Recuérdame
Capítulo VII.- En tus recuerdos
Michael lo miró agradecido y no era para menos, sus prolongadas y extenuantes fiestas duraron cerca dos semanas, tal y como los grandes borrachos, pero lo cierto es que no entendía bien del por qué. No tenía la certeza de si aquellas celebraciones eran por algo especial o sólo para atraer más clientes... más dinero, a pesar de eso, aquella no era una preocupación fundamental en su vida, sino la ida de aquel hombre al que muchos nombraban su hemano mayor.
-Sólo a ti que eres su hermano podría dejarte a mi tesoro más hermoso .- Pronunció satisfecho por haberla cuidado esos días.- Es un peligro con tantos hombres rondando por aquí, tú me entiendes.
-Sí, claro…- Se limitó a responder mientras buscaba su mirada.
Nunca hizo contacto visual, al menos no por satisfacción, porque tenía fuerzas para mirarlo y menos para decir un simple adiós. Y lo peor es que sabía cuan mal se sentía por aquel nítido rechazo, pero es que simplemente no terminaba de asimilar la información que le brindaba Yoh, parecía tan irreal, toda una locura.
-Prepárate, visitaremos a unos amigos.- Le anunció su padre, después de despedir a su hermano.
-No quiero ir.- Contestó Anna con indiferencia.
Y en verdad no quería asistir, pero después de que la madre de Yoh la arreglara con esmero, supo que su voz era nula en ese ambiente.
-Estás preciosa, creo que eres la niña más bonita de toda la ciudad.- La alabó con grandes y grandes palabras huecas.
No era novedad, sino algo que ya sabía, que su padre le dijo desde su nacimiento. La más bella….
-La más fuerte y misteriosa mujer que conocí en toda mi vida. Eras malhumorada, sensible, te gustaba ser fuerte ante los demás y que te temieran…
Al menos la descripción de Yoh le venía mejor, le sentaba mucho mejor. Sin embargo, cuando entró a la casa de aquel famoso amigo se sintió fuera de lugar. Había tantas riquezas, tantos jóvenes presuntuosos, que su carácter se elevó hasta formar una barrera.
-Anna, él es…- Escuchó decir a su padre, pero su atención no estaba ahí.- Va a ser tu acompañante.
Seis años mayor que ella, por no decir que aquel joven la miraba con el mismo candil que Yoh la observaba. En verdad no comprendía qué tenía de especial su apariencia si nadie, ni siquiera su padre, se preocupaba por saber cómo pensaba y qué sentía.
-Creo que nos vamos a ver muy a menudo.- Le comentó con galantería.- Nuestros padres tienen planes para nosotros.
-Al menos podrías esperar a que crezca treinta centímetros más, o por lo menos unos cinco años, ¿no te parece?- Habló enojada y en un tono particularmente ofensivo.
-Actúas como una adolescente ardiente, no creo que tenga que esperar tanto, tesoro.- Le respondió con alevosía mientras esa sucia mirada se perdía en su simetría.
Por supuesto que le dio un pisotón en el pie y se perdió entre los adultos una vez que se alejó de él. Era un pervertido al insinuarle que era potencialmente una adolescente hormonal, no lo era, para nada, sólo… Se contempló al espejo y vio con detenimiento que aquel muchacho no mentía, su cuerpo se estaba desarrollando apenas, pero tenía un atractivo inusual para una niña pequeña.
-Kingsley, ¿necesitas romper el espejo para saber que eres horrible?- Escuchó decir a sus compañeras una vez que acudió al colegio nuevamente.
Sus burlas no le servían de nada, ni siquiera cuando ambas jovencitas se colocaron una al lado de la otra. El punto de comparación era terrible. La contaminación y la línea sanguínea no permitía que su piel se hidratara lo suficiente, las estructura de ellas era mucho más tosca y el cabello muy maltratado, a pesar de que trataban de cuidarlo al máximo, pero no podían, sus genes ya eran así.
-Me estoy volviendo loca…- Murmuraba Anna al ver con detenimiento a las dos adolescentes arreglarse.
Mojó las puntas de su cabello atado a una coleta y se resignó a ver cómo su reflejo la seguía hasta dejar el baño. Los gritos la persiguieron, al igual que las críticas de sus compañeras.
-¡Anna, no cabe duda que eres una bruja andando!- Oía los comentarios de las niñas, todos definían mucha envidia.
Yoh le había dicho que siempre tuvo el factor apariencia de su parte, pero ahora no sabía en qué creer, salvo en dos cuestiones. Y es que él pudo haberla confundido y pudiese estar loco, o podría considerarlo al ver que ella era la única mujer que tenía características sobresalientes y no por ser la más bella, sino porque su genética estaba intacta y no había cambiado con el paso de los años, mientras los demás se marchitaban con la suciedad que era el mundo.
-Aquí están las llaves, Anna, tu hermano llegó temprano.- Dijo con alegría la maestra encargada del taller de música.- Es fantástico que quieras mostrarle nuestros avances a un familiar, jamás te había visto tan entregada a tu labor.
-Sí… claro.-Le contestó sin la menor intención de entablar una conversación formal.
Sólo tomó las llaves y se marchó. Ellos dos estarían en ese edificio enorme, pero nadie desconfiaba nada, después de todo ahora estaban emparentados. Y cuando abrió la puerta lo vio sentado en el sillón más lejano de la sala.
-Es muy bonito…- Pronunció encantado de estar en la sala donde se ubicaba únicamente el piano.
-Sí, lo es.- Contestó sin dejar de mirar la partitura que yacía sobre el instrumento.- Estamos solos.
-Lo sé.- Confirmó el castaño.- Es sólo que tú estás muy distante, tal vez no debí decirte todas esas cosas. Olvídalas.
Anna se sintió mal porque él negara lo que hace unos días confesaba como la única verdad. Sin embargo, su corazón deseaba desbocarse en otra cosa que no fueran sus ojos mirándola con esa ardiente fiebre de amar y quererla sin medida.
Era su presencia la que le hacía pensar en algo más que la soledad, su sonrisa la que la llevaba a un lugar más ameno, sus labios tocando los suyos con suavidad y gentileza, como aquel hombre que conocía todo sobre ella y la transportaba a su vez a la nada, en un universo que no conocía y en que figuraba como la mujer de su vida.
Tocó con deleite una de las teclas del instrumento y la resonancia inundó el salón. Miró a su lado y estaba sentado en el taburete junto a ella. Él sonrió mientras ella concentraba su oído a la melodía que entonaba en el piano. Suave y armoniosa, demasiado dulce y melancólica, como si aquella fuera la última vez que lo viera y le dedicara un bello adiós.
-¿Por qué amarías a una persona por segunda vez?- Se atrevió a quebrantar el triste ambiente.
-¿Crees en mis palabras?- Surgió en la tenebrosa oscuridad de su miedo, como si al formular aquella cuestión diera origen a una nueva seguridad.
-Creo en la reencarnación.- Figuró segura, deleitándose con la oscuridad de sus pupilas y el incauto sonido en sus oídos gritando palabras de amor.
-Es complicado.- Admitió el castaño.- Ojalá todos tuvieran una segunda oportunidad para hacer las cosas mejor.
Y extrañamente se sintió más pequeña de lo que en realidad era, ni siquiera cuando la abrazaba se sentía de esa manera, pero siguió tocando, y mientras él la mirara todo estaría bien.
-Pero se dejarían llevar sólo por los recuerdos.-Pronunció con dureza.- Sería sólo fantasía.
Sintió que sus pies chocaban con la duela del piso y quiso afrontar aquella mirada llena de amor, pero ya no sentía su fuerza latir y desbocarla como antes. Ahora percibía la tristeza que él tenía en cuanto la vio convertida en una niña pequeña.
-No… no exactamente.- Habló despacio y muy suave, mezclándose enteramente con la melodía.- Siempre había cosas más importantes: distancias, sueños y responsabilidades. Era un amor lleno de sangre…
-¿Cómo los grandes romances?- Preguntó con melancolía en su voz.
Mientras su mirada se perdía en la suya, averiguando qué tan verdaderos eran sus sentimientos por él, cómo podría revivir su memoria sin dañar a la persona que era ahora.
-Siempre tú y yo.- Contestó Yoh con firmeza.- Justo como ahora.
No pudo evitar cuando sus lágrimas comenzaron a caer con fluidez, él no se inmutó, mucho menos la abrazó. No necesitaba consuelo para seguir conversando a su lado.
-¿Y si no fuera ella, me amarías?- Preguntó con voz trémula Anna.- ¿Amarías una imagen?
Yoh suspiró y dejó que sus manos alcanzaran las de ellas, que se movían sin parar por toda la extensión de teclas. No protestó, anhelaba su contacto.
-No, no te amaría.- Contestó el castaño, enredando sus dedos con los de ella.- Te adoraría, porque eres distinta. Antes no pude conocerte tanto, no de niños, y cuando crecimos las circunstancias nos unieron, pero a la vez nos separaron. Ahora, por suerte, yo puedo escoger nuestro destino...
Lentamente lo abrazó y recargó su cabeza en su pecho, al menos así se sentía segura, de que nadie la apartaría de su lado.
-Te amo.- Susurró con fervor, más él posó uno de sus dedos sobre su boca.
-No me ames, Anna.- Respondió con tristeza.- Quiéreme, pero no me ames, porque tú aún puedes encontrar alguien más a quien amar.
Él retiró sus lágrimas poco a poco, sin que ella reprochara nada. Sólo él tenía el derecho de amarla, ella no y eso la frustraba, ya que la consideraba demasiado menor para experimentar esas cosas.
-Yo te amé desde que tenía 10 años, Yoh.- Le recordó cuando él le relato su primer encuentro.- Tal vez tú no, pero yo sí lo dije.
-Pero yo tenía 10 años también.- Concordó el castaño.- Y tú siempre me gustaste, desde la primera vez que te vi.
-Creo que me doy cuenta de dos cosas: no soy tan fría como dices y… tú nunca valoraste mi amor, antes.- Afirmó segura y extrañamente feliz.
En su pecho se agitaba un poco la melancolía y la felicidad que le brindaba pasar un momento a solas con él. Sin embargo, se alegraba no ser más un pedazo de roca, ni un cimiento que levantara la vida de él, porque eso había sido antes, su apoyo incondicional.
-No, ahora yo soy él que debe protegerte.- Acordó el castaño.- Siempre te hice a un lado, incluso cuando alguno de ellos moría. Pero juró que esta vez haré las cosas bien y si tengo que dejarte ir, lo haré con gusto.
-¿Y qué si decido no irme nunca?- Preguntó con seguridad.
-Entonces te convertiré en mi esposa, porque no me gustaría que te quedaras aquí sola.-Resolvió el castaño más tranquilo.
-No lo harías.- Aseguró Anna.- Yo no te dejaría, porque no quiero tu lástima.
-¿Y quién ha dicho que te tengo lástima?- Cuestionó con una sonrisa en sus labios.- Yo jamás te tendría lastima, eres…
-Anna Kyouyama, la esposa del Rey Shaman.- Pronunció con bastante dureza.
-No, jamás fuiste su esposa.- Recordó Yoh.- Pero ahora mismo me gustaría mucho que lo fueras.
-¿Por qué?
Y esa luz en sus ojos se apagó por completo, más cuando sus labios rozaron los de ella. No respondió, sólo la besó. Aquella energía irradiaba por completo algo diferente, mucho más asfixiante y pasional, algo que jamás había sentido antes y que cosquilleaba en su interior.
-Por que Hao me puso en tierra al ángel más hermoso.- Susurró entre cada beso que le daba y quitaba su aliento.- La tentación más grande que no puedo tocar.
-Aún así, no puedo amarte…
-No, jamás.
Continuará….
N/A: Nuevamente les traigo el fic más melancólico que he escrito, en serio me hace sentir triste cada vez que imagino la escena, especialmente cuando Anna llora, siento que es muy remoto verlo, pero perfectamente real. He actualizado este, porque es el fic intermedio a una actualización en fics largos, así que próximamente habrá otro capítulo en línea. Sus reviews los contestaré en breve en mi blog, que por cierto estoy actualizando continuamente y basta de promoción barata, nos estamos a proximando al descenlace de esta historia, así que... irse desacostumbrando de los capítulos breves, pero no hay problema porque planeo subir un fic igual de corto en la sección M.
Agradecimientos especiales: shamangirl, snoopyter, Katsumi Kurosawa, y Seyram Asakura.
