hola a tds jeje aki sta el new cap jeje prometo actualizar a diario jejeje para ke no se keden kn dudas

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 7

Bella bajó la larga escalera del brazo de su padre. El príncipe le había dicho que los cócteles se servirían en el petit salon, pero no que había ido a buscarla para enseñarle el camino. El príncipe Carlisle se detuvo al pie de la escalera y le besó la mano. Un gesto parecido al de Edward, pero que, en lugar de excitarla, la hizo sonreír.

- Estás encantadora, Bella.

- Gracias. Pero sería difícil no estarlo, con la colección de vestidos que hay en mi habitación.

Él se echó a reír y, de pronto, pareció más joven.

- Siempre dices que la ropa es tu único vicio.

- ¿Y es cierto?

Carlisle percibió su angustia bajo el tono ligero de su pregunta, y volvió a besarle la mano.

- Siempre he estado orgulloso de ti -apoyando de nuevo la mano de Bella sobre su brazo, la condujo por el pasillo.

Edward percibía cierta tensión entre Jasper y Loubet, el ministro de Estado de Carlisle. Una tensión que se traducía en cierta tirante cortesía. Cuando Jasper accediera al trono, pensó Edward desapasionadamente, Loubet no estaría a su lado.

Jasper despertaba su interés. El joven príncipe era sumamente apasionado. Pero dominarse le resultaba mucho más difícil que a su padre. En realidad, le costaba un gran esfuerzo. Fuera lo que fuera lo que bullía en su interior, procuraba guardárselo para sí, no permitiendo que llegara a aflorar a la superficie... al menos, en público. No como Emmett, pensó Edward, mirando al otro príncipe.

Emmett estaba recostado en su sillón, escuchando solo a medias la conversación que se desarrollaba a su alrededor. No parecía sentir la necesidad de analizar las palabras y sus significados, como hacía su hermano. Su talante, siempre dispuesto a disfrutar de los dones de la vida, también interesaba a Edward.

Y lo mismo le ocurría con Bella. Edward no tenía forma de saber si la jovencita que había conocido en otro tiempo se había convertido en una mujer reconcentrada, como Jasper, o alegre y despreocupada, como su hermano menor. Quizá no fuera ni lo uno ni lo otro. Después de sus dos breves conversaciones, Edward sentía curiosidad por saber cuál era su auténtica personalidad.

¿Quién era aquella mujer? Edward se hacía la misma pregunta que Bella respecto a él. Era hermosa, sí. No había perdido la elegancia y la gracia junto con la memoria. Pero, bajo aquellas cualidades, Edward adivinaba una voluntad de acero. Iba a necesitarla, se dijo, si quería descubrirse a sí misma.

Atracción. Sin duda era eso lo que sentía hacia ella. Pero aquella atracción no se parecía al arrobo que había experimentado diez años antes. Ahora, veía en ella a una mujer que luchaba por no perder el control sobre una situación que ni siquiera llegaba a entender. Si podía mantener la calma mientras su vida se volvía del revés ante su ojos, era sin dudad una mujer a la que no podía subestimarse.

Deseo. También sentía deseo cada vez que la veía. Bella sabía cómo mirar a un hombre con sus ojos de chocolate. ¿Habría sido siempre así?, se preguntaba. ¿O solo lo hacía ahora que andaba a ciegas? Debía tener cuidado. Tal vez Bella pareciera una mujer a la que se podía tocar, seducir, llevársela a la cama, pero era y siempre sería una princesa. No una de esas princesas de los cuentos de hadas. Pensó, sino una princesa de carne y hueso.

Sin embargo, cuando se dio la vuelta y la vio, Bella le pareció al mismo tiempo de carne y hueso y de cuento de hadas.

Llevaba la cabeza muy alta, como si estuviera entrando en un estadio y no en un salón. Racimos de perlas brillaban en sus orejas, en su garganta, en su pelo, que llevaba recogido hacia atrás, dejando la cara despejada. Su vestido era del color de las uvas justo antes de entrar en sazón. La seda y las perlas iban bien con su piel. Y su porte era el digno de su título. No se aferraba a su padre, pese a que a Edward la parecía que habría querido aferrarse a algo. Se mostraba altiva y serena. Y, pensó con satisfacción, parecía estar observándolo todo.

- Alteza...

Bella aguardó pacientemente mientras cruzaba la estancia y le hacía una reverencia. El ministro de Estado era más mayor que Edward, pero más joven que su padre. Tenía el pelo rubio salpicado de canas y la cara salpicada de arrugas. Olía a distinción, pensó Bella, y sonrió al comprobar cómo trabajaba su mente. Loubet caminaba con la parte izquierda del cuerpo ligeramente ladeada, pero su forma de inclinarse para saludar resultaba elegante y su sonrisa era encantadora.

- Me alegra verla en casa de nuevo.

Ella no sintió nada cuando sus manos se tocaron, ni cuando sus ojos se encontraron.

- Gracias.

- El señor Loubet y yo tenemos que despachar ciertos asuntos esta noche -dijo su padre suavemente-. Por desgracia, no podrá quedarse a cenar con nosotros.

- Mucho trabajo y pocos placeres, señor Loubet -dijo Bella con idéntica suavidad.

- El solo verla en casa, sana y salva, ya es un placer, Majestad.

Bella notó que su padre y el ministro se lanzaban una rápida mirada.

- Dado que, al perecer, ese asunto me concierne, quizá quieran que hablemos de ello tomando una copa -mientras cruzaba la habitación, vio que Edward inclinaba levemente la cabeza, complacido. Sintió que algunos de los nudos de su estómago se deshacían-. Por favor, caballeros, póngase cómodos -les indicó a todos que se sentaran. A todos, pensó con una sonrisa, menos a Emmett, que ya estaba sentado-. ¿Tengo alguna bebida predilecta? -le preguntó a su hermano menor, señalando la barra.

- Agua mineral con lima -dijo él, sonriendo-. Siempre dices que ya se sirve suficiente vino en la cena como para aturdirte bebiendo de antemano.

- Muy sensato por mi parte.

Edward se acercó a la barra para servirle la bebida y Bella tomó asiento en uno de los sofás. Los hombres se acomodaron a su alrededor. ¿Estaría su vida dominada por los hombres?, se preguntó fugazmente y después tomó la copa y bebió un sorbo.

- En fin, ¿queréis que os diga lo que veo? -sin esperar respuesta, bajó la copa y prosiguió-. Veo que Jasper está enfadado, y que mi padre se mueve con extrema cautela, como si atravesara un campo de minas. Y yo estoy en medio de todo.

- Habría que dejarla en paz -afirmó Jasper bruscamente-. Además, esto es un asunto familiar.

- Los asuntos de su familia son asuntos de estado, Majestad -dijo Loubet suavemente, pero sin afecto, pensó Bella-. El estado de la princesa Isabella resulta preocupante tanto en lo personal como en lo político. Mucho me temo que todo el mundo se cebará en la cuestión de su amnesia temporal si la noticia llega a trascender. El pueblo está empezando a tranquilizarse después del secuestro. Me gustaría que tanto Su Alteza Serenísima como el pueblo tuvieran ocasión de descansar en paz.

- Loubet tiene razón, Jasper -dijo el príncipe Carlisle sin suavidad, pero con afectó, pensó Bella.

- Sí, en teoría -mientras bebía, Jasper lanzó a Edward una mirada resentida-. Pero ya hay extranjeros implicados. Bella necesita descansar y recuperarse. Quienquiera que haya hecho esto... -sus dedos se crisparon sobre la copa-. Quienquiera que lo haya hecho pagará su atrevimiento.

- Jasper -Bella apoyó la mano sobre la de su hermano, en un gesto que este reconoció, pero ella no-, debo recordar lo que ocurrió antes de que alguien pague por ello.

- Lo harás, cuando estés lista. Mientras tanto...

- Mientras tanto -lo interrumpió su padre-, debemos proteger a Bella con todos los medios a nuestro alcance. Y, tras pensarlo detenidamente, convengo con Loubet en que para ello es necesario que su amnesia no trascienda. Si los secuestradores se enteran de que aún no nos has contado nada, quizá sientan la tentación de silenciarte para siempre antes de que recobres la memoria.

Bella volvió a tomar su copa y, aunque bebió con calma, Edward notó en sus ojos que estaba inquieta.

- ¿Cómo podemos ocultarlo?

- Si me permite, Majestad -dijo Loubet, mirando a Carlisle antes de volverse hacia Bella-. Hasta que se recupere, Alteza, creemos que lo mejor es que permanezca en palacio, en compañía de personas de plena confianza. Será fácil posponer o cancelar sus compromisos públicos. El secuestro, la tensión y el shock bastarán para explicarlo. El médico que la atendió es de toda confianza. No hay razón para temer que desvele su estado, salvo que nosotros así lo deseemos.

Bella volvió a dejar su copa.

- No.

- Le ruego m...

- No -repitió ella muy suavemente, dirigiéndose a Loubet, aunque su mirada se deslizó hasta su padre-. No me quedaré aquí como una prisionera. Creo que ya he estado prisionera demasiado tiempo. Si tengo compromisos, los cumpliré - vio que Emmett sonreía y alzaba su copa, saludándola.

- Alteza, debe comprender que la situación es muy delicada y que sería extremadamente peligroso que hiciera lo que propone. Aunque solo sea por la simple razón de que la policía aún no ha atrapado a sus secuestradores.

- ¿Y la solución es que me quede encerrada en palacio? -ella sacudió la cabeza-. Me niego a hacerlo.

- Bella, el cumplimiento del deber es a menudo incómodo -su padre apagó el cigarrillo que había encendido durante la conversación.

- Puede que sí. En este momento, no puedo hablar por experiencia -se miró las manos, el anillo que empezaba a resultarle familiar-. Quienquiera que me raptara sigue libre. Pero no tengo intención de facilitarles las cosas. Señor Loubet, ¿me conoce usted bien?

- Alteza, desde que era una niña.

- ¿Diría usted que soy una mujer medianamente inteligente?

Él la miró, divertido.

- Mucho más que medianamente.

- Entonces, creo que, con un poco de ayuda, podría cumplir mi propósito, y usted el suyo. La amnesia puede permanecer en secreto, si usted considera que es lo mejor, pero yo no me ocultaré en mis habitaciones.

Carlisle hizo amago de hablar, pero al final se recostó en su sillón. Una leve sonrisa jugueteaba en sus labios. Su hija, pensó complacido, no había cambiado.

- Alteza, personalmente me encantaría ayudarla en lo que pudiera, pero...

- Gracias, Loubet, pero el señor Masen ya ha aceptado encargarse de eso -dijo con voz amable, pero expeditiva-. Él me dirá cuanto necesito saber para volver a ser la princesa Isabella.

El resentimiento volvió a aparecer en la mirada de Jasper; Carlisle pareció intrigado y Loubet apenas pudo refrenar su fastidio. Edward percibió todas aquellas reacciones.

- La princesa y yo tenemos una especie de acuerdo -estaba cómodamente sentado, observando las reacciones que se producían a su alrededor-. Al parecer, cree que la compañía de un extraño podría reportarle ciertas ventajas.

- Hablaremos de eso más tarde -Carlisle se levantó y, aunque sus palabras no fueron bruscas, sonaron tan expeditivas como las de su hija-. Lamento que sus compromisos no le permitan quedarse a cenar, Loubet. Mañana por la mañana concluiremos esos asuntos.

- Sí, Majestad.

Saludos corteses, una elegante despedida. Bella se quedó pensativa al ver salir a Loubet.

- Parece muy sincero y entregado a su deber. ¿Antes me agradaba?

Su padre sonrió y la tomó de la mano.

- Nunca lo dijiste expresamente. Pero hace bien su trabajo.

- Y es mortalmente aburrido -dijo Emmett ásperamente al levantarse-. Vamos a comer -Tomó a Bella del brazo y la atrajo hacia sí. 'Puedes comerte media docena de ostras crudas, si te apetece.

- ¿Crudas? ¿Es que me gustan?

- Te encantan -dijo él alegremente, y la llevó hacia el comedor.

- Ha sido... divertido comprobar que a Emmett le gusta gastar bromas -dijo Bella unas dos horas después, mientras salía a la terraza con Edward.

- ¿Y no ha sido revelador saber que usted sabe aceptarlas? -él se detuvo para proteger con la mano la llama del encendedor. El humo del cigarrillo se remontó empujado por la brisa, ondulando en la oscuridad.

- Sí. Y también he descubierto que detesto las ostras y que tengo un carácter vengativo. Haré que Emmett me las pague por haberme hecho tragar una de esas cosas. Entretanto... -dándose la vuelta, se apoyó contra la sólida baranda de piedra-. Me doy cuenta de que lo he puesto en una posición un tanto incómoda, Edward. No era mi intención, pero, ya que lo he hecho, me temo que no dejaré que se libre de este compromiso.

- Eso puedo hacerlo yo mismo, cuando y como yo quiera.

- Sí -ella volvió a sonreír. Pero al instante echó la cabeza hacia atrás y su sonrisa se convirtió en una carcajada. El miedo parecía tan lejano... La tensión era mucho más fácil de soportar-. Sin duda podría hacerlo. Quizá por eso me siento tan a gusto con usted. Esta noche, he seguido su consejo.

- ¿Cuál?

- Observar. Tengo un buen padre. Su posición le pesa, al igual que la angustia que ha sufrido esta última semana. He notado que los sirvientes lo tratan con gran respeto, así que creo que es un hombre justo. ¿Está de acuerdo conmigo?

- Sí.

- Jasper es... ¿cuál es la palabra? -sacudiendo la cabeza, miró hacia el cielo, dejando al descubierto la larga y pálida línea de su garganta-. Impulsivo, supongo. Posee la energía reconcentrada de un hombre mucho mayor. Supongo que la necesita. Al parecer, usted no le agrada -cuando bajó de nuevo la cabeza, Edward descubrió que sus ojos le llegaban a la altura de los labios.

- No.

- ¿Y eso le molesta?

- No tengo por qué gustarle a todo el mundo.

- Ojalá confiara usted en mí -murmuró ella-. En cualquier caso, parece que por mi culpa ha aumentado el recelo que Jasper siente por usted. Hace un momento, cuando dije que quería salir a dar un paseo y le pedí que me acompañara, mi hermano pareció impacientarse. Posee un sentido de la familia muy fuerte y excluyente.

- Usted es responsabilidad suya... o eso opina él -añadió Edward al ver que ella se disponía a protestar.

- Pues tendrá que cambiar de opinión. Emmett es diferente. Parece tan despreocupado... Quizá sea por la edad, o porque es el menor. Sin embargo, me mira como si fuera a cometer cualquier desliz en cualquier momento y estuviera listo para salir en mi ayuda. Y en cuanto a Loubet, ¿qué piensa usted de él?

- No lo conozco lo suficiente.

- Yo tampoco -dijo ella secamente-. ¿Pero no tiene una opinión formada sobre él?

- Al parecer, su posición también le pesa.

No era evasiva, decidió Bella, pero tampoco una respuesta.

- Usted es un hombre muy elemental, ¿no es cierto? ¿Se trata de un rasgo del carácter americano?

- Se trata de una necesidad de despejar el camino de cosas superfluas. Usted también parece una mujer muy elemental.

- ¿De veras? -ella frunció los labios, pensativa-. Puede que así sea, o puede que lo sea en este momento solo por necesidad. Pero seguramente es cierto que no soporto las cosas superfluas, ¿no le parece?

La tensión de la velada había sido excesiva para ella, observó Edward mientras Bella se daba la vuelta de nuevo y apoyaba las manos sobre la baranda. Estaba cansada, pero Edward comprendía que no quisiera regresar a su cuarto, donde solo tendría por compañía las preguntas que resonaban en su cabeza.

Bella, ¿ha pensado en tomarse unos días libres y marcharse a alguna parte? -ella alzó la cabeza. Percibiendo su enojo, Edward apoyó una mano sobre su hombro-. No me refiero a huir, sino a alejarse de todo esto. Es humano.

- No puedo permitirme ser humana mientras no sepa quién soy.

- El médico dijo que la amnesia era temporal.

- ¿Y qué significa eso? -preguntó ella-. ¿Una semana, un mes, un año? A mí no me basta con eso, Edward. No puedo quedarme de brazos cruzados, esperando que las cosas vengan a mí. En el hospital, tuve algunos sueños -cerró los ojos un momento, respiró hondo y continuó-. En ellos, estaba despierta, pero paralizada. No podía moverme. Estaba oscuro y no lograba moverme. Voces. Oía voces, y luchaba y luchaba por comprenderlas, por reconocerlas, pero tenía mucho miedo. En el sueño estaba aterrorizada y, cuando me despertaba, seguía estándolo.

Edward dio una profunda calada a su cigarrillo. Bella había hablado desapasionadamente, y su falta de emoción resultaba muy esclarecedora.

- Estaba bajo los efectos de alguna droga.

Bella se giró hacia él lentamente. En la penumbra, sus ojos parecían muy claros.

- ¿Cómo lo sabe?

- Los médicos opinan que, por el estado en que se encontraba, debieron de mantenerla drogada. Es posible que ni siguiera cuando recupere la memoria consiga recordar con claridad lo que ocurrió durante la semana de su secuestro. Será mejor que lo asuma desde este momento.

- Sí, lo haré -ella apretó los labios hasta que estuvo segura de que no se le quebraría la voz-. ¿Qué más sabe?

- No mucho.

- Cuéntemelo.

Edward tiró el cigarrillo por encima de la baranda, hacia el abismo.

- Está bien. Fue secuestrada en algún momento del domingo. No conocemos la hora exacta, pues iba sola en el coche. El domingo por la noche, Jasper recibió una llamada.

- ¿Jasper?

- Sí. Su hermano suele trabajar los domingos hasta tarde en su despacho. Tiene una línea privada, como cada uno de ustedes en sus respectivos despachos. La llamada fue breve. Dijeron simplemente que había sido secuestrada y que la retendrían hasta que se cumplieran las exigencias del rescate. Pero, en ese momento, no plantearon ninguna.

¿Y dónde la habían retenido? Oscuridad. De lo único que podía estar segura era de la oscuridad.

- ¿Qué hizo Jasper?

- Acudió directamente a su padre. La buscaron por todas partes. El lunes por la mañana, su coche fue hallado en un camino, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad, cerca de una finca de su propiedad. Al parecer, tenía la costumbre de conducir hasta allí para estar sola y pasear un rato. El lunes por la tarde, llegó la primera exigencia del rescate. Pedían dinero. No se cuestionó su pago, por supuesto, pero, antes de que pudiera llegarse a un acuerdo con los secuestradores, se produjo otra llamada. Esta vez, exigían la liberación de cuatro presos a cambio de usted.

- Y eso complicaba las cosas.

- Dos de esos presos están condenados a muerte. Por espionaje -añadió mientras ella permanecía en silencio-. Ello quitaba el asunto de manos de su padre. Pagar dinero era una cosa; liberar presos, otra muy distinta. Las negociaciones estaban muy avanzadas cuando la encontraron en la cuneta de una carretera.

- Quiero volver allí -musitó Bella-. Al lugar donde encontraron mi coche y al lugar donde me encontraron a mí.

- Ahora no puede ser. He aceptado ayudarla, Bella, pero tendrá que ser a mi manera.

Ella achicó levemente los ojos.

- ¿Y cuál es su manera?

- La mía -dijo él sencillamente-. Cuando considere que está lo bastante fuerte, yo mismo la llevaré allí. Hasta entonces, nos lo tomaremos con calma.

- ¿Y si no estoy de acuerdo?

- Puede que su padre considere seriamente el plan de Loubet.

-Y entonces no iré a ninguna parte.

- Exacto.

- Sabía que no era usted un hombre fácil, Edward -se alejó unos pasos de él, interceptando un rayo de luna-. Según parece, no tengo elección. Y eso me disgusta. En mi opinión, la capacidad de elección es la libertad más esencial. No dejo de preguntarme cuándo la recuperaré. Mañana, después de entrevistarme con mi secretaria...

- Smithers -dijo Edward-. Jane Smithers.

- Qué nombre tan relamido -observó Bella-. Por la mañana, Jane Smithers y yo repasaremos mi agenda. Luego, me gustaría repasarla con usted. Sean cuales sean mis compromisos, quiero cumplirlos al pie de la letra. Aunque consistan en pasarme horas comprando ropa o sentada en un salón de belleza.

- ¿Así es como cree que invierte el día?

- Es posible. Soy rica, ¿no es cierto?

- Si.

- Pues entonces... -encogiéndose de hombros, guardó silencio un momento-. Esta noche antes de la cena, mientras me bañaba, me hice muchas preguntas. En realidad, estuve pensando en usted.

Él se metió muy despacio las manos en los bolsillos.

- ¿De veras?

- Intentaba analizarlo. En ciertos sentidos creo que lo conseguí y en otros no. ¿Sabe?, en el supuesto de que tuviera mucha experiencia con los hombres, la he olvidado junto con todo lo demás -caminó hacia él despreocupadamente-. Me preguntaba si, besándolo, abrazándolo, recuperaría esa parte de mí misma.

Balanceándose sobre los talones, él la observó sin inmutarse.

- ¿Eso forma parte de mis deberes, Alteza?

En los ojos de Bella brilló un destello de exasperación.

- me da igual cómo lo considere.

- Puede que a mí no.

- ¿Acaso le parezco fea?

Edward notó que, al hacer la pregunta, hacía un mohín echando hacia fuera el labio inferior. Parecía una mujer acostumbrada a los halagos imaginativos y rebuscados. Pero de él no los obtendría.

- Fea, no.

Bella se preguntó por qué aquello le parecía casi un insulto.

- Bueno, entonces, ¿está comprometido con otra mujer? ¿Se sentiría deshonesto si me besara?

Él no se movió. Siguió sonriendo desapasionadamente.

- No tengo ningún compromiso, Alteza.

- ¿A qué viene ahora llamarme «Alteza»? -preguntó ella-. ¿Lo hace para molestarme?

- Sí.

Ella empezó a enfadarse. Pero acabó echándose a reír.

- Pues lo ha conseguido.

- Es tarde -Edward le dio la mano amistosamente-. Permítame que la acompañe arriba.

- No le parezco fea -Bella echó a andar su lado, pero a su propio paso-. Y no está comprometido. Así que ¿por qué no me besa? Ha aceptado ayudarme.

Él se detuvo y la miró desde su altura. Su coronilla le llegaba a la barbilla. Bella echó la cabeza hacia atrás y lo miró fijamente a los ojos.

-Le dije a su padre que la protegería.

- Y a mí me dijo que me ayudaría a averiguar quién soy. Pero puede que su palabra no signifique nada -dijo con ligereza-. O puede que no le guste besar a una mujer.

Había dado solo dos pasos cuando Edward la agarró del brazo.

- No le gusta que la contradigan, ¿eh?

Ella sonrió.

- Eso parece.

Edward asintió y al instante siguiente la estrechó entre sus brazos.

- A mí tampoco.

Rozó sus labios con la intención de darle un beso desapasionado, neutral. Aunque comprendía las razones de Bella, sus necesidades, también era consciente de que lo había incitado a hacer algo que prefería evitar. ¿Acaso no se había preguntado cómo sabría aquella boca tersa y sensual? ¿No había imaginado cómo sería abrazar aquel cuerpo esbelto y frágil? Pero había aceptado hacer un trabajo. Y nunca se tomaba su deber a la ligera.

De modo que tocó los labios de Bella con la intención de darle un beso neutral. Pero la neutralidad duró apenas un instante.

Bella era dulce, suave, delicada. Era cálida, tentadora, excitante. Tenía que poseerla. Su mirada era franca, pura. Edward podía ver su fulgor dorado a través de las densas pestañas mientras deslizaba la mano hacia arriba para sujetarla del cuello. Y podía sentir, a medida que el beso se hacía más profundo, su respuesta desprovista de dudas y de culpabilidad.

Sus lenguas se encontraron, se tantearon ligeramente y luego permanecieron unidas, saboreándose. Bella rodeó a Edward con los brazos, apretándose contra él. El perfume que exhalaba era más oscuro que el cielo, más denso que la fragancia entremezclada de las flores nocturnas que se elevaba desde los jardines que se extendían más abajo. La luz de la luna relucía sobre ellos. Edward casi volvió a creer en los cuentos de hadas.

Bella pensaba que sabía lo que podía esperar. En alguna parte, dentro de ella, se hallaba escondido el recuerdo de cómo eran los besos, del mismo modo que recordaba qué era la comida y qué la bebida. Y, sin embargo, al sentir la boca de Edward sobre la suya, su mente, sus emociones, se convirtieron en una pizarra en blanco en la que Edward escribió lo que quiso.

Si su sangre había hervido antes, Bella no podía recordarlo. Si le había dado vueltas la cabeza, no guardaba memoria de ello. Todo era nuevo, insólito, excitante. Y, sin embargo... y sin embargo había en todo aquello una hondura, una urgencia elemental que no la sorprendía.

Deseo, anhelo, ensoñación. Tal vez había sentido antes esas emociones. Ansia, necesidad, pasión. Tal vez no recordara aquellas otras, pero las comprendía. Era Edward abrazándola, Edward depositando besos sobre su cara, Edward jadeando su nombre sobre sus labios quien despertaba de nuevo todas aquellas emociones.

¿Pero había habido otros? ¿Quiénes? ¿Y cuántos? ¿Había permanecido ella bajo la luz de la luna con anterioridad, envuelta en los fuertes brazos de un hombre? ¿Se había entregado antes a la pasión con aquella determinación? Y, si así era, ¿qué había significado para ella? Estremecida, se apartó de él. ¿Qué clase de mujer le entregaba su alma a un hombre sin saber quién era? ¿ O sin conocerse a sí misma?

- Edward... -retrocedió cautelosamente. Se sentía asaltada por las dudas-. No sé si ahora entiendo mejor las cosas.

Pero él había sentido su pasión completa, sin restricciones. Y, aunque deseaba probarla otra vez, se hizo el mismo razonamiento que ella. ¿Cuántos más había habido? Ilógicamente, deseaba que aquella pasión, que aquel deseo le perteneciera solo a él. Le tendió la mano, pero mantuvo la distancia. Aquella sensación no le gustaba.

-Será mejor que lo consultemos con la almohada.


espero les haya gustado

RR? creo ke la historia se ls merece

bye