Capitulo 8
Feliz cumpleaños
Chicago, 12 de marzo, 1907.
-Quieto, niño, necesito terminar de arreglarlo…-Suspiró, exasperada la nana del pequeño, se encontraba en la laboriosa tarea, de cambiar y peinar al pequeño.
-¿Por tienes que ponerme esta ropa?, me aprieta…-Se quejó, removiéndose, tratando de quitarse el chaleco azul.
-Es un día especial, y tienes que lucir encantador, para la celebración en tu honor…- Le dijo dulcemente al pequeño, colocándole el chaleco de nuevo y fajando la camisa blanca en su corto y elegante pantalón a juego azul.
-Si tienes razón es mi cumpleaños, por eso debería hacer lo que me plazca a mí, no a mis padres, no me gustan las fiestas- Le informo obstinadamente el pequeño con una mueca, rindiéndose a quedar vestido.
La aya del niño le sonrió, el niño hablaba cual grande fuera, comenzó a cepillarle los cabellos dorados cobrizos, hasta que se rindió y los dejó en su mejor intento, como siempre.
-Te debería de gustar las celebraciones, ahí estarán tus amiguitos, niño.- Le informó para darle un poco de ánimo.
-Yo, no tengo amigos, preferiría acampar en el bosque, mi padre me lo ha prometido.-Le dijo el niño con sus pequeños brazo cruzados en su pecho.
-No diga eso niño, son hijos de las amistades de tus padres, por lo tanto son sus amigos, y estoy segura que su padre cumplirá su promesa.- Le regaño suavemente la nana.
-Y quité los brazos de su pecho, que se va arrugar la camisa.-Le advirtió, quitando los brazos del pequeño, de su regazo.- ¡Ya esta listo!, esta adorable…-Le halagó la nana con una sonrisa.
Era verdad el pequeño niño, que festejaba su séptimo aniversario de vida, tenía una piel blanca cremosa, con unos grandes ojos verdes luminosos, sacados a su madre, heredando el rebelde cabello de su padre rubio cobrizo, que nunca podía peinársele decentemente, pero no quitaba el encanto del niño, vestido con su traje azul, su corto pantalón y su chaleco, con su elegante camisa blanca de seda, resaltaba su piel blanca.
-¡No me digas encantador!, nana, soy un hombre, no se le dice eso a un hombre.-Replicó el pequeño molesto, haciendo un puchero.
-Discúlpeme señor, quise decir cuan apuesto se ve- Le dijo divertida, siguiéndole el juego al pequeño.
-Eso me gusta más, nana, ¿también tengo que ponerme ese ridículo sombrero?- Le pregunto mirando con horror el pequeño sombrero de vestir azul, que le pasaba su nana.
-Es necesario niño, tiene que cuidarse de los rayos del sol, su piel es delicada- Le explicó ella acomodando su sombrero.
-Y sigues de nuevo, yo no soy delicado, ¡soy un hombre te digo!-Le dijo con las mejillas rojas del exalto. Luciendo aún más encantador.
-Basta pequeño anciano, tengo que llevarlo al jardín allá lo esperan sus invitados- Le dijo, tomándolo de la mano y jalándolo hacia la puerta, pero antes de poder salir del cuarto, se entreabrió la puerta, asomando la cabeza una pequeña niña.
-¿Que quieres Adela?, te dije que esperarás en la cocina.- Le regaño la nana a su pequeña hija, dos años menor que el niño.
-Sólo le traigo su regalo a Edward- Le dijo entrando sin más, cubriendo toda su cara con una sonrisa, entregándole una pequeña caja de cartón al niño.
-¡Mabel Adela!, no seas irrespetuosa y no le llames Edward al pequeño, es niño Edward para nosotras…- Le regañó exasperada su madre, volteando, para verificar que nadie la había escuchado.
-Déjala, nana ella me puede decir Edward, no soy niño…- Rodó los ojos el pequeño, con curiosidad viendo la diminuta caja de cartón.
-Anda ábrela, te gustará, yo misma la atrapé-
El niño obedeció abriéndola descubriendo una cigarra, esta intentaba zafarse de la caja, pero esta estaba atada a ella con un pequeño hilo.
-¡Wow!, me encanta, gracias Mabel….- Le dijo sonriéndole el niño, mirando a la cigarra en su intentos fallidos por volar.
-Niño esconde eso antes de que nos vea alguien- Le dijo la nana con miedo, viendo reprobatoriamente a su hija.
-Y tu y yo tendremos una platica seria en un rato más- Le dijo señalando acusatoriamente a su hija.
Edward corrió hacia su cama y puso la caja debajo de ella, para ocultarla.
La niña desapareció rápidamente por la puerta, sólo se escucho los apresurados brincos de las escaleras. La nana llevó al niño al jardín, donde se encontraban los invitados y padres del niño.
Ellos se encontraban en el enorme jardín, había una gran mesa larga con variada comida, pasteles, dulces de todos colores, y arreglos de tulipanes azules, por todos lados.
-¡Edward! ven a saludar a tus amigos- Le apremió su madre, invitando acercarse a su hijo.
La madre del pequeño Edward, era hermosa y elegante, con la piel cremosa, cabello rubio castaño, que hacia resaltar sus ojos verdes. Su cuerpo esbelto y grácil, el cual lo cubría un vestido de pliegues rosa pálido el cual le llegaba por debajo de las rodillas, con grandes collares de perlas. El ondulado cabello recogido en un elegante moño.
El niño camino lentamente hacia su madre, no le agradaba saludar a las personas, todos le llenaban de besos las caras y, o, pellizcaban sus mejillas. Cuando llegó por fin al lado de su madre ella lo abrazo, animándolo para que saludará a sus invitados. Y como no le quedó mas remedio, así lo hizo, sucediendo lo que tanto temía, cuando al fin término la tortura, y con las mejillas rojas de tantos pellizcos. Volvió junto a su madre, quién estaba con su esposo ahora era la viva imagen de el pequeño Edward crecido, pero con los ojos castaño obscuro, Edward de inmediato saltó a los brazos de su padre, quién lo abrazo de vuelta.
-Anda Edward, ve a jugar con tus amigos.- Le mandó su padre sonriendo al pequeño, quién sólo agacho la cabeza y bufó, dirigiéndose hacia la parte con columpios, donde estaban todos los niños.
Todos los niños se encontraban en el jardín haciendo un circulo, viendo algo en el suelo, pero el no alcanzaba ver lo que era, camino mas rápido hacia ellos con curiosidad, cuando se dio cuenta, como todos se reían y burlaban de alguien.
Se abrió paso entre los niños, para entrar a ver lo que había en el suelo, miró tirada a una pequeña y delgada niña, con las rodillas raspadas, llenas de sangre, ella trataba de buscar algo a tientas en el suelo, sin tener éxito, parecía no ver muy bien. Todos se reían y pateaban algo pequeño entre ellos, el niño creyó adivinar lo que era, sin duda era aquello que la niña intentaba encontrar, cuando se dio cuenta que eran unos anteojos, no sabía que las niñas tan pequeñas los usaban, pero los tomó antes de que otra patada se estampará contra ellos de nuevo. Todos lo fijaron pararon de reír y fijaron su vista a Edward, quién los miraba acusatoriamente, los ignoró, y fue ayudar a la pequeña del suelo. Ella tembló pensó que la iba lastimar, por lo que hizo para atrás cuando la tocó.
-Tranquila, te ayudaré a levantarte.- Le dijo tranquilizando a la pequeña, su padre, siempre le había dicho que debía respetar y ayudar a las mujeres.
Ella dudó un momento pero acepto su mano, y se puso en pie.
-Esto debe ser tuyo- Le dijo el niño entregándole los anteojos a la niña.
Ella se los puso rápidamente, se los acomodo bien y miró a Edward apenada, miro al suelo.
-G-Gracias- Le agradeció tímidamente, los niños no eran amables con ella generalmente.
-No hay de que, pero estas lastimada, vamos dime quienes son tus padres, para llevarte con ellos.- Le pidió Edward a la niña.
Pero antes de que pudiera contestarle, una niña habló.
-Ella es sólo la hija del Jefe de policía y su madre una desconocida, no se por que fueron invitados- Le informó la niña mirando con desdén a la sonrojada niña, que la miraba con furia clara en sus ojos.
-Nadie te preguntó tu opinión sobre a quién invitan mis padres- Le dijo con astucia el pequeño, sintiendo compasión por la niña.
Y sin más salió del círculo de niños, tomándole ala niña de la mano, cuando alcanzaron hacer observados por los adultos, una pareja corrió hacia ellos.
-¡Marie, hija que te ha sucedido!- Le gritó con preocupación una mujer, quién debía ser su madre. Le miró los lentes maltratados, viajando con su mirada por el cuerpo de la niña deteniéndose al notar sus rodillas ensangrentadas y sucias.
-Ella se calló y tiró sus lentes sin fijarse- Respondió por ella Edward, sabía que el se vengaría de los niños, el algún día iba llegar a ser un gran soldado, que protegería a las personas indefensas, como ella.
La niña sólo lo miró con el ceño fruncido, pero no se miraba que fuera a desmentirlo.
-Oh, hija te hemos dicho que tengas mas cuidado, mírate pequeña, vamos a llevarte a que te revisen las rodillas.- Le dijo su padre con la misma preocupación y alarma que su madre, el la tomó en brazos. Mi padre se acercó rápidamente a ellos, -Yo los llevaré si mi lo permiten- Dijo mi padre solemne.
-Gracias Señor Masen, pero nosotros nos encargaremos, gracias por la invitación a sido un honor- Le dijo con agradecimiento, y despidiéndose con la cabeza. La madre de la niña les dio una sonrisa tímida a mis padres rápidamente, para volver su atención hacia la niña.
Yo miré como mi padre los acompañaba rápidamente hacia la salida al igual que mi madre. Aprovechó para ir en busca de él o los culpables de lo sucedido con la niña.
Corrió rápidamente hacia donde los niños, ellos aún se encontraban juntos riéndose.
-Ella es rara, vieron los enormes anteojos que usa, mi abuelo tiene unos iguales- Río con burla la misma niña, que la había criticado hace poco rato.
-Es verdad ella es demasiado pálida también,- Dijo petulante, otra niña uniéndose a las risas de todos.
Edward se acercó a ellos para que todos voltearán a verlo, todos guardaron silencio cómplicemente.
-Edward, ¡Felicidades!, ¿te ha gustado mi regalo?- Le pregunto la misma niña petulante.
El la ignoró y pregunto. -¿Quién empujó al suelo a la niña?- Preguntó con los ojos entrecerrados.
Nadie hablo.
-Si no me lo dicen le diré a su padres que todos fueron, y no creo que les guste- Les amenazó.
-Fue un accidente, de verdad ella es muy tonta, y no puede ver sin sus lentes- Dijo inocentemente la niña.
-¿Y por que no los traía?- Preguntó Edward.
-Abigail se los quitó- Dijo otra niña con la cabeza agachada se miraba apenada, pero apuntando a la niña petulante.
Ella abrió los ojos sorprendida, mirando a la niña que la acusó, con resentimiento.
-No es verdad…- Empezó a decir, pero no ocupaba saber lo que diría la pequeña maliciosa niña.
-No importa, pero debes de saber que si yo te vuelvo a encontrar maltratando a la niña o cualquier más, le diré a tus padres cosas que harán que sufras un gran castigo.-Le dijo amenazadora y seriamente.
Ella sólo asintió. Volteó a ver a los demás niños y todos ellos se esparcieron rápidamente corriendo hacia sus padres. El niño se quedó parado un rato ahí cuando volteó al suelo y miró un pequeño moño de encaje lila. Supuso que era de la niña, por que era justo donde había estado hace rato tumbada. El niño guardo el moño en uno de sus bolsillos. Y salió corriendo a reunirse con los demás. Sus padres aún no ser reunían con las demás personas así que los espero. Hasta que los miró acercándose a él.
Cuando la fiesta terminó y todos los invitados se despidieron y agradecieron la invitación, los padres de Edward lo llamaron a la sala.
-Edward, ¿Tuviste algo que ver en el incidente de la pequeña Marie?- Le preguntó la madre al pequeño con sospecha.
-Claro que no madre, yo fui quién la ayudo, los niños la estaban molestando- Le informo indignadamente el Edward.
Su madre le sonrió satisfecha, le había creído, conocía muy bien a su hijo.
-Eso estuvo muy bien de tu parte pequeño, es lo que te he enseñado- Le dijo orgullosamente su padre.
-Es hora de dormir, vete a tu habitación, mandaré a tu haya, para que te preparé para dormir…- Empezó a mandar su madre, pero el niño la interrumpió.
-La niña Marie, dejo olvidado su moño- Dijo el niño sacando el moño de su bolsillo.
-Muy bien hijo, nosotros se lo haremos llegar- Le dijo su padre.
-No, padre, me gustaría llevárselo para ver como esta.- Pidió el niño tímidamente.
Sus padres se miraron entre sí, y su madre asintió con la cabeza, y le sonrió.
-Claro hijo, me alegra saber que educamos a un pequeño perfecto caballero- Le aprobó su madre con orgullo.
-Mañana avisaremos en la mañana, a sus padres de la visita y te llevaremos en cuanto no los permitan.- Le dijo guiñándole el ojo a su hijo.
-Gracias, pero no soy un pequeño.- Replicó obstinadamente el niño.
Sus padres fruncieron los labios para no reírse.
-Perdón, Anda Edward, sube a tu habitación en un rato subo para darte las buenas noches.
El niño obedeció sin chistar, aunque estaba aún molesto por que lo llamaran pequeño, hoy había rescatado a una niña en apuros, y ella le había agradecido, mañana cumpliría su cometido llevándole el pequeño moño, que tenía entre sus manos, quién por su curiosidad lo llevo debajo de su nariz, para inspeccionar su aroma, olía a fresas, su fruta favorita. Lo guardo delicadamente en su cajón y cerro la gaveta.
Al día siguiente muy temprano Edward se encontraba ya sentado en su cama esperando a que llegará su nana, a los pocos minutos llegó.
-Buenos días niño Edward, ¿a que debemos el honor de levantarse tan temprano?- Le preguntó la nana.
-No podía seguir durmiendo, quiero que me ayudes a cambiarme, para bajar enseguida.- Le dijo apurado Edward.
-Es la primera vez que no tengo que obligarte a cambiar, ¡vaya que es un día raro!- Le dijo riendo suavemente, dirigiéndose a traerle ropa al niño.
-Es sólo que tengo mucha hambre…- Le dijo rápidamente volteando hacia abajo.
Edward se metió a bañar, al salir su nana le tenía lista la ropa. El empezó a cambiarse sólo pero necesito la ayuda de su nana, para ponerse los tirantes. Ya estaba listo con un traje café, y camisa beige, el sólo corrió por el sombrero, bajo corriendo las escaleras antes de que su nana pudiera decirle algo.
Edward fue corrió al jardín donde sabía que encontraría a sus padres desayunando. Los saludo, y se sentó en una silla aún lado de su padre.
-Pero creo que te has caído de la cama, Edward Anthony, estas encantador- L e saludo su madre depositando un tierno beso en cada mejilla.
Edward sólo bufó al comentario sobre lo "encantador" que lo encontraba. Rápidamente le sirvieron a Edward leche con chocolate, y panqueques con miel, su desayuno favorito. El comió casi devorando todo.
-Veo también que has amanecido con un gran apetito, me da gusto, así crecerás grande y fuerte- Le dijo su padre, alborotando más su cabello.
-Papá. ¿Ya has llamado a los padres de Marie?, ¿puedo ir a llevarle su moño?- Preguntó entusiasmado Edward.
-Sí Edward, muy temprano llamé a la oficina de policía, te alegrará saber que Marie esta bien, y nos invitaron a tomar el té, un poco mas tarde.- Le informo su padre.
Edward sonrió ampliamente, el pensaba que era una misión como soldado, estaba emocionado por ver ala niña que había salvado.
-Muy bien, entonces me hablan cuando vayamos a partir- Les pidió Edward como todo un adulto.
Sus padres se rieron y asintieron para que el niño los viera.
Edward corrió a su cuarto, se había olvidado completamente de la cigarra, temía que hubiera muerto por su irresponsabilidad. Busco debajo de su cama pero ya no había nada, se asustó al pensar que alguien la había encontrado, dejó de respirar cuando escucho que se abría la puerta de su habitación.
-¿Buscas esto?- Escucho una pequeña voz, y respiro otra vez, era Adela, balanceando el hilo que al otro extremo se hallaba la cigarra, aleteando tan rápidamente, pareciendo invisibles sus alas.
-Sí, menos mal que la tomaste, pensé…-Dijo aliviado ala niña.
-Lo sé, te olvidaste de ella, y pensé cuidarla, antes de que la pobre muriera- Habló resentidamente, pero trataba de ocultarlo.
-Gracias, siento haberla olvidado, pero ayer tuve codas que hacer- Se justificó apenado el niño.
-¿No te gusto mi regalo?- Preguntó desilusionada la pequeña Adela.
-¡Claro! Me encanto, no volveré a descuidarla así- Le prometió firmemente.
-Esta bien, ¿Qué tal si salimos a pasear con ella al jardín?- Le propuso entusiasmada.
-Lo siento, será otro día, hoy no puedo ensuciarme…-Dijo rápidamente.
-Nunca te ha preocupado eso, ¿A donde irás?- Cuestionó curiosa, y un poco triste por la negación de su amigo.
-Cierto, no te he contado, ayer estuve en una misión, salve a una pequeña a la que estaban molestando, los niños que estaban ayer en la fiesta- Dijo orgulloso.
-Ella perdió su moño, y yo se lo llevaré hoy- Le confesó y saco el moño de la gaveta.
-¿Quién es esa niña?-Preguntó irritada al darse cuenta que la cambiaban por ir a ver a otra niña.
-Se llama Marie, es hija del Jefe de policía- Le informó.
-Esta bien, te dejó tranquilo entonces- Y salió rápidamente antes de que Edward pudiera contestarle algo.
Edward no entendía por que Mabel se había enojado, seguía enojada por descuidar ala cigarra, se encogió de hombros y se dio cuenta, que se había llevado consigo a la cigarra. Pensó que sería mejor dejarla con ella, de cualquier manera el saldría hoy. Se encogió de hombros y se sentó aun lado de la ventana, viendo el jardín, esperando que sus padres lo llamaran.
-Niño Edward, su madre le pide que baje, para partir hacia la casa de los Evans- Edward no conocía el apellido de la niña, pero supuso que ese era.
Bajó corriendo, tomando su sombrero antes, se reunió con sus padres enseguida, y partieron hacia la casa de los Evans, supo que llegaron, por que el chofer los dejó enfrente de una pequeña casa. Se bajaron y el padre de Edward toco la puerta, abrieron instantáneamente, mostrando a la madre de Marie sonriéndonos.
-Buenas tardes- saludaron los Masen cortésmente.
-Buenas tardes, ¡pasen por favor a su humilde hogar!- sonrió calidamente la madre de Marie. Y a si lo hicieron la casa era pequeña pero a Edward le gusto la calidez que había.
-Es un gusto tenerlos en nuestro hogar- Les dijo amablemente la señora Evans.
-El placer es nuestro, señora Evans- Dijo mi padre.
-Buenas tardes- Saludo el padre de de Marie, quién se nos unió y los invitó a pasar a la sala de estar.
Tomaron asientos todos, Edward volteaba y se preguntaba dónde estaría Marie. No tuvo que hacerlo más la niña bajaba las escaleras, Edward no la había visto bien el día anterior, por que ella estaba asustada y el sólo quería ayudarla. Ella era como su nana de le decía todos los niños encantadora.
Era más blanca que él, pero tenía las mejillas sonrojadas, miraba las escaleras con mucho miedo, tal vez seguía lastimada de las rodillas, sus ojos los cubrían los enormes lentes. Llevaba un vestido lila, era la niña mas bonita que el había conocido.
Cuando por fin bajo, saludo a todos con la cabeza y un "Buenas tardes".
-Perdonen a Marie, ella es un poco tímida con las personas que no conoce, pero cuando la conocen es encantadora.
Marie se sentó a un lado de su madre con las mejillas aún más rojas.
-Marie por que no invitas al niño Masen, al jardín y le enseñas el columpio que hizo para ti tu padre- Le animó su madre.
-En un momento les llevó chocolate y galletas.- Nos dijo sonriéndonos ambos la amable madre de Marie. Edward se paró enseguida, viendo que la niña se dirigía a la puerta de atrás. Y la siguió rápidamente. Era un bello jardín no tan grande como el de su casa, pero muy bonito, tenía grandes y frondosos árboles, un pequeño estanque con flores rosas y amarillas alrededor. En el otro extremo se encontraba un hermoso y gran columpio de madera tallada, se miraba acogedor. La niña fue a sentarse en él sin decir palabra, dejándole espacio para que Edward pudiera sentarse.
-Hola- Edward al ver que la niña era tímida pensó en empezar la conversación.
-Hola- Le respondió la niña poniéndose roja.
-¿Por que tus mejillas están tan rojas?- Le preguntó Edward curioso.
-Yo… no… lo sé- Dijo ella encogiendo los hombros.
-A mi también me gustaría saberlo- Dijo mas para ella.
Ella lo volteó a ver y al ver que reía ella se unió a él.
-Quiero darte las gracias, por ayudarme ayer…- Le dijo al terminar de reírse, seriamente.
-No tienes nada que agradecerme, ese algún día será mi trabajo-Le informó orgulloso Edward ala niña.
-¿Serás policía como mi padre?- Preguntó ella con los ojos de par en par.
-No, yo seré soldado y protegeré a mi país.- Le respondió.
-Oh,- Fue todo lo que dijo la niña.
-Bueno de cualquier manera, gracias por ayudarme a levantarme y darme mis lentes, no puedo ver sin ellos- Agregó rápidamente.
-No hay de que, esos niños son unos tontos por burlarse de ti- Le dijo solemne ala niña.
-Así es como me tratan siempre, creo que son por mis anteojos, luzco graciosa con ellos, lo sé- Dijo ella resignada encogiéndose.
-No son graciosos, son… grandes nada mas.-Dijo sin pensar Edward.
Los dos se rieron juntos de nuevo.
-Pero he venido a darte algo que has olvidado- Le informó Edward, sacando el pequeño moño lila de su bolsillo. Ella lo vio asombrada, no estaba acostumbrada a que fueran tan amables con ella, el lo deposito en la mano de la niña.
-Muchas gracias, es de mis favoritos- Dijo tímidamente, e intento ponérselo en el cabello, pero se le calló en el intentó, los dos se bajaron rápidamente del columpio para tomar el moño, así que lo tomaron al mismo tiempo, al agacharse se le callaron también los anteojos, y Edward miró sus ojos grandes e increíbles color chocolate, y al no apartar la vista de ellos, tocó sus manos al mismo tiempo para recoger el moño.
-¿Edward?, ¿Qué pasa?, por que cortaste el recuerdo…- Le dijo Mabel confundida ella, estaba Casi tan absorta como Edward en sus pensamientos.
-¿Qué fue eso?, Yo, no entiendo, por que, no sé, esos eran sus ojos…- Dijo incoherentemente Edward, en shock.
-Tus recuerdos Edward, me dijiste que te los mostrará- Le contestó confundida.
-Pero ella era Bella… eso no puede ser-Se decía así mismo buscando respuestas que no encontraba.
-Claro que lo era, estas casado con ella, lo cual me sorprende tanto a mí, pensé que no la habías vuelto a ver desde…- Le dijo aún mas confundida.
Edward la escucho débilmente, cuando captó.
-¿Acaso ella…?- Dijo dándole vueltas la cabeza y con los recuerdos en su mente, repitiéndose cien veces mas.
¡Hola!, espero les haya gustado el capitulo… gracias por sus comentarios. =)
Espero me digan que les pareció, y que no… es muy importante para mi su valiosa opinión.
Saludos & besos.
Yomara
