hola aki sta el new cap jeje
recuerdn de ke nada me pertenece
Capitulo 9
Antes de dejar a Bella en compañía de su secretaria, Edward le proporcionó más de cincuenta nombres, acompañados de descripciones físicas y de diversas explicaciones. Le parecería un pequeño milagro que Bella consiguiera retener la mitad de los datos que le había dado.
De haber podido elegir, Edward se habría subido en su coche y se habría largado. En dirección al mar, o a las montañas. Daba igual. Los palacios, por muy espaciosos, por muy bellos o fascinantes que fueran desde el punto de vista histórico, se componían al fin y al cabo de paredes, techos y suelos. Y él quería sentir el cielo a su alrededor.
Se detuvo un instante junto a una ventana y miró afuera antes de subir al cuarto piso, donde se encontraba el despacho del príncipe Carlisle. Trabajo de policía, se dijo con impaciencia. Caminatas y papeleo. Aún estaba muy lejos de escapar de todo aquello.
Fue recibido inmediatamente y encontró al príncipe sirviendo el café. El despacho era el doble de grande y mucho más recargado, rancio y masculino que el de Bella. El techo estaba recubierto de un intrincado artesonado de color dorado, pero las sillas eran amplias, y sólido el escritorio de roble. Carlisle tenía las ventanas abiertas, de modo que la luz se derramaba sobre la enorme alfombra roja.
- Loubet acaba de irse -dijo el príncipe sin preámbulos-. ¿Has visto la prensa?
- Sí -Edward aceptó el café, pero no se sentó, pues el príncipe seguía en pie. Edward sabía cuando olvidar el protocolo y cuándo someterse a él-. Al parecer, hay una sensación de alivio generalizado porque Su Alteza esté a salvo, pero también muchas especulaciones acerca del secuestro. Era de esperar.
- Y también muchas críticas contra el cuerpo de policía de Cordina -añadió Carlisle, y se encogió de hombros-. Pero eso también era de esperar. Comparto las dudas de la prensa acerca de la eficacia de la policía, pero por otro lado sé que apenas tenían indicios.
Edward inclinó la cabeza con cierta sorna.
- ¿De veras?
Se miraron, calibrándose el uno al otro.
- La policía tiene un deber que cumplir. Yo tengo el mío y tú el tuyo. ¿Has visto a Bella esta mañana?
- Sí.
- Siéntate -le indicó una silla con gesto impaciente. Pero él no se sentó, pese al protocolo-. ¿Cómo está?
Edward tomó asiento y observó al príncipe, que se paseaba por la habitación con la misma elegancia nerviosa que su hija.
- Físicamente, yo diría que se está recuperando muy bien. Emocionalmente, aguanta porque está empeñada en ello. En estos momentos, su secretaria le está recordando los nombres y las caras de las personas a las que debe reconocer. La princesa tiene intención de mantener sus compromisos, empezando desde hoy mismo.
Carlisle se bebió medio café y luego dejó la taza. Ya había bebido demasiado esa mañana.
- ¿La acompañarás?
Edward probó su café. Era muy negro, denso y caliente.
- Sí.
- Es difícil... -Carlisle se interrumpió, intentando refrenar alguna emoción. ¿Pero cuál? ¿Ira, dolor, frustración? Edward no estaba seguro-. Es difícil -repitió con calma - mantenerse en segundo plano sin poder hacer nada. Tú has venido porque yo te lo pedí. Te has quedado porque yo te lo pedí. Y ahora descubro que tengo celos de ti porque cuentas con la confianza de mi hija.
- Es un tanto prematuro decir eso. Su hija me considera útil, de momento -percibió la irritación que crispaba su voz y procuró suavizarla-. Puedo darle información sobre sí misma sin alterar sus emociones.
- Al igual que su madre, Bella es muy apasionada. Cuando ama, se entrega completamente. Eso es, en sí mismo, una bendición.
Carlisle dejó el café frío y se sentó tras su escritorio. Edward pensó que de repente había adoptado una actitud oficial. Imperceptiblemente, se puso alerta.
- Anoche, Emmett me comentó que tal vez te había puesto en una situación embarazosa.
Edward tomó otro sorbo de café. Parecía relajado; pero, por dentro, aguardaba, expectante.
¿En qué sentido?
- Vas a permanecer junto a Bella en público y en privado. Dada su posición, la prensa la fotografía continuamente. Su vida es objeto de discusión pública -el príncipe tomó una piedra blanca y pulida que había encima de la mesa. Se ajustaba perfectamente a la palma de su mano. La había encontrado su mujer en una playa rocosa, años antes-. He estado tan enfrascado pensando en la seguridad de Bella y en su recuperación que no me he parado a considerar las implicaciones de tu presencia aquí.
- ¿Como, por ejemplo, el... lugar que ocupo en la vida de Bella?
Los labios de Carlisle se curvaron.
- Es un alivio no tener que explicarlo todo con delicadeza. Emmett es joven, y la prensa internacional se regodea con sus escarceos amorosos -parecía sentir una mezcla de orgullo e irritación al decirlo. El sino de un padre, pensó Edward. Lo había comprobado a menudo en su padre-. Quizá por eso él reparó antes que nadie en ese detalle.
- Estoy aquí para proteger a la princesa -dijo Edward-. Parece bastante fácil de explicar.
- No es nada fácil de explicar porque el gobernante de Cordina le pide a un ex policía americano, que proteja a su hija. Podría considerarse, y quizá con razón, un agravio. Somos un país pequeño, Edward, pero el orgullo tiene su importancia.
Edward guardo silencio un momento, sopesando la cuestión.
- ¿Quiere que me vaya?
- No.
Alivio. No debía sentirlo, y ciertamente no de forma tan intensa. Pero la mano con la que sujetaba la taza se relajó.
- No puedo cambiar de nacionalidad, Carlisle.
- No -dijo el príncipe secamente, y se pasó la piedra a la otra mano -. Pero sí podrías cambiar de papel de modo que puedas acompañar a Bella sin despertar sospechas poco convenientes.
Eta vez, fue Edward quien sonrió.
- ¿Se refiere a que me convierta en su pretendiente?
- De nuevo me lo pones fácil -Carlisle se recostó en su asiento y observó al hijo de su amigo. En circunstancias menos delicadas, habría aprobado una unión entre Edward y su hija. No podía negar que, antes de que todo aquello ocurriera, esperaba que Bella se casara y que la hubiera hecho coincidir deliberadamente con miembros de la realeza británica y de la aristocracia francesa. Sin embargo, los Masen poseían un rancio abolengo y una reputación irreprochable. No lo habría disgustado que lo que estaba proponiendo hipotéticamente se convirtiera en realidad.
- Yo, no obstante, desearía ir un paso más allá. Si no tienes inconveniente, me gustaría anunciar tu compromiso con Bella -aguardó algún indicio, algún gesto o expresión que le revelara la reacción de Edward ante sus palabras. Pero este no mostró más que un amable interés. Carlisle acarició la piedra con el pulgar. Respetaba a los hombres que sabían guardarse sus pensamientos-. Siendo su prometido -continuó-, podrías permanecer a su lado sin despertar sospechas.
- Pero puede que la gente se pregunte cómo me he convertido en el prometido de Su Alteza habiendo pasado solo unos días en Cordina.
Carlisle asintió. Le había agradado su respuesta clara, desprovista de emoción.
- Mi larga amistad con tu padre hace el noviazgo más plausible. Bella estuvo en tu país el año pasado. Podríamos decir que vuestra relación se inició entonces.
Edward sacó un cigarrillo. Lo necesitaba.
- Los compromisos tienen la mala costumbre de acabar en boda.
- Los auténticos, sí -Carlisle dejó la piedra sobre el escritorio y cruzó las manos-. Este es, naturalmente, solo una farsa. Cuando nos convenga, anunciaremos que Bella y tú habéis cambiado de opinión. El compromiso quedará roto y cada uno seguirá su camino. La prensa disfrutará del melodrama y nadie saldrá perjudicado.
La princesa y el granjero, pensó Edward, y sonrió. Podía ser un juego interesante. Antes de que acabara, tal vez se produjeran algunos acontecimientos dignos de recordarse.
- Aunque yo acepte, hay otra persona implicada.
- Isabella hará lo más conveniente para el país y para ella -dijo el príncipe con sencillez, como un hombre que conocía su autoridad-. La decisión te corresponde a ti, no a Bella.
Incapacidad de decisión. ¿No era eso lo que, según le había dicho, más echaba en falta Bella? La pertenencia a la realeza conllevaba muchas otras cosas, aparte de las hermosas diademas de plata y los zapatitos de cristal. Edward exhaló el humo del cigarrillo. Podía compadecerse de ella, pero ello no le impediría tomar una decisión que los atañía a ambos.
- Entiendo sus argumentos. Jugaremos a su modo, Carlisle.
El príncipe se levantó.
- Hablaré con Bella.
Edward no creía que a ella la complaciera la idea. Pero, pensándolo bien, prefería que así fuera. Sería más fácil para él que se mostrar un poco seca, un tanto fría. Era su mirada perdida, vulnerable, lo que lo desarmaba.
Cuando Bella salió del palacio pocos minutos antes de la una, Edward no se sintió defraudado. Ella se había puesto una chaqueta del mismo ante lujoso y oscuro que su falda. El pelo suelto, que le caía por la espalda, atrapaba todos los matices del sol. Sus ojos, cuando echó hacia atrás la cabeza y los clavó en él, eran dorados, suntuosos, ambarinos. Una criatura de luz, pensó él, apoyándose en el coche. Bella no debía vivir tras los muros de un castillo, sino al aire libre, bajo el cielo.
Edward hizo una pequeña reverencia y le abrió la puerta del coche. Bella le lanzó una larga y fulgurante mirada.
- Me has dado una puñalada por la espalda -se sentó en el asiento delantero y miró fijamente hacia delante.
Edward hizo tintinear las llaves en el bolsillo y se acercó al lado del conductor. Podía encarar la situación con delicadeza... o como le viniera en gana.
- ¿Pasa algo, querida? -le preguntó, sentándose a su lado.
- ¿Bromeas? -ella lo miró con dureza-. ¿Cómo te atreves?
Él la tomo de la mano y se la apretó con fuerza, pese a que ella intentó desasirse.
- Bella, algunas cosas es mejor tomárselas a la ligera.
- Esto es una farsa. ¡Un fraude! -de repente, ella soltó una sarta de exabruptos en francés que Edward solo entendió en parte. Su intención, sin embargo, estaba clara como el agua-. Primero, tengo que aceptarte como guardaespaldas -continuó ella, volviendo al inglés sin detenerse-. Así que, cada vez que me doy la vuelta, me encuentro contigo. Y, ahora, pretender que finjamos que vamos a casarnos. ¿Y para qué? -preguntó-. Para que no se sepa que mi padre me ha buscado un guardaespaldas que no es ni cordinés ni francés. Para que puedan verme constantemente con un hombre sin que mi reputación salga perjudicada. ¡Ja! -hizo un ademán malhumorado e innegablemente regio con la mano-. Es mi reputación.
- Bueno, también está la mía -dijo él despreocupadamente.
Bella se giro hacia él y lo miró de arriba a abajo con altivez.
- Digamos que tú ya tenías cierta reputación. Y, además, a mí tu reputación me importa un bledo -añadió antes de que él pudiera decir nada.
- Pues, ya que eres mi prometida, debería importarte -Edward encendió el motor y comenzó a descender lentamente por la sinuosa carretera que bajaba a la ciudad.
-Toda esta mascarada es ridícula.
- Estoy de acuerdo.
Aquello la detuvo. Había abierto la boca para seguir despotricando, pero volvió a cerrarla, emitiendo un chasquido casi audible.
- ¿Te parece ridículo estar comprometido conmigo?
- Absolutamente.
Bella descubrió algo más sobre sí misma. Poseía una fuerte vena de vanidad.
- ¿Por qué?
- No suelo comprometerme con mujeres a las que apenas conozco. Y, además, me lo pensaría dos veces antes de casarme con una mujer tan terca, egoísta y malcriada.
Ella alzó el mentón. Sacó del bolso unas gafas de sol y se las colocó sobre la nariz.
- Entonces, tienes suerte de que solo sea una farsa, ¿no crees?
- Sí.
Ella cerró el bolso bruscamente.
- Y una farsa breve, además.
Él procuró no sonreír. Solo podía asumir una cierta cantidad de riesgos cada día.
- Cuanto más breve, mejor.
- Haré lo que pueda por complacerte.
Bella pasó el resto del trayecto en un silencio obstinado.
Aquel silencio fue corto, pero la hizo sufrir. Tener a alguien concreto contra quién dirigir su rabia la ayudaba a aplacar el miedo de tener que enfrentarse a personas que solo conocía de oídas. Habría querido tener más tiempo para prepararse.
El edificio que albergaba la sede central de la Fundación de Ayuda a los Niños Discapacitados era antiguo y distinguido. Antaño había sido la residencia de su bisabuela. Eso, al menos, le había dicho la sarmentosa y eficiente Jane Smithers.
Bella salió del coche con agilidad y elegancia. Sin embargo, tenía un nudo en el estómago. Mientras se acercaba a la puerta, repasó mentalmente el plano del edificio. En otras circunstancias, no habría aceptado la mano de Edward, pero cuando la sintió cerrarse sobre la suya, no hizo intento de desasirse. A veces era necesario, incluso deseable, aliarse con el diablo.
Entraron en n frío y blanquísimo vestíbulo. Al instante, una mujer que estaba sentada tras un escritorio, justo al lado de la entrada, se levantó y le hizo a Bella una reverencia.
- Alteza, me alegro de verla sana y salva.
- Gracias, Claudia -vació tan brevemente al decir su nombre que el propio Edward apenas lo notó.
- no la esperábamos, Alteza. Después de... de lo que pasó -la voz de la mujer se desvaneció. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Bella se sintió conmovida y, dejándose llevar por su instinto, extendió ambas manos.
- Estoy bien, Claudia. Ansiosa por volver al trabajo -sentía un afecto, un vínculo con aquella mujer que no había sentido hacia su secretaria personal. Sin embargo, no podía dejarse arrastrar por aquella sensación hasta que la comprendiera del todo-. Este es el señor Masen. Él... está pasando una temporada con nosotros. Edward, Claudia lleva casi diez años trabajando para la fundación -dijo Bella, dándole una información que él mismo le había proporcionado esa mañana-. Creo que podría dirigirla con una sola mano. Dime, Claudia, ¿me has dejado algo que hacer?
- Está el baile, Alteza. Como siempre, han surgido complicaciones.
El Baile de Beneficencia Anual, recitó Bella para sus adentros. Una tradición del país y la mejor oportunidad para recaudar fondos destinados a la FAND. A ella, como presidenta, le correspondía organizarlo. Y, en su calidad de princesa, debía actuar como anfitriona. Aquel acontecimiento atraía a Cordina cada primavera a los ricos, a los famosos, a los importantes.
- No sería el baile si no hubiera complicaciones. En fin, me pondré manos a la obra. Vamos, Edward, veremos si puedes sernos de alguna utilidad.
Superado el primer obstáculo, Bella subió las escaleras, atravesó el vestíbulo y entró en el segundo despacho a la derecha.
- Bien hecho -le dijo Edward cuando cerró la puerta.
- Solo espero que... -encogiéndose de hombros, ahuyentó la idea que le rondaba la cabeza. Esperaba que alguien disparar el gatillo, que se abriera el primer cerrojo de su memoria y que los recuerdos brotaran de una vez por todas. Se apartó bruscamente de Edward y descorrió las cortinas.
El despacho no era tan elegante como el que tenía en palacio. Había una hilera de estanterías de metal, de aspecto convencional, a los largo de una de las paredes. La mesa de madera de cerezo era bonita, pero estaba cubierta de archivadores, notas y papeles. Bella se acercó a ella, se sentó y tomó uno de aquellos papeles. Era una nota relativa a una donación destinada al departamento de pediatría del hospital, escrita con su letra.
Resultaba extraño ver aquella letra, pensó. Poco antes, se había puesto a prueba empuñando un lápiz y escribiendo su nombre, solo para ver su firma. La letra era grande, ondulante, casi incomprensible, y muy característica. Bella dejó la nota y se preguntó por dónde empezar.
- Pediré que nos traigan café -sugirió Edward.
- Y unas pastas o unas galletas -dijo Bella distraídamente mientras comenzaba a revisar los papeles de la mesa-. No he comido nada -alzando una ceja-. Estaba tan furiosa que perdí el apetito, pero me parece que tendré que tomar algo antes de acabar con todo esto.
- ¿Una hamburguesa?
- De queso, sin cebolla -luego sonrió, porque le había salido de manera espontánea-. Me gustan muy hechas -casi podía imaginarse sentada ante aquella mesa, frente a un almuerzo improvisado, haciendo llamadas y firmando papeles. Sintiendo un repentino arrebato de entusiasmo, comenzó a organizar aquel desorden.
Aquello se le daba bien. Resultaba emocionante descubrir que tenía talento para algo. En tan solo dos horas, se puso al corriente de la situación y comenzó, lenta pero sistemáticamente, a solucionar los pormenores, los problemas y las decisiones que debía tomar. Todo le salía espontáneamente, como vestirse, comer o caminar. Solo tenía que considerar los problemas desde distintos ángulos, sopesarlos y solucionarlos. Al cabo de dos horas, se sentía segura y animada. Cuando salió del despacho, su mesa seguía desordenada. Pero se trataba de su desorden. Un desorden que comprendía.
- Me siento de maravilla -le dijo a Edward cuando volvieron a montarse en el coche-. Estupendamente. Pensarás que soy tonta.
- En absoluto -él se sentó a su lado, peor no sacó la llave-. Has hecho muchísimas cosas en un par de horas, Bella. Soy policía. Sé lo irritante y aburrido que puede resultar el papeleo.
- Pero, cuando sirve de algo, el quebradero de cabeza merece la pena, ¿no crees? La FAND es una organización eficaz. No se limita a dar sermones. Ayuda a la gente. Todo ese equipamiento para el departamento de pediatría, el nuevo ala del hospital... Las sillas de ruedas, los andadores, los audífonos, los tutores... Todo eso cuesta dinero, y nosotros lo conseguimos -miró la sortija de zafiros y diamantes que relucía en su dedo-. Hace que me sienta justificada.
- ¿Es que lo necesitas?
- Sí. El hecho de que goce de ciertos privilegios por mi nacimiento no significa que no tenga que ganarme el derecho a ellos. Sobre todo ahora que...
- Que no recuerdas nada sobre tu vida.
- No sé cómo me sentía antes -musitó ella, mirando el elegante bolsito de cuero que llevaba-. Solo sé cómo me siento ahora. Me han dado un título, pero a cambio tengo que pagar un precio, eso sí lo sé.
Él encendió el motor.
- Aprendes deprisa.
- Tengo que hacerlo -estaba cansada, pero no quería relajarse. No podía-. Edward, no quiero volver aún. ¿Podemos ir a dar un paseo? A cualquier parte, me da igual. Solo quiero que me dé un poco el aire.
- De acuerdo -Edward comprendía su necesidad de alejarse de los muros, de las restricciones. Él también los había sufrido durante su infancia. Y también se había rebelado contra ellos. Sin pensarlo, se dirigió hacia el mar.
A las afueras de la capital había parajes por los que la carretera discurría sinuosa a lo largo de la cornisa del mar. Había sitios antes de llegar a Lebarre, el puerto de Cordina, en los que el paisaje era abierto, salvaje y agreste. Edward detuvo el coche junto a una pared de rocas agujereadas en la que los árboles crecían torcidos, tumbados por el viento.
Bella salió del coche y contempló el paisaje. De algún modo, conocía el olor y el sabor del mar. Ignoraba si había estado allí antes, pero aquel lugar la tranquilizaba. Dejando que su necesidad de saber más se desvaneciera, caminó hacia el borde del acantilado.
Pequeños racimos de flores moradas se abrían paso a través de las grietas, decididas a alcanzar la luz del sol. Bella tocó una, pero no la cortó. Moriría demasiado pronto. Sin prestar a tención a su falda, se sentó sobre las rocas y miró hacia abajo.
El cielo era de un azul empecinado. De haber podido, se habría tragado la tierra. El farallón se lo impedía, pero no lograba aplacar su avidez. A lo lejos, Bella veía embarcaciones, grandes cargueros que entraban y salían del puerto, esbeltos yates con las velas desplegadas. Tuvo la sensación de que sus manos conocían el tacto de la soga y su cuerpo el balanceo del mar. Quizá pronto lo comprobaría.
- Con algunas cosas me siento a gusto enseguida. Quiero decir que las reconozco. Este lugar, por ejemplo.
- Es difícil crecer junto al mar y no reconocer lugares como este -el viento echó hacia atrás el pelo de Bella, apartándolo de su cara. Con aquella luz, su cabello era casi dorado y parecía lamido por diminutas llamas. Edward se sentó a su lado, pero no demasiado cerca.
- Creo que solía ir a sitios como este solo para respirar cuando el protocolo se me hacía insoportable -suspiró, cerrando los ojos y alzando la cara al viento-. Me pregunto si siempre me he sentido así.
- Podrías preguntárselo a tu padre.
Ella bajó la cabeza. Cuando sus ojos se encontraron, Edward notó el cansancio que ella se esforzaba por ocultar. Aún no estaba en plena forma, pensó. Y él no era inmune a su debilidad.
- Es difícil -ella se sintió de nuevo atraída hacia él, olvidando el enojo y su rabia, su angustia y su crispación. Con él podía hablar, decir lo que pensaba sin temor a las consecuencias-. No quiero hacerle daño. Siento que me quiere tanto, que desea tanto protegerme, que me hace sentir incómoda. Sé que está impaciente por que recupere la memoria.
- ¿Y tú no? -ella miró el mar sin decir nada-. Bella, ¿tú no quieres recordar?
Ella siguió mirando el mar.
- En parte sí, desesperadamente. Pero otra parte de mí no quiere recordar. Es como si fuera demasiado para mis fuerzas. Si recuerdo lo bueno, ¿no recordaré también lo malo?
-Tú no eres una cobarde.
- No sé. Edward, recuerdo la huida. La lluvia, el viento. Recuerdo que corrí tanto que pensé que me moriría. Sobre todo, recuerdo el miedo, un miedo tan intenso que habría preferido morir a detenerme. No sé si esa parte de mí me permitirá recuperar la memoria.
Edward entendía lo que quería decir. Y ello le dolía, sin poder evitarlo.
- Cuando te sientas más fuerte, no te darás elección.
- Algo dentro de mí también teme ese momento. En estas circunstancias... -se echó el pelo hacia atrás, sacudiendo la cabeza, y disfrutó de su caricia sobre el cuello -sería tan fácil relajarse y dejarlo todo así, dejar simplemente que las cosas ocurran. Si no fuera quien soy, podría hacerlo. A nadie le importaría.
- Pero eres quien eres.
- ¿Tú no sueñas? -preguntó ella con una media sonrisa-. ¿Nunca te preguntas: «y si... »? Yo podría quedarme aquí, imaginando que tengo una casita con un jardín en las colinas. Que mi marido es granjero y estoy esperando nuestro primer hijo. La vida sería tan sencilla y tan dulce...
- Y la mujer de la casita seguramente imagina que es una princesa y que vive en un palacio -Edward tocó un mechón de su pelo que se agitaba al viento-. La vida está llena de sueños, Bella. Nunca es sencilla, pero puede ser dulce.
- ¿Tú con qué sueñas?
Él enroscó el mechón alrededor de su dedo y luego lo soltó.
- Con labrar mis tierras, con ver crecer mis cosechas. Con alejarme de las calles.
- ¿Tienes tierras en América? ¿Una granja?
- Sí -pensó en lo que le esperaba en su hogar. «Al año que viene», se prometió. Ya había esperado demasiado tiempo.
- Pero pensaba que eras policía...Bueno, detective privado. Una especie de aventurero.
Él se echó a reír sin amargura.
- La gente que no es de la profesión tiende a pensar en callejones oscuros y se olvida del papeleo.
- Pero tú has visto los callejones oscuros.
Él le lanzó una mirada dura y serena al mismo tiempo. Tanto que ella tragó saliva.
- Los he visto, sí. Tal vez demasiados.
Bella creyó entenderlo. Sabía, aún sin saberlo conscientemente, que ella misma había recorrido un callejón oscuro. Miró el mar y el cielo. No era momento de pensar en la oscuridad.
- ¿Qué plantarás en tu granja?
Él se quedó pensando. En momentos como aquel, casi creía que su sueño se haría realidad.
- Maíz, heno puede que manzanas.
- Y tendrás una casa -ella se giró para mirarlo de frente-. ¿Una casa de granja?
- Necesita algunas reformas.
- ¿Tiene poche delantero?¿Un porche grande?
Él se echó a reír.
- Sí, bastante grande. En cuanto cambie unas cuantas tablas, puede incluso que sea seguro.
- En las noches cálidas te sentarás fuera, en una mecedora, a escuchar el viento.
Él acarició su pelo.
- Bueno, no todo es tan idílico.
- Sí, lo sé. Pero, aun así, creo que me conformaría con pasar cincuenta semanas asistiendo a compromisos oficiales y apareciendo en público, con tal de disponer de dos semanas para sentarme en una mecedora y escuchar el viento. Así que tienes tierras y una casa, pero no mujer. ¿Por qué?
- Una pregunta extraña viniendo de mi prometida.
- Solo dices eso para distraerme y evitar responder.
- Eres muy intuitiva, Bella -se levantó y le tendió la mano-. Deberíamos volver.
- Tú sabes muchas cosas de mi vida. Es justo que yo quiera saber más de la tuya -dijo ella, dándole la mano-. ¿Alguna vez te has enamorado?
- No.
- A veces me pregunto si yo me habré enamorado -dijo melancólicamente, mirando al mar-. Por eso anoche te pedí que me besaras. Pensaba que tal vez así lo recordaría.
Edward percibió su ironía, pero no le hizo gracia.
- ¿Y lo recordaste?
- No. Me dio la impresión de que ya me habían besado antes, pero la verdad es que no recordé a nadie en concreto.
¿Lo estaba desafiando de nuevo, o era así de ingenua? Pero qué más daba. Edward la agarró de la muñeca.
- ¿A nadie?
Ella percibió su sutil y peligroso cambio de tono. Un tono que cualquier mujer sensata habría temido. Pero ella no era una mujer cualquiera, se dijo, alzando la cabeza. Ella era una princesa.
- A nadie. Lo cual me hace pensar que nunca he querido a ningún hombre.
- Pues reaccionaste como si supieras lo que es el deseo.
Bella no retrocedió, a pesar de que Edward se había acercado más a ella. Su rostro, pensó Bella, no era el de uno de esos hombres con los que una mujer podía sentirse a gusto durante las largas tardes lluviosas. Era demasiado perturbador. Sus manos alargadas, elegantes, fuertes, no harían soñar dulcemente a una mujer. La harían palpitar hasta en sueños. Bella ya lo sabía.
- Puede que sí. Al fin y al cabo, no soy una niña.
- No -Edward se acercó un poco más a ella. El viento silbó entre los dos cuando dio otro paso hacia delante-. Ninguno de los dos lo es.
La boca de Bella era suave, pero firme. Respondió a la suya, como había ocurrido la noche anterior. No, la vida nunca era sencilla, pensó Edward, apretándose contra ella, Pero, Dios, qué dulce podía ser.
Bella se rindió a su abrazo. Por alguna razón, en ese momento, con el mar batiendo allá abajo y el gemido del viento, necesitaba hacerlo. Estaban tan solos que parecía natural que se abrazaran, cuerpo contra cuerpo, boca contra boca. Bella sintió que la mano de Edward se deslizaba sobre su pelo, firme, vigorosa. Al sentir que metía los dedos entre su cabello, echó hacia atrás la cabeza. El corazón de Edward latía tan rápido y tan fuerte como el de ella. Bella podía sentirlo palpitar contra su pecho. El sol deslumbraba, así que ella mantuvo los ojos cerrados hasta que la luz se volvió rojiza y cálida. Edward poseía un sabor delicioso. Viril, oscuro, perturbador. Bella se sentía como si caminara por el borde de un precipicio, por encima de las rocas y del agua. Resultaba aterrador. Y maravilloso. Subió las manos por la espalda de Edward. Notó sus músculos. Seguridad. Peligro. Deseaba ambas cosas. Solo por un momento, podía permitirse se r una mujer cualquiera. Hasta la realeza se sometía a la pasión.
Bella era dulce, pero peligrosa. Edward lo sabía. La había sabido antes de que un impulso lo empujara a tocarla. Como sabía que se sentiría impulsado a tocar una y otra vez lo que ya empezaba a añorar. El perfume de Bella parecía girar en torno a él, más ligero que el aire, más oscuro que el mar.
¿Lo sabía ella? Mientras se sumergía más profundamente en ella, se preguntaba si Bella sabía lo que le estaba haciendo. Los ojos de una hechicera, la cara de un ángel. ¿Qué hombre no caería de rodillas ante ella? Sin embargo, sus suspiros bajos, tenues, eran los de una mujer. Ya fuera de carne y hueso o de cuento de hadas, estaba abocada a seducir. No había forma de resistirse a ella.
Pero Edward no tenía elección.
La apartó de sí como había hecho la noche anterior: lentamente, con desgana, implacablemente. Ella siguió con los ojos cerrados un momento, como si estuviera saboreando aquel instante. Pero cuando los abrió, su mirada era franca y directa.
Tal vez ambos supieran que debían apartarse del borde del precipicio.
- Tu familia se preguntará dónde te has metido.
Ella asintió, dando finalmente un paso atrás.
- Sí. La obligación es lo primero, ¿no es así?
Él no respondió, pero ambos echaron a andar hacia el coche al mismo tiempo.
espero reviews jeje
bye
