Pronto me vi en Londres tomando un tren a Sussex. Eran las ocho de la mañana. El camino se me antojo más largo de lo que en realidad era. Después de haberla evitado tanto tiempo, me comían las ansías por hablar con ella. Alquilé un coche y lo conduje yo misma. No sabía su dirección pero la localidad no era tan grande y seguro alguien me daría señas de ella. La playa me quedaba a la derecha y me sentía invadida por el frescor de la brisa del mar. Después de preguntar en tres ocasiones distintas. Distinguí un bello edificio, de dos plantas no muy grande, sobrio, elegante con un bonito jardín una cerca baja y cuyo camino trasero conducía a unas plácidas lagunas. Dejé mi coche y toqué la puerta una vieja conocida me abrió la puerta.
- ¡Ana! pero que sorpresa verla por acá. ¿Pasa algo malo?
- ¿Por qué tendría que pasar algo malo Nell?- Le dije mientras me introducía yo misma y me quitaba los guantes y le daba mi sombrero a Penélope que seguía asombrada de mi llegada- ¿Dónde está Irene?
- Está desayunando en el jardín de atrás.
- Gracias Nell yo me anuncio- Sabía que Penélope iba a desayunar con Irene pues más que su asistente, era su amiga, casi su hermana.
Irene también se sorprendió de verme, pero a diferencia de las ocasiones pasadas en que nos habíamos encontrado, ahora me veía con bastante agrado.
- Ana querida- me saludo a medio sorbo de su té- que grata sorpresa. Siéntate y desayuna conmigo.
- Muchas gracias Irene por recibirme después de haber llegado sin anunciar.
- Para nada Ana. ¿Cómo has estado?
- Pues con muchas ofertas de trabajo, pero aún no me he decidido por ninguna.
- ¿Por qué Ana? Sabes que con tus grandes habilidades, podrías escalar puestos rápidamente o instalarte de manera independiente ¿qué te retiene?
- No sé Irene. A eso vengo precisamente, a pedirte consejo.
- ¿A mí? No sería mejor que fueras con tu antiguo maestro.
- No, el no sabría que decirme, me diría que estoy loca y me despediría antes que darme un consejo o como es su costumbre reiría sin parar por al menos un cuarto de hora. Sería algo humillante.
- Entonces ¿no quieres que se entere de nuestra entrevista?- Ajá, eso me confirmaba que Irene y Holmes se veían con regularidad.
- Yo creo, Irene que tú tampoco vas a querer que se entere.
- Bueno, Ana esto cada vez me tiene más intrigada, por favor dime cuál es el problema y veremos si puedo o si soy la persona correcta para aconsejarte.
- ¿Dónde empezar si esto parece no tener un inicio claro? Primero plantearé mi situación actual y lo que me atormenta. He llevado mi vida de la manera más adecuada para el desarrollo de mi carrera, se podría decir que mi vida es mi profesión, para poder ejercerla aquí o allá, requiero de dominar mi mente y practicar ciertas habilidades, esas habilidades deben ser siempre objetivas y no mezclarse…
- Con sentimientos inadecuados. Entiendo.
- Exacto. Bueno eso siempre lo tuve claro, pero últimamente, en específico desde Viena- E Irene volteó distraídamente hacía el horizonte-Ya no sé si mis métodos son los correctos.
- Ana todavía eres una niña en muchos aspectos. Inocentemente caíste en el juego que el grandioso Sherlock Holmes diseñó. Seguiste su método al pie de la letra, pero más que eso, tratase de imitar su estilo de vida. Puedes aprender técnicas y escuchar consejos sabios que te prepararan para eventos futuros, pero en cuestiones prácticas acerca de la vida, no hay escuela, debes diseñarla al margen de lo que pueda ser tu profesión.
- Esa es tu muy particular manera de verlo todo. Pero de lo que yo he venido aprendiendo, se desprende lo contrario.
- ¿Cómo quieres entonces que te aconseje si desde el principio tiras por la borda lo que te digo?
- Perdón Irene me encuentro exaltada porque lo que hoy me digas marcará el curso de mis acciones en un futuro.
- No, no debe marcar tus acciones lo que yo te pueda aconsejar, excepto por esto que te voy a decir: las reglas no existen en la vida real, son un invento del hombre para controlar al hombre. Para vivir tu vida tienes que basarte en lo que te pasa a ti no en lo que les pasa a los demás.
- No me puedo deshacer de una sombra que me persigue desde hace meses.
- ¿Será la de el? ¿serás tú misma?
- No. Es la tuya- Irene me volteó a ver con sus ojos muy abiertos.
- ¿La mía?
- Si Irene. Necesito saber qué pasó después de Viena.
- ¿Para qué? El pasado ya es pasado- Y de nuevo volteó hacía el horizonte, nunca se me había antojado Irene Adler tan lejana como ahora.
- Pero todo lo que te he dicho Irene, es mi justificación.
Irene se levantó majestuosamente y con un movimiento de cabeza me indicó que la siguiera. Pasamos a un saloncito que tenía un piano frente a una gran ventana desde donde se apreciaba la playa rocosa invadida por una fina neblina. En un sillón finamente tapizado descansaba un magnífico violín casi nuevo. En la mesa había tabaco de no mala calidad. Todo me lo señalaba constantemente, la presencia de mi maestro era un hecho que Irene no se esforzaba por ocultar. Sacó ella una carta que tenía guardada en medio de una partitura y me la entregó.
- Aquí está todo lo que te puedo decir acerca de lo que pasó después de Viena.
La letra me era muy familiar y querida.
Irene:
Una vez dije que solo estando loco podría fijarme en alguna mujer y yo sé cuándo murmurar, reconozco cuando callar y cuando gritar. También sé encontrar las respuestas y cuándo tengo que encarar la verdad. Reconozco el momento para soñar y el momento para actuar. Sé cómo fingir y hasta seducir. Ahora he aprendido cómo tocarte y qué probar, sé cuándo acercarte y cuándo dejarte en libertad. Sé que el tiempo es corto y que volará y tal vez nunca te llegue a decir todo lo que te tengo que decir pero sé que tengo que darme una oportunidad para intentarlo. Nunca te voy a dejar porque no sé cómo y no permitiré que caigas porque hay algo que haces que yo no sé cómo lograste: crear una emoción donde antes no había nada.
Aunque conozco el camino a la fama y a la riqueza y puedo ser el primero en llegar, todas las respuestas no valen de nada ante el poder que ahora tienes.
No necesitaba ver la firma. Cuando termine estaba realmente asombrada e Irene me sonreía de una manera triunfal desde el piano que había comenzado a tocar.
- ¿Es verdad?- Irene Adler sin dejar de sonreír asintió. Dejo de tocar un momento y me sentó a su lado.
- ¿Te ayuda esto un poco más a vislumbrar el camino que vas a tomar?
- No sé, pensé que sería un dato revelador para mí, pero ahora me siento más confundida que antes- Le entregué la carta y la guardó cuidadosamente en su sitio.
- Es una sugerencia Ana, pero ¿por qué no intentas mezclar todo lo que aprendiste de él y los consejos que yo te he dado? Haz algo nuevo, seguramente será brillante.
Le dije que mi visita era corta y que debía marcharme. Cuando nos despedimos me abrazó y me preguntó:
- ¿Aún quieres que él no se entere?
- No sé. Creo que da igual de cualquier modo. Muchas gracias Irene.
No me fui directamente a Londres. Vagué por las playas un rato en un intento sentimental de encontrar las respuestas a las preguntas que atormentaban mi mente entre el dulce sonido de las olas rompiéndose. Palpé mi bolsa y encontré un cigarro, lo analicé un momento y después lo lancé con todas mis fuerzas hacía el mar.
Tenía muchas cosas que meditar y que cambiar o que tal vez ya habían sido modificadas sin que yo me diera cuenta. Tenía que formar un plan de acción, pero para eso, para eso tenía toda mi vida por delante.
