Capítulo 6: Enemigos
Sentado frente al escritorio de caoba, estaba un hombre de no más de cincuenta años. Con rasgos que lo harían parecer un más antiguo sacerdote maya que un hombre de negocios, estaba ataviado con un costoso traje de Armani, y fumando un habano. Movía su patronus de manera distraída con su varita con empuñadura de oro rosado, el enorme lagarto plateado se movía grácilmente y al mismo tiempo mostraba el fondo salvaje de su dueño, de repente sintió que alguien venía.
Desapareció a la criatura en un instante y abrió la puerta usando su varita, y se quedó mirando fijamente el vestido rojo que llevaba Elizabeth, era una hermosa mujer de ojos color miel igual que su cabello, y su piel nívea y tersa contrastaba por completo con el color de su vestido, ella era su socia principal movía sus negocios exteriores, sobre todo en Inglaterra de dónde provenía. Ella, sabiendo que a Juan lo excitaba, levantó el vestido, mostrando una de sus piernas.
-Elizabeth, que bueno tenerte por aquí.-Le dijo él mirándola furtivamente pero sin darle atención del todo.
-Papi Juan, te traigo noticias- dijo Elizabeth, cerrando provocativamente la puerta con un hechizo.
-¿Cómo has estado?- dijo Juan, mirando el escote de su vestido.
-Te traigo noticias- Repitió ella, por alguna razón que no lograba explicar el único hombre que había logrado dominarla era él y ella gustosa lo aceptaba, se sentó en sus piernas, mientras el hombre deslizaba su mano por debajo de su escote. -¿Te acuerdas de Cecilia?
-¿Cecilia…?-Dijo él en un tono de voz muy fuerte pero sin cambiar su postura.- ¡Cómo no voy a acordarme de ella!- dijo enfurecido.
-Pues bien,- Dijo ella acariciando lentamente el pecho del hombre- Está en Inglaterra.
-No te creo. Nanciyaga no mandaría del otro lado del, ¿Cómo se llama? ¿Atlántico?- dijo, dudando por un momento. –Sí, eso es. ¿Cómo podría mandar Nanciyaga a su mejor cadete al otro lado del Atlántico?
-Trajeron a alguien a cambio- dijo Elizabeth, sacando la mano de Juan con delicadeza de dentro de su escote, y pasándole un sobre de pergamino.
Juan abrió el sobre, y vio la imagen de una chica pelirroja, de unos diecisiete años de edad, que se juntaba con un joven alto, que iba con ropas militares.
-Pero, ¿ese no es Gustavo?- dijo Juan, mientras los recuerdos del último año se agolpaban en su mente
-Sí, es el mismo- dijo Elizabeth. –Fue a recoger a la nueva recluta al aeropuerto.
-Genial- dijo Juan, tirando el sobre en el escritorio. -¿Y a qué demonios fue esa niña estúpida a Inglaterra?
-Eso te lo diré después de esto- dijo Elizabeth, sacándose el vestido provocativamente y besando los labios de Juan.
Ginny salió en medio de la noche de su barraca. Después de asegurarse que nadie la seguía, fue hasta el campo de tiro, que estaba en un subterráneo. Allí estaba Gustavo, esperándola. Ya no llevaba el uniforme del colegio: llevaba unos jeans desgarrados, una camiseta de Iron Maiden, y sus botas de combate. A Ginny le encantó lo que vio.
-No tenía idea de que te gustaba la Doncella de Hierro.
-Desde mi tierna adolescencia. Jamás me he perdido un concierto de ellos- dijo Gustavo. –Pero vamos a lo nuestro.
-¿Qué es lo nuestro?- dijo Ginny.
-De seguro, que no tienes idea sobre manejo de armas de fuego- dijo Gustavo. –Así que esta noche comienza tu instrucción extraordinaria.
-Genial- dijo ella un tanto decepcionada pues pensaba que aquella noche pasaría algo más.
-Muy bien- dijo Gustavo, pasándole una pistola. –Esta es una Sig Sauer P228. Es una de las favoritas del SAS británico y de la Delta Force estadounidense. Tiene una capacidad de trece tiros de calibre 9x19mm, y en resumen, es una obra de arte.
-Te sigo- dijo Ginny, tomando el arma, y apretando el gatillo.
-Mira Ginny, lo primero que tienes que tener en cuenta a la hora de manejar un arma es que siempre podría estar cargada. Lo que acabas de hacer es una irresponsabilidad total. Así es cómo puedes herir a alguien.
-Perdón- dijo Ginny, dejando la enorme pistola sobre la mesa. Gustavo continuó hablando.
-Lo básico que debes saber sobre esta arma es cómo cargarla, descargarla, y prepararla para disparar. Para cargarla, debes poner el cargador debajo de la empuñadura, así- dijo, metiendo lentamente el cargador en la ranura, y tirando hacia atrás del pestillo. –Ahora tú.
Ginny tomó la pistola, y puso con sumo cuidado el cargador en la ranura del arma. Tiró del pestillo hacia atrás, y disparó al aire. El sonido del cargador vacío reverberó en la solitaria habitación.
-Excelente. Por lo visto, ya sabes cómo tomar el arma. Ahora, para descargarla, aprietas ese botón, y sacas el cargador. ¿Entendido?
-Sí, no hay problema- dijo Ginny, sacando el cargador.
-Ahora, llenaremos el cargador. En este, caben trece balas, y ahora, pondremos tres balas de salva, para que pruebes el retroceso del arma. Cargas, amartillas, y disparas, todo eso lo haces frente a la cabina de tiro. ¿Vale?
Ginny fue frente a la cabina de tiro, y apretó el gatillo. Los casquillos cayeron con estrépito al suelo.
-¿Qué tal? ¿Problemas con el retroceso?
-No mucho. Solo que de repente tiende a escaparse- dijo Ginny, dejando la pistola sobre la mesa.
-Eso es normal- dijo Gustavo. –A mí me costó mucho tiempo dominar esa pistola. Pero aquí estamos- dijo, esbozando una sonrisa. –Llena un cargador y vacíalo en la cabina de tiro.
Ginny llenó el cargador con las trece balas, y disparó todas, sin problemas.
-Tienes un talento natural para estos menesteres- dijo Gustavo, y de nuevo la sensación que tuvo durante la selección de la chica lo embargó y decidió dejar las cosas ahí antes de cometer algún error. –Ya es suficiente por hoy… Buenas noches- dijo, dándole un suave beso en su frente.
Por alguna razón ese simple acto tierno y desinteresado fue suficiente para que Ginny sintiera que se despegaba del piso, pocas veces se había sentido así, podía contar tres en realidad, el primer besó que Harry le dio en la sala de Gryffindor cuando aún existía la magia entre ellos, el que acababa de recibir de Gustavo y el beso furtivo que le había robado una persona que jamás creyó antes de salir de Inglaterra.
