El epílogo prometido (casi suena a bíblico... Tiembla, Jesucristo). Nada, siendo sincera no es lo que había planeado, ni lo que me habría gustado. Tiene posibilidad de ser reescrito, pero por ahora es lo que hay.
Estuve tentada a ponerlo como una historia aparte, pero al final lo hice como lo prometí. No me hago responsable de lesiones cerebrales ni psicológicas. De nuevo me disculpo por la ortografía, mi corrector no funciona.
Durarara!... Blabla... no me pertenece.
El calor parecía querer abrasarle por completo. Las pálidas manos de Izaya se aferraban con fuerza a las blancas y ya de por sí desordenadas sábanas. Un espasmo de dolor le recorrió de nuevo, pero no gritó. Su cerebro estaba demasiado ocupado como para procesar la sensación. Buscando una respuesta razonable para todo aquello, sin éxito.
La situación se repetía a menudo, él recostado en una superficie medianamente cómoda con cierto guardaespaldas descerebrado sobre sí, tocándole de una forma a la que para nada estaba acostumbrado.
— Te odio, Shizu-chan... — pronunció con dificultad, intentando por todos los medios no disfrutar de la sensación y concentrarse en sus propios pensamientos. Pero simplemente, no podía.
Lo odiaba, por supuesto que lo odiaba. ¿Quién, en su sano juicio, no odiaría a alguien como Shizuo?. Él amaba a los humanos, a su extraña y retorcida manera, pero no por ello con menor intensidad. Sin embargo, detestaba a Shizuo con todas sus fuerzas, y más aún desde los recientes acontecimientos. ¿La razón?
Shizuo Heiwajima no era humano.
Un superhombre, había escuchado decir alguna vez a Shinra. Un Dios, es lo que alguna vez había escrito Celty en su PDA. Un tipo peligroso, diría Masaomi Kida. Un chico bueno, hubiera dicho Simon con una sonrisa. Pero para Izaya Orihara, ninguna de esas descripciones era válida.
Para el informante, Shizuo Heiwajima era un monstruo.
Un monstruo, por la brutalidad y la irracionalidad con la que se comportaba. Un monstruo, por no formar parte de los planificados esquemas de Izaya. Un monstruo, por hacerle sentir cosas que ningún ser humano sería capaz.
En múltiples sentidos.
El hombre de ojos rojos mordió la almohada ahogando un gemido, molesto al ser interrumpido de nuevo. Le sorprendía una y otra vez que le provocara de esa forma y que el hombre teñido no le respondiera a golpes. Pero al parecer, Shizuo no era exactamente igual en las calles y en la cama.
Parecía ignorar por completo sus insultos, hacía oídos sordos a cada venenosa palabra de desprecio que Izaya le dirigía. Sus poderosas manos sujetaban con excesivo cuidado la cadera de su enemigo, algo extraño en él.
Porque si ya era difícil mantener el autocontrol para alguien como el informante, ni qué decir lo costoso que resultaba para el inestable guardaespaldas. Él era físicamente poderoso, poseía una fuerza inhumana capaz de provocar grandes estragos. Si no era cuidadoso, podía fácilmente destrozar el pequeño cuerpo que se estremecía bajo el suyo. Aunque, pensandolo detenidamente, siempre había tenido el objetivo de asesinar a Izaya. No sabía qué había cambiado, o si simplemente la situación lo requería. Porque lo más lógico sería, dado su odio por el informante, que simplemente no quisiera follarse a un cadáver. Pero Shizuo sabía que cualquier pensamiento por el estilo sería sólamente engañarse a sí mismo.
— Relájate, pulga — pidió en un susurro, consciente de lo dolorosos que estaban siendo sus movimientos para Izaya. Aún con todas las precauciones del mundo, el rubio no podía evitar ser brusco y violento la mayor parte del tiempo.
Aún no había conseguido hacerse a la idea de su nueva "relación" con el hombre de ojos escarlatas. Aquello era simplemente de locos. Aparentemente, nada había cambiado en sus encuentros por las calles de Ikebukuro, las persecuciones, ataques y amenazas de muerte no se habían detenido. El mobiliario urbano de la ciudad no se había visto afectado por el repentino giro de los acontecimientos. Las señales de tráfico seguían desapareciendo de su lugar tras ser arrancadas por cierto guardaespaldas malhumorado, al igual que algunas máquinas expendedoras aterrizaban inexplicablemente en callejones, esquinas y fuentes públicas tras un corto vuelo.
Pero lo cierto es que las cosas habían cambiado bastante.
Porque todo odio, toda ira parecía desvanecerse momentáneamente cuando ambos hombres unían sus labios en la segura oscuridad de un callejón. Cuando sus cuerpos se encontraban sin golpes ni navajazos de por medio.
Para ser sustituidos por una inquietante sensación de confusión. Confusos y desorientados, ya que cuanto más placer experimentaban sus cuerpos al acariciarse, mayor era la angustia que les atenazaba al no encontrar una respuesta lógica a la inesperada comodidad que les producía la compañía mutua.
— Shizu-chan no debería comportarse como el ser humano que no es... — pronunció Izaya intentando hacerse oír entre los sonidos que amenazaban con salir de su garganta. Sintió cómo el cuerpo de Shizuo se tensaba sobre el suyo, provocando una pequeña sonrisa en el rostro del informante. Sonrisa que se congeló en sus labios cuando los movimientos de Shizuo se volvieron más bruscos, haciéndole estremecer de dolor y placer simultáneos.
Un dios, un monstruo, qué más daba. Ninguna calificación posible podría describir lo que el rubio era para él.
— Deberías aplicarte el cuento, pulga. No deberías comportarte como el Dios que no eres.
Sino como uno de los humanos a los que tanto adoraba y atormentaba.
El informante notó una húmeda calidez en sus mejillas. Sus ojos escarlatas se desorbitaron a causa de la sorpresa. Izaya Orihara estaba llorando. No sabía realmente si era por el cúmulo de sensaciones físicas que le abrumaban, o por aquella repentina presión en el pecho que no estaba acostumbrado a experimentar.
Un pequeño gemido de sorpresa escapó de su garganta al sentir los labios de Shizuo paseándose por su nuca, su cuello, su clavícula... deteniéndose de vez en cuando para morder la delicada piel que se estremecía ante cada contacto.
El informante se sobresaltó de nuevo al sentir las manos del guardaespaldas sujetando su cintura, para despues voltearle hasta quedar cara a cara. Los ojos ambarinos de Shizuo mostraron un brillo extraño al encontrarse con aquel rostro empapado de lágrimas. Y más aún cuando aquella horrenda sonrisa se instaló en el pálido rostro, provocándole una ira lejos de ser racional. Por eso, se aseguró de no poder verla, juntando sus labios con los de Izaya, y haciéndo que esa sonrisa se extinguiese casi instantáneamente gracias al intenso contacto.
Los pálidos párpados se cerraron casi al instante para disfrutar de la caricia. El informante frunció el ceño cuando sintió a Shizuo moverse de nuevo, despacio pero cogiendo velocidad poco a poco. Y no pudo evitarlo. Gritó.
En cuanto al rubio, ya no le importaba nada, ni la razón por la que ambos se encontraban en esa situación ni si realmente era correcto que tuviese sentimientos distintos al odio por alguien como Izaya. Nada, excepto aquel hombre y él entrelazando sus cuerpos sobre la pequeña cama de la desordenada habitación del guardaespaldas.
Y por una vez, si había una respuesta lógica a aquella extraña situación, ninguno de los dos quiso conocerla.
Ante todo, lo siento si no salió como esperaban. Y les guste o no... a mí me gustan las opiniones, las comparta o no ^^. E incluso se aceptan tomatazos y ositos de peluche.
