Capitulo 4

No volvería a hacerlo, pensó Bella saliendo de una ducha caliente y reparadora. No volvería a esconder la cara entre las manos y a llorar, abrumada por el peso de las cosas. Lo que haría, lo que empezaría a hacer desde ese mismo momento, sería afrontarlas, cada una a su tiempo. Si había alguna respuesta a sus preguntas, ese era el único modo de encontrarla.

Lo primero era lo primero.

Bella se deslizó en el albornoz que había encontrado colgado en el armario. Era un albornoz grueso, mullido, de color verde esmeralda. La tela estaba ligeramente desgastada alrededor de los puños. Una vieja prenda predilecta, pensó, sintiéndose reconfortada al ponérsela. Pero en el armario no había nada más. Bella apretó el timbre con decisión y esperó a que apareciera la enfermera.

- Quiero mi ropa -dijo expeditivamente.

- Alteza, no debería estar...

- Hablaré con el doctor, si es necesario. Necesito un cepillo de pelo, cosméticos y ropas adecuadas -dobló las manos en un gesto que parecía autoritario, pero que en realidad era un síntoma de nerviosismo-. Pienso irme a casa esta misma mañana.

No se discutía con la realeza. La enfermera salió haciendo una reverencia y se fue directamente en busca del doctor.

- ¿Qué sucede? -este irrumpió en la habitación con expresión afectuosa, cargado de paciencia y de buen humor. Bella pensó que su rostro parecía un muro de ladrillo, bajo y sólido, astutamente oculto tras la hierba y el musgo-. Majestad, no tiene por qué levantarse.

- Doctor Franco -era hora, pensó Bella, de ponerse a prueba-, agradezco su amabilidad y sus atenciones. Pero tengo intención de irme a casa hoy mismo.

- ¿A casa? -él se apartó y achico los ojos-. Mi querida Bella...

- No -ella sacudió la cabeza, respondiendo a la pregunta táctica del doctor-. No recuerdo nada.

El doctor Franco asintió.

- He hablado con el doctor Kijinsky, Alteza. Él sabe mucho más que yo sobre este tipo de dolencias. Esta tarde...

- Veré a su Kijinsky, doctor Franco, pero no esta tarde -metió las manos en los profundos bolsillos del albornoz y tocó algo pequeño y fino. Al sacarlo, vio que era una horquilla de pelo. Cerró la mano con fuerza sobre ella, como si pudiera traerle algún recuerdo-. Debo intentar resolver esto a mi manera. Puede que recobre la memoria si regreso a casa. Ayer, después de que mi... mi padre se marchara, me aseguró usted que mi amnesia es temporal y que, aparte de la fatiga y del shock, mi estado es bueno. Siendo así, en mi casa podré descansar y recuperarme tanto mejor que aquí.

- Pero aquí podemos vigilar con mayor eficacia su recuperación.

Ella le dedicó una sonrisa tranquila y porfiada.

- No quiero que me vigilen, doctor Franco. Quiero irme a casa.

- Quizá ninguno de los dos recuerde que Bella dijo eso mismo unas horas después de que le quitaran las amígdalas -Carlisle estaba en la puerta, observando el delicado perfil de su hija inclinado hacia el robusto doctor Franco. Entró y le tendió la mano. La leve vacilación de Bella le produjo una punzada de dolor, pero al fin ella le dio la mano-. Su Alteza volverá a casa -dijo sin mirar al doctor. Antes de que Bella sonriera, añadió-: Doctor Franco, me dará usted una lista con los cuidados que necesita. Si no los sigue al pie de la letra, Bella tendrá que volver al hospital.

Bella sintió ganas de protestar, pero al final no dijo nada. Algo instintivo la contuvo. Al fin, inclinó la cabeza. Pero el arrogante arco de sus cejas anuló lo que podría haber parecido un gesto de sumisión. Carlisle reconoció aquella expresión y le apretó la mano con fuerza. Bella lo había mirado así muchas veces, cuando, tras intentar convencerlo de algo, se salía con la suya.

- Haré que traigan tus cosas.

- Gracias.

Pero no añadió «padre». Ambos se dieron cuenta.

Una hora después, Bella salía del hospital. Le gustaba el alegre vestido primaveral, estampado en tonos pastes, que llevaba puesto. Y había sentido alivio y satisfacción al descubrir que tenía buena mano para los cosméticos.

Cuando salió al sol, había en sus mejillas un leve rubor y alrededor de sus ojos no quedaba ni rastro de sombra. Su pelo suelto se agitaba, rozándole los hombros. El perfume que llevaba era francés y tentador. Había descubierto que, al igual que el albornoz, aquel perfume la reconfortaba.

Reconoció la limusina y supo enseguida que el interior era amplio y opulento. No recordaba haberse montado en ella, ni recordaba la cara del chófer, el cual le sonrió e hizo una pequeña reverencia al abrirle la puerta. Guardó silencio un momento mientras su padre se sentaba frente a ella.

- Tienes mejor aspecto, Bella.

Había tanto que decir y, sin embargo, ella sabía tan poco. Los pormenores de su vida se le escapaban. En su lugar, solo tenía intuiciones. No se sentía incómoda en la confortable y silenciosa limusina. No notaba el peso de la sortija que lucía en la mano. No ignoraba que sus zapatos eran italianos, pero solo sabía que estaban usados por las rozaduras de las suelas. Y era ella quien los había usado. Se le ajustaban perfectamente.

El perfume que llevaba su padre aplacaba sus nervios. Miró otra vez al príncipe, escudriñando su rostro.

- Sé que hablo el francés tan bien como el inglés por que a veces pienso en ese idioma -dijo-. Sé cómo huelen las rosas. Sé qué dirección debo tomar si quiero contemplar el alba sobre el mar y sé cómo es el atardecer. Pero no sé si soy amable o egoísta. Ignoro de qué color son las paredes de mi habitación. No sé si he aprovechado mi vida o si la he desperdiciado.

Al príncipe le rompía el corazón verla allí, sentada frente a él, intentando explicarle serenamente por qué no podía darle el afecto que le correspondía.

- Yo podría darte las respuestas a todas esas preguntas.

Tan contenida como él, Bella asintió.

- Pero no lo harás.

- Creo que, si las descubres por ti misma, hallarás más.

- Puede que sí -bajando la mirada, pasó las manos sobre el bolso blanco de piel de serpiente que sostenía en el regazo-. Ya he descubierto que soy impaciente.

Él esbozó una hermosa y fugaz sonrisa. Bella se sintió arrastrada hacia él y también sonrió.

- Entonces, ya has comenzado a recordar.

- Sí, pero, de momento, eso es único que tengo: un comienzo.

- Mi querida Isabella, no creo que vayas a conformarte con eso mucho tiempo.

Bella miró por la ventanilla. Iban subiendo a velocidad regular una larga y sinuosa carretera. Había muchos árboles. Entre ellos, las altas palmeras se agitaban al viento. Había rocas, peñascos abruptos y grises que se elevaban hacia lo alto y a través de cuyas grietas se abrían paso las flores silvestres. Más abajo relucía el mar, de un azul profundo, sereno, casi pictórico.

Si se levantaba la vista siguiendo la dirección de la carretera, podían verse los edificios blancos y rosas de la ciudad, apilados como primorosas casas de juguete sobre el peñón escarpado y desigual.

Un cuento de hadas, pensó de nuevo. Y, sin embargo, nada la sorprendía. Mientras ascendían por la carretera, se sintió embargada de nuevo por un apacible bienestar. De cerca, la ciudad no perdía ni un ápice de su encanto. Las edificaciones parecían emerger airosamente de la pared de roca, equilibrándose entre sí y con el lecho de tierra. Reinaba por doquier una atmósfera de pulcritud y dignidad.

Allí no había rascacielos, ni se percibía por parte alguna el frenético ajetreo de las grandes urbes. Algo dentro de ella reconocía todo aquello. Pero también tenía la impresión de haber estado en ciudades en las que la gente andaba a toda prisa y los edificios se alzaban interminablemente hasta el cielo. Sin embargo, aquel era su hogar. Lo sabía. Aquel era su hogar.

- No me cuentes nada de mí misma -dijo con firmeza, mirando de nuevo a Carlisle -. Háblame de Cordina.

Él pareció complacido. Bella lo notó por el modo en que sus labios se curvaron levemente

- Somos un país antiguo -dijo, y Bella percibió su orgullo-. Los Cullen, así se llama nuestra familia, han vivido y gobernado en estas tierras desde el siglo XVII. Antes, Cordina estuvo sometida a diversos poderes: primero los españoles, luego los musulmanes, después los españoles otra vez y, finalmente, los franceses. Es un puerto, ¿comprendes?, y ocupa un lugar importante en el Mediterráneo. En 1657, otro Carlisle Cullen recibió el principado de Cordina. Desde entonces ha permanecido en manos de los Cullen, y así seguirá siendo mientras haya un heredero varón. El título no puede pasar a las hijas.

- Entiendo -tras pensar un momento, Bella ladeó la cabeza-. En lo que a mí respecta, me alegro. Pero, políticamente, me parece algo arcaico.

- Eso ya me lo has dicho otras veces -musitó él.

- Ya veo.

Y veía también a unos niños jugando en un parque de verdes árboles en el que borboteaba una fuente. Veía el escaparate de una tienda con vestidos de lentejuelas, y el de una tahona lleno de pasteles blancos y rosados. Y también una casa entre cuyo césped refulgían las azaleas.

- ¿Los Cullen han sido buenos gobernantes?

Era muy propio de ella hacer esa pregunta, pensó el príncipe Carlisle. Aunque hubiera perdido la memoria, seguía siendo compasiva y conservaba su mente inquisitiva.

- Cordina vive en paz -dijo él con sencillez-. Formamos parte de Naciones Unidas. Yo ejerzo el gobierno con ayuda de Loubet, el ministro de Estado. Hay un Consejo de la Corona que se reúne tres veces al año. Con él debo consultar los tratados internacionales. Todas las leyes deben ser aprobadas por el Consejo Nacional, elegido por sufragio.

- ¿Hay mujeres en el gobierno?

Él alzó un dedo y se rascó ligeramente el mentón.

- Veo que nos has perdido el gusto por la política. Sí, hay mujeres -le dijo-. Puede que el porcentaje no te satisfaga, pero Cordina es un país progresista.

- Quizá «progresista» sea un término relativo.

- Quizá -el príncipe sonrió, porque aquel debate era ya antiguo-. La navegación es, naturalmente, nuestra mayor fuente de ingresos. Pero el turismo casi la iguala. Disponemos de hermosos paisajes, de historia y de un clima envidiable. Somos justos -dijo con sencillez-. Nuestro país es pequeño, pero no insignificante. Gobernamos bien.

Ella aceptó sus palabras sin hacer más preguntas, pero, de haberlas tenido, habrían escapado de su cabeza cuando vio el palacio. Este se elevaba elegantemente sobre el punto más alto del promontorio rocoso que formaba el territorio de Cordina. Miraba al mar y desde su altura se despeñaban hacia el agua enormes riscos y desnudos acantilados.

Era un lugar que el legendario Rey Arturo habría podido visitar, y que no le causaría asombro si sus tiempos retornaran de nuevo. Bella lo reconoció enseguida, como todo lo demás, con una sensación vaga, como si viera algo en un sueño.

Estaba construido en piedra blanca y se extendía formando un confuso amontonamiento de murallas almenadas, torres y parapetos. Había sido construido como ciudadela y residencia real, y permanecía inalterado. Se cernía sobre la capital como un refugio y una bendición.

Había guardias frente a las puertas abiertas. Con sus pulcros uniformes rojos, tenían un aire eficaz y, sin embargo, elegante. Bella pensó en Edward Masen.

- Hablé con tu amigo... el señor Masen -apartó la mirada del palacio. Los negocios, primero, pensó. Así parecía hacer ella las cosas-. Me dijo que le habías pedido ayuda. Agradezco tu preocupación, pero me incomoda la idea de tener un extraño más a mi alrededor.

Edward es hijo de mi mejor y más antiguo amigo. No es ningún extraño -«ni yo tampoco», pensó, y deseó ser más paciente.

- Lo es para mí. Según dice, solo nos hemos visto una vez, hace casi diez años. Aunque me acordar de él, seguiría siendo un extraño.

El príncipe siempre había admirado la forma en que su hija podía utilizar aquella lógica implacable cuando le convenía. Y aquella testarudez, cuando se antojaba. Sin embargo, por mucho que la admirara, no cedería en su determinación de hacer cuanto pudiera para protegerla.

- Edward era policía en América. Dispone de la experiencia en temas de seguridad que requiere esta situación.

Ella pensó en los bonitos uniformes rojos de los guardias de la puerta y en los hombres del coche que escoltaba a la limusina.

- ¿Es que no hay suficientes guardias?

Carlisle esperó hasta el conductor detuvo el coche frente a la entrada del palacio.

- Si los hubiera, nada de esto sería necesario -salió del coche y se dio la vuelta para ayudarla a salir-. Bienvenida a casa, Bella.

Ella le dio la mano y notó que una leve brisa soplaba entre ellos. Aún no estaba lista para entrar. Carlisle se dio cuenta y aguardó.

De pronto, Bella notó el aroma de las flores. Jazmín, vainilla, romero, y las rosas que crecían en el patio. La hierba era tan verde y la piedra tan blanca que casi cegaban los ojos. Bella pensó que en otro tiempo allí había habido un puente levadizo. Ahora, en lo alto de la escalinata tallada en piedra, había una gran puerta de caoba rematada en arco. El cristal de las ventanas, a veces transparente, a veces emplomado, refulgía como era de rigor en un palacio. en la torre más alta, una bandera ondeaba al viento. Una bandera blanca como la nieve, con una arrogante cuchillada de rojo que la cruzaba en diagonal.

Bella observó lentamente el edificio, que parecía abrazarla, dándole la bienvenida. No esperaba experimentar aquella sensación de paz, tan real como el miedo que había sentido poco antes. Sin embargo, no sabía cuál de aquellas deslumbrantes ventanas era la suya. Pero estaba allí para averiguarlo, se recordó dando un paso hacia delante.

Al hacerlo, la enorme puerta se abrió de par en par. Un joven de pelo abundante y negro, con la complexión de un bailarín, salió corriendo hacia ella.

- ¡Bella! -exclamó, abrazándola con toda la fuerza y el entusiasmo de la juventud. Olía agradablemente a caballos-. Acabo de llegar de los establos y Jasper me ha dicho que venías de camino.

Percibiendo el amor que emanaba de aquel joven, Bella miró con perplejidad a su padre.

- Tu hermana necesita descansar, Emmett.

- Por supuesto. Aquí podrá hacerlo -sonriendo, retrocedió un paso, sin soltarle las manos. Parecía tan joven, pensó ella, tan hermoso, tan feliz... Pero, al mirar las cara de su hermana, sus ojos se ensombrecieron de repente-. ¿Aún no recuerdas nada?

Bella sintió ganas de abrazarlo. Él parecía necesitarlo. Pero lo único que podía hacer er apretarle las manos.

- Lo siento.

El joven abrió la boca y luego la cerró otra vez, enlazándola por la cintura.

- Tonterías -dijo con ligereza, aunque la sujetaba con firmeza-. Recobrarás la memoria enseguida, ahora que estás en casa. Jasper y yo pensábamos que tendríamos que esperar hasta esta tarde para verte en el hospital. Esto está mucho mejor.

Mientras hablaba, la llevó suavemente hacia la puerta. Bella estaba segura de que parloteaba tanto para tranquilizarla a ella como a sí mismo. Vio el vestíbulo, espacioso e imponente con su techo pintado al fresco y su suelo pulido, y la señorial escalera curva que subía y subía hacia lugares aún desconocidos para ella. La palpitaba con fuerza el corazón y procuró concentrarse en los olores que tanto la reconfortaban. Flores frescas y cera con olor a limón. Oyó el eco de sus propios pasos en la madera.

Sobre un pedestal había un alto jarrón esmaltado. Sabía que era de la dinastía Ming, del mismo modo que sabía que el pedestal pertenecía a la época de Luis XIV. Objetos, pensó. Podía identificarlos, clasificarlos, pero no conseguía encontrar el vínculo que la unía a ellos. La luz del sol entraba a raudales por dos altas ventanas ojivales, pero no calentaba su piel.

Escapar. La necesidad de escapar de allí se agitó dentro de ella. Quiso dar media vuelta y huir, volver a aquella habitación de hospital, segura e impersonal. Había allí demasiadas incógnitas, demasiadas preguntas tácitas suspendidas en el aire. No sabía si podría corresponder al amor que le demostraban cuantos la rodeaban. ¿Habría sido capaz alguna vez?, se preguntó. Cuando recordara quién era, ¿descubriría a una mujer fría e indiferente?

Emmett sintió que se crispaba y la abrazó con más fuerza.

- Todo saldrá bien, Bella.

Ella sacó fuerzas para sonreír.

- Sí, claro.

Al fondo del vestíbulo se abrió una puerta. Bella supo que aquel hombre era su hermano únicamente por lo mucho que se parecía a su padre. Intentó dejar su mente en blanco para que cualquier emoción que pudiera sentir encontrara espacio en su interior.

Su hermano no poseía la delicada belleza de Emmett. Su atractivo era, sin embargo, más intenso y más inquietante que el de su hermano menor. Aunque era joven, Bella percibió en él la misma dignidad imperturbable que distinguía a su padre. Pero, claro, se dijo, aquel joven era el heredero del trono. Y tal cosa era al mismo tiempo un regalo y un lastre.

- Bella -Jasper no corrió hacia ella, como había hecho Emmett. Por el contrario, se acercó despacio, en línea recta, sin dejar de mirarla. Al detenerse ante ella, alzo las manos y tomó su cara. A Bella le pareció un gesto natural, como si lo hubiera hecho muchas veces en el pasado. El pasado, pensó sintiendo los dedos cálidos y firmes de su hermano sobre la cara. Ella no tenía pasado.

- Te echábamos de menos. Nadie me ha gritado en toda la semana.

- Yo... -Bella vaciló y, al final, no dijo nada. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía sentir? Solo sabía que todo aquello la superaba y que, pese a lo que había creído, no estaba preparada para afrontarlo. Entonces vio a Edward detrás de Jasper. Estaba claro que había entrado con su hermano, pero parecía haberse quedado atrás para observar el reencuentro. En otro momento, tal vez su actitud la habría molestado, pero en ese instante descubrió que le hacía falta su serena imparcialidad. Procurando mantener el aplomo, tocó la mano de su hermano.

- Lo siento, estoy muy cansada.

Jasper se apartó enseguida, pero Bella notó que algo brillaba en sus ojos.

- Por supuesto. Debes descansar. Te acompañaré arriba.

- No -Bella intentó no mostrarse demasiado brusca, pero no lo logró-. Perdona. Necesito un poco más de tiempo. Quizá el señor Masen no le importe llevarme a mi habitación.

- Pero Bells...

Carlisle sofocó inmediatamente la protesta de Emmett.

- Edward, ya conoces las habitaciones de Bella.

- Por supuesto -Edward se adelantó y la tomó del brazo con frialdad. Le pareció que ella exhalaba un suspiro de alivio-. ¿Alteza?


nos leemos pronto

RR
bye