Este capítulo va dedicado a BlackStarChan, AnataYume, vivaelanime, stephanie malfoy, Kinary-chan, Winter Rain 3 y a todos los que se toman el tiempo para leer. Espero que sea de su agrado.
Capítulo VI.
Realidad.
Draco no fue capaz de procesar ni la mitad de la información que su madre comenzó a soltarle desde el momento en que logró abrir los ojos. Sin embargo, unas cuantas cosas le habían quedado muy en claro: la primera, y la más importante para él, era que sus padres - gracias a Merlín y a Salazar - no se encontraban muertos; su madre se había pasado el resto de la noche sujetándole la mano, velando sus ratos de inconsciencia y murmurando de vez en cuando "Todo estará bien" en los momentos en que Draco daba señales de algún movimiento. La segunda, lo ponía un poco inquieto, ya que obviamente, su madre y él no se encontraban en la mansión; el pequeño cuarto iluminado con una sola antorcha no le resultaba nada familiar y su perturbado cerebro había comenzado a imaginar que tal vez Malfoy Manor había sido atacada y que para esos momentos, estaría ya destruida.
Pero sin duda alguna, lo que le había dejado más descolocado, era el simple hecho de imaginar que Potter - sí, el jodido Harry Potter - hubiera tenido algo que ver con que ahora se encontrara en una muy cómoda cama desconocida y no en la fría habitación en la que había pasado uno de los peores momentos de su vida, porque en serio, la vida no podía estarse burlando de él de esa manera tan retorcida; o de qué otra forma podía explicar que fuera precisamente él quien se encontraba a su lado - sacudiéndolo de forma muy poco amigable, por cierto - antes de que lograra dejar atrás al monstruo de la inconsciencia, quien parecía no querer soltarlo del todo.
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El aroma de bollos recién horneados, el sonido de aves cantando y revoloteando en el exterior, y la tenue luz que lograba colarse por las delgadas cortinas blancas lo trajeron de vuelta a la realidad.
Ahí estaba de nuevo, en la misma habitación, sólo que esta vez no estaba su madre, ni Potter - o la alucinación que esperaba fuera Potter, pero su madre al parecer también la había visto y hasta había intercambiado unas palabras con ella, o eso creía recordar; así que el asunto de la alucinación empezaba a perder puntos -, y comenzó a observar con todo el detenimiento que le permitían sus pesados párpados y el ardor que comenzaba a invadir sus ojos, en busca de alguna pista para saber a quien pertenecía aquel pequeño lugar. Había dos camas individuales, un pequeño armario ubicado en una esquina, un viejo póster de los Ballycastle Bats - bueno, al menos no era de los perdedores de los Cannons -, algunas cajas multicolores regadas por el suelo de toda la habitación, un horrible banderín de Gryffindor colgado junto a una ventana que tenía unas muy delgadas cortinas blancas que hacían que la luz y el aire… ¿un horrible banderín de Gryffindor? Oh. Por. Merlín.
En ese preciso momento, su madre cruzó el umbral con una pequeña bandeja entre las manos que contenía una taza de té caliente y un par de panecillos, quienes seguramente eran los causantes de aquel delicioso aroma que había entrado junto con ella, situación que hizo que el cerebro de Draco se olvidara un momento de lo que esos feos colores adornando la pared podrían significar y se ocupara mejor en recordarle a su estómago la importancia de los alimentos y, de paso, que se encontraba vacío desde hace algunos días.
– Buenos días, cariño. Me alegra que hayas despertado por cuenta propia, me sentiría culpable si hubiese tenido que ser yo la responsable de sacarte de tu descanso. ¿Cómo te sientes, amor? – Cuestionó con voz suave su madre, dejando la bandeja levitando tras de ella y acercándose a él para acariciarle con afecto la mejilla izquierda, al tiempo que le ayudaba a incorporarse lo más lentamente que le era posible.
– Como si un troll me hubiera bailado encima. – Suspiró con pesadez, e inmediatamente sintió un dolor agudo que nacía en su pecho y se irradiaba hacia la espalda. – ¿Qué es todo esto? – Preguntó, tocando sobre la ropa el vendaje que le cubría el tórax.
– Un vendaje que colocó Kirsten, tienes un par de costillas rotas y ella considera que es necesario que lo tengas mientras que estés tomando la poción crece-huesos. Ahora, trata de moverte lo menos posible e intenta comer algo, porque después tenemos que hablar.
Draco ya sabía que ninguna buena noticia viene seguida de la frase "Tenemos que hablar", y la verdad era que se sentía tan cansado, adolorido y hambriento que en esos momentos poco le importaba lo que vendría después.
Y no tuvo que pasar demasiado tiempo para que todas las pequeñas incertidumbres que torturaban a su aletargada capacidad de raciocinio se vieran esclarecidas, porque después de terminar aquellos deliciosos panecillos de chocolate, su madre le mencionó las palabras que ningún Malfoy desearía escuchar en una misma oración: rescate, Potter, casa, Weasley y agradecimiento; por lo que el ataque de histeria se encontraba esperando ansioso en el cobertizo de las escobas, dispuesto a salir inmediatamente después de que el cerebro de Draco pronunciara un silencioso accio.
– Lo mejor será que quites esa cara, cariño, y ni se te ocurra hacer ningún tipo de comentario al respecto.
– Pero, madre…
– Dije ningún comentario, Draco, y hablo en serio. – Amenazó en un tono que no daba la oportunidad a réplicas.
– ¿Cuándo nos iremos? – Se aventuró a preguntar, esperando un "de inmediato" que nunca llegó.
– Después de que Kirsten te haya revisado. Quiero estar segura de que podemos movilizarte sin correr ningún tipo de riesgo. Me ha enviado una lechuza para informarme que se retrasaría un poco, así que llegará antes de que anochezca. Y mientras llega el momento, me aseguraré de encontrar el sitio adecuado para nosotros. Ahora, – se giró acomodando los platos vacíos sobre la bandeja – llevaré esto allá abajo; mientras tanto, trata de dormir otro poco. Nos espera un día pesado. Te amo, hijo. – Susurró en su oído, para después depositarle un suave beso sobre la frente.
Bueno, por lo menos eso ya era algo. En cuanto la sanadora hiciera acto de presencia y le dijera a su madre que todo estaba en excelentes condiciones, se marcharían inmediatamente hacia algún lugar muy lejos de ahí y se encargaría de pedir, o suplicar si fuese necesario, a su madre para que le lanzara un excelente obliviate.
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Incluso Ron había despertado temprano. El comedor se encontraba en pleno apogeo cuando una pálida y ojerosa Narcissa descendió de las escaleras con una bandeja vacía entre las manos, e inmediatamente el barullo que normalmente acompañaba a todos los desayunos en aquella casa se desvaneció.
– ¿Le explicaste la situación? – Y ante el asentimiento de Narcissa, continuó. - Por lo menos no hizo explotar nada. – Comentó Severus, con aire casual.
– Apenas y puede mantenerse despierto por momentos, y ¿tú quieres que ya esté haciendo volar cosas?
– Ambos sabemos lo que es capaz de hacer la ira mal canalizada de tu hijo, y eso, incluye los berrinches.
– ¡Era sólo un niño! ¡Y mi hijo no hace berrinches, Severus!
"Sí, claro" fue lo que pensaron por lo menos siete de las ocho personas que se encontraban allí. Sin embargo, únicamente Ron fue capaz de pronunciarlo en voz alta, recordándoles, que a pesar del silencio, no se encontraban solos.
– Será mejor que suba a verlo, antes de que las molestias propias de su estado comiencen a incomodarle. – Respondió Severus mientras tomaba el paquete que había traído consigo y le dirigía una fea mirada a Ronald.
– Estará dormido.
– Pues lo despertaré. No pasé toda la noche en vela preparando las mejores pociones y ungüentos para que el niño no los utilice porque está durmiendo.
Y Narcissa sólo pudo suspirar.
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Por segunda vez en ese día, Draco despertó. Maldiciendo internamente a su terquedad por no tomarse todos aquellos menjurjes que Severus le había preparado. No se sentía tan mal en esos primeros momentos, por lo que había fingido, descaradamente, que se encontraba dormitando y que no pretendía despertar. Ahora, claramente, se arrepentía.
Porque lo primero que vio, fue a los tres inseparables Gryffindors sentados en la cama de al lado hablando con voz muy tenue. Todo estaba un poco más oscuro, tal vez ya había anochecido, lo que significaba que había dormido casi todo el día y que la sanadora y su madre cruzarían en cualquier momento aquella fea puerta y se lo llevarían muy lejos de ahí.
Aunque él, obviamente, tenía deseos de seguir fingiendo que aún dormía para poder escucharlos y, con un poco de suerte, enterarse quién había tenido la magnífica idea de llevarlo a aquel lugar para así saber a quién debería maldecir hasta el cansancio sin temor a equivocarse. Pero el malestar que comenzaba a embargarlo pudo más que su inicio a la actuación.
Y la culpa de todo la tenía Severus, tal vez si hubiese insistido un poco más para hacerlo "despertar", pero no, se había dado por vencido después de un poco más de veinte minutos de estarle llamando por su nombre y tocarle suavemente en el hombro. Qué poco persistente.
Así que tragando primero para aclararse la garganta y rogando para que su voz no sonara temblorosa, giró su cabeza en dirección hacia donde se encontraba el trío.
– Merlín, he muerto y he ido al infierno. – Fue lo primero que salió de sus labios con la voz lo suficientemente fuerte y clara como para hacer que Ron saltara de la cama y casi cayera al suelo. – Y además, por lo que veo, es el infierno muggle. – Concluyó mientras miraba por primera vez y con cierto recelo a la pierna que se encontraba envuelta en aquella molesta férula.
– Por mucho que mamá haya insistido, les dije que era mala idea estar aquí cuando despertara. – Dijo Ron mientras se acomodaba de nuevo en la cama.
– ¿Dónde está mi madre? – Preguntó fríamente, mientras intentaba incorporarse muy despacio. Obviamente, aquello había sido una mala idea. Esos pequeños y sutiles movimientos se encargaron de mandar dolorosas punzadas a través de todo su cuerpo, que se dirigieron principalmente hacia su cabeza. Ni en la peor de sus resacas había tenido la sensación de miles de agujas enterradas en su cráneo. Y el resto del mundo, comenzaba a ponerse un poco borroso.
– Está abajo. Hablando con los señores Weasley y esperando a que llegue la sanadora. – Respondió Hermione, al momento que se ponía de pie y se acercaba lentamente hacia el buró que se encontraba a un lado de la cama en la que reposaba Draco. – Ehm, Malfoy… el profesor Snape dijo que en cuanto despertaras debías de tomarte esto. Estoy segura que te hará sentir mejor.
Ahogando un gemido de dolor y sintiendo a las náuseas ganarle terreno, decidió que lo mejor era quedarse cómo estaba y esperar a que subiera su madre. No vomitaría y mucho menos demostraría su dolor frente a esos tres.
– Largo. – Gruñó, ignorando completamente el pequeño vial que Hermione le acercaba.
– ¿Te sientes bien, Malfoy? Te estás poniendo pálido.
– Ese no es asunto tuyo, Potter. – Respondió con un poco de dificultad – Dije, largo, los tres. Ahora.
– ¿Qué diablos te pasa, Malfoy? – Y esa era la Comadreja gritando. – Por si aún no lo sabes, estás en mi casa. No tienes ningún derecho a echarnos, deberías estar agradecido de que una vez más volvimos a salvarte el trasero.
– Te haría una reverencia y me hincaría si pudiera, Weasley, pero como hasta tú puedes deducir que estoy incapacitado para hacer tales movimientos, ya será en otra ocasión. Ahora, largo. A menos que quieras quedarte a ver de qué forma va a salir mi agradecimiento hacia ustedes. Y no te preocupes, que no pienso robarme nada. – Ante ese último comentario, Ron hizo el amago de lanzarse directo hacia la cama en la que estaba Malfoy, pero un brazo sobre su hombro detuvo el intento.
– Tranquilo, Ron. Vamos afuera. No sé cómo pudimos pensar que no se comportaría como el idiota que es.
– Oh, vete a la mierda, Potter.
– Draco, querido, cuida tu lenguaje. ¿Qué crees que van a pensar nuestros anfitriones de nosotros? – Narcissa había llegado a la habitación acompañada por la sanadora. – Ustedes disculparán a mi hijo, pero últimamente no ha hablado con nadie que no sea un elfo doméstico.
– Madre, no es necesario que…
– Oh, sí que lo es, cariño. Adelante, querida. – Le informó a Kirsten, quién traía cargando una enorme bolsa marrón. – Ahora, si nos disculpan, Draco será revisado. Por cierto, Ronald, tus padres quieren hablar con ustedes, parece que tienen algo importante qué comunicarles.
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"Tal vez están bajo la Imperius", era lo que había estado repitiendo Ron a Hermione desde que habían abandonado la sala. No podía creer que sus padres, por voluntad propia, hubieran ofrecido su casa para mantener a salvo a aquel idiota que se había dedicado a insultarlos y a burlarse de ellos durante tantos años. ¿Qué le debían ellos a los Malfoy? Nada. Absolutamente nada. Gracias a ellos, su hermano Bill tenía horribles cicatrices, Fred casi muere durante la batalla final, como olvidar el episodio en el que Ginny fue poseída y casi asesinada a causa del maldito diario de Tom Riddle y él había tenido que soportar durante casi seis años todo tipo de bromas y humillaciones referentes a su familia, nada más y nada menos que cortesía de Draco Malfoy. Esto tenía que ser una jodida broma.
Sus padres les habían explicado que la madre de Malfoy había vuelto de un veloz viaje que había hecho junto con Snape a una de sus propiedades en Francia, para encargarse de que todo se encontrara en orden y en las condiciones adecuadas para que su hijo y ella pudieran llegar a instalarse esa misma noche allá; pero que al llegar se habían encontrado con que prácticamente toda la mansión había sido revuelta, casi todos los muebles estaban destruidos, había muros destrozados y su horror aumentó al encontrar asesinados a los cuatro elfos que se encargaban de servirles, lo más probable es que hubieran sido torturados para lograr sacarles la localización de la familia. Así que ella había vuelto de inmediato, temiendo por la seguridad de su hijo y Snape se había quedado allá para averiguar, junto con la policía francesa, todo lo posible y dar con los responsables.
Ante tales acontecimientos, a Narcissa ya no le quedaba duda alguna sobre que los culpables del ataque hacia Draco y la mansión en Francia eran nada más y nada menos que mortífagos, tal vez buscando alguna clase de venganza, y lo más probable es que fuera contra ella. Desde los juicios, todo el mundo mágico se enteró de que ella había sido la persona que logró engañar a Voldemort, al mentirle confirmándole la muerte de Harry Potter; brindándole así al preciado héroe una oportunidad extra para lograr vencerlo. Narcissa se aferró a la historia que incluía un muy sentido arrepentimiento y una profunda pena por haber sido fiel a los ideales de su marido y no haber impuesto su propio criterio y voluntad, puesto que temía por su vida y la de su hijo; aunque cabe mencionar, que mucho ayudó el hecho de que no dejara de repetir que gracias a ella Harry Potter había logrado obtener la victoria. Lo que definitivamente la salvó de terminar en la celda contigua a la de Lucius fue la corroboración de su testimonio por parte de Potter, así que ella y Draco pudieron volver a casa después de soltar una muy considerable y cuantiosa cantidad de galeones. Así que mientras preparaba un poco de ropa limpia para su hijo y guardaba algunos de sus artículos personales antes de regresar a La Madriguera, lo único que tenía en mente era que ya había perdido a su marido y estaba decidida a hacer lo que fuera necesario para mantener a Draco a salvo.
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Antes de marcharse, Kirsten le explicó que el proceso de sanación en su pierna sería lento; pasarían al menos de cuatro a seis días para lograr que los huesos volvieran a formarse y a soldarse entre ellos, y después de eso necesitaría estar en reposo al menos por dos semanas antes de comenzar con la rehabilitación. Sus costillas sanarían con más velocidad y terminaría la dificultad respiratoria que ahora presentaba. El vértigo y las náuseas serían controlados con más pociones hasta que su organismo terminara de desintoxicarse y superara el shock por el que había pasado. El temblor de sus manos era un efecto secundario de la cruciatus, pero pasaría una vez que se sintiera más tranquilo y descansado. En pocas palabras, pasaría el tiempo solo, acostado y aburrido mientras se atiborraba de pociones relajantes y analgésicas.
La sanadora bajó tranquilamente las escaleras y se encargó de despedirse amablemente de cada una de las personas que se encontraban allí, aunque no le pasó desapercibida la mala cara que tenía el chico pelirrojo que se encontraba sumido en uno de los sillones, tal vez se debiera a la misma noticia que Narcissa estaba por darle a su hijo. Hubiera sido interesante quedarse a observar.
El sonido de cristales rompiéndose en alguna parte del segundo piso hizo que Ron y Harry se pusieran inmediatamente de pie y se dirigieran corriendo hacia allá.
– Seguramente es sólo la ira mal canalizada a la que se refería Severus. – Comentó Hermione antes de unirse a sus dos amigos. Mientras Molly y Arthur decidían que lo mejor sería esperar a que Narcissa bajara y les comunicara su decisión.
Al parecer la madre de Malfoy había olvidado colocar un hechizo silenciador, porque apenas y los chicos se acercaron a la puerta comenzaron a escuchar gritos.
– ¡Ya te dije que no! ¡No lo haré! ¡Y no puedes hacer nada para obligarme! – Gritaba furioso Draco, intentando levantarse.
– Draco, escúchame y tranquilízate o vas a hacerte daño, esto es lo mejor que podemos hacer por el momento…
– ¡He dicho que no! ¡No voy a quedarme aquí! ¡Preferiría haber muer… – Pero la frase murió en sus labios para dar paso al sonido de un golpe, más en específico una bofetada, que resonó en toda la habitación.
– No te atrevas a decir eso. ¡Jamás! ¿Me escuchaste? ¿Me oíste, Draco? Tú eres lo más importante y lo mejor que he hecho en mi vida. Casi te pierdo dos veces, pero ten por seguro que eso no volverá a pasar. – Le dijo Narcissa mientras se sentaba en una orilla de la cama y se secaba un par de lágrimas que habían logrado escapar de sus ojos, y estas eran reales, no como el par que les había soltado a los Weasley mientras que les narraba lo que había encontrado en la mansión de Francia. – Así que escúchame, porque solamente voy a decirte esto una vez. Cómo te explico que si tu vida y tu seguridad dependieran de que vivieras con ese semi-gigante, que alguna vez te dio clases, en alguna fría montaña y lejos de toda civilización, tú, ya estarías allá. Por el momento, no hay semi-gigantes ni frías montañas, esto es lo mejor que podemos tener. Nadie sospecharía que estás aquí. Y hasta que no descubra quién o quiénes están detrás de todo esto y qué es lo que buscan, tú te vas a comportar y vas a agradecer la oportunidad que nos están brindando. ¿Entendido, Dragón? – Draco miraba fijamente al frente, frunciendo el ceño y apretando fuertemente las sábanas. - ¿Draco?
– Sí, madre. Lo que tú digas.
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Gracias por tomarte unos minutos para leer.
