hola a tds este es el neew cap d esta historia

les recuerdo de ke nada me pertenece jeje

Capitulo 5

Edward, ya conoces las habitaciones de Bella.

Por supuesto -Edward se adelantó y la tomó del brazo con frialdad. Le pareció que ella exhalaba un suspiro de alivio-. ¿Alteza?

Edward la condujo escaleras arriba. Bella se detuvo un momento y miró hacia atrás, a los tres hombres que los observaban. Parecía tan alejada de ellos, tan escindida... De pronto sintió una punzada de emoción que al instante se desvaneció, y siguió subiendo las escaleras en silencio.

No reconocía los amplios corredores de suelo pulido, ni los exquisitos tapices de las paredes, ni los pesados cortinajes. Se cruzaron con un sirviente que s detuvo a hacerle una reverencia, con los ojos llenos de lágrimas.

- ¿Es posible que me quieran tanto? -musitó.

Edward siguió andando, tocándole apenas el brazo.

- Normalmente, a la gente le gusta que la quieran.

- ¿Y no se pregunta si se lo merece? -sacudiendo con impaciencia la cabeza, añadió-. Es como si hubiera ocupado un cuerpo extraño. El cuerpo tiene pasado, pero yo no. Miro hacia fuera desde el interior de esta mujer y observo cómo reaccionan los demás ante ella.

- Podría sacar algún beneficio de ello.

Ella le lanzó una mirada rápida y curiosa.

- ¿En qué sentido?

- Ahora tiene la ventaja de poder observar a quienes la rodean sin que las emociones coloreen lo que ve. Puede observar sin prejuicios. Y eso puede ser un medio interesante de entenderse a sí misma.

Sus palabras parecieron convencerla, pero no la tranquilizaron.

- Supongo que ahora entenderá por qué le he pedido que me acompañe.

Él se detuvo frente a una puerta bellamente tallada.

- ¿Ah, sí?

- Hace un instante, pensaba que no quería más extraños en mi vida. Y sin embargo... Usted no siente amor por mí, ni espera que lo corresponda. Para usted es fácil mirarme y mantener la objetividad.

Él la observó a la luz brumosa del corredor. Era imposible que, al mirarla, un hombre mantuviera la objetividad, pero no era el momento de decírselo.

- Ahí abajo, parecía asustada.

Ella alzó el mentón y lo miró a los ojos.

- Sí.

- Así que ha decidido confiar en mí.

-No -Bella esbozo entonces una hermosa sonrisa y, de pronto, a Edward le pareció que retornaba en parte la niña que había conocido, con el pelo orlado de diamantes. Y sintió que su atracción hacia ella se avivaba-. No puedo confiar en usted tan pronto, dadas las circunstancias.

Quizá, más que su sonrisa, fuera su fortaleza lo que lo atraía.

Entonces, ¿qué ha decidido?

O quizá, más que su aspecto, era su aplomo lo que lo atraía.

- No me interesa usted como policía, Edward, pero creo que sus servicios en calidad de extraño pueden resultarme de incalculable valor. De todos modos, mi padre está empeñado en que se quede aquí, así que tal vez deberíamos llegar a un acuerdo.

- ¿De qué tipo?

- No quiero que me atosiguen. Y tengo la sensación de que siempre ha sido así. Me gustaría considerarlo a usted una especie de amortiguador entre...

- ¿Entre su familia y usted? -acabó él.

Ella bajó los párpados y agarró con fuerza el bolso.

- No lo diga con tanta frialdad.

Tocarla sería un error. Edward se esforzó por recordarlo.

- Tiene derecho a exigir todo el tiempo y la distancia que necesite, Bella.

- Pero ellos también tienen necesidades. Me doy cuenta de ello -alzó la cabeza de nuevo, pero miró más allá de él, hacia la puerta-. ¿Es esta mi habitación?

Por un instante, a Edward le pareció perdida, absolutamente extraviada. Deseó reconfortarla, pero sabía que ella no aceptaría de buen grado su consuelo.

- Sí.

- ¿Pensaría que soy una cobarde si le dijera que no quiero entrar sola?

A modo de respuesta, Edward abrió la puerta y entró delante de ella.

De modo que le gustaban los colores pastel. Mientras contemplaba el pequeño y acogedor cuarto de estar, Bella reparó en los colore pálidos y desvaídos. Nada de oropeles, comprobó, complacida. Pero, aun sin adornos, la habitación tenía un aire esencialmente femenino. Sintió alivio al descubrir que aceptaba su feminidad sin necesidad de demostrarla a través de elaborados ornamentos. Tal vez, solo tal vez, acabaría descubriendo que Bella le gustaba.

La habitación estaba perfectamente ordenada y no había en ella ni un solo espacio desperdiciado. Había flores recién cortadas en un jarrón, sobre un escritorio estilo reina Ana. Sobre la cómoda había una colección de diminutos frascos de caprichosas formas y colore, completamente inútiles. Aquello también le gustó.

Avanzó por una alfombra de suaves tonos rosados y tocó el respaldo labrado de una silla.

- Me han dicho que redecoró esta habitación hace tres años -dijo Edward-. Supongo que será un alivio descubrir que tiene buen gusto.

¿Habría elegido ella misma la tapicería del mullido diván cubierto de cojines? Pasó un dedo sobre la tela, como si aquel contacto pudiera devolverle un atisbo de su pasado. Desde la ventana, podía ver cómo se precipitaba Cordina montaña abajo, como sin duda había hecho innumerables veces.

Se divisaban jardines, una extensión de césped, un saliente de roca el mar. Aunque no podía verlos, estaba segura de que los niños seguían jugando en aquel parque, junto a la fuente.

- ¿Por qué bloqueo mis recuerdos? -preguntó de repente, dándose la vuelta, y Edward vio que la mujer serena y reservada a la que había acompañado escaleras arriba se había convertido en una mujer apasionada y llena de desesperación-. ¿Por qué bloque lo que tanto deseo recordar?

- Puede que haya cosas que no quiera recordar.

- No puedo creerlo -dejó el bolso sobre el diván y empezó a pasearse de un lado a otro, frotándose las manos-. No soporto que hay a un muro entre mi conciencia y mi yo.

Dejando a un lado su fragilidad, pensó él, había mucha pasión en ella. Resultaba muy difícil contemplar aquella extraña combinación y sentirse afectado por ella.

- Tendrá que ser paciente -dijo, y se preguntó si aquel consejo iba dirigido a ella o a sí mismo.

- ¿Paciente? -soltando una risa áspera, Bella se pasó una mano por el pelo-. ¿Por qué estaré tan convencida de que no soy paciente? Tengo la impresión de que, si pudiera quitar un ladrillo, un solo ladrillo de ese muro, el resto se desmoronaría por sí solo. ¿Pero cómo puedo hacerlo? -continuó paseándose, inquieta, moviéndose con su innata elegancia-. Usted podría ayudarme.

- Su familia lo hará.

- No -ella sacudió la cabeza con soberbia y, aunque su voz sonó suave, estaba cargada de autoridad-. Naturalmente, ellos me conocen, pero sus sentimiento... y los míos... mantendrían el muro en pie más tiempo del que podría soportar. Sufro cuando me miran, porque no los conozco.

- Pero yo tampoco la conozco a usted.

- Exacto -ella se apartó el pelo de la cara con ademán menos impaciente de lo habitual-. Usted será objetivo. Como no sentirá continuamente la necesidad de proteger mis sentimientos, no exigirá nada de ellos. Y, dado que ya ha aceptado la petición de mi padre... porque lo ha hecho, ¿no es cierto?

Edward pensó en sus tierras. Metiéndose las manos en los bolsillos, frunció el ceño.

- Sí.

- Entonces, a partir de ahora se convertirá en mi sombra -continuó ella suavemente-. Y, ya que va a quedarse, podría serme de alguna utilidad.

Él sonrió con sorna.

- Como le plazca, Majestad.

- Lo he molestado -encogiéndose de hombros, Bella se acercó a él-. En fin, supongo que nos molestaremos mucho el uno al otro antes de que esto acabe. Seré sincera con usted, no porque busque su piedad, sino porque necesito decírselo a alguien. Me siento muy sola -su voz vaciló levemente. El sol que entraba por las ventanas revelaba la palidez de su rostro-. No veo ni toco nada que reconozca como mío. No consigo pensar en el último año y recordar si me pasó algo divertido, alegre o triste. Ni siquiera sé cuál es mi nombre completo.

Edward la tocó. Quizá no debió hacerlo, pero no pudo refrenarse. Le alzó la cara con los dos y le acarició suavemente la mejilla.

- Su Alteza Serenísima Isabella Madeline Platt Cullen de Cordina.

- Vaya -ella consiguió sonreír, pero alzó la mano y apretó con fuerza la de Edward. Aquel contacto les pareció excesivamente íntimo, pero ninguno de los dos se atrevió a romperlo-. Bella parece más fácil. Me siento más a gusto si me llaman Bella. Dígame, ¿siente afecto por mi familia?

- Sí.

- Entonces, ayúdeme a devolverles a la mujer a la que quieren. Ayúdeme a encontrarla. En una sola semana, he perdido veinticinco años de mi vida. Necesito saber por qué. Usted debe comprenderlo.

- Lo comprendo -pero se dijo que no debía tocarla-. Lo cual no significa que pueda ayudarla.

- Pero sí puede. Puede porque no lo necesita. No sea paciente conmigo; sea implacable. No sea amble; sea duro.

Edward siguió apretándole la mano.

-Puede que no sea muy recomendable que un ex policía americano se ponga duro con una princesa.

Ella se echó a reír. Era la primera vez que Edward oía su risa desde hacía diez años. Y, sin embargo, la recordaba. Y recordaba, aunque ella lo hubiera olvidado, el torbellino del vals que habían compartido, y la mágica luz de la luna. Quedarse era una insensatez, se dijo. Pero no podía irse. Aún no.

Los dos de Bella se relajaron entre los de él.

- Aquí, en Cordina, ¿todavía se decapita a la gente? Sin duda habrá métodos más civilizados para tratar con el populacho. Inmunidad -de repente, pareció más joven y alegre-. Le concederé la inmunidad, Edward Masen. A partir de ahora, tiene mi permiso para gritarme, pincharme, echarme la bronca y convertirse en un completo incordio sin miedo a las represalias.

- ¿Está dispuesta a autentificar esa promesa con el sello real?

- En cuanto alguien me diga dónde está.

La crispación había desaparecido. Bella estaba pálida y cansad, pero su sonrisa resultaba encantadora. Y Edward percibía en ella algo más. Esperanza y determinación. La ayudaría, pensó. Más adelante, quizá, se preguntaría el porqué.

- Con su palabra bastará.

- Y con la suya. Gracias.

Él se acercó su mano a los labios. Sabía que estaba tan acostumbrada aquel gesto como a respirar. Sin embargo, cuando le rozó los nudillos con los labios, notó un destello en sus ojos. Princesa o no, era una mujer. Edward reconocía la excitación en cuanto veía sus síntomas. Y también sabía reconocer la suya propia. Cauteloso, le soltó la mano y se apartó.

- Dejaré que descanse. Su doncella se llama Bernadette. A no ser que ordene otra cosa, estará aquí una hora antes de la cena.

Bella dejó caer flojamente la mano, como si no formara parte de ella.

- Le agradezco lo que está haciendo.

- Pronto dejará de agradecérmelo -al llegar junto a la puerta, juzgó que la distancia era suficiente. Entonces miró hacia atrás y vio que ella seguía frente a la ventana. La luz trazaba una orla a su alrededor, filtrándose entre su pelo, rielando sobre su piel-. Que descanse, Bella -dijo suavemente-. Mañana empezaremos a destruir ese muro.


hola espero RR creo ke esta historia los vale no ? jeje

bye