hola aki sta el primer cap espero les gste
recuerden de ke nada me pertenece la historia es de Nora Roberts y los personajes reconocibles son de S.M.
Capitulo 1
- Ya vuelve en sí.
- Gracias a Dios.
- Señor, tiene que apartarse un momento y dejar que la examine. Puede que vuelva a desmayarse.
Más allá de la bruma en la que estaba inmersa, ella oía voces. Voces huecas, distantes. El miedo volvió a agitarse en su interior. A pesar de su estado semi inconsciente, contuvo la respiración. No había conseguido escapar. Pero no les dejaría ver su miedo. Se lo prometió a sí misma. A medida que emergía a la superficie, iba cerrando los puños con fuerza. Notar los dedos contra las palmas le daba cierta sensación de seguridad, cierta percepción de sí misma.
Abrió lentamente los ojos. Su visión se emborronó, se nubló, y luego, poco a poco, fue despejándose. Y, al ver el rostro inclinado sobre ella, también se despejó su miedo.
Aquel rostro no le resultaba familiar. No pertenecía a ninguno de ellos. De lo contrario, ¿no lo habría reconocido? Dudó un instante, pero se mantuvo muy quieta. Aquel era un rostro agradable, un rostro redondeado, con una hermosa barba blanca crecida que contrastaba vivamente con la pulida cabeza calva. Sus ojos eran sagaces, cansados pero amables.
Cuando el hombre la tomó de la mano, ella no se resistió.
- Querida -dijo él con voz grave y aterciopelada, acariciándole suavemente los nudillos hasta que sus dedos se relajaron-. Ya estás a salvo.
Sintió que le tomaba el pulso, pero no apartó la mirada de sus ojos. A salvo. Todavía recelosa, dejo que su mirada se apartara de él, errabunda. Un hospital. Comprendió enseguida que estaba en un hospital, pese a que la habitación era bastante amplia y hasta elegante. Había un olor penetrante a flores y a desinfectante. Entonces vio al hombre que aguardaba de pie, a un lado.
Tenía un porte marcial, envarado, e iba impecablemente vestido. Su pelo, salpicado de canas, era sin embargo muy rubio y abundante. Su rostro era fino, hermoso, aristocrático. Un rostro severo, pensó ella, pero pálido, muy pálido comparado con las sombras que ese extendían bajo sus ojos. A pesar de su apostura y de su atuendo, parecía llevar muchos días sin dormir.
- Querida mía -dijo aquel hombre con voz trémula, tomándola de la mano y llevándosela a los labios. Bajo sus palabras se adivinaban las lágrimas y a ella le pareció notar que, aunque fuerte y firme, aquella mano temblaba levemente-. Ya estás con nosotros, cariño mío. Ya estás con nosotros.
Ella no apartó la mano. Se lo impidió la compasión. Mientras aquel hombre le apretaba suavemente la mano, ella escudriñó su rostro por segunda vez.
- ¿Quién eres?
Él alzó la cabeza bruscamente. Sus ojos lacrimosos la miraron con fijeza.
- ¿Quién... ?
- Estás muy débil -ella vio que el médico apartaba suavemente a aquel hombre, apoyándole una mano sobre el hombro, y no supo si era para reconfortarlo o para contenerlo-. Has sufrido mucho. Es natural que al principio estés un poco confusa.
Tumbada de espaldas, ella notó que el doctor le hacía una seña al otro hombre. Sintió un agudo malestar en el estómago. Estaba seca y ya no tenía frío, se dijo. Estaba seca, caliente y vacía. Tenía un cuerpo, y su cuerpo estaba cansado. Pero por dentro estaba vacío. Su voz sonó extrañamente fuerte cuando habló de nuevo. Los dos hombres parecieron sobresaltarse al oírla.
- No sé dónde estoy -bajo la mano del doctor, su pulso se aceleró un instante y luego se aquietó-. No sé quién soy.
- Has sufrido mucho, querida mía -el médico hablaba pausadamente, pero su cerebro funcionaba a toda velocidad. Especialistas, pensaba. Si, al cabo de veinticuatro horas, no había recobrado la memoria, habría que recurrir a los mejores.
- ¿No recuerdas nada? -al oírla, el otro hombre se había puesto rígido. Ahora la miraba fijamente, con su porte marcial y sus ojos sedientos de sueño.
Aturdida, procurando refrenar su miedo, ella trató de incorporarse, pero el doctor murmuró algo y la hizo recostarse de nuevo sobre las almohadas. Recordaba la carrera, la tormenta, la oscuridad. Las luces frente a ella. Cerró los ojos con fuerza y trató de recobrar el dominio sobre si misma, sin saber por qué hacerlo le parecía tan importante. Cuando volvió a abrir los ojos, su voz resonó con fuerza, aunque extrañamente hueca.
- No sé quién soy. Que alguien me lo diga.
- Cuando hayas descansado un poco -empezó a decir el doctor. Pero el otro hombre cortó sus palabras con una sola mirada. Y ella notó al instante que aquella mirada era a un tiempo arrogante y expeditiva.
- Eres mi hija -dijo y, tomándola otra vez de la mano, se la apretó con firmeza. Su ligero temblor había cesado-. Eres Su Alteza Serenísima la princesa Isabella de Cordina.
¿Pesadilla o cuento de hadas?, se preguntó ella, observando a aquel hombre. ¿Su padre? ¿Su Alteza Serenísima? ¿Cordina? Le pareció recordar aquel nombre y se aferró a él. ¿Pero qué eran todas esas pamplinas de altezas y princesas? Quiso desestimar de un plumazo aquella idea, pero no por ello dejó de escrutar la cara del hombre No, aquel hombre no mentía. Su rostro permanecía inmutable, pero sus ojos cargados de emoción parecían arrastrarla hacia ellos aun cuando no lograba reconocerlos.
- Si yo soy una princesa -empezó, y su tono seco y receloso provocó un fugaz estremecimiento de emoción en la cara del hombre. ¿Era de alegría?, se preguntó ella-, ¿significa eso que tú eres un rey?
Él estuvo a punto de sonreír. El trauma podía haber empañado su memoria, pero seguía siendo su Bella.
- Cordina es un principado. Yo soy el príncipe Carlisle. Tú eres mi hija mayor. Tienes dos hermanos: Jasper y Emmett.
Padre y hermanos. Familia, raíces. En su interior no se agitó ningún recuerdo.
- ¿Y mi madre?
Esta vez, percibió claramente la expresión de aquel rostro. Era de dolor.
- Murió cuando tenías veinte años. Desde entonces, tú has sido oficialmente la primera dama. Desempeñas los deberes de tu madre, además de los tuyos propios. Bella -su voz, hasta entonces formal y desapasionada, se hizo más suave-. Te llamamos «Bella» -le alzó la mano para que viera la sortija de zafiros y diamantes que relucía en su mano derecha-. Yo te regalé este anillo cuando cumpliste veintiún años. De eso hace ya casi cuatro.
Ella miró la sortija y la mano fuerte y hermosa que sujetaba la suya. No recordaba nada. Pero se sentía... a salvo. Alzó los ojos de nuevo y logró esbozar una media sonrisa.
- Tiene un gusto excelente, Majestad.
Él sonrió y, sin embargo, ella tuvo la impresión de que estaba a punto de echarse a llorar. Igual que ella.
- Por favor... -empezó a decir-. Estoy muy cansada.
- Sí, desde luego -el doctor le dio una palmadita en la mano, como, aunque ella no lo recordara, había hecho desde el día de su nacimiento-. Por ahora, el descanso es la mejor medicina.
El príncipe Carlisle soltó de mala gana la mano de su hija.
- Estaré muy cerca.
Ella sintió que empezaban a flaquearle las fuerzas.
- Gracias -oyó que la puerta se cerraba tras aquel hombre, pero notó que el médico parecía indeciso-. ¿De veras soy quien dice?
- Nadie lo sabe mejor que yo -le acarició la mejilla, más por afecto que por comprobar su temperatura-. Yo la traje al mundo. En julio hará veinticinco años. Ahora, procure descansar, Alteza. Procure descansar.
El príncipe Carlisle recorrió el pasillo con paso rápido y firme. Un miembro de la Guardia Real iba tras él, a dos pasos de distancia. Pero el príncipe deseaba estar solo. Dios, cuánto deseaba pasar cinco minutos a solar en una habitación cerrada. Así podría disipar en parte la crispación, la emoción que se había apoderado de él. Ahora que por fin la había recuperado, ella lo miraba como si fuera un completo extraño.
Cuando supiera quién la había... Carlisle ahuyentó aquella idea. Eso tendría que esperar. Se lo prometió a sí mismo.
En la espaciosa sala de espera, inundada de sol, había otros tres guardias reales y varios miembros del cuerpo de policía de Cordina. Su hijo y heredero, Jasper, paseaba de un lado a otro, fumando. Jasper tenía la tez palida, los rasgos refinados y la apostura marcial de su padre. En cambio, no poseía la perfecta contención de su carácter. Era como un volcán, pensó Carlisle mirando al príncipe de veintitrés años, como un volcán que bullía y burbujeaba sin llegar a entrar en erupción.
Recostado en un mullido sofá de color rosa se encontraba Emmett. A sus veinte años, Emmett amenazaba con convertirse en el príncipe donjuán del momento. Aunque su tez era morena, su rostro reflejaba la sobrecogedora belleza del de su madre. Era a menudo atrevido, e indiscreto con excesiva frecuencia, pero poseía una compasión y una bondad irreductibles que le granjeaban el afecto de su pueblo y el de la prensa. Y el de todas las mujeres de Europa, pensó Carlisle con sorna.
Junto a Emmett se encontraba el americano al que Carlisle había hecho llamar. Los dos príncipes estaban tan enfrascados en sus pensamientos que ni siquiera notaron que su padre había entrado en la habitación. Pero al americano nada le pasaba desapercibido. Por eso Carlisle había enviado en su busca.
Edward Masen permaneció un momento sentado en silencio, observando al príncipe que acababa de entrar en escena. Parecía sobrellevarlo bien, pensó. Pero, claro, qué otra cosa podía esperarse. Edward solo había visto al gobernante de Cordina un par de veces, pero su padre había estudiado con él en Oxford, donde ambos establecieron una amistad basada en el respeto mutuo que el había prolongado a pesar de la distancia y de los muchos años transcurridos desde entonces.
Carlisle se había convertido en el gobernante de un pequeño y hermoso país abrazado por el Mediterráneo. El padre de Edward se había dedicado a la carrera diplomática. Por su parte, Edward, pese a haberse educado entre la política y el protocolo, había elegido una profesión mucho menos notoria. La de agente secreto de la policía.
Después de diez años de tratar con la porción menos exquisita de la capital de la nación, Edward había renunciado a su placa para fundar su propio negocio. En cierto momento, se había hartado de seguir las normas establecidas por otros. Las suyas eran a menudo más severas, más inflexibles, pero eran, a fin de cuentas, las suyas. Durante sus años de servicio en la brigada de homicidios y después en la de servicios especiales, había aprendido a confiar entes que nada en su instinto.
Había nacido rico. Y había acrecentado su fortuna gracias a su talento. En otro tiempo había considerado su profesión como un medio de ganarse la vida y, al mismo tiempo, de divertirse. Pero ya no trabajaba por dinero. Aceptaba pocos trabajos; solo los más selectos. Si, y solo si, algo lo intrigaba, aceptaba al cliente y la responsabilidad del caso. De cara a la galería, y a menudo también para sus adentros, era tan solo un granjero. Un granjero novato. Aún no hacía un año que se había comprado una granja pensando, soñando tal vez, en retirarse a ella algún día. Era para él una salida. Diez años enfrentándose día a día al bien y al mal, a la ley y al desorden, habían sido más que suficiente.
Había abandonado el servicio público convencido de haber cumplido con su deber. Un detective privado podía elegir a sus clientes. Podía trabajas a su aire, fijar su salario. Si algún caso entrañaba peligro, podía solucionarlo a su manera. Sin embargo, durante el año anterior había aceptado cada vez menos encargos. Estaba retirándose poco a poco. si tenía escrúpulos de conciencia, nadie más que él lo sabía. La granja era su oportunidad de cambiar de vida. Se había prometido a sí mismo que, algún día, aquella granja constituiría su vida entera. Pero había pospuesto hasta la primavera siguiente su primera tentativa para acudir a la llamada de Carlisle.
En realidad, tenía más aspecto de soldado que de granjero. Cuando, al ver entrar a Carlisle, se levantó de su asiento, su figura alta y corpulenta se movió sutilmente, músculo a músculo. Llevaba una pulcra americana, una camiseta lisa y unos elegantes pantalones de traje, prendas estas a las que podía dar un aire de seriedad o de desenfado según le conviniera. Era uno de esos hombres en cuya ropa, por muy elegante que fuera, la gente solo se fijaba tras fijarse en su persona. Su rostro era lo primero que atraía la atención, quizá por la suave belleza que había heredado de sus ancestros irlandeses y escoceses. Su tez habría sido pálida de no haber pasado tantas horas a la intemperie. Llevaba el pelo rubio bien cortado, pero un mechón rebelde insistía en caerle sobre la frente. Su boca era grande y tendía a parecer severa. Su estructura ósea era excelente y sus ojos del azul intenso y fulgurante del mar de Irlanda. Cuando quería, sabía utilizar aquellos ojos para seducir, pero también sabía utilizarlos para intimidar.
Su porte resultaba menos rígido que el del príncipe, pero igual de expectante.
- Alteza...
Al oír a Edward, Jasper y Emmett giraron la cabeza.
- ¿Y Bella? Preguntaron al unísono, pero mientras que Emmett se acercó a su padre, Jasper permaneció donde estaba y aplastó su cigarrillo en su cenicero. Edward vio que el cigarrillo se partía en dos.
- Está consciente -dijo Carlisle lacónicamente-. He podido hablar con ella.
- ¿Cómo se encuentra? -Emmett observaba a su padre con mirada sombría y angustiada-. ¿Cuándo podremos verla?
- Está muy cansada -dijo Carlisle, tocando ligeramente el brazo de su hijo-. Tal vez mañana.
Sin apartarse de la ventana, Jasper arrugó el ceño.
- ¿Sabe quién...?
Eso habrá que dejarlo para más adelante - lo interrumpió su padre.
Jasper deseaba decir algo más, pero había recibido una educación severa. Conocía las reglas y las restricciones que le imponía su título.
- Pronto la llevaremos a casa -dijo suavemente, acercándose desafiante a su padre. Lanzó una rápida mirada a los guardias y a los policías. Quizá allí Isabella estuviera a salvo, pero prefería tenerla en casa.- Lo antes posible.
- Puede que esté cansada -empezó a decir Emmett-, pero dentro de un rato querrá ver alguna cara conocida. Jazz y yo podemos quedarnos.
Una cara conocida. Carlisle miró más allá de su hijo, hacia la ventana. Ya no había caras conocidas para su Bella. Se lo explicaría a sus hijos, pero más tarde, en privado. De momento, solo podía comportarse como el príncipe que era.
- No, marchaos -sus hijos parecieron sorprendidos-. Mañana se encontrará mejor. Ahora necesito hablar con Edward -despachó a sus hijos sin hacer siguiera un gesto. Al ver que vacilaban, enarcó una ceja.
- ¿Está herida? -pregunto Jasper de repente.
La mirada de Carlisle se suavizó. Pero solo quien lo conociera bien lo habría notado.
- No. Os lo prometo. Pronto -añadió viendo que Jasper parecía dudar-, pronto lo veréis con vuestro propios ojos. Bella es fuerte - dijo con una sencillez cargada de orgullo.
Jasper asintió y pareció conformarse. Tendría que esperar hasta que estuvieran a solas para decir lo que pensaba. Salió de la habitación, acompañado de su hermano y rodeado de guardias.
Carlisle vio marchar a sus hijos y luego se volvió hacia Edward.
- Por favor - dijo, haciéndole una indicación-, utilizaremos el despacho del doctor Franco un momento -salió al pasillo y echó a andar como si no notar la presencia de los guardias. Pero Edward sí la notaba. Los sentía muy cerca, tensos y expectantes. El secuestro de un miembro de la familia real ponía a la gente nerviosa, se dijo para sus adentros.
Carlisle abrió la puerta de un despacho, esperó a que Edward entrara y volvió a cerrarla.
- Toma asiento, por favor - le dijo-. Yo aún no puedo sentarme - metiéndose una mano en el bolsillo, sacó un cigarrillo marrón oscuro, uno de los diez que se permitía diariamente. Antes de que pudiera hacerlo él mismo, Edward le dio fuego y aguardó-. Aprecio que hayas venido, Edward. Aún no había tenido ocasión de decirte lo mucho que te lo agradezco.
- No tiene por qué darme las gracias, Alteza. Todavía no he hecho nada.
Carlisle exhaló el humo del cigarrillo. Delante del hijo de su amigo podía relajarse, aunque fuera solo un poco.
- Piensas que soy demasiado duro con mis hijos.
- Usted conoce a sus hijos mejor que yo.
- Carlisle esbozó una media sonrisa y se sentó.
- Eres tan diplomático como tu padre.
- A veces.
- Y también, si no me equivoco, posees su lucidez y su rapidez de ingenio.
Edward sonrió, preguntándose si a su padre le agradaría la comparación.
- Gracias, Majestad.
- Por favor, en privado llámame solo Carlisle -por primera desde que su hija despertar, sintió que empezaba a perder el dominio de sus emociones. Se cubrió la frente con una mano. No podía seguir ignorando la presión que notaba en las sienes-. Me parece que estoy a punto de abusar de la amistad de tu padre por medio de ti, Carlisle. Pero creo que, debido al amor que siento por mi hija, no me queda otro remedio.
Edward calibró al hombre sentado frente a él. Ya no veía en él una figura regia. Veía al padre que intentaba refrenar su angustia. Sin decir nada, Edward sacó un cigarrillo, lo encendió y le concedió a Carlisle unos minutos para que se sobrepusiera.
- Cuéntemelo todo.
- Mi hija no recuerda nada.
- ¿No recuerda quién la secuestró? -frunciendo levemente el ceño, Edward fijó la vista en la puntera de su zapato-. ¿Llegó a ver a sus secuestradores?
-No recuerda nada -repitió Carlisle, alzando la cabeza-. Ni siquiera su propio nombre.
Edward comprendió al instante lo que aquello significaba. Se limitó a asentir con la cabeza, sin traslucir los pensamientos que cruzaban su cabeza a toda velocidad.
- Imagino que, después de o que ha pasado, es normal que padezca una amnesia temporal. ¿Qué dice el médico?
- Hablaré con él dentro de un rato -la angustia que lo había mantenido atenazado durante seis días empezaba a apoderarse de él nuevamente. Pero Carlisle no consintió que empañara su voz-. Has venido, Edward, porque yo te lo he pedido. Pero aún no me has preguntado el porqué.
- No.
- Como ciudadano americano, no tienes ninguna obligación para conmigo.
Edward expelió el humo de su tabaco de Virginia, que se mezcló con el del tabaco francés de Carisle.
- No.
Carlisle esbozó una sonrisa. Igual que su padre, pensó. Y, al igual que su padre, Edward Masen era de fiar. El príncipe estaba a punto de confiarle su posesión más preciada.
- En mi posición, existe siempre un cierto grado de peligro. Supongo que lo entenderás.
- Cualquier gobernante vive con él.
- Sí. Y, por nacimiento y proximidad, también sus hijos -se miró un momento las manos, el elaborado anillo de oro que simbolizaba su cargo. Era príncipe por nacimiento. Pero también era padre. Sin embargo, nunca había tenido que decidir cuál de aquellos papeles era el primero. Había nacido y había sido educado y moldeado para gobernar. Siempre había sabido que se debía a su pueblo-. Naturalmente, mis hijos disponen de su propio servicio de seguridad -aplastó el cigarrillo con una especie de controlada violencia-. Pero, al parecer, no es suficiente. A Bella, a Isabella, suele impacientarla la presencia de los guardias. Es muy celosa de su intimidad. Quizá yo la haya consentido en exceso. Este es un país pacífico, Edward. Los ciudadanos de Cordina sienten afecto por la familia real. No me importaba demasiado que mi hija se escapara de los guardias de vez en cuando.
- ¿Fue eso lo que ocurrió?
- Bella se fue a dar un paseo en coche por el campo. Lo hace de tarde en tarde. Su título conlleva muchas responsabilidades. Y ella necesita una válvula de escape. Hasta hace seis días, parecía una costumbre inofensiva. Por eso se lo permitía.
Por su tono, Edward comprendió que Carlisle gobernaba a su familia como gobernaba el país: con justicia, pero también con frialdad. Absorbió aquella sensación con la misma facilidad con que absorbía la información que el príncipe le estaba dando.
- Hasta hace seis días -dijo-. Cuando su hija fue secuestrada.
Carlisle asintió lentamente. Había que afrontar los hechos: la emoción solo podía empañarlos.
- Ahora, y hasta que descubramos quién la secuestró, no puedo seguir consintiendo esas escapadas. Confiaría a los guardias reales mi propia vida. Pero no puedo confiarles la de mi hija.
Edward apagó suavemente su cigarrillo. Empezaba a entenderlo todo con claridad.
- Yo ya no esto en activo, Carlisle. Y usted no necesita un policía.
- Pero tienes tu propio negocio. Tengo entendido que eres un experto en terrorismo.
- Lo soy, en mi país -señalo Edward-. Pero aquí, en Cordina, no tengo credenciales -sintió que su curiosidad se acrecentaba. Impacientándose consigo mismo, miró a Carlisle con el ceño fruncido-. Durante estos años he hecho algunos contactos. Podría recomendarle algunos nombres. Si lo que busca es un guardaespaldas...
- Lo que busco es un hombre al que pueda confiarle la vida de mi hija -lo interrumpió Carlisle. Habló con suavidad, pero bajo sus palabras resonaba la amenaza del poder-. Un hombre que mantenga la objetividad, como también es mi obligación. Un hombre con experiencia y que sepa manejar con ... tacto una situación potencialmente explosiva. He seguido de cerca tu carrera -lanzó otra rápida sonrisa al rostro imperturbable de Edward-. Dispongo de ciertos contacto en Washington. Tu expediente es ejemplar, Edward. Tu padre puede sentirse orgullos de ti.
Edward se removió, incómodo, al oír mencionar a su padre. Su conexión con Carlisle era demasiado personal, pensó. Le haría más difícil mantener la objetividad, o negarse cortésmente a aceptar su oferta... sin remordimientos.
- Se lo agradezco. Pero yo no soy policía. Ni guardaespaldas. Soy granjero.
Carlisle no pareció inmutarse, pero Edward percibió un fugaz destello de sorna en su mirada.
- Sí, eso me han dicho. Si lo prefieres, podemos dejarlo así. Sin embargo, me encuentro en un aprieto. En un gran aprieto. Pero de momento no quiero presionarte -Carlisle sabía cuándo avanzar y cuándo retirarse-. Piensa en lo que te he dicho. Tal vez mañana podamos hablar otra vez y quizá hasta puedas ver a Bella. Mientras tanto, considérate nuestro invitado -se levantó, indicándole que la entrevista había acabado-. Mi coche te llevará a palacio. Yo me quedaré un rato más.
espero les haya gustado
espero reviews
bye
