† Capítulo V †

Salió de la ducha y, tras pasar más de media hora entre secarse, peinarse y plancharse el pelo, fue hasta la cocina ya vestida de nuevo. Su hermana estaba ya sirviendo los espaguetis, así que se sentó a la mesa y esperó a que su hermana hiciera lo mismo.
–¿Al final qué pasó con Moses? –dijo al rato, rompiendo el silencio entre ambas.
–Había muerto su hermano –contestó inexpresiva, no quería hablar de él en absoluto.
–Pobre...
–Y casi nos besamos.
–¿¡Cómo que "casi"!
–Entraron la furcia y su perrito faldero y nos interrumpieron –continuó con la misma impasibilidad.
–¡Aah, las mato!

Al terminar de comer, volvió a su cuarto y encendió el ordenador para conectar el messenger, esperanzada de que él estuviera conectado. Pero no lo estaba. Y se amenazó de muerte a sí misma en su fuero interno por extrañarlo tanto. Realmente no tenía ganas de nada, tan solo de desaparecer. Apagó nuevamente el ordenador, y cogió su violín, guardado en la funda negra apoyada contra el escritorio, y comenzó a tocar una de sus composiciones favoritas. "Willow", de Emilie Autumn, una canción triste pero hermosa; cada vez que la tocaba se ponía a pensar acerca de todo lo que la rodeaba. Era viernes, pasaría dos días sin ver a Moses, pero quizás eso la beneficiara dándole tiempo para organizar sus sentimientos.

Llegando a la conclusión de que quedarse en casa encerrada sólo conseguía deprimirla más, decidió salir a dar un paseo por la ciudad, sola. Dejó el violín en su sitio y, tras haberse delineado los ojos de negro y haberse puesto un lazo en el pelo del mismo color que éste, fue a llamar a la puerta de la habitación de su hermana mayor.
–Saya, voy a salir a dar una vuelta –abrió la puerta lentamente, encontrándose con la nombrada acostada en cama y con los auriculares puestos– Volveré dentro de un rato.
–¿Quieres que te acompañe? –preguntó, quitándose uno de los auriculares e incorporándose un poco.
–Qué va, no hace falta –su hermana le envió una sonrisa comprensiva, como si supiera que lo que realmente su hermana pequeña quería era estar sola.
Cerró la puerta con cuidado y, en el recibidor, se calzó unas botas militares de plataforma y tomó su bolso de The Nightmare Before Christmas y su sudadera de Chelsea Grin, ambas cosas colgadas del perchero. Salió de casa, cerrando la puerta tras de sí, y se encaminó por la calle hacia ningún lugar en concreto, a donde el destino la llevara.

Se puso sus enormes auriculares Skullcandy rosa, subiendo el volumen para no tener que oír lo ruidosa que era la calle un viernes a las seis de la tarde, mientras escuchaba una estrofa de una canción de Haste The Day que inevitablemente le recordaba a Moses, y a lo tonta que ella misma se sentía al no atreverse a confesarle sus sentimientos.

"I can't breathe, everything I do is useless / No puedo respirar, todo lo que hago es inútil.
I can't do this on my own, I'm fading / No puedo hacer esto yo solo, me estoy desvaneciendo.
Too many times I've left in silence / Tantas veces he abandonado en silencio,
This time I won't give up so soon / Esta vez no me rendiré tan pronto."

De pura casualidad, probablemente por la costumbre de ir veces y veces a ese lugar, llegó a una plaza en el centro de la ciudad a la que acudía casi todos los días que salía de casa. Para ella, era lo mejor de la ciudad: tenía un pub alternativo, un puesto de piercings y tatuajes, una tienda de cómics, una de cd's, y una de ropa emo, gótica, punk, heavy, visual kei, y gothic lolita. Se decidió por entrar en la tienda de cd's, recordando que una semana atrás había salido el último de Silverstein, probablemente el segundo en la lista de sus grupos favoritos, y ella todavía no lo tenía. Se quitó ya los auriculares, sabía que aquí podía estar a salvo de los dolores de cabeza que le producían aquellas cosas andantes no identificadas.

Con una canción de Alesana sonando de fondo en la tienda, Diva leyó los letreros encima de las estanterías donde estaba colocada aquella infinidad de cd's, hasta que encontró uno en el que ponía "Screamo", con letras fucsia. Se acercó hacia allí y se dispuso a buscar aquel cd, rezando por que no se hubiera agotado ya. ¿Agotarse un cd de Silverstein? Menuda gilipollez, en esta mierda de ciudad sólo se agotan los cd's de Jonas Brothers y Tokio Hotel, y mierdas de esas para quinceañeras en celo y sin sentido de la música. Miró hacia la derecha al escuchar un sonido en esa dirección, y se quedó consternada al ver allí a Moses, mirando cd's, llevando puesto un gorro de The Misfits, una sudadera de The Devil Wears Prada [MizzMassacre: ¡Viva el merchandising! xD], unos pantalones pitillo negros, y unas Converse verdes. ¿Por qué se lo tenía que encontrar en un momento en el que estaba intentando no pensar en él?

–¿Y tú por aquí? –se acercó según sus ojos dieron con ella.
–Pues... pues... vine a comprar el último cd de Silverstein... pero no lo encuentro –contestó ella, odiándose a sí misma por ponerse nerviosa.
–¿No es ese? –dijo señalando un cd que estaba justo al lado de donde Diva había estado mirando hacía dos segundos.
–Ah, pues sí, no lo veía –lo tomó del estante, y se dirigió a pagar, con Moses detrás siguiéndola– ¿Y tú a qué viniste?
–A nada en especial, había oído hablar de este sitio, y vine a echar un vistazo... estar en casa sólo me deprime más –Diva se sorprendió con la última frase que él había dicho, era lo mismo que ella había pensando unos minutos antes. Es... es igual que yo... Se dispuso a salir ya de la tienda, deteniéndose en la puerta al ver que afuera estaba lloviendo– Tengo paraguas, si quieres... te acompaño a casa.
–Nononono, no hace falta...
–Sí que hace –cogió el paraguas negro que había dejado en la entrada de la tienda, y lo abrió, indicándole a la chica con un gesto que se pusiera a su lado. Ella obedeció y se dejó acompañar por él, era demasiado vanidosa como para dejar que se le mojara el pelo.

Caminaron en silencio bajo el mismo paraguas, recorriendo las calles bajo el cielo lluvioso, y sintiendo su corazón latir más rápido cada vez que sin querer rozaba el brazo de él. No podría describir esto que estaba sintiendo, el estar tan cerca de él le gustaba y le molestaba al mismo tiempo. Le encantaba sentirlo cerca de ella, su simple presencia era lo que ella necesitaba para ser feliz, estar a su lado. Y, por otra parte, odiaba estos nervios que sentía al estar con él, notaba mariposas en el estómago y apenas podía articular palabra. Ansiaba besarlo... pero su cobardía no le dejaba. Tiene gracia, tan atrevida para unas cosas y tan tímida para otras. Comenzó a sentir un nudo en la garganta y las lágrimas empezando a humedecer sus ojos, en ese momento quería abrazarlo, no soltarlo nunca, quedar juntos resguardándose del frío de la lluvia. Tras aproximadamente diez silenciosos minutos, llegaron a la casa de Diva. Resguardándose de la lluvia bajo su portal, se despidió de Moses con dos besos en la mejilla, en uno de los cuales las comisuras los labios de ambos se rozaron.

Cerró la puerta cuando él ya había dado media vuelta para irse, y fue hasta su habitación con rapidez, no sin antes pasar por la cocina a por un muffin. Lo dejó en su mesilla de noche, ahora mismo tenía el estómago demasiado revuelto por los nervios como para comer, y se acostó de lado en cama, quedándose como tonta mirando aquel pastelito... hasta que se le ocurrió una idea tan absurda e idiota, que se lo comió en dos bocados para dejar de pensar estupideces.

Saya había pasado toda la tarde encerrada en su habitación, intentando en vano estudiar, no conseguía concentrarse, sólo podía pensar en Haji. Había estado pensando en lo que Diva le había dicho acerca de que tenía el número de Haji. Él ya había dado el primer paso besándola, ahora era cuando ella tenía que hacer algo al respecto. Había oído a su hermana llegar a casa unos diez minutos antes, así que salió de su habitación y entró en la de Diva, la cual se encontró tirada en la cama y haciendo nada, pero con una gran sonrisa en la cara.
–¿Estás bien?
–Sí, supongo...
–No intentes disimular, que mientes muy mal, y además desde mi ventana veo el portal y vi que viniste debajo del paraguas de Moses...
–Vale, sí, me lo encontré en la tienda de cd's y me acompañó a casa porque estaba lloviendo –se incorporó, quedando sentada en la cama, frente a su hermana que estaba en pie delante de ella.
–¡Aah, pero mira que eres tonta a veces! Podías haberlo invitado a entrar a tomar algo y, ya de paso...
–No digas tonterías, ¡no me gusta Moses!
–Sí.
–No.
–Sí.
–No.

–No infinito.
–¡Sí infinito más uno!
–¡Ajá, te pillé!
–¡No vale! ¡Eso es trampa!
–Diva, a mí no me puedes mentir...
–Vale, puede que me guste un poco.
–¡Lo sabía! Por cierto, esto... podrías darme el número de... de...
–De Haji, claaro... pero el sexo telefónico es muy aburrido.
–¡No voy a tener sexo telefónico con él! Por cierto, tienes la cama llena de migas, como mamá lo vea todo así...
–Es que estuve comiendo un muffin.
–¿¡Comiendo! ¡Si ensuciaste tanto que parece que lo comió un cerdo en vez de una persona!
–Ya, es que me enfadé por una idea estúpida... –dijo, desviando la mirada al suelo.
–¿Qué idea?
–...

De nuevo en su cuarto, se encontraba sentada en su cama mirando fijamente el teléfono que yacía en su mesilla de noche. ¿Lo llamo? ¿No lo llamo? Venga, sí, lo llamo. ¿Y qué le digo...? Se odió a sí misma por dudar, no podía perder la oportunidad, su hermana se lo había dejado en bandeja, y eso era algo que no podía desaprovechar. Armándose de valor, tomó el móvil y comenzó a marcar con cuidado los nueve números, uno por uno, mirando no equivocarse en ninguno.

Mientras, Diva se maldecía a sí misma mientras buscaba en su ordenador nuevamente encendido qué música ponerse a escuchar. Ella no podía enamorarse, claro que no, hacía medio año que había reservado su corazón para solamente el odio. Odiaba la raza humana... lo cual le resultaba irónico, ella no dejaba de ser una patética humana, pero odiaba profundamente a toda y cada una de las personas que conocía, a única excepción de su hermana... y ahora, de él. Porque aquel verano la había cambiado para siempre. Llevaba meses enamorada de un chico y, cuando al fin consiguió salir con él, se dio cuenta de que fue el peor error de su vida. Sólo quería hacerle daño, llevándose consigo su confianza en las personas, y todos sus pensamientos acerca de aquello a lo que llaman amor.

Qué aburrimiento, no tenía la más mínima idea de con qué entretenerse. De pronto, recordó el cd que poco antes se había comprado y, después de cogerlo del bolso, lo introdujo en el ordenador, escuchándolo al mismo tiempo que esperaba a que el messenger se iniciara. Su corazón latía más deprisa cada vez que el nombre de Moses resonaba en su cabeza. Que me ponga nerviosa de esta manera es tan patético que me dan ganas de suicidarme.

A los pocos segundos de haber pulsado el botón de llamada, Saya pudo oír la voz de Haji desde el otro lado del teléfono.
–¿Hola? –¡Kyaaa, es Haji, es Haji!
–Hola, Haji. Soy yo, Saya.
–¡Saya! ¿Qué tal?
–Bien, gracias. ¿Y tú? –todas las palabras que a la chica se le pasaban por la cabeza eran cosas como "te necesito", "te amo", "ven aquí", "necesito un beso tuyo", "te quiero", "abrázame"...
–Bien –contestó él– ¿Qué haces?
–Intentando estudiar.
–¿Y eso? ¿No entiendes la materia?
–Qué va, sólo es que no soy capaz de concentrarme.
–¿Me harías un favor?
–Claro, Haji.
–Mira por la ventana.

Rápidamente, fue a levantarse de la cama para separar las cortinas y, cuando miró hacia la ventana de la casa de enfrente, vio a Haji. Colgó el móvil al mismo tiempo que lo hizo él, dejándolo caer en la cama, y abriendo la ventana al igual que Haji.
–Hola, Saya.
–¿Eres mi vecino?
–Sí.
–¿Desde cuándo?
–Justo hoy me acabo de mudar aquí. Antes vivía a las afueras con mi abuela, pero como quedaba muy lejos del instituto, me cambié para aquí.
–¿Vives solo?
–No, con mi tía.

Tenía a Haji como vecino, y no se lo podía creer. Lo iba a tener cada vez más cerca, y ese simple pensamiento la hacía sonrojarse.
–Saya, ¿estás bien? –dijo cuando ella llevaba unos segundos en silencio con la misma cara de consternación.
–Sisisí.
–Por cierto, sobre el beso...
–Me encantó –atajó, sin dejarlo acabar la frase, sorprendiéndose a sí misma por haberse atrevido a decirlo.
–¿¡Qué! –lo miró de reojo, viendo que él también comenzaba sonrojarse– ¿De verdad, Saya? –la aludida asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra– ¿Puedes venir aquí...?
–S... sí.

A punto de un ataque de nervios, recogió su bolso, el cual todavía seguía colgado de la manilla de la puerta, y salió de su casa para dirigirse a la de Haji. Le abrió la puerta del portal recién había llegado, y la abrazó con fuerza como si no quisiera perderla... y ella no quería que la soltara. La tomó de la mano para subir juntos a su piso, dirigiéndola a la habitación del chico. Una habitación sencilla, pintada de blanco y adornada con cuadros en blanco y negro de hermosos paisajes. Tenía también un escritorio negro con la silla del mismo color, tres estanterías llenas de libros, tres puertas, y una cama enorme.
–Qué habitación más bonita –él sonrió, encantando a Saya con su sonrisa, dejándola como hechizada.

–Me alegro de que te haya gustado el beso, Saya –decía Haji mientras comenzaba a sonrojarse.
–Si no te importa, me gustaría repetirlo.
–Con todo el placer –la tomó por la cintura, pegándola a él. La chica cerró los ojos y sintió sus labios juntarse con los de él; quería saborear cada segundo, cada centímetro de la boca de Haji con su lengua. Se separaron al quedar sin aire, ambos respiraban con dificultad mientras seguían abrazados el uno al otro. Saya lo abrazó más fuerte, se sentía tan bien entre sus brazos...

–Saya, sobre el beso... Lo hice para demostrar que te quería, te anhelo desde que te vi –susurró Haji– No sé qué vas a decir al respecto, pero al menos ya sabes que te quiero.
–Haji... yo también te quiero –finalmente lo había dicho y no se sentía mal, como había pensado; se sentía bien, no, se sentía genial. Finalmente estaba en sus brazos.
–Saya, entonces... ¿quieres ser mi novia?
–¡Sí! –él la abrazó fuertemente otra vez, para después tomarla de la mano y llevarla hacia su cama, sobre la que se recostó.
–Anda, échate.

Hizo lo que él dijo y se echó a su lado, abrazándose de nuevo el uno al otro, y cerrando los ojos a la vez. Saya estaba cansada de resistirse, y pensó que él debería de estar cansado tras la mudanza; así que se durmieron, los dos juntos, sintiéndose genial al poderse relajar entre sus brazos y sentir su dulce olor. Cuando la chica abrió nuevamente los ojos, vio a Haji a su lado, sonriendo.
–¿Qué? ¿Tengo algo en la cara?
–No, sólo es que me gusta verte dormir –le acarició la mejilla y ella le respondió con una sonrisa, para luego juntarse más a él entre sus brazos.
–Me gusta estar junto a ti –susurró.
–Y a mí me gusta que estés.


Bueno... creo que nada que comentar, la historia sigue incompleta hasta dentro de bastante tiempo (incluso no sé si llegaremos alguna vez a terminarla), pero iré poco a poco subiendo hasta el capítulo once, que es el último que tenemos escrito. Un saludo, MizzMassacre y Hinata Maki.