segundos, generando una especie de piquiña cadenciosa y frustrantemente intangible. El peso de este silencio y la odiosa piquiña, recorrían con confianza y libertad el —últimamente— sobre estimulado vientre de Ahome, quien además sentía la lengua entumida mientras sus manos iniciaban un leve temblor. Todo eso en conjunto con la mirada dorada que le taladraba el alma.

Verle una expresión desagradable no era del todo un acontecimiento nuevo, aunque en sentido general sus miradas de rabia y desprecio estuvieran dirigidas a los múltiples, múltiples, múltiples enemigos que se les deslizaban en el camino. Las peores, las mortales y realmente venenosas eran condecoración especial para los que se atrevieran a tocarle un pelo a ella, y dado su extraño don para atraer circunstancias, personajes y maldiciones fatales, en realidad las estadísticas indicaban que Inuyasha miraba de forma terrible muchas veces a la semana. Pero esta era una excepción remarcable, muy remarcable, porque indudablemente el foco de su ceño fruncido y sus ojos ardorosos definitivamente era ella, muy ella, tan ella como la noche anterior cuando la observó con frescura antes de dormirse. Y esta excepción dolía, y este dolor tenía la grandiosa capacidad serpentina y sigilosa de deslizarse entre el cuasi cólico producido por la piquiña frustrantemente intangible que le generaba EL silencio. Por lo tanto tenía en el vientre ya un pequeño revoltijo de sensaciones que empezaban a pesar como los parpados a las tres de la mañana en frente de un libro de matemáticas, aunados a esa realmente desagradable e inoportuna voz interna que parecía querer clavarle a inyeccionazos la necesidad de decir algo. Lo que fuera.

Los segundos transcurrieron y Ahome percibió el sonido estruendoso antes de verlo: Inuyasha se había movido con extraordinaria velocidad para golpear el tronco más próximo a su ira, que profirió un desgarrador ruido al agrietarse peligrosamente y temblar. Ahome se estremeció en tanto él sacó a colmillo de acero y la agitó con fuerza sobre otro tronco que pereció bajo un límpido corte. Luego levantó de nuevo la espada y atravesó otro tronco, y otro, y otro más.

Al menos el silencio había sido reemplazado por árboles chocando pesados contra el suelo, pájaros huyendo de sus nidos y los gruñidos caninos que expulsaba el causante del alboroto. Ahora extrañó el silencio.

Sin ser muy consciente de ello, lanzaba pequeños gemidos por cada nuevo árbol derribado y sintió sus manos cerrándose en puños cuando él arrojó la espada con ira contra el suelo y luego se giró para enfrentar su mirada de nuevo. Su pecho se movía irregularmente de arriba hacía abajo, respirando con dificultad y su expresión era absolutamente letal. La mente de Ahome pareció reaccionar por fin y le envió un pensamiento profundamente desagradable: la extraña idea de que Inuyasha se desquitaba con los troncos por no hacerlo con ella directamente. Su cuerpo tembló.

Se miraron de nuevo. Entonces La Extraña Idea de que él escogía tumbar árboles en lugar de tomarla por los hombros y sacudirla como a una maraca le pareció ahora muy extraña porque reconoció de repente a la persona que tenía en frente, y esa persona, por encima de todas las demás, preferiría (con igual nivel de drama verbal) cortarse ambas manos antes que hacerle daño. Sin embargo, él gruñó por lo bajo.

—Le mataré —musitó Inuyasha con voz filuda y asesina. Ahome tuvo la terrible impresión de que hablaba completamente en serio y su corazón se achicó con la imagen de ellos peleando—. Te ha herido, le mataré —repitió como si sintiera asco de hablar, escupiendo cada sílaba.

Estaba real, cabrona, e impotentemente furioso.

—Inu… yasha —susurró ella con un ruidito bajo e irritantemente femenino. Se reprendió mentalmente por su falta de solidez bucal. ¿Cuántas veces al mes utilizaría ese tono melodramático y entrecortado para decir esa palabra específica? Su voz se encontraba carrasposa y seca.

—Maldición… ¡Demonios! —gritó él mientras desviaba la mirada una vez más de su cuerpo, de su piel y ojalá también de su olor. Sentía que era increíble lo que su olfato le decía y rogaba con todas sus fuerzas que fuera un error, que el aroma de Sesshomaru envolviera a Ahome por una razón distinta—. Estoy tan —susurró mirando al suelo con odio, mientras buscaba un término que abarcara al menos alguna de sus negras emociones. Entonces la enfocó de nuevo. —… tan furioso.

Ahome permaneció en silencio un minuto entero, observándole. Había dicho su nombre pero no como preámbulo de una frase coherente. Aún no había mandado a hacer las frases coherentes, apenas estaban horneándose y sólo tenía el tiquete de solicitud de compra en las manos, temblorosas además, como su patética voz. Así que se limitó a seguirlo observando: Estaba en una posición tan rígida que una avalancha no podría haberlo movido dos milímetros de su lugar; su mirada ambarina casi parecía enturbiada de marrón y sus manos se cerraban en puño en un agarre tan fuerte que ella no dudó que vería sangre goteando hasta el suelo en cuestión de segundos. Estaba realmente furioso. Tendría que obligar a su lengua a desentumirse y definitivamente acelerar la cocción de las frases lógicas; después de todo, su cerebro no le había pasado esa carta de renuncia. Así que tomó aire dos veces, parpadeó graciosamente para conseguir valor y abrió la boca para enfrentar la vorágine.

—Inuyasha —Empezó, realmente analizando el timbre de su voz—. Él no me hizo daño.

No debió iniciar defendiendo a Sesshomaru. Cierto. Pero después de la sibilante amenaza fue todo lo que se le ocurrió. Eso y una certeza muy lógica, dada la cantidad de árboles destrozados que tenía alrededor.

—Y tú lo sabes —Agregó.

Casi pudo oler antes de ver el desvío instantáneo de su mirada amarilla. Fue como algún tipo de sensación psíquica, como si hubiera previsto con total exactitud su reacción ante su afirmación y luego la hubiera visto desarrollándose frente a sus ojos; pero ella no era vidente, sólo lo conocía. Tanto lo conocía que sintió un estremecimiento sobrenatural cuando escuchó el "Feh" que sabía que vendría.

—Feh.

Parado, con los puños aún tensionados y la cabeza hacia la izquierda, los ojos nublados mirando un punto muerto en el pasto. Todavía exhalaba ira, pero ahora lidiaba con algo mucho mayor, con algo mucho más condenado e insoportable, mucho más grande que él mismo y los cinco, quince, o mil árboles que podía pulverizar a golpes de desquite: los celos. Esa era su mirada de celos, esa era su salida impotente, su distracción personal para crear un caparazón invisible e impenetrable a su alrededor diseñado únicamente para encontrarse y evadirse a la vez a sí mismo. Si dejaba que la ira inicial se evaporara, sólo le quedaría la realidad, y la realidad era muy racional, tan racional como el punto muerto hacia el que se dirigían sus ojos; un punto de hecho no tan muerto, porque los subconscientes tienden a jugar bromas irónicamente sucias y en esta ocasión su cerebro había buscado evadirse mirando precisamente al lugar en donde reposaban algo viejas ya, las esencias mezcladas de dos cuerpos muy conocidos para su registro olfativo. La realidad seguía siendo racional y la ira seguía siendo una opción más atractiva que el hueco amargo que empezaba a formársele en el pecho.

—Le mataré —repitió, porque de verdad no encontraba algo para decir que le gustara más. O tal vez sí habían muchas cosas para decir, tantas que se le aglomeraban produciendo un único sentimiento de fastidio y asco… y odio y rabia y celos, y en general muchos otros sinónimos negativos. La idea de matar a Sesshomaru le sabía deliciosa en la lengua. Era ilógica. Sí. No lo haría en realidad. Verdad. Pero hacía que le salivara la boca como un terroncito de azúcar. Así que la repitió otra vez, aún sin enfocar a Ahome porque primero debía diseñar el escudo—. Esta vez será enserio. Voy a hacer que ese maldito me pague todas las que me ha hecho. Todas.

—No vas a pelear con él, Inuyasha —aseveró ella. No tenía un contraataque, no tenía una defensa planeada porque ni siquiera era del todo consciente del estado en el que se encontraba, de lo que ellos tres significaban en ese rompecabezas. No sabía nada porque no había nada establecido, excepto la fiera determinación que tenía de no aceptar bajo ninguna circunstancia que la idea de Inuyasha de pelear con su hermano tomara forma y color. Se sentía capacitada únicamente para responder ante lo que él le lanzara, pero el marcador de ideas originales para llevar semejante situación iba en ceros totales—. Fui yo la que…

— ¡Suficiente!—Saltó Inuyasha con voz estruendosa. Le dirigió una mirada destrozada. No quería escuchar más. Sintió que su interior se calentaba y que la ira le envolvía el cuerpo. Supo que en ese instante sería capaz de luchar contra un contrincante muy, muy, muy poderoso y que vencería dejando sólo vísceras y restos desperdigados por todas partes, eso sin necesidad de utilizar siquiera la espada. Cuando se enfurecía, cuando realmente su mente llegaba a límites insospechados de ira, su cuerpo reaccionaba proporcionándole la fuerza necesaria para acabar con cualquier rival. En ese instante lo único que deseaba era permanecer dentro de una terrible pesadilla. El infantil pensamiento casi lo hizo soltar una risa sardónica que nadie nunca llegó a escuchar.

Después de encontrarse con Miroku había decidido buscar a Ahome por su propia cuenta. Sentía algún tipo de preocupación porque su amigo le había contestado con evasivas y la preocupación creció a medida que avanzó por el bosque y sólo se encontró con el aroma que indicaba que ella había caminado por el lugar el día anterior, la noche anterior.

Sin embargo logró percibir un olor reciente y aceleró el paso para encontrarse con la mezcla más extraña de aromas que había presenciado alguna vez. Al principio su cerebro ingenuo le indicaba que la esencia de Ahome estaba mezclada con la de Sesshomaru. Muy mezclada. Luego olfateó su sangre y la idea de que aquel maldito se hubiera atrevido a tocarle un solo cabello le caló desde la médula hasta las piernas, bombeando sangre para movilizarlas con fiera velocidad. Incontables imágenes pasaron por su mente en los pocos segundos que tardó en llegar hasta ella, visiones borrosas y dolorosas de Sesshomaru luchando contra ella o atravesándola con su odiosa espada. No, él no sería capaz, no se atrevería. Cada paso se le hizo eterno, hasta que finalmente la vio junto a un árbol en perfectas condiciones de salud salvo unos pequeños moretones en el cuello y una herida en el pecho que sólo alcanzaba a oler, ya que estaba cubierta por un trozo de tela. Entonces la comprensión lo había golpeado con un peso increíble, y antes de poder dejarse envolver bajo el desequilibrado cobijo de la ira, permitió que por un par de segundos la expresión de sincero y repentino dolor le dominara el semblante.

Nunca había sido un genio resolviendo acertijos y mucho menos deduciendo situaciones embarazosas a partir de pequeñas pistas. Tardó meses antes de saber que Miroku y Sango traían su rollo aunque para todos era más que evidente. Y sin embargo, ahí estaba, con el aroma de su medio hermano pasando por sus fosas nasales como ácido, quemándolo hasta lo más profundo mientras infinidades, cantidades inigualables de imágenes inapropiadas le sulfuraban la mente, teniendo como protagonistas a la mujer en frente suyo y al demonio que tantas desdichas le había ocasionado. No supo por qué lo dedujo tan rápido, pero pudo entender con terrible ira que ellos habían compartido de forma increíble, realmente increíble mucho más de lo que él mismo había vivido con Ahome… o Kikyo.

—Te obligó. Le mataré —susurró Inuyasha mientras sentía antes incluso de que sus pensamientos se volvieran palabras, que eran de mentiras. No quería ser racional en ese instante, deseaba ser primordial, bestial y anticuado. Primitivo. Sabía que Sesshomaru nunca obligaría a Ahome a… a… lo que sea que hubieran hecho, y sin embargo se suponía que ella tampoco nunca se acercaría a Sesshomaru. Era inverosímil, era pura mierda todo, era imposible que la prueba viviente de ello estuviera parada en frente suyo observándole—. Le mataré—repitió por quinta o sexta ocasión. De verdad, empezar a desracionalizarse se estaba convirtiendo en algo muy sencillo a medida que más imágenes surcaban su desgraciadamente (por ese día) perspicaz cerebro.

—No —susurró Ahome. Era tan extraño sostener una discusión con Inuyasha que no tuviera fundamentos tontos y sin importancia. Sentía el ambiente realmente pesado, pero estaba empezando a hartarse de su actitud. Sí, era egoísta por ello porque en realidad sabía que él estaba pasando por un momento muy difícil. Pero ella tampoco estaba precisamente en el nirvana.

— ¿Qué dijiste?—musitó Inuyasha con veneno. Alguna parte de su antiguo cerebro racional le soplaba que debería sentirse avergonzado por hablarle así a Ahome, pero, siendo franco, era la parte más pequeña. El monstruo irracional estaba ávido de sangre, necesitaba desquitarse aunque fuera sólo de forma verbal. El hueco amargo de su pecho parecía ceder a medida que fingía ignorarlo.

—No… dije que no —contestó Ahome, sosteniendo su mirada. Su interior se revolvió con expectación.

— ¿Que no qué?—escupió él aún más bajo y peligroso si era posible. Por supuesto que la había escuchado, por supuesto que sabía lo que ella había querido decir, pero no le importaba.

— ¡Que él no me obligó! ¡Maldición, Inuyasha, esto no es fácil para mí tampoco!—gritó ella explotando por fin y acercándose unos dos pasos impulsivamente para darle más fuerza a sus palabras. No había dicho nada que le supiera tanto al destilado sabor de la sinceridad. NO era fácil para nadie. Lo que sucedía era tan sorpresivo, increíble y repentino que definitivamente no se trataba de una situación fácil. Estar parada conteniendo la rabia de un muy enterado Inuyasha tampoco era sencillo, nada lo era. Ahora hablaría, porque sólo responder a sus ataques había colmado su paciencia.

— ¿Entonces qué, Ahome? Entonces qué mierda sucedió porque no me lo explico―gritó él estallando de nuevo. Se estaba tardando seriamente en utilizar calificativos grotescos. Ahome se estremeció al verlo temblando ligeramente. Él ni siquiera había notado que temblaba—. Apestas a su aroma, su ropa cubre la tuya… ¿En qué momento?—Continuó bajando un poco el tono, a medida que pensaba y dejaba remitir la rabia desaforada. Había gritado y bajado la voz tan rápido que generó un efecto casi electrónico—… ¿Cómo pudo tocarte?—Finalizó después de pensar un poco. Sonó insensible y grosero. Lo dijo como si el hecho de tocarla a ella fuera una idea inconcebible para cualquier ser superior pensante. Lo dijo con desprecio. Y a Ahome le dolió ese desprecio, le dolió tanto que dejó con plena libertad que aquel líquido verde que escurrió su orgullo herido se transformara en rabia y por lo tanto en palabras defensivas.

— ¿Cómo puedes…? ¿Es que…? Argh ¡Idiota!—alegó con impaciencia. Enojarse parecía una buena solución. Borraba la culpa— ¿Eso piensas de mí, Inuyasha?—soltó dos segundos después, cuando procuró definir un revoltijo lógico y manejable de su ego herido con su rabia impaciente. Sin embargo, tan pronto como las palabras dejaron sus labios supo, como quien se miente a sí mismo, que la respuesta era un rotundo no. Pero la irritación seguía cantando ópera en su fuero interno, por lo que por pura omisión personal de sus creencias reales basadas en lo mucho que conocía y amaba a quien tenía en frente, siguió con el rumbo de la coartada (sí, coartada) de la que se había pegado para huir de lo que verdaderamente se tenía que discutir en ese momento—. No creí que te resultara tan repulsiva—Y esto lo dijo más o menos desde el fondo del pecho, con tristeza, sabiendo que sus palabras eran de mentiras; pero acudiendo al antiguo e ilustre arte de ponerse in situ y actuar basándose en lo que sentiría si el escenario que ella misma planteaba fuera verídico.

Él, por supuesto, no había querido sonar como sonó. No estaba de humor para manejar con delicadeza su tono. Nunca lo había estado de hecho, porque la caballerosidad no era su principal cualidad. Y tampoco quería sucumbir ante la voz herida que acababa ella de emplear, esa voz que le derretía las barreras en cuestión de milésimas y conseguía evaporar las embestidas de furia. Y de todas formas la opción contraria a sucumbir, era sin ir más lejos, mucho peor a la de responderle con alguna disculpa o explicación; porque al decir lo que dijo, y el hecho que causara la forma en que lo dijo, no era más que lo mucho que profundizó en su propia pregunta al realizarla: Al indagar sobre cómo pudo Sesshomaru tocarla a ella, a Ahome, más bien tuvo una imagen mental y verdadera de él tocándola. No parecía real, no parecía creíble. Cuando llegó se había enojado y todo lo que había hecho era responder a su propia ira, destruir los árboles, en primera instancia y luego gruñir y gritar en frente de ella; negarlo y confirmarlo al tiempo, sentirlo e ignorarlo. Sabía, incluso con pena ajena e ira, que se habían… besado, que se habían acurrucado, que habían tenido mucho contacto físico, mucho más del que él mismo se había envalentonado (porque aquí, ahora, se daba cuenta que le hacía falta valentía cuando la tenía en frente y simplemente quería tocarla, acariciar su piel) a emplear alguna vez.

De todo lo que lo había mareado en los últimos minutos, la verdadera y única pregunta que había hecho con sinceridad, dejaba entrever el fastidio que le producía su sola idea: ¿Cómo pudo Sesshomaru tocarla? No, no era que ella fuera repulsiva. El indeseable era el propio y peligroso demonio. Lo odioso y mal transmitido de su frase fue lo mucho que le costaba creerla, lo mucho que detestaba que fuera una realidad consumada. Entonces le pareció todo una mentira, todo un truco de sus sentidos. Y esa espontánea paz proporcionada por el autoengaño le relajó por unos segundos el semblante y la voz. Eso, y que Ahome aún esperaba una respuesta que la sacase de su supuesto error.

—No me resultas repulsiva —contestó con voz profunda y derrotada. Él mismo se extrañó de su tono, porque no se sentía derrotado; porque claro, nada había sucedido, porque todo era de mentiras y en realidad lo mejor sería que ella explicara de una vez el malentendido. No, tampoco hacía falta pensar de cuál malentendido hacía falta hablar, no era necesario infligirse ese (ahora lo descubría) dolor que hace rato le amargaba el pecho con más imágenes mentales de algo que no había pasado. Podía incluso renombrarlo internamente como "el malentendido" tratando siempre de evitar, como poniendo un blanco entre la mente y el significado del calificativo, profundizar en ello, aunque el sistema funcionara únicamente al mencionarlo dentro de su cabeza. Sí, eso haría. Porque era un malentendido. Su tono de todas formas había sonado derrotado. No sonaría derrotado la siguiente vez que hablara—. Esto es sólo un malentendido—… O tal vez sí.

Ya con esto, a Ahome le pareció completamente deshonesto seguir con la pantalla de que se sentía insultada por su tono. Inuyasha estaba… herido. Ella lo había herido, ella lo había dañado. Todo seguía siendo un maremoto pegajoso de situaciones sin salida y sin sentido.

—Inuyasha—dijo, caminando despacio hasta él. Extendió lentamente una mano hasta su hombro y la posó ahí, laxa y muerta, sin una finalidad superior a la de sencillamente establecer contacto. Se reflejó en sus ojos y descubrió que ya no estaban enturbiados de marrón. Ahora parecían cristal, gran cristal vacío y arremolinado, casi rayado, incluso agrietado, como un vidrio al que se le ha pegado una sola pedrada y espera la segunda estocada para terminar de pulverizarse—. No fue un malentendido —susurró. Y vio, casi con un morbo oculto y prohibido, como la segunda pedrada terminaba por romper ese cristal.

—Es Sesshomaru… —murmuró como para sí mismo. Aquellas dos palabras incitándola a que reaccionara, como si ella no se hubiera dado cuenta de quien era la base de toda la extraña disputa.

—Lo sé. Tampoco lo entiendo Inuyasha, pero él es muy distinto de lo que creen todos. Tiene otras facetas. —contestó ella, aún murmurando y sintiendo que se le llenaba la boca hablando de él, mencionándolo siquiera. Sintió incluso que sólo con recordarlo una flecha de calor le surcaba el vientre bajo; aunque su mente estaba en otra cosa, su cuerpo aún cargaba con las huellas indelebles de caricias imposibles; porque la ansiedad la dominaba todavía a cada instante en que no se sabía a su lado, y la noche anterior, más que rellenar sus vacíos y saciarla, la hizo adicta a un mundo que sólo había podido probar con la punta de la lengua.

Tan minuciosamente se había distraído rememorando a Sesshomaru, que no notó cómo el turbio marrón reconstruía su lugar rápido en la mirada de quien tenía al frente.

— ¿Y cuándo se supone que has podido saber de esas facetas? Porque que yo sepa, jamás has estado el tiempo suficiente a su lado. No le conoces mucho más que Sango o Shippo —atajó sin subir la voz pero con un tono tan duro como su mirada—. No es más que un troglodita egocéntrico, Ahome. Tú, entre todas las personas, no sabes de lo que estás hablando. Sesshomaru es peligroso, es despiadado y no le importaría haberte eliminado desde hace tiempo si no estuvieras bajo mi protección, si es que le interesaras lo suficiente como para que se fijase en ti como objetivo de guerra―Continuó con lo que a él mismo le sonaron como las palabras más racionales y correctas. Lo siguiente que dijo, sin embargo, lo hizo desde su dolor y con las finas y únicas intenciones de lastimar—, No creas ahora que porque, vete tú a saber cómo, pudiste acercártele sin que te matara, va a tratarte de forma especial en el futuro, o va a dignarse siquiera a reposar la mirada en ti. Personas como él no sienten, Ahome, más que desprecio por el mundo, porque creen que nadie les da la talla y son superiores.

Ella replicó sus afirmaciones desde el alma. Aunque Inuyasha acabara de mencionar en orden de lista sus miedos más profundos.

—Puede que no lo conozca tanto como tú, ni desde hace tanto, pero créeme cuando te digo que he tenido, efectivamente, tiempo para conocer sus otras facetas y puedo dar fe de que éstas definitivamente existen. ¿Es que tú mismo no lo has visto? ¿Tanto desprecio por el mundo te empeñas en encontrar en quien te salvó de la muerte e incluso carga con la innecesaria compañía de una niña pequeña? Ya no pasan por coincidencias las ocasiones en que se ha aliado con nosotros, en especial desde la última pelea. ¿De verdad eres tan malagradecido como aparentas jugando a testarudo? —inquirió finalmente, sabiendo antes de que su última vocal se apagara en el aire, que se había pasado. Defendió a Sesshomaru con demasiada fiereza, y se preguntó en el instante en que Inuyasha tardó en responderle, si estaba poniendo sus lealtades en el lugar correcto.

— ¡Yo habría podido solo!—Fue lo primero que dijo, gritando. Ella retiró la mano de su hombro y caminó un paso en reversa, por instinto—. Nunca, ni antes ni ahora he necesitado la ayuda de ese engreído. No puedo creer que seas tan tonta como para encontrar algún resquicio de bondad en alguien como Sesshomaru. Estás ciega Ahome, él hace cada movimiento planificado para conseguir algo ¿Es que no lo entiendes? Es un interesado, sólo se preocupa por sí mismo, sólo vela por su propio culo lechoso. Si carga con esa flema verde y con la niñita es porque cumplen de alguna forma requisitos para sus fines, y esos fines, Ahome, no son precisamente piadosos―continuó—. Estás ciega—repitió con desprecio—. ¿Qué falta?, ¿Ahora vas a sacarme una lista de las obras de caridad de Naraku?; ¿Inventarás que en el fondo nos persigue únicamente para que maduremos en batalla, pero que en realidad quiere llevar la fiesta en paz?

—No seas ridículo—espetó ella, sintiendo el calor de la rabia envolverla por primera vez y previendo alguna próxima oleada de gritos ante el deliberado sarcasmo de un nuevamente fuera de lugar Inuyasha. Si seguía así, su lío de lealtades terminaría por resolverse de un soplo.

— ¿Ridículo?, Ridículo esto. Ridícula tú escapándote a media noche para encontrarte con Sesshomaru y apestar a su repugnante olor. Toda la situación es ridícula Ahome, y me alegra que lo entiendas— Ya no valían las barreras imaginarias, mucho menos los calificativos autoprotectores. Ella lo estaba defendiendo a él, en lugar de explicar lo que debería ser un malentendido inexistente. Ya el dolor se había desbordado por su pecho y le daba latidos y patadas de ira al resto de su cuerpo para que reaccionara de la forma que fuera, para que lo defendiera, para que aullara—. ¡Es que es Sesshomaru!—gritó de nuevo, agitando los puños en el aire y perdiendo por fin el control. Se había movido con tanto ímpetu y tenía las manos cerradas con tan vigorosa fuerza, que dos gotas de sangre, una más diminuta que la otra, salpicaron la piel de las manos de Ahome. Ya estaba, se había enterrado las garras a sí mismo… en sentido figurado y real; En sentido figurado porque ante su última exclamación, Ahome había encontrado un argumento para rebatirlo, un argumento tan poderoso que le pareció imposible no haberlo sentido palpitando bajo su lengua desde hace rato, teniendo en cuenta que lo tenía palpitando debajo del alma desde siempre.

—Claro que es Sesshomaru —contestó con la mirada perdida—. Lo sé perfectamente. Yo no confundo a las personas y tampoco las miro como si quisiera ver a alguien más en ellas—declaró con voz monocorde, incapaz ahora sí, de evitar sangrar por esa herida, ya que la ira y la infortunadamente rara situación le habían dado el valor necesario.

— ¡¿De qué demonios est…?!—empezó él, gritando todavía, sin ningún ánimo aún de calmar las aguas, pero interrumpiéndose a sí mismo al comprender de golpe el camino que tomarían las insinuaciones de Ahome. Le pareció el colmo— ¡Eso no viene absolutamente de ninguna forma al tema!—berreó. Se sentía tan furioso que ni siquiera desvió la mirada. Sostuvo la de ella con desafío, con altivez. Quería retarla a que siguiera, únicamente porque necesitaba sentir que alegaba y sacaba al menos una pequeña parte de lo que tenía adentro. No importaba que el tema fuera aquel tabú para ambos. Ya no importaba.

A ella tampoco.

—Parece que sabes muy bien a que me refiero —dijo Ahome. Y aunque la frase sonó sarcástica y hasta con tintes venenosos y peliculeros, sintió que lo que iba a decir, más que utilizarlo como una especie de alianza rápida y recursiva para su defensa personal, era algo que había querido arrancarse de la garganta desde hace rato. No venía al tema. Verdad. Pero no por ello lo dejaría escapar. Habló con voz graduada y medio muerta—, Sobra decirte que lo noto, no soy tonta Inuyasha. Sé qué es lo que miras cuando observas mi rostro con nostalgia, se qué presencia buscas en cada aldea que nos detenemos y siempre que nos cruzamos con Naraku—Hizo una pausa y miró sus zapatos por primera vez en muchos minutos. Al bajar la mirada, descubrió entre su pecho una pequeña porción de la tela que cubría sus autoinfligidas heridas: la ropa de Sesshomaru. Suspiró—. Sé que sientes muchas cosas por ella todavía, cosas que nunca dejarás de sentir. Es cierto que te había dicho que yo caminaría contigo, prácticamente sin importar si tú querías estar con Kikyo o no, pero ahora no estoy segura de lo que siento. Ahora no sé si quiero seguirte y esperar a que algún día tomes una decisión—terminó, sorprendida de sus palabras, de la veracidad de ellas y del extraño sentimiento de libertad que sintió al expulsarlas, como si acabara de vomitar seis kilos de piedras calientes. Supo que sentía todo aquello desde hace mucho.

Después, hubo un silencio pesado.

— ¿Es por eso que lo buscaste?—inquirió Inuyasha con tono fúnebre, casi treinta segundos después. La miraba fijamente, aunque ella estaba concentrada en sus píes.

Su declaración lo había dejado mudo. Fue una mala cosa el haber dejado que el tabú se inmiscuyera en semejante situación, dado que sólo lo había permitido para tener otros diez o quince minutos de gritos desgarradores que pudieran expresar de alguna forma lo desgarrado que en realidad se sentía; pero fue una mala cosa. Nunca estaba verdaderamente preparado para hablar de ese tema, jamás lo habían hecho en serio y sin embargo sintió que Ahome no decía aquellas cosas porque sí. Al menos no con la intención de golpearlo por golpearlo, eso era seguro. No logró evitar sentir la insana y negada esperanza de que la respuesta a su pregunta fuera positiva.

—No —contestó ella sin pensarlo, encarándolo de nuevo, enseñándole lo completamente segura que estaba de lo que decía. Ahora casi parecía que estuvieran sosteniendo una conversación civilizada. Era cierto, su atracción por Sesshomaru, repentina y descabellada, no tenía nada que ver con lo que significaba su antepasada en su vida.

Inuyasha inhaló profundo de forma inconsciente. Algo se desconectó a propósito de su racionalidad, algo le dijo que lo mejor que podía hacer para no sucumbir —otra vez―ante la realidad y lo que la muy odiosa le estaba mostrando, era actuar con ceguera, con negación y con testarudez. Sin embargo, su desconexión duraría poco; en esta ocasión duraría poco, porque a medida en que transcurría el tiempo y todo se volvía cada vez más cierto y menos falso, más una pesadilla en vida que un suceso irregular de caracteres increíbles; a medida en que entendía más y más lo que había pasado y que había pasado, no porque el mundo se hubiera despertado de cabeza, sino porque seguramente un hecho había llevado a otro y ese a su vez, a otro más; a medida que entendía todo aquello, más quería desracionalizarse, más quería volverse, él mismo, un troglodita sordo; por eso, por todo eso, esta vez su arranque de ilógica duraría poco, porque la comprensión empezaba a lamerle por fin la columna vertebral.

Y sabiendo esto, de todas formas se permitió pensar con intención oscura antes de decir:

—Entonces te obligó. ¡¿Lo ves, ves que lo hizo?!

—No vuelvas con lo mismo Inuyasha —susurró Ahome, acercándose otra vez el paso que se había alejado hace dos segundos—. Con terquedad no conseguirás nada. No vas a cambiar los hechos con eso—Y fue dura, pero entendió que tendría que serlo. Ya era tiempo de zanjar todas las situaciones, ya había tomado al toro por los cuernos, y aunque sentía las manos heridas por su embate, sabía que era la única forma de tener paz en ese futuro de colores ilegibles que al parecer se le avecinaba.

—Mientes —destiló él, susurrando como serpiente—… ¿Por qué lo haces Ahome, por qué? No tienes que defenderlo, no tienes siquiera que hablarle o acercarte a él, no tienes que pensar en su odiosa cara tampoco. Nunca tuvo nada que ver contigo y nunca lo tendrá—Su voz de repente calmada y sedosa, a un acorde que no compaginaba para nada con la situación; la mentira saliendo con desdicha, con la lacerante consciencia de lo que era, hablada en voz baja porque así, baja, era la certeza de cada sílaba. Y él lo sabía. Lo comprendía y dolía, cómo dolía. Pero su irracionalidad siguió presente en la conversación—. Nunca se acerca a los humanos, nunca se acercaría a tifinalizó taciturno.

Quiso tomarlo de la mano; estiró la suya y bajó la mirada. Entonces vio las gotas de sangre y no se tuvo que preguntar por su procedencia. Empezaba a sentir un nudo feo y culpable, un nudo generado por la derrota que Inuyasha estaba a punto de aceptar: utilizaba en palabras y gestos sus últimos cartuchos de negación. Al tratar finalmente de acariciarle la mano, Inuyasha retiró la suya de su alcance; sin fuerza, pero tampoco con delicadeza.

Por su mirada baja, nublada y rota podía comprender que él lo había entendido, que sabía que se negaba, que sabía que se equivocaba, pero que deseaba hacerlo. El pensamiento pareció cruzar las mentes de ambos a la vez porque Inuyasha buscó su mirada y ella la alejó de sus manos para encararlo. Fue el momento más difícil, porque no tuvo que decir nada más para que ella lo comprendiera, porque en sus ojos, en el momento que se conectaron, ambos supieron que aquellas palabras eran tan falsas como la racionalidad de los hechos. Porque aún irracionales Inuyasha entendió que eran hechos, que entre Ahome y Sesshomaru de alguna forma, por algún motivo y después de sabría Dios qué sucesos, había pasado algo.

Lo sabía. Duró poco su desconexión; la bestia irracional y visceral se había terminado de extinguir a cambio de la comprensión. Claro, desde que llegó había entendido todo, pero tenía que haberlo procesado de nuevo como lo procesó, tenía que haberlo hablado con Ahome como lo habló, así y sólo así tuvieron que ser las cosas, con destrozada de árboles y gritos incluidos.

Permanecieron en silencio, mirándose a los ojos. Ahome se sentía tan fuera de lugar que parecía increíble que tan solo hace unas horas hubiera sentido que aquel pequeño claro del bosque era un lugar salido de cuento de hadas. En algún momento bajo el cálido peso del cuerpo de Sesshomaru había creído que todo era irreal, que tanta belleza no podía ser cierta, que era prácticamente incorrecto sentirse tan bien. Ahora observando a Inuyasha, se daba cuenta de que sus —para el momento— vacías cavilaciones no podían ser más certeras.

—Yo… —empezó Inuyasha después de unos segundos, la voz le salió rasposa y extraña. Abrió la boca otra vez, a punto de decir algo y la cerró indeciso. No era capaz de decir nada. Tampoco podía pensar en nada, se había quedado en blanco. Pero sentía, cómo sentía. Algo cercano al pecho le picaba bastante y en realidad no quería pararse a pensar en el origen del dolor, porque entonces la ira regresaría y se pondría a destruir cosas de nuevo. No quería eso. Prefería aferrarse al vacío de su mente, necesitaba aferrarse a él.

Ahome lo vio tan encogido y confuso que casi quiso verlo destruyendo el bosque de nuevo. Percibirlo así hacia que el corazón le doliera y deseara que una Ahome tres veces más grande que la original la estacara en el suelo a base de martillazos

—Todo sucedió muy rápido y ninguno de nosotros está preparado para tratar con las consecuencias —dijo ella suavemente, refiriéndose también a Sesshomaru, aunque no estuviera presente—. Pero hay algo que sé y es que ya no puedo estar más contigo, Inuyasha—finalizó, sabiendo que entre toda la confusión, aquello era lo único lógico del momento. Él tampoco querría estar con ella, eso era seguro.

Hubo un largo silencio.

— ¿Estabas conmigo?—murmuró él, ambos sabiendo exactamente a qué se refería. Su mirada de ese momento era indescriptible: silenciosa, apagada, sobria.

—Sí, lo estaba —afirmó—; No te dabas cuenta, pero yo estaba contigo.

Inuyasha guardó silencio durante un minuto entero y retiró la mirada de Ahome para fijarla otra vez en el punto muerto que conservaba su olor. Se tragó mucho de sí mismo antes de hablar otra vez.

—Pues entonces no dejes de estarlo —dijo—. Y esta vez me daré cuenta.

Ante sus palabras, bajas y cremosas, adoloridas y profundas, los dos sintieron un estremecimiento que les recorrió toda la espalda y terminó abarcando el pecho completo; el de ella de frío y el de él de calor.

—Inuyasha —empezó—, no digas eso, por favor. No hagas las cosas más difíciles, no me hagas elegir. Ni siquiera puedo pensar con claridad ahora—murmuró, dejando que el efecto del frío terminara por extinguirse antes de seguir hablando. Estaba sorprendida, porque había esperado todo menos que Inuyasha, después de semejante episodio de sube y baja emocional, se mostrara abierto a que ella permaneciera a su lado.

— ¿Qué es lo que pretendes entonces, Ahome?—contestó él, mirándola fijamente y con más seriedad de la que había mostrado nunca. Su voz no era dulce, pero tampoco excesivamente dura—, ¿Vas a irte a tu tiempo y dejarnos solos con la búsqueda de los fragmentos? ¿Vas a dejarnos solos con Naraku? ¿Te vas a olvidar de todo? Porque si no estás conmigo, no veo en que otro sitio podrías estar. Este ni siquiera es tu mundo.

—Si sigo contigo voy a hacernos daño, ¡Ya nada más mira lo que ha pasado!―respondió con emoción, acercándose un paso más a él—. No fue planificado, Inuyasha, pero las cosas son muy distintas ahora, todo ha cambiado porque por increíble que parezca lo estoy considerando a él como parte de mi vida—Inuyasha abrió la boca para protestar en ese punto, pero ella lo acalló—. ¡Y no me importa que digas que para él no es lo mismo!, Porque existe algo, en mí, no sé en Sesshomaru, pero en mí existe algo; y soy yo la que no puede ver el mundo con los mismos ojos. Podrá ser que la próxima vez que lo encuentre él no se moleste en quitarme del camino, si es que como dices, llego a materializarme de forma valiosa en frente suyo, pero independiente de lo que suceda, para mí él es ahora alguien importante.

— ¡¿Te largarás entonces?!—gritó él, dejándose envolver sin poder ni querer evitarlo, por la oleada cataclísmica de celos que le produjeron las palabras de Ahome.

Ella, que se había emocionado por su pequeño discurso, se sintió picada por el súbito arranque de rabia.

— ¡Eres un terco, no estás entendiendo nada!—prorrumpió con vehemencia, dando un paso más cerca suyo. Quedaron a pocas pulgadas de distancia. Abrió la boca para añadir algo, pero fue él quien la interrumpió esta vez:

— ¡Cómo quieres que entienda si no estás siendo clara! Simplemente responde, Ahome, ¿Te vas a largar de aquí o no?—gritó Inuyasha, con mirada fría y sin pensar.

— ¡Sí!—Respondió ella, únicamente porque era lo que su orgullo herido le clamaba. Ya el dolor dejó de sentirlo sólo en el orgullo y se fue regando por el resto de su cuerpo.

— ¡¿Romperás nuestro vínculo entonces?!—ladró él, inundado de cólera otra vez. No estaba pensando, ninguno de los dos— ¡Tonta!—añadió dos segundos después, movido sólo por la posibilidad de que la respuesta fuera positiva.

Ella, ¡por Kami Sama que iba a decir que no!, pero después del tonta…

— ¡Ya te dije que sí!—espetó.

— ¡Pues entonces vete! ¡Nadie te quiere aquí!—respondió herido, mirando hacia otra parte al decir lo último.

Había traspasado su propio límite emocional y jamás se había sentido tan agotado. Jamás había sentido tantas cosas en tan poco tiempo y aún menos había demostrado tantas de sus emociones. Ahora era oficial, Ahome realmente tenía mucho de él, le había robado mucho. Sólo deseaba ir a algún sitio lejos de ella… y de los demás para ser exacto, algún sitio lejano para poder mitigar su dolor.

—Inuyasha…—empezó Ahome, su ira evaporándose de nuevo al ver la expresión en sus ojos. Odiaba que él pudiera arrasar con su rabia tan fácilmente. Odiaba amarlo tanto a pesar de toda la marea de confusión en que se había convertido su vida.

—No. No más por hoy. Vuelve a tu época Ahome, o… haz lo que quieras —Casi susurró. Entonces se giró y sin más, saltó con increíble destreza y se alejó tomando como apoyo las copas de los árboles, dejándola con la palabra en la boca y un peso en el alma.

Sesshomaru caminó pensativo y con elegancia. Lo normal. Yaken no pareció notar diferencia alguna en la presencia de su señor, salvo quizás un aire distinto que lo embargaba, algo, tal vez entre sus níveas cejas o en algún rictus de sus labios, algo que aunque el pequeño demonio no podía identificar del todo, le daba un aire de melancolía intrínseco, plasmado ahí casi por un suceso exacto. Algo había cambiado. Se preguntó si lo suficiente como para que él notara alguna diferencia. Sólo el tiempo lo diría.

¿Cómo era posible? Ya se había rendido ante su necesidad. Ya había pasado sobre sus principios más básicos para hacer algo que no iba para nada con lo que él era, con lo que había sido durante los últimos siglos. Lo que había sido… ¿Había surgido algún tipo de cambio? No. Imposible. Observó a Yaken durante una fracción de segundo. No se sintió distinto respecto a su sirviente, no sintió ningún tipo de calor nuevo y no deseó acercársele a dirigirle la palabra para hablar de alguna cosa sin sentido como hacían los humanos. Él no era un humano, había actuado como uno, pero no lo era y nunca lo sería. Él era un demonio de alta categoría, sus pensamientos deberían estar todo el tiempo enfocados en la batalla.

Tentación. Conocía la palabra, sabía lo que significaba y ahora también sabía cómo se sentía caer en ella. Después de todo, no iba a perder el tiempo pensando en el por qué, en lo que debería sentir y no en lo que sentía, en lo que debía ser y no en lo que era, en lo que debió suceder y no en lo que sucedió. No. Ya había malgastado el suficiente tiempo evitándolo, evitándose a sí mismo. Lo inexplicable era cómo funcionaba, porque no era posible que hubiera tenido una pequeña probada de ella y sólo pudiera pensar en que deseaba cada vez más. Cómo era posible que sintiera que el aire estaba simple y soso, que el ambiente estaba muy frío, muy silencioso. La imagen de su pecho desnudo le taladraba las retinas, aunque en el momento había demostrado mucho aplomo, sabía que deseaba con primitiva ansiedad probar de nuevo su piel. Sintió como si la noche anterior hubiera tomado sólo un poco de todo lo que podía llegar a obtener.

Deseo. También conocía esa. La conocía mucho mejor, pero siempre por encima, como si hubiera avistado durante toda su vida sólo la copa de un árbol sin la consciencia de los largos metros de madera y hojas que podía haber abajo. Aún podía sentir el tacto de sus labios sobre su rostro, gracias a sus sentidos desarrollados, era capaz de visualizarla tan claramente como si acabara de estar ahí con ella. Quería más.

Prohibido. Al parecer se había olvidado de esa, porque sus últimas hazañas demostraban claramente que había ignorado las enseñanzas que le habían sido inculcadas en las tierras del norte para que fuera un verdadero señor. Nada de distracciones, nada de tentaciones, nada de deseo. Pero ¿Qué importaba ya? No estaba en las tierras del norte, no estaba gobernando. Todo lo que hacía era vagar por el mundo tras la pista de Naraku, en venganza por un suceso de hace tiempo. Se detuvo para observar a Lin, durmiendo plácidamente sobre el lomo de Ah-Uh. Valía la pena. No pensaba perdonar a Naraku, no pensaba dejarle con vida. Quizás no había cambiado tanto, seguramente sólo se trataba de la forma en la que se sentía respecto a la sacerdotisa. Porque su deseo de sangre seguía intacto, porque su honor y su orgullo aún lo movilizaban hacia su enemigo.

Lo verdaderamente importante de la situación, era que ella estaba demasiado confundida para escoger. Demasiado apegada a sus compañeros y a él. Y Sesshomaru sintió un descanso cuando lo supo, cuando lo comprendió en su mirada, porque no sabía qué esperar si no hubiera sido así. ¿Acaso ella se marcharía con él, Lin y Yaken? Sonaba ridículo. Entonces sus palabras le atravesaron los oídos de nuevo, como si las acabara de pronunciar "Quiero conocerte, quiero ver que hay detrás de esa máscara de frialdad, del poderoso Youkai… quiero estar contigo" Entonces la idea no sonó ridícula, porque tal vez comprendió que ella lo había visualizado de cierta forma. Que en algún momento de su indecisión se había imaginado a sí misma viajando con él, a su lado.

Desechó el pensamiento, principalmente porque no podía permitirse imaginar que la idea no fuera ridícula, porque tenía que serlo, tenía que ser insensata y tonta. Si no lo era, se dejaría llevar por ella, caería en aquella nueva tentación hasta que no pudiera soportarlo más y saliera en su búsqueda una vez más, diciéndole que le importaba un pimiento que ella fuera de su hermano, que ella hubiera sido primero de él, que sus principios y enseñanzas caerían en saco roto al llevarla consigo, pero que lo deseaba tanto como a su inocente cuerpo. Deseaba llevarla con él, así no supiera lo que sucedería si lo hiciera. Por eso lo desechó.

—Señor Sesshomaru —susurró Lin con voz rasposa, como siempre sacándolo de sus cavilaciones. Él habría creído que lo hizo entre sueños, pero pudo percibir cómo el ritmo de su respiración cambió y entendió que estaba despierta. No respondió a sus palabras.

—Ya era hora de que despertaras niña. ¿No ves que el señor Sesshomaru está esperándote para que nos marchemos? —exhaló Yaken, sin poder perder una oportunidad para molestarla.

—Señor Sesshomaru, tuve un sueño muy bonito —continuó ella con su alegre voz de pájaro, despertando de su letargo inmediatamente, ignorando los gruñidos de Yaken y la indiferente mirada de su señor, que ni siquiera se dirigía a ella—; Soñé que estaba de nuevo con mis padres y que cenábamos juntos. Usted también estaba ahí, y Yaken, y Ah-Uh.

— ¿Por qué crees que al señor Sesshomaru podría interesarle aquello, ah?—inquirió Yaken, esperando el apoyo de su amo que, por supuesto, nunca llegó. Sesshomaru permaneció inmóvil y majestuoso, mirando hacia el linde del bosque, todavía con aquella rara expresión que se perdía en alguna de sus facciones.

— ¿Sabe qué pensé dentro de mi sueño? —continuó la niña, como si no hubiera habido interrupción alguna. Gorjeando alegremente, aunque adquiriendo un tono un poco más serio—, Que debí aprovechar más el tiempo que pasé con ellos. Ya sabe, tal vez debí renegar menos cuando mi madre me pedía que la ayudara con las labores o cuando mi padre me decía que lo acompañara con el trabajo de la aldea—añadió con la mirada en otra época y la voz, una extraña mezcla de añoranza y alegría—. Es por eso que quiero que mi tiempo con ustedes sea muy especial, para no tener que arrepentirme después de no haber sido feliz, de no haberlos hecho felices—finalizó con una gran sonrisa que Sesshomaru observó por el rabillo del ojo.

—No digas tonterías, Lin —murmuró Yaken, tratando de ocultar el calor que la declaración de la niña le había suscitado—. Tú… Señor Sesshomaru, ¿A dónde se dirige? Acaba de llegar—espetó, interrumpiendo la frase que iba a dirigir hacia la niña y reemplazándola cuando vio a su amo caminar tranquilamente hasta el linde del bosque, justo por donde había llegado hace pocas horas.

—Vuelva pronto señor, ¡Lo extrañaremos! —soltó la niña animadamente.

Sesshomaru no hizo gesto alguno que indicara que los había escuchado. Pero sí que lo había hecho. Las palabras de Lin habían creado una hecatombe en su interior, ese "arrepentirme de no haber sido feliz" le caló hasta el tuétano y sin pensar más, dejó que sus piernas se movilizaran solas.


Empecemos por aquí: no tengo una excusa válida. Mi vida dio giros y Ámbar se me perdió en alguno. Afortunadamente nunca pensé en abandonarlo como tan evidentemente pareció, y dos o tres personas tuvieron la delicadeza (GRACIAS) de recordarme mis responsabilidades. Así que acá estoy de nuevo.

Estamos en FF. Net, ya sé. Muy pocos van a tener la paciencia de releer los capitulos anteriores para no llegar tan perdidos a éste, si es que les resulta necesario. Perdón por el retraso. Si aún no han olvidado la historia y quieren continuarla y darle otra oportunidad, aquí voy a seguir.

Espero que les haya gustado el capítulo, va con mucho cariño.

Abrazos babosos para:

AllySan (Creo que te amo, cuéntate como musa), flordezereso, damalunaely, Silvemy89, eiko298, lunita- depp, mechiikagome, vaipra, Lady Death06, virginia260, Jos, , Yuukiii, NaRuCaMi, emihiromi, Suzuki Haruhi., FLORCIIITA, Crystal Butterfly 92, La Gran Hana, marcelitha, S3HA, virginia260, Euphrasie Elessar, lieinyourvoice, jessica, tsuki, Inuyany, bans, Vampirestar, sakata-2, , Aimless Logic, Chie Abi, Sakata-2.

EUFEMISMO