† Capítulo XI †

Contaba uno a uno los segundos que transcurrían mientras esperaba impaciente la llegada de la cucaracha que esa misma noche aplastaría, regalándole una lenta y dolorosa agonía, inflingiéndole incluso más dolor del que a ella le habían producido alguna vez. Porque esa era su venganza, su sangrienta venganza, por todo lo que la había hecho pasar, por todos aquellos deseos de cortarse las venas que le había causado. Pero esta vez no seré yo la que sufra, por supuesto que no; he abierto los ojos, y esta vez te devolveré cruelmente todo lo que me has hecho sufrir. No dejaba de tocarse las manos y morderse el labio debido a los nervios, su corazón latía con fuerza en su pecho y su respiración aumentaba más cada segundo que pasaba. Esa impaciencia la estaba matando, pero sabía que valía la pena, vaya si la valía; esa noche se iba a divertir como nunca antes lo había hecho. Porque, para gente como Noelia, no había nada mejor que una tumba anticipada; su corazón se hinchaba de odio tan solo con oír su nombre, sus venas se llenaban de ira tan solo con verla, y su mente ardía de cólera tan solo con escucharla.

Se sobresaltó emocionada al oír el sonido de unos tacones chocando contra el suelo, haciendo pequeños intervalos de silencio mientras su propietaria intentaba esquivar los escombros.
–Solomon, cariño, ¿dónde estás? –sonaba su voz con eco– Ya me explicarás qué morbo tiene hacerlo en un sitio así –gruñía, hasta que dejó escapar un grito de sorpresa al encontrarse con Diva ataviada con una bata, unos guantes y una mascarilla de cirujano– ¿Qué haces tú aquí? Claro, nos andas persiguiendo a Solomon y a mí; mira que eres pesada, a ver si te cortas las venas de una jodida vez y dejas de molestar. Que él sea tu ex novio no quiere decir que aún le intereses y puedas perseguirlo porque sí. Y, por cierto, bonito disfraz de Halloween, pero ya te dije miles de veces que a ti no te hace falta disfraz, que... –interrumpió su charla sin sentido cuando notó las frías manos de su enemiga agarrando fuertemente sus muñecas– ¿¡Pero tú de qué coño vas! ¡No me toques, flipada!
–Mejor témeme, querida, soy la muerte –dijo inexpresiva, mientras Noelia seguía intentando zafarse de su agarre. Su mirada cargada de rabia la aterrorizaba, nunca había visto aquel brillo en sus ojos.

Aprovechó un momento que Diva le soltó una mano para buscar algo en su bolsillo, y se dispuso a darle con fuerza un puñetazo en la cara, pero gritó al ver una daga atravesar su mano como si nada.
–¿¡Qué haces! ¡Déjame en paz! ¡Déjame ir! –lloraba e intentaba huir mientras luchaba por no clavar la mirada en la sangre que corría ahora a lo largo de su brazo.
Podía estar segura, a pesar de que la mascarilla le tapaba la nariz y la boca, de que aquella psicópata estaba sonriendo, sí, estaba disfrutando con su dolor. Te quitaré del medio, porque él es mío, y no dejaré que nadie se interponga entre nosotros dos...
–Porque él me pertenece –susurró con un gruñido, para después acariciar la cara de la chica con el cuchillo, dejando un profundo e irregular corte de oreja a oreja.
El terror crecía en la mente de Noelia, temblaba, las lágrimas salían con fuerza de sus ojos castaños, como si nunca fueran a cesar de caer, y sus gritos eran cada vez más desesperados, rogando ayuda inútilmente, puesto que no había nada ni nadie alrededor de aquella vieja fábrica abandonada.

–Por favor, Diva, déjame ir, somos amigas… –sollozaba desesperada, con una voz rota debido a todo el dolor que ya sentía.
–¿Amigas? Tú y yo nunca fuimos amigas, quizás pensaste que lo éramos hace dos o tres años, pero yo siempre te odié. Te reías de mi sufrimiento y ahora yo estoy haciendo lo mismo contigo. Pero esto es sólo un comienzo.
Diva no soportaba más el vil sonido de su voz desgarrada así que, tras arrancarle una a una las uñas con unos alicates que había sacado de su mochila, metió cuidadosa un cutter por la garganta de su víctima, cortándole las cuerdas vocales y haciendo cesar sus gritos desesperados. La tiró al suelo y le pateó la boca, haciéndola escupir sangre, y le pisó la cabeza mientras pensaba cuál era la parte que venía ahora. Cogió un mechero y le prendió fuego a su pelo, que se fue lentamente quemando hasta llegar a la raíz, y luego le metió palillos chinos por los oídos, momento en el que se desmayó a causa del dolor. Pero Diva aún no estaba satisfecha.

Abrió los ojos y se encontró encima de una cinta que la desplazaba con lentitud hacia algún lugar que ella no conseguía ver, como tampoco era capaz de moverse. Bajó la mirada hacia su ropa, ensangrentada, y divisó unos agarres metálicos sosteniéndola de pies y manos. Estaba perdida, ¿qué terribles cosas le deparaba un futuro tan cercano controlado por las manos de una asesina sádica?
–Vaaaya, ya te has despertado –volvió la mirada hacia donde provenía el sonido de la alegre y melódica voz de su peor pesadilla, que aún sonreía– Por ser tú, te lo explicaré. Esta cinta te está llevando derechita al picadero de carne, así quedarás descuartizada y les será más difícil reconocer tu asqueroso cuerpo. Pero esperar se me hace aburrido, así que tú y yo seguiremos jugando hasta que la cinta llegue a la que será tu tumba, ¿vale? –Diva miraba divertida la expresión aterrorizada de Noelia, que rogaba clemencia con la mirada, lo que a Diva se le antojó ridículo– Es demasiado tarde para pedir perdón, no puedes arreglar todo el daño que me has hecho... y, además, quiero tu hermoso sufrimiento. Me llevaré la mierda a la que llamas vida junto con tu esperanza, tus sueños, tu amor... todo aquello que has intentado arrebatarme a mí –volviendo a sostener la daga, se la clavó en el estómago, dejando profundos y numerosos cortes que sangraban desde su vientre, haciéndola chillar como una rata, justo como lo que eres.

Metió de nuevo la mano en el bolsillo de la bata blanca, esta vez tomando una cucharilla, y acercándola al ojo derecho de la ensangrentada y moribunda chica.
–No te preocupes, sin ojos no verás lo que te hago y será menos cruel, ¿no crees? –haciendo caso omiso de los llantos y los gritos desesperados de Noelia, acercó más la cuchara hasta que el ojo salió, y entonces se lo hizo tragar, tras haber hecho lo mismo con el izquierdo– ¿¡Dónde está tu dios! ¿¡Dónde está tu maldito dios ahora! –le arrancó las tripas y las pasó alrededor de su cuello, haciendo fuerza para así ahorcarla, cesando el sonido de su agonía, haciéndola cerrar esa maldita boca de una vez por todas. Cuando al fin su cuerpo quedó inerte y sus llantos cesaron, los ojos azules de Diva vieron que su mayor enemiga estaba ya cerca de la máquina que picaba la carne, así que se apartó lo suficiente como para ver con claridad su magnífica obra: el cuerpo ya sin vida siendo deshecho, y luego cortado en pequeñas tiras del color de la sangre que cayeron al suelo, dejando un charco carmesí bajo ellas.

Sin apartar la vista de lo que había creado, aquello que quedaba de quien hasta entonces había sido su peor enemiga, finalmente había encontrado su sonrisa; era pura y ensangrentada. Satisfecha con su trabajo, dejó encima de los restos del cadáver aquel traje de cirujano, más las armas homicidas completamente libres de huellas. Era el asesinato perfecto. Para terminar su obra, vertió sobre todos los restos un bidón de gasolina que divisó en una esquina de la fábrica, y luego le prendió fuego, quedándose por unos minutos viéndolo todo arder, las llamas creciendo más y más, carbonizando todos los restos y los materiales que había utilizado para su obra maestra.

Antes de irse, se colgó su mochila al hombro... y de ella sacó aquel móvil de aquel color verde tan hortera que dañaba la vista. Lo tomó, sin tocarlo directamente con los dedos, y lo dejó caer en el suelo, desmontándose la tapa y la batería del resto del teléfono. Sí, era el móvil de Solomon, con la tarjeta de Solomon, y con las huellas de Solomon... así que la policía ya tendría a quien culpar, y Diva sonrió al haber matado así dos pájaros de un tiro.
–¿Quién se ríe ahora, queridos?
Salió de la fábrica y recorrió rápidamente el descampado, hasta dar con las nocturnas calles, por las que caminó apresuradamente hacia su casa. Nadie podía saber que había pasado la mayor parte de la noche fuera. A medio camino, recordó una canción que se puso a entonar, a modo de canto fúnebre para aquella que hasta poco tiempo atrás había sido su némesis.

"There's something inside me, it's coming out / Hay algo en mi interior, está saliendo fuera.
I feel like killing you / Tengo ganas de matarte,
Let loose the anger held back too long / Deja paso a la cólera contenida demasiado tiempo.
My blood runs cold through my anatomy / Mi sangre corre fría a través de mi anatomía,
Dwells another being rooted in my cortex / Mora otro ser arraigado en mi corteza,
A servant to its bidding / Un sirviente para su puja.

Brutality now becomes my appetite / La brutalidad ahora se convierte en mi apetito,
Violence is now a way of life / La violencia es ahora un modo de vida,
The sledge, my tool to torture / El mazo, mi instrumento para torturar,
As it pounds down on your forehead / Mientras golpea bajo tu frente.

Eyes bulging from their sockets / Ojos que se hinchan desde sus cavidades,
With every swing of my mallet / Con cada oscilación de mi mazo.
I smash your fucking head in / Rompo tu maldita cabeza,
Until brains seep in through the cracks / Hasta que los sesos se filtran a través de las grietas.
Blood does leak, distorted beauty, catastrophe / La sangre hace goteras, distorsionada belleza, catástrofe.
Steaming slop, splattered all over me / La exhalación se derrama, salpicada por encima de mí."

Recorriendo las prácticamente vacías calles de la ciudad, al fin podía sentir la calma por haberse quitado ese peso de encima, aunque su corazón seguía latiendo a una velocidad inmensurable. En esa fría madrugada, sólo se veía pasar algún que otro coche por la carretera, de los que Diva intentaba ocultarse, no podía dejar que nadie la viera. Abrió cuidadosamente la puerta de su casa, completamente en silencio, quedándose quieta por unos instantes mientras escuchaba. Silencio. Sabía que no había nadie en casa, pero aún así, prefería que todo ocurriera en completo silencio. Entró en su habitación haciendo el mínimo ruido posible, y allí se despojó de su ropa, dejándola yaciendo en el suelo, estaba demasiado cansada como para colocarla; y se puso el pijama, para después meterse en cama con una sádica sonrisa marcándose en sus labios.

Incapaz de dormir, abrió los ojos sobresaltada ante un pequeño impacto contra su ventana, situada justo detrás del cabecero de su cama. Con una pizca de terror en sus venas, apartó las cortinas de encaje azabache para así mirar por la ventana, y pudo distinguir una oscura silueta bajo su ventana, iluminada por las farolas en la oscura noche cerrada. Abrió la ventana, asomándose por ella, distinguiendo al instante aquella figura.
–¡Moses! ¿Qué haces tú aquí? –ataviado con su más que habitual sudadera de Suicide Silence y con la capucha puesta, miraba fijamente a Diva desde abajo en la acera.
–No puedo dormir, llevo toda la noche dando vueltas por la ciudad pensando, y no puedo esperar más tiempo para decírtelo –dijo, desviando la mirada hacia el suelo.
Se quedó paralizada, la tensión la carcomía por dentro y la intriga la mataba de los nervios. Notó un nudo en la garganta, mientras en vano intentaba respirar profundo para calmarse.
–Espera, que bajo –dijo cuando al fin consiguió reaccionar.

Se puso por encima de su corto camisón negro con encaje violeta la primera sudadera que encontró, y las zapatillas del mismo color morado. En silencio, bajó hasta el portal, donde quedó cara a cara con Moses.
–Bueno... ¿qué era eso que querías decirme? –preguntó, fingiendo tranquilidad y tratando de ocultar su nerviosismo.
–Quería pedirte perdón. Saya me lo ha contado todo, que me odiabas por haberle dicho que sí a Noelia. Pero ese mismo martes le dije que no pensaba ir con ella cuando descubrí el tipo de persona que era. Quería decírtelo, pero huías de mí…
–Lo siento, fui una estúpida al no querer escucharte. Pero es que me hiciste mucho daño, cuando le dijiste que sí, lo di todo por perdido.
–Diva, yo... –la tomó por las manos y la miró a los ojos, notando las cálidas manos de ella sobre las suyas, frías como la noche, y perdiéndose en su mirada del color del océano. Sus palabras se atragantaron en su garganta y se mordió el labio, como diciéndose a sí mismo "¡habla!", y bajó la mirada hacia las manos de ambos antes de continuar– Yo... te amo.

Entonces fue ella la que quedó estática, mirándolo fijamente con los ojos muy abiertos, notando las lágrimas humedeciendo sus ojos, sintiendo un escalofrío cuando una fría brisa nocturna la rozó, despertándola medianamente de su ensoñación, desbloqueando sus pensamientos y dando rienda suelta a sus emociones. No se podía creer que eso estuviera ocurriendo de verdad, dos largos meses esperando que los labios de Moses articularan esas dos hermosas palabras hacia ella, había tenido que matar por conseguirlo, pero al fin sus sueños se habían convertido en realidad. Lo abrazó, apoyando la cabeza en su pecho mientras intentaba contener sus lágrimas. Se odiaba a sí misma por no tener el valor de decirle lo que sentía, ella nunca había dicho "te amo" con plena sinceridad, quizás porque nunca antes se había enamorado de verdad. Sé que en el pasado lo he dicho más de una vez, pero esta vez es real. Quería decirle que lo amaba, desde la primera vez que lo vio, que era su todo, que ella había sido suya desde el primer hola.

–Llevo tanto tiempo esperando decirte esto... –susurraba él mientras le acariciaba el pelo y la tomaba por la cintura con el otro brazo– Desde que por primera vez te vi, esos ojos azules comenzaron a aparecer en mis sueños, todas las noches me dormía pensando en ellos y me despertaba con la imagen de los recientes sueños en mi mente; y tu sonrisa era lo único con lo que ansiaba encontrarme día tras día. Estos dieciocho años de vida no significaban nada para mí hasta que apareciste, nunca había sentido nada igual por nadie. Me reprochaba a mí mismo cada segundo en el que pensaba en decirte que te amo y la cobardía me lo impedía, porque es la primera vez que siento que realmente es amor. Y aunque quizás tú no sientas lo mismo, nunca dejaré de intentarlo... porque lo eres todo para mí...

Diva sonrió al escuchar aquella última frase sacada de la canción que habían estado escuchando aquel día los dos solos bajo la lluvia. Armándose de valor, separó la cabeza del pecho de Moses, y fue hasta sus labios, rozándolos con timidez al principio y sintiendo mariposas en el estómago y sus nervios crecer, quizás tanto como el color rojo que coloreaba sus mejillas. Él la abrazaba con fuerza por la cintura a la vez que le correspondía el beso, con aquella ternura y cariño que Diva recordaba de aquel día en el portal de su casa. Se separaron un poco y se sonrieron mutuamente cuando ambos ya necesitaban oxígeno.
–Mejor me voy ya, no quiero que cojas gripe por mi culpa.
–Pero yo quiero estar a tu ladoo... –contestó ella volviendo a acurrucarse en su pecho– Puedes quedarte a dormir en mi casa si quieres... pero mi madre llega por la mañana, así que tendrás que salir por la ventana, y tal...
–Jaja, no importa, menos mal que vives en un bajo –ella sonrió y lo tomó de la mano, entrando junto a él en el portal, dirigiéndolo hacia su habitación.

Moses se quitó la sudadera, dejándola a los pies de la cama sobre la que se echaron, tapándose hasta el cuello y sin dejar de abrazarse el uno al otro. Diva se sentía realmente estúpida al no tener el valor de decirle que sí, que lo amaba, que lo era todo para ella. Era la perfecta ocasión, y no podía dejarla pasar como había hecho con las anteriores. Ignorando el nudo en la garganta y las lágrimas que comenzaban a escapar de sus ojos azules, tragó saliva y juntó todo su valor para decírselo, aunque solamente fue un susurro.
–Yo también te amo –se sintió estúpida de nuevo al darse cuenta de que él ya estaba dormido, pero en el fondo no le importaba tanto; lo oyera o no, ella había conseguido decirlo. Sonrió, y lo abrazó más fuertemente para pronto caer dormida entre sus brazos.

Despertó molesta por la luz del sol, recordando entonces que no había bajado la persiana. Ansiando ver a Moses dormido a su lado, esa imagen que tanto tiempo llevaba anhelando, abrió los ojos, encontrándose sola en su habitación. Miró con nostalgia el hueco vacío de su cama, en el cual se suponía que debería de estar Moses. ¿Había sido todo un sueño? Con una mueca de frustración y ganas de llorar de nuevo, se destapó para levantarse e ir a desayunar, y entonces se encontró cubierta con cierta sudadera que le era más que familiar.
–Fue real –dijo en alto para sí misma, con una sonrisa de oreja a oreja mientras se vestía aquella sudadera que olía justo como él.


Para ser sincera, tenía planeado tardar algo más en subir este capítulo, ¡pero no podía esperar, es mi favorito! Y la parte "gore" (oséase, cuando Noelia finalmente muere), se la dedico a Luchiia (por su "lista de torturas"), a Plague (por la parte "¿¡dónde está tu dios!"), y también a Alex, a Bibi y a Jess, simplemente en agradecimiento por vuestros reviews (ya que sois mayormente los únicos que comentais el fic). Y creo que nada más que decir finalmente cambié la famosa sudadera de Slipknot por una de Suicide Silence (en honor a mi Alex), solamente porque "esa sudadera" me trae viejos recuerdos y abre anteriores heridas. Tendréis que esperar unos meses hasta nuevos capítulos, ¡lo siento! Un saludo, MizzMassacre y Hinata Maki.