Capitulo 6
No había querido dormir, sino pensar. Sin embargo, se sintió emerger del sueño, tan aturdida y desorientada como el día que despertó en el hospital.
Bella, se dijo. Se llamaba Bella y estaba acostada en su habitación, sobre la suave colcha blanca y rosa que cubría su gran cama de madera de roble tallada. Había abierto las ventanas al inspeccionar la habitación, y ahora la brisa soplaba sobre ella.
Se llamaba Bella y no había razón para que tuviera miedo. Estaba a salvo, se repitió una y otra vez hasta que su cuerpo la creyó y sus músculos empezaron a relajarse.
- Vaya, vaya.
Al oír aquella voz, Bella se incorporó bruscamente, asustada. Al otro lado de la cama, sentada muy erguida en una silla de respaldo recto, había una anciana. Llevaba el pelo recogido hacia atrás en un moño tan prieto que de él no escapaba ni un solo pelo. Su cabello era gris, gris como las piedras, sin un ápice de blanco que lo suavizara. Su cara era como de pergamino, de tez fina, un poco amarillenta y sumamente arrugada. Tenía ojos pequeños y escrutadores y, aunque ajada por la edad, su boca parecía firme y severa. Llevaba un sobrio vestido negro, sólidos zapatos del mismo color y un raro camafeo prendido de una cinta de terciopelo alrededor del cuello.
Dado que no podía confiar en su memoria, Bella echó mano de intuición. Edward le había dicho que observara sin prejuicios. Sabía que era un sabio consejo. Se dio cuenta de que no sentía temor al mirar a la anciana. Relajándose de nuevo, permaneció sentada.
- Hola.
- Muy bonito -dijo la anciana con un acento que a Bella le pareció eslavo-. Vuelves a casa después de tenerme toda la semana muerta de preocupación, y no te molestas en ir a verme.
- Lo siento -la disculpa le salió tan espontáneamente que sonrió.
- Dicen que no recuerdas nada. ¡Tonterías! -alzó una mano y dio una palmada sobre el brazo de la silla-. Como no va a recordar mi Bella a su Nanny.
Bella observó fijamente a la mujer, pero comprendió que no conseguiría recordar qué vínculo la unía a ella.
- No lo recuerdo -dijo suavemente-. No recuerdo nada.
Nanny había vivido setenta y tres años, criado a un montón de chiquillos ajenos y enterrados a uno de los propios. Había pocas cosas que la impresionaran. Tras un momento de silencio, se levantó. Tenía el rostro apergaminado y las manos ligeramente curvadas por la artritis, pero se alzó de la silla con la gracia y la agilidad de una joven. Cuando se acercó a la cama, Bella pensó que aquella mujer menuda, ataviada de negro, con su semblante severo y su rosario colgado del cinturón, era como un pájaro.
- Soy Carlotta Baryshnova, niñera de lady Honoria Platt, tu tía, y de lady Esme Platt, tu madre. Cuando esta última se convirtió en princesa Esme de Cordina, a acompañe para ocuparme de sus hijos. Te cambié los pañales, te curé las rodillas y te soné los mocos. Cuando te cases, haré lo mismo con tus hijos.
- Entiendo -dado que la anciana parecía más perpleja que enfadada, Bella sonrió de nuevo. Y de pronto pensó que aún no se había visto sonreír. Tendría que ponerse de nuevo ante el espejo-. ¿Y fue una buena niña?
- Pufff -aquel sonido habría podido significar cualquier cosa, pero Bella distinguió en él un leve tono de regocijo-. A veces peor y otras mejor que tus hermanos. Y ellos eran terribles -acercándose más, la miró fijamente con sus ojos cansados-. No has dormido bien -dijo con viveza-. Pero no me extraña. Esta noche, te traeré un vaso de leche caliente.
Bella ladeó la cabeza.
- ¿Me gusta la leche caliente?
- No. Pero te la beberás de todos modos. Ahora, te prepararé un baño. Demasiadas emociones y demasiados médicos, eso es lo que te pasa. Le dije a esa boba de Bernadette que yo cuidaría de ti esta noche. Pero ¿qué te has hecho en las manos? -preguntó bruscamente, tomándole una mano. Y empezó a cloquear como una gallina vieja-. Pasas una semana fuera de casa y te destrozas las uñas. Las tienes peor que una fregona. Rotas y astilladas. ¡Con el dinero que te gasas en manicuras!
Bella permaneció en silencio mientras Nanny farfullaba y se lamentaba. Había algo, algo en el contacto de aquella mano cálida y seca y en aquella voz refunfuñona. Pero aquella sensación se disipó antes de que consiguiera atraparla.
- ¿Me hacía la manicura muy a menudo?
- Una vez a la semana -masculló Nanny, sin soltarle la mano.
- Pues parece que necesito hacérmela otra vez.
- Dile a ese sarmiento de tu secretaria que te fije una cita con la estética. Y también con el peluquero -dijo Nanny, mirando su cabello con el ceño fruncido-. Muy bonito: una princesa andando por ahí con las uñas rotas y el pelo desgreñado. Muy bonito -remachó mientras entraba en el cuarto de baño contiguo-. Sí, muy bonito.
Bella se levantó y empezó a desnudarse. La presencia de la anciana, que seguía farfullando, no la incomodaba. La anciana estaba allí, a su lado, lista para envolverla en una corta bata de seda, hasta cuando se quitó las bragas.
- Recógete el pelo -refunfuño Nanny-. Cuando te bañes, veremos qué podemos hacer con él -al ver que Bella vacilaba, se acercó a la cómoda y abrió una cajita lacada, llena de horquillas-. Aquí tienes -su voz se suavizó-. Tienes mucho pelo, como tu madre. Necesitas montones de horquillas -rezongando, volvió a meterse en el cuarto de baño, donde se oía correr el agua. Bella se detuvo en la puerta y echó un vistazo al interior.
Había una claraboya en el techo, estratégicamente situada para que el sol, la lluvia o la luna se vieran desde la bañera. Las paredes y el suelo estaban cubiertos de baldosines blancos. Había plantas de flor colgadas por doquier, y la estancia estaba ya llena de vapor. A pesar de la abundancia de plantas, la bañera dominaba el espacio con sus reflejos de un verde vivaz y profundo. Tenía forma de trébol y en ella cabían tres personas, pensó Bella, preguntándose si alguna vez la habría compartido con alguien. Divertida, contempló el agua que la ancha y reluciente boca del grifo vertía como una cascada en miniatura.
Había en aquella estancia algo prístino y apasionado, y se preguntaba si sería reflejo de ella. El olor que ascendía de la bañera era el mismo que contenía el frasquito de cristal que el príncipe Carlisle le había llevado al hospital esa misma mañana. El perfume de Bella, se dijo.
Dejó caer la bata a sus pies y se metió en el agua. Nanny desapareció, mascullando algo sobre la ropa sucia, y Bella enseguida empezó a notar que se relajaba.
El agua fluía caliente a su alrededor. Necesitaba aquel baño, se dijo, si quería superar la noche que la aguardaba. Debía haberse relajado en aquella bañera innumerables veces, mirando el cielo y pensando en sus obligaciones.
Habría una cena. Ya se imaginaba la mesa sofisticada y señorial. Plata, hilo, cristal y porcelana. No le resultaba difícil imaginar también un menú y elegir los vinos adecuados para cada plato. De alguna forma, todo aquello le parecía elemental, una noción que permanecía en su memoria como el saber qué prendas había que ponerse primero a la hora de vestirse. Pero, en cambio, ignoraba cuál era el dibujo de la vajilla, al igual que ignoraba qué encontraría tras la pared de armarios de su habitación.
Intentando refrenar la impaciencia, se hundió un poco más en el agua. Había descubierto que la impaciencia formaba parte esencial de su carácter. Los recuerdos volverían por sí solos, se dijo. Y, si no volvían pronto, tendría que encontrar otro camino para recobrar la memoria.
Edward Masen. Bella tomó el jabón y una esponja grande y suave. Él podía flanquearle el acceso a ese otro camino. ¿Pero quién era Edward Masen? Resultaba un alivio pensar en él y olvidarse de sí misma un rato. Un ex policía, recordó, y un amigo de la familia. Pero no tan buen amigo como para conocerla bien, recordó. Él tenía su vida en América. ¿Había estado ella allí? Eso le había dicho él.
Se quedó allí tumbada, deseando que su mente se abriera de una vez. Solo recordaba impresiones. Adustas fachadas de mármol e interminables cenas de etiqueta. Y un río, un río con verdes orillas cubiertas de hierba y muchas embarcaciones. Descubrió que se cansaba de esforzarse para recordar algo tan nimio. Sin embargo, tenía la impresión de haber estado en el país de Edward.
«Piensa en él», se dijo. Si quería que la ayudara, debía comprenderlo. Era guapo, pensó, y muy amable en apariencia. Sin embargo, no sabía que se escondía bajo su fachada. Le parecía un hombre rudo y solitario, un hombre que hacía las cosas a su manera. Bien, pensó. Eso era justamente lo que necesitaba.
A diferencia de su familia, él no tenía razones para protegerla. Pero tampoco, pensó frunciendo el ceño, tenía razones para prestarle la ayuda que necesitaba. Quizá había aceptado ayudarla solo para estar cerca de ella y hacer el trabajo que su padre le había encomendado. Un guardaespaldas, pensó, contrariada. No le hacía ninguna gracia que la sombra de otra persona cayera sobre la suya.
Y, sin embargo, siguió pensando mientras hundía la esponja en el agua, ¿no era eso lo que le había pedido a Edward? Porque, al verlo en vestíbulo, había sentido... ¿qué? ¿Alivio? La avergonzaba admitirlo. Su familia estaba allí, intentando demostrarle su preocupación y su afecto, y sin embargo ella había experimentado una sobrecogedora sensación de alivio al ver a aquel desconocido.
Quizá fuera una suerte haber perdido la noción de sí misma. Bella golpeó con la esponja la superficie del agua, salpicando las paredes de porcelana. ¿Cómo iba a saber si le gustaba su forma de ser? Quizá resultara ser una mujer fría, distante y egoísta. Hasta el momento, solo había descubierto que le gustaban la ropa bonita y las manicuras. Quizá fuera así de superficial.
Sin embargo, todos parecían quererla. Bella tomó de nuevo la esponja y la estrujó contra su cara. El agua estaba caliente y olía a mujer sofisticada. El amor que había visto en los ojos de su padre y de sus hermanos era auténtico. ¿La habrían querido, si no se lo mereciera? ¿Cuánto tiempo tardaría en descubrir qué se ocultaba en su interior?
Pasiones. Recordaba la llamarada que había sentido cuando Edward le besó la mano. Una llamarada intensa, cruda, asombrosa. ¿No significaba eso que sus necesidades eran las de una mujer normal? ¿Pero las habría saciado alguna vez? Esbozando una sonrisa, echó hacia atrás la cabeza y cerró los ojos. ¿Cuántas mujeres podían decir honestamente que ignoraban si eran vírgenes o no?
¿Lo sabría él? ¿Adivinaría un hombre como Edward esa clase de cosas en una mujer? Algunas veces, cuando la miraba, Bella sentía que sus ojos atravesaban su piel y tocaban fibras que ningún extraño tenía derecho a tocar. Ahora, mientras pensaba en él, se preguntaba cómo sería que la tocara... que de verdad la tocar. Las yemas de sus dedos sobre la piel, su palma contra la carne. Sintió que, en un lugar recóndito de su ser, se avivaba la excitación, y dejó que se apoderara de ella.
¿Era aquella una experiencia nueva?, se preguntó, apoyando una mano sobre su vientre. ¿La habrían hecho sentirse tan... hambrienta otros hombres? ¿Habría otros hombres que la hubiesen hecho soñar, fantasear, dejar volar su imaginación? Quizá fuera solo una frívola que deseaba a los hombres solo porque eran hombres. ¿Pero la desearían los hombres a ella?
Poniéndose en pie, dejó que el agua se deslizara por su cuerpo. Edward tenía razón respecto a las ventajas potenciales de su situación. Podía mirar y observar las reacciones que despertaba en los demás. Y, esa noche, lo haría.
ke les parecio?
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bye
