holaaa jejej aki sta el new cap

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 13

- No hace falta que me acompañes -el doctor Franco le dio una suave palmadita en la espalda-. Iré a informar a tu padre antes de irme de que estás bien.

- Gracias, doctor Franco.

- Bella -se detuvo ante la puerta que acababa de abrir-, a veces, todos tenemos que disimular.

Ella inclinó la cabeza con un gesto frío y regio.

- Eso tengo entendido.

- Esperó discretamente hasta que la puerta se cerró y luego se dio la vuelta, mascullando. Disimulo. Sí, le seguiría el juego a su padre, aceptaría aquel engaño. Pero lo detestaba. Inquieta, sacó de la papelera el periódico que había arrugado y tirado esa misma mañana. LA PRINCESA ISABELLA SE CASA.

Bella soltó una sarta de exabruptos como solo en privado pueden hacerlo las princesas. En el periódico había una foto suya y otra de Edward. Ladeando la cabeza, observó detenidamente la de Edward a la luz del sol.

Sí, era atractivo, pensó. En un sentido rayano en la rudeza y también en la suavidad. Como un enorme felino, pensó, que podía ronronear o dar un zarpazo según se le antojara. Edward hacía lo que quería. Y un hombre semejante provocaba sentimientos encontrados. Y no solo en ella, pensó con cierta satisfacción. La prensa también parecía dividida.

Se notaba una evidente expectación y una especie de satisfacción chovinista porque uno de los vástagos de la familiar real fuera a casarse. Se decía que, de entre todas las princesas de la historia de Cordina, ella era la que más había tardado en comprometerse. Ya era hora, parecía decir el periódico con cierto alivio.

La amistad que unía a los Cullen y los Masen contaba a favor de Edward, al igual que la reputación de su padre. Pero Edward era a fin de cuentas un americano, y no precisamente el candidato ideal, según parecían creer los ciudadanos de Cordina.

La escasa satisfacción que aquel comentario le produjo quedó enseguida empañada por la mención de ciertos candidatos más convenientes. Resultaba desconcertante encontrarse relacionada, aunque solo fuera en las páginas de un periódico, con media docena de codiciados solteros. Príncipes, lores, marqueses, magnates... Evidentemente, a juzgar por los breves comentarios que acompañaban a las fotografías, los conocía a todos y a todos los había frecuentado. Quizá alguno hubiera significado algo para ella, pero por el momento no tenía modo de saberlo. Podía estudiar sus nombres y sus caras durante cinco minutos, o durante una hora, y seguiría sin recordarlos. Volvió a mirar la fotografía de Edward. Con él, al menos, sabía a qué atenerse.

Al parecer, la prensa se reservaba para más adelante su juicio definitivo sobre el ex policía americano, hijo de un conocido y respetado diplomático. En cambio, prefería especular acerca de la fecha de la boda.

Bella tiró el periódico sobre la cama de tal forma que cayó abierto, con las fotos hacia arriba. Se dijo que su padre había logrado su propósito. La prensa parecía haberse olvidado del secuestro, encandilada por el anuncio de la boda. Ya nadie cuestionaría la presencia de Edward en palacio, o el lugar que ocupaba a su lado.

Nadie lo cuestionaría a él... y tampoco a ella. Bella volvió las palmas hacia arriba y se las miró fijamente. Había una cosa que no había sido capaz de decirles a sus médicos. Una cosa que no había podido decirle a nadie, excepto a Edward.

¿Había matado a un hombre? ¿Había tomado un cuchillo y...? Dios, ¿cuándo lo sabría con certeza?

Intentar forzarse a recordar solo le producía una enorme frustración. Si ponía en ello toda su atención, no conseguía más que romperse la cabeza y quedar inutilizada para pensar en otra cosa. Los únicos fragmentos que recordaba, los recordaba en sueños. Y, cuando se despertaba, las imágenes que recordaba eran tan vagas y confusas como las de los sueños. Aquellas imágenes, en lugar de aliviar su angustia, solo conseguían aumentarla. Todas las mañanas se quedaba tumbada, quieta, confiando en que los recuerdos afluirían de manera natural. Y cada día tenía que conformarse únicamente con los posos de sus sueños.

Podía trabajar, se dijo. Era fácil llenar las horas del día. El trabajo le resultaba agradable y satisfactorio... de no ser porque en adelante tendría que afrontar aquel absurdo compromiso. Cuanto antes se lo quitara de encima y pudiera seguir adelante con su vida, tanto mejor. Pensaría en ello como en una meta más que debía alcanzar... o en otro obstáculo que había de superar.

- Adelante -dijo, frunciendo el ceño al oír que llamaban a la puerta. Su expresión no cambió al ver que Edward entraba en la habitación-. Supongo que puedo considerarme a salvo en mi habitación.

La estancia olía sutilmente a flores. Las había por todas partes: en un jarrón encima de la mesa, junto a la ventana, en un pedestal cerca de la cama... La brisa entraba por la ventana abierta y difundía su olor por toda la habitación.

- El doctor Franco dice que te has recuperado muy bien.

Bella se acomodó lentamente en el largo poyete de la ventana, cubierto de cojines. Ello le dio la oportunidad de refrenar su enojo.

- ¿También a ti te informa el doctor Franco?

- No. Yo estaba con tu padre cuando fue a informarla a él -Edward vio el periódico sobre la cama, pero no dijo nada. ¿De qué serviría decirle que, esa mañana, al ver los titulares de primera plana, se había llevado un buen susto? Una cosa era aceptar aquel compromiso de cartón piedra, y otra muy distinta verlo constatado en blanco y negro.

Se acercó a la cómoda y tomó distraídamente un pequeño frasco de cristal. Se quedó mirándolo fijamente, hasta que dejó de pensar en lo hermosa que estaba Bella con aquella fina bata de color marfil.

- Así que ¿te encuentras mejor?

- Estoy bastante bien, gracias.

Edward sonrió al oír su respuesta gélida y formal. Pensó que no cedería ni un ápice. Tanto mejor para él.

- ¿Tienes muchas cosas que hacer hoy? -le pregunto, aunque ya se había encargado de averiguarlo.

- No estaré libre hasta mediodía. Luego no tengo nada que hacer hasta la hora de la cena con los duques de Marlborough y con Monsieur Loubet y su esposa.

Edward adivinó por su tono que la idea de aquella cena le resultaba tan poco apetecible como a él. Aquella sería su primera aparición como pareja oficialmente comprometida.

- Entonces, puede que esta tarde te apetezca salir a navegar un rato.

- ¿A navegar? -Edward notó que sus ojos se iluminaban un instante, pero ella bajó los párpados y añadió fríamente-: ¿Eso es una invitación o solo una treta para mantenerme vigilada?

- Ambas cosas -Edward abrió el frasquito de cristal, hundió en él la punta de un dedo y frotó un poco de crema entre el índice y el pulgar. Su olor era como el de la piel de Bella: suave y sensual. Imaginó que, por las noches y por las mañanas, Bella se aplicaba aquella crema hasta que su fragancia impregnaba todo su cuerpo.

Estaba allí para protegerla, pensó de mala gana volviendo a cerrar el frasco. Pero ¿quién lo protegía a él? Dejó el frasco sobre la cómoda y se acercó a Bella, que seguía en silencio.

- Por si quieres sopesar los pros y los contras, recuerda que así podrás alejarte unas horas de palacio y también de tus responsabilidades.

- Sí, pero contigo.

- Se supone que los prometidos pasan todo el tiempo que pueden juntos -dijo él con desenfado, y luego apoyó con firmeza la mano sobre el brazo de Bella. Esta dio un respingo al notar su contacto-. Tú diste tu consentimiento -dijo con suavidad, pese a que bajo sus palabras se adivinaba una dureza de acero-. Ahora no tiene más remedio que seguir adelante.

- Sí, pero solo en público.

- Una mujer de tu posición apenas tiene vida privada. Y -continuó él, acercando su mano a la de ella- yo también he puesto la mía bajo el microscopio.

- ¿Acaso pretendes que te lo agradezca? Me resulta difícil hacerlo en este momento.

- Guárdate tu gratitud -enojado, Edward le apretó la mano con fuerza hasta que ella lo miró a los ojos-. Me bastará con un poco de cooperación.

Bella le sostuvo la mirada, alzando el mentón.

- ¿Mía o tuya?

Él inclinó la cabeza ligeramente.

- De los dos. Ahora estamos oficialmente prometidos. Se supone que nos amamos -añadió, observando la reacción de Bella ante aquellas palabras.

Ella torció el gesto.

- Oficialmente -dijo-. Pero tú sabes que no es más que un engaño.

- Los engaños pueden resultar útiles. Y, ya que hablamos del tema... -Edward se metió la mano en un bolsillo del pantalón y sacó una cajita forrada de terciopelo. Quitó la tapa con el pulgar. El sol iluminó su interior y pareció estallar dentro del diamante blanco, de forma cuadrada.

Bella sintió que el corazón le daba un vuelco.

- No.

- ¿Demasiado tradicional? -Edward sacó el anillo de la cajita y lo giró a la luz del sol. De pronto, la piedra blanca pareció llenarse de color-. Va bien contigo. Es límpido, fresco, elegante. Y, cuando recibe la caricia justa, emana pasión -había dejado de mirar el anillo y tenía los ojos fijos en Bella-. Dame la mano, Bella.

Ella no se movió. Quizá absurdamente, sentía que no tenía por qué hacerlo.

- No llevaré tu anillo.

- Él la asió por la muñeca izquierda y notó en los dedos el latido de su pulso. El sol entraba a raudales por la ventana y se derramaba sobre su pelo, en el interior de sus ojos. Edward podía percibir su furia. Y también su pasión. Aquello era muy poco romántico, pensó mientras le deslizaba el anillo en el dedo. Pero, naturalmente, el romanticismo no entraba en el orden del día.

- Sí, lo llevarás -cerró su mano sobre la de ella, sellando el lazo que los unía. Aún no quería pensar en lo difícil que le resultaría que aquel lazo se rompiera.

- Me lo quitaré -dijo ella, rabiosa.

Edward habló en un tono del que ella recelaba.

- Eso sería una tontería.

- ¿Es que siempre haces lo que te ordena mi padre? -dijo ella entre dientes.

- Parece que los dos lo hacemos. Pero el anillo es cosa mía -apoyó la mano libre sobre su nuca. Era larga, esbelta y suave-. Y esto también.

Al besarla, no le dejó elección. Ella se puso rígida; él la acarició. Ella se estremeció; él la besó con mayor suavidad. Pero, al sentir que le respondía, se apoderó de su boca con avidez. Tenía una mano entre su pelo y la otra sobre su nuca. Sin embargo, Bella palpitaba como si le hubiera acariciado todo el cuerpo. Y eso habría querido que hiciera. No le parecía suficiente con entregar su boca, que al mismo tiempo tomaba y exigía placer. Mientras sus bocas se tocaban, mundos enteros se abrían para ella, girando a su alrededor. Bella podía tomar lo que Edward le ofrecía: una pasión salvaje, libre, madura. La satisfacción estaba ahí, al alcance de la mano, ardiendo como ascuas en su interior si elegía dejarse llevar.

Bella parecía despertar a la vida cuando Edward la abrazaba. Él nunca había conocido a una mujer tan ardiente y, al mismo tiempo, tan dulce. Podía sentir los puntos del cuerpo de Bella donde latía su sangre y que parecían invitarlo a tocarlos, uno a uno. Empezó por su garganta, rozándola suavemente con la yema del dedo. Bella dejó escapar un gemido. Luego, tocó la cara interna de su codo. Allí, su sangre latía con fuerza. En la muñeca, brincaba enloquecidamente.

Edward se metió en la boca su labio inferior para lamerlo, para chuparlo. Bella se estremeció, y aquel estremecimiento excitó a Edward de forma casi insoportable, mientras subía la mano desde su cintura hasta sus pechos. Podía quitarle la fina bata y dejarla desnuda, pero no lo hizo, sabiendo que al despojarla de ella, él se despojaría de su cordura.

Cuando hicieran el amor, a su alrededor no habría sirvientes, ni funcionarios, ni familiares. Cuando hicieran el amor por primera vez, no habría nada ni nadie, más que ellos dos. Bella nunca lo olvidaría. Y él tampoco.

Pasó la mano sobre el cuerpo de Bella una sola vez, en una caricia larga y firme. Ansia, amenaza, promesa. Ninguno de los dos sabía qué era aquello. Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos estaba en paz.

Bella vio algo en los ojos de Edward que hizo que su piel ardiera. Deseo, pero también algo más. Una especie de certeza. Sus ojos eran verdes, oscuros, desapacibles. En ellos, Bella veía la certeza de que no escaparía de él fácilmente. Ni ese día. Ni nunca.

Bella se recostó en el poyete de la ventana, apartándose de él.

- No tenías derecho.

Edward la miró fijamente y Bella procuró no estremecerse.

- No lo necesito -extendió una mano y le tocó la cara. Ella se quedó muy quieta. Aún no había sondeado aquella costumbre de Edward. Podía ser un gesto de ternura; o tal vez no fuera más que un síntoma de arrogancia-. Y tampoco lo quiero.

Bella poseía una fortaleza que no cabía subestimar. Estaba quieta, sí, pero no por debilidad.

- Cuando quiera que me toques, te lo haré saber.

Pero él no apartó la mano.

- Ya los has hecho.

«Prueba con otra táctica», pensó ella. Algo tenía que funcionar.

- Creo que te estás tomando esta farsa demasiado en serio, Edward. Te estás sobrepasando.

- Si quieres protocolo y reverencias, búscate a otro. Pero recuerda que fuiste tú quien me pidió que no fuera amable.

- Una petición que sin duda no te resulta difícil de cumplir.

- En absoluto -él sonrió y alzó la mano de Bella hacia la luz para que el sol hiciera refulgir el anillo-. Tú y yo sabemos que esto no es más que una piedra, Bella. Un engaño más -de pronto, dejándose llevar por un impulso, le hizo girar la mano y apretó los labios contra la palma-. Pero nadie más lo sabrá.

Esta vez, Bella apartó la mano y se levantó.

- Te he dicho que no me lo pondré.

Edward se acercó a ella antes de que pudiera quitarse el anillo.

- Y yo te he dicho que lo harás. Piensa -continuó, viendo que ella se detenía con el anillo a medio sacar. El tono que utilizó era exactamente el mismo que usaba para persuadir a los sospechosos que se mostraban reacios a cooperar. Tratos, pensó con fastidio, no eran más que tratos-. ¿Prefieres tragarte tu orgullo y ponértelo, o tener que explicar por qué no llevas anillo de compromiso cada vez que salgas?

- Puedo decir que no me gustan las joyas.

Él sonrió y tocó primero la sortija de zafiros y diamantes que Bella llevaba en la mano derecha y luego las piedras de color azul profundo que lucía en las orejas.

- ¿De veras? Algunas mentiras son más convincentes que otras.

Bella volvió a encajarse el anillo en el dedo.

- Maldito seas.

- Sí -dijo él, asintiendo, complacido-. Maldíceme cuanto quieras, pero coopera. Puede que en algún momento, se te ocurra pensar, Alteza, que todo esto me fastidia tanto como a ti.

Ella se alejó, asombrada.

- ¿Que te fastidia? Pues pareces disfrutar con ello.

- Intento llevarlo lo mejor posible. Tú puedes hacer lo mismo, o puedes limitarte a patalear.

Bella dio media vuelta y lo miró con furia.

-Yo no tengo la costumbre de patalear.

- Cualquiera lo diría.

Bella procuró calmarse, porque sabía que, dejándose llevar por la ira, solo conseguiría darle la razón.

- No me gusta que me trates como una niña, Edward.

Él respondió con idéntica calma.

- Pues no te resistas cuando te trato como una mujer.

- ¿Es que siempre tienes respuesta para todo?

Edward pensó en ella, en los sentimientos que estaban creciendo dentro de él. Entonces, le tocó fugazmente la mejilla.

- No. Hagamos las paces de momento, Bella. Antes de este asunto del compromiso, nos llevábamos bastante bien. Tómatelo como una simplificación.

Bella arrugó el ceño, pero descubrió que estaba deseando hacer las paces con él. Al menos, hasta que recobrar por completo sus fuerzas.

- ¿Una simplificación de qué?

- De todo. Gracias a esto... -tomó la mano izquierda de ella y la alzo de nuevo- no tenderás que explicar qué hago aquí, ni por qué pasamos tanto tiempo juntos. Estamos prometidos. Podemos salir por ahí, perdernos de vez en cuando. La gente es muy tolerante con las escapadas de los enamorados. Así no estarás tan atada al palacio.

- Nunca he dicho que me sintiera atada.

- Te he visto mirar por la ventana. Por todas las ventanas.

Ella lo miró fijamente. De pronto se rindió y, dando un suspiro, se reclinó en el poyete de la ventana.

- De acuerdo, sí, a veces me siento encerrada. Nada de esto me resulta familiar y, sin embargo, tampoco me es del todo ajeno. NO es una agradable sensación, Edward

- No los recuerdo muy bien.

- Vamos, Bella... -Edward no era tan paciente como Franco, pero sí igual de sagaz.

- Te estoy diciendo la verdad: no los recuerdo -irritada, ella se pasó los dedos por el cabello. Edward distinguió el brillo de la sortija sobre su pelo: fuego contra fuego. «Mi fuego», pensó él. Y el de ella-. Siempre es lo mismo: la oscuridad, los olores, el miedo. No recuerdo nada tangible, Edward -cerró los ojos con fuerza un momento. Era demasiado fácil sentirse derrotada. Demasiado sencillo dejarse arrastrar por las lágrimas. Así que, no las derramaría-. Nada a lo que pueda aferrarme. Cada mañana me digo: «hoy se levantará el telón». Y cada noche... -se encogió de hombros.

Edward deseó acercarse a ella y abrazarla. Podía ofrecerle su pasión sin ningún esfuerzo. Pero ofrecerle su consuelo resultaba peligroso. De modo que mantuvo la distancia.

Mañana, cuando salgamos al mar, no tendrás que pensar en ello. Lo único que haremos será navegar. El y el mar, y nada más. No tendrás que actuar para nadie.

Unas cuantas horas sin disimulos, pensó ella. Edward le estaba ofreciendo un regalo. Quizá también se estuviera ofreciendo un regalo a sí mismo, pero al fin y al cabo tenía derecho a hacerlo. Bella miró el anillo y luego levantó los ojos hacia él.

- Ni siquiera para ti.

Él sonrió. A Bella le pareció que su sonrisa era casi amistosa.

-De acuerdo.


espero sus reviews

bye