Intercambio

Capitulo II: Agobio

Sólo siguió sus "instintos". No sabía a dónde ir, pero tampoco tenía nada que hacer ahí, simplemente avanzó arrastrando esperanzas, hiriendo su piel en el proceso. Su cerebro no funcionaba bien. ¿Qué hacía todo diferente de antes? ¿Por qué, si el deseaba más que nada que todo estuviera bien?

Su cuerpo abatido y débil vuelve a sucumbir progresivamente, tan lento y sin la más mínima oportunidad de protestar. El suelo lo recibió en una sola y áspera caricia. Se recostó boca arriba y observó nuevamente el cielo, como antes, cuando niño. Cerró sus ojos ensimismándose, reconociéndose... Sentía su angustia, él era el mismo, pero nada más lo era. No se había adaptado, pero había sobrevivido. Fue protegido mientras dormía indefenso, pero aquella cálida fuerza lo había abandonado. Ahora debía valerse por sí mismo, pero en aquella batalla se encontraba peleando el último lugar.

Sencillo... antes todo era más sencillo. ¿Por qué no empezar por lo más simple? ¿Qué tenía de malo? Hacer algo fácil, lo más obvio. Respirar, cualidad que sólo los seres vivos poseen. Si, se sentía bien, muy bien. Él era un privilegiado. Comer ¿Hace cuánto que no probaba bocado? Hambre y posar su atención en ello, le hacían sentirse desesperado por no tener nada con qué satisfacerse ¡Cómo deseaba tener una tienda cerca!

Se sintió un tanto feliz y ligado al mundo otra vez, existía algo qué debía hacer, relativamente importante, pues si no comía no vivía. Reunió sus fuerzas he intentó continuar. Arrastrarse fue lo único que consiguió. Aferrarse con sus uñas a la tierra y avanzar. ¿Qué era el sacrificio? ¿La dignidad? ¿A cuánto puede llegar la desesperación, la necesidad y el dolor? ¿Cuál es el límite de la locura? ¿Cómo se puede saber que se ha perdido la cordura? ¿Por qué se sentía observado por sus recuerdos? ¿Qué le hace compañía?

Podía sentir la humedad del suelo pegándosele, asfixiándolo. Su cuerpo delgado y desnutrido parecía pesar el mundo entero y un poco más. Cada retrospectiva del pasado que habitaba en su cerebro, actuaba como una pequeña, pero poderosa palanca, que lo jalaba lentamente hacía atrás. Se alimentaba de su esperanza polvorienta y respiraba de su aliento, robándole cada suspiro, acumulando su frustración. ¿Cuándo estaría aquello satisfecho? ¿Habrá sido éste el verdadero verdugo de los que ya no están? ¿Cómo poder conmoverle o complacerle? ¿Hasta qué punto puede llegar la crueldad de la realidad?

La tensión del momento era sólo propia. Había perdido aquella lucha. ¿Pero contra quién o qué? ¿Contra sí mismo? ¿Contra su anhelo incumplido? ¿Cómo saber? Si ya no hay nada ¿Cuál es el problema? ¿A quién decirle que es infeliz?

Mordió y escupió la tierra con rabia, ojos húmedos y un reclamo reprimido. Se maldijo, se maldijo, se maldijo, una y otra vez. Las vueltas de la vida lo habían mareado y ahora le vomitaba su verdad al mundo; cegado, moribundo; fuera de sí.

Gracias por leer!