Capitulo 8
Bella se sentía como una impostora. Estaba en su ordenado, sencillo y elegante despacho únicamente porque Edward la había llevado hasta allí. Había sentido alivio cuando, a las ocho en punto, él había llamado a la puerta de su cuarto de estar diciendo sencillamente: « ¿Estás lista?». La inquietaba la idea de tener que pedirle a alguno de los sirvientes que le indicara el camino hasta su despacho. No quería empezar su primer día completo en palacio teniendo que enfrentarse a las expectativas y a la curiosidad de quienes la rodeaban. Con Edward no hacía falta que se disculpara, ni que diera explicaciones, ni que titubeara.
Edward estaba allí, se dijo, para hacer justamente lo que estaba haciendo: guiarla con discreción. Todo iría bien mientras ella lo recordara y olvidara los instantes que habían pasado juntos en la terraza la noche anterior. Pero se habría sentido mejor de no haberse despertado pensando en lo ocurrido entre ellos.
Tras un corto paseo en silencio por los corredores del palacio, durante el cual Bella descubrió que ella se sentía incómoda y Edward no, este le había mostrado el despacho, situado en el tercer piso del ala este. Una vez en él, Bella lo había inspeccionado lentamente. No era grande, pero sí muy profesional. Tenía buena luz, una disposición práctica y en él Bella podía mantener a salvo su privacidad. Los muebles eran elegantes, pero de una elegancia desprovista de frivolidad. Todo ello le produjo un profundo alivio.
El macizo escritorio de caoba que ocupaba el centro de la habitación estaba pulcramente ordenado. Mientras acariciaba de pasada el respaldo de las dos sillas de intrincada tapicería oriental y madera e ébano, Bella notó que el despacho estaba decorado en suaves tonos pastel. Allí también había flores frescas y abundantes: rosas violáceas que emergían airosas de un jarrón de Sevres, delicados claveles blancos en una vasija Wedgwood. Tomó un capullo y lo hizo girar sobre su tallo, volviéndose hacia Edward.
- Así que aquí es donde trabajo -observó el grueso libro con las cubiertas de cuero que había sobre el escritorio, pero solo lo rozó con los dedos. ¿Descubriría al abrirlo que sus días se componían de almuerzos, tés, pruebas de sastrería y paseos por tiendas? Y, si así era, ¿podría soportarlo-. ¿Y a qué me dedico exactamente?
Aquella pregunta era un desafío. Y también una súplica.
Pero Edward había hecho sus deberes. La tarde anterior, mientras Bella descansaba, había revisado sus archivos, su agenda, incluso su dietario. Había poco que ignorara sobre Su Alteza Serenísima Isabella de Cordina. Pero Bella Cullen seguía siendo para él una incógnita.
Edward había pasado una hora con la secretaria de Bella y otra con el jefe de la Casa Real. Había mantenido una breve y cautelosa entrevista con su antigua niñera, durante la cual había tenido que vencer poco a poco los recelos de la anciana. La semblanza que había obtenido de todo ello hacía más compleja a la princesa Isabella, y a Bella Cullen más misteriosa que nunca.
Había decidido ayudarla porque ella lo necesitaba, pero era consciente de la complejidad de la situación. El rompecabezas del secuestro lo obsesionaba. En apariencia, el padre de Bella había dejado la investigación en manos de la policía para dedicarse a despachar sus asuntos. Pero Edward rara vez creía en las apariencias. Si Carlisle quería jugar al ajedrez con él en el papel de alfil de la reina, Edward aceptaría el reto y, entretanto, haría ciertas pesquisas por su cuenta. No había tardado en descubrir que la realeza era casi impenetrable. Ello hacia tanto más tentador el desafío. Deseaba recomponer el rompecabezas del secuestro, pero, para hacerlo, primero debía recomponer a Bella.
Por la descripción que ella le había hecho de su familia el día anterior, Edward sabía que era muy intuitiva. Sin embargo, la impresión que tenía Bella de sí misma estaba muy lejos de ser precisa. O quizá tuviera miedo a lo que podía descubrir de sí misma, reflexionó Edward. Por un instante, especuló con la posibilidad de despertarse una mañana sin pasado, sin asideros, sin sentido de sí mismo. Y comprendió que sería paralizante. Pero desdeño rápidamente aquella idea. Cuanto más se compadeciera de Bella, más difícil sería su trabajo.
- Colaboras en una serie de proyectos -dijo con sencillez, acercándose al escritorio-. Algunos los consideras deberes cotidianos. Otros, asuntos oficiales.
De pronto, Bella recordó lo que había ocurrido entre ellos la noche anterior. Se había sentido conmovida, compelida a seguir adelante. ¿La habrían hecho sentirse así otros hombres? No retrocedió, pero cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho. Sus emociones, fueran cuales fuesen, no podían interferir en su deber.
- ¿Proyectos? -repitió suavemente-. ¿Aparte de pintarme las uñas?
- Estás siendo un poco dura con Bella, ¿no crees? -murmuró Edward, apoyando su mano sobre la de ella, encima del libreo de cuero. Durante cinco largos segundos, permanecieron así.
- Puede. Pero para comprenderla primero tengo que conocerla. En este momento, la conozco menos que a ti.
Edward sintió de nuevo compasión por ella. Fueran cuales fueran sus deseos, no podía negarlos completamente. La mano de Bella, bajo la suya, era firme; su voz, fuerte. Pero en sus ojos había dudas, confusión y necesidad.
- Siéntate, Bella.
La dulzura de su voz hizo vacilar a Bella. ¿Podía sentirse segura con un hombre capaz de utilizar aquel tono? Retiró lentamente la mano y se sentó en una de las hermosas sillas tapizadas.
- Muy bien. ¿Va a ser esta la lección número uno?
- Si quieres llamarlo así... -él se sentó al borde del escritorio para que mediara entre ellos una distancia confortable, y para, de ese modo, poder verle la cara sin obstáculos-. Dime qué se te viene a la cabeza cuando piensas en una princesa.
- ¿Vas a hacer de psicoanalista?
Él cruzó los pies.
- Es una simple pregunta. La respuesta puede ser tan simple como tú quieras.
Ella sonrió y apareció relajarse.
- Un príncipe azul, hadas madrinas, zapatitos de cristal -se pasó lánguidamente los pétalos de la rosa por la mejilla y miró más allá de él, hacia un rayo de sol que se derramaba por el suelo-. Lacayos con vistosos uniformes, carruajes con asientos de satén blanco, hermosas coronas de plata, vestidos vaporosos... Multitudes de gente... Multitudes de gente -repitió, y sus ojos se concentraron en el chorro de luz-, saludando más allá de la ventana. La luz en los ojos me impide ver con claridad, pero los oigo. Saludo con la mano. Hay un fuerte olor a rosas. Un mar de gente gritando cada vez más, hasta que sus voces me cubren por completo. Encantadoras, dulces, exigentes -guardó silencio y luego dejó la rosa sobre su regazo.
Le temblaba la mano. Edward se dio cuenta justo antes de que dejara la flor.
- ¿Lo imaginas o lo recuerdas?
- Yo... -¿cómo podía explicarlo? Aún podía sentir el olor de las rosas y oír los vítores, pero no lograba recordarlo con claridad. Podía sentir el escozor del sol en sus ojos, pero no lograba verse junto a esa ventana-. Solo son impresiones -dijo al cabo de un momento-. Vienen y se van. Nunca consigo retenerlas.
-No te fuerces.
Ella giró la cabeza.
- Quiero...
- Sé lo que quieres -su voz era tranquila, casi despreocupada. Bella lo miró con irritación. Pero Edward sabía lo que debía hacer. Tomó la agenda, pero no la abrió-. Te explicaré cómo es un día normal en la vida de Su Alteza Serenísima Isabella de Cordina.
- ¿Y cómo lo sabes?
Edward sopesó el libro mientras la miraba.
- Mi trabajo consiste en saberlo. Te levantas a las siete y media y desayunas en tu habitación. De ocho y media a nueve despachas con el jefe de la Casa Real.
- Régisseur -ella parpadeó, asombrada, y luego arrugó el ceño-. Así se dice en francés. Se le llama régisseur, no «jefe».
Edward no dijo nada, pero ella siguió con el ceño fruncido, intentando recordar por qué aquella palabra le resultaba tan familiar.
- Decides el menú que se sirve cada día. Si no hay ninguna cena oficial, normalmente dispones para el mediodía la comida principal. Asumiste esa tarea cuando murió tu madre.
- Entiendo -Bella aguardó un momento, confiando en sentir dolor al oír mencionar a su madre. Lo deseaba. Pero no sintió nada-. Continúa.
- De nueve a diez y media estás aquí, en tu despacho, con tu secretaria, y te ocupas de la correspondencia oficial. Normalmente, le dictas a Jane Smithers las respuestas y, después de darles el visto buen, las firmas.
- ¿Cuánto tiempo lleva conmigo?- preguntó Bella bruscamente-. ¿Esa tal Jane Smithers?
- Poco menos de un año. Tu antigua secretaria tuvo un hijo y dejó el trabajo.
- ¿Yo...? -buscó la palabra, retorciéndose los dedos-. ¿Tengo una buena relación con ella?
Edward ladeó la cabeza.
- Nadie me ha dicho que tengas queja.
Irritada, Bella sacudió la cabeza. ¿Cómo podía explicarle a un hombre que lo que quería saber era si su secretaria y ella eran amigas como lo eran las mujeres? ¿Cómo podía explicarle que lo que se preguntaba era si tenía amigas íntimas, mujeres que rompieran el círculo de hombres que parecía rodearla? Quizá aquella fuera una pregunta más que debía desvelar por sí misma.
- Por favor, continúa.
- Si tienes tiempo, por la mañana también te ocupas de tu correspondencia personal. De lo contrario, lo dejas para la tarde.
Parecía tedioso, pensó ella. Y luego se le ocurrió que las obligaciones lo eran a menudo.
- ¿A qué te refieres con «correspondencia oficial»?
- Eres la presidenta de la Fundación de Ayuda a los Niños Discapacitados. La FAND es la organización social más importante de Cordina. también actúas como representante de Cruz Roja Internacional. Además, colaboras asiduamente con el Círculo de Bellas Artes, fundado en honor de tu madre. Te corresponde ocuparte de la correspondencia con las esposas de los jefes de Estado, encabezar o participar en diversos comités, aceptar o declinar invitaciones y aparecer en actos oficiales. La política y los asuntos de gobierno le corresponden a tu padre y, hasta cierto punto, a Jasper.
- Así que ¿mis obligaciones se limitan a asuntos... femeninos, digamos?
Bella vio su sonrisa rápida, atractiva, desprovista de afectación.
- Yo no lo llamaría de ese modo después de revisar tu agenda, Bella.
- Que, hasta este momento -señaló ella-, consiste básicamente en dedicarme a responder cartas.
- Tres días a la semana, acudes a la sede de la FAND. Yo, personalmente, no querría tener que vérmelas con todo ese papeleo. Llevas dieciocho meses presionando al Consejo Nacional para que aumente el presupuesto del Círculo de Bellas Artes. El año pasado, visitaste quince países en representación de la Cruz Roja y pasaste diez días en Etiopía. En la revista World apareció un reportaje de diez páginas sobre ese viaje. Me encargaré de que te faciliten una copia.
Ella tomó de nuevo la rosa y, acariciando sus pétalos, se levantó y comenzó a andar de un lado a otro.
- ¿Pero se me da bien? -pregunto-. Quiero decir que si sé lo que hago, o si me limito a actuar como una especie de figurón.
Edward sacó un cigarrillo.
- Ambas cosas. Una joven y bonita princesa atrae la atención de la prensa, los donativos y el interés de la gente. Una mujer joven e inteligente utiliza esas ventajas y su cerebro para conseguir lo que se propone. Según tu diario...
- ¿Has leído mi diario?
Él alzó una ceja y observó su rostro, en el que se mezclaban la perplejidad y la vergüenza. No parecía tener ni idea, pensó Edward, de si había alguna razón para avergonzarse.
- Me has pedido que te ayude -le recordó él-. No puedo hacerlo si no te conozco. Pero relájate... -Edward encendió despreocupadamente el mechero y prendió el cigarrillo-. Eres muy discreta, Bella, incluso para escribir un diario.
No tenía sentido protestar, se dijo ella. Si lo hacía, probablemente solo conseguiría divertir a Edward.
- ¿Qué estabas diciendo?
- Según tu diario, los viajes oficiales resultan agotadores. Nunca te han gustado especialmente, pero los hacer una vez cada dos años, porque es tu obligación. Debes recaudar fondos y asistir a actos oficiales. Trabajas, Bella. Te lo aseguro.
- Tendré que aceptar tu palabra al respecto -ella volvió a deslizar la rosa dentro del jarrón-. Deseo empezar cuanto antes. Primero, ya que debo mantener en secreto mi amnesia, necesito los nombres de la gente a la que debo conocer -rodeando la mesa, tomó asiento y empuño una pluma-. Dime los que sepas. Luego llamaré a Jane Smithers. ¿Tengo alguna cita hoy?
- A la una tienes que estar en la sede de la FAND.
- Muy bien. Tengo mucho que aprender antes de la una.
espero reviews
