Capitulo 14

Al igual que muchas otras cosas, quizá demasiadas, Bella había olvidado lo que era relajarse. Y descubrirlo no solo resulto placentero, sin también deliciosamente fácil. Solo esperaba que, cuando le sobrevinieran otros recuerdos, fueran así de dulces.

Había, además, otra cosa de la que podía estar segura: se sentía tan a gusto en el mar como en tierra firme. Descubrir que sabía cómo manejar velas y jarcias era, al igual que el hecho de poder relajarse, un placer sencillo, pero no por ello menos importante. Ahora sabía que tenía fuerza, capacidad y destreza para manejar un barco. De eso estaba completamente segura. Cuando prestaba atención al ruido que hacía el agua batiendo contra el casco, a medida que la embarcación ganaba velocidad, tenía la certeza de que había escuchado aquel sonido muchas otras veces, aunque no recordara cómo, ni dónde.

Navegar era una de las grandes pasiones de Bella. Todas las personas con las que Edward había hablado se lo habían dicho. Así pues, al darse cuenta de que la angustia y el desasosiego de Bella no remitían, pese a que ella se esforzara en fingir lo contrario, se le había ocurrido la idea de ir a pasar un día en el mar. Bella le había dicho que no fuera amable con ella, pero no siempre era posible cumplir las órdenes, ni siquiera las de una princesa.

Dejándose guiar por su instinto, Edward le dejó el timón a Bella en cuanto se adentraron en el mar. En cierto momento, la vio variar levemente el ángulo del timón, colocándose de espaldas al viento. Él, a su vez, tiró de los cabos para tensar y aquietar las velas que ondulaban al viento. El barco viró de través y comenzó a ganar velocidad. Edward oyó que Bella se echaba a reír viendo cómo se henchían las velas.

- Es maravilloso -gritó ella-. Maravilloso. Es tan sencillo, tan liberador...

El viento la llenaba de alegría. En aquella primera salida, necesitaba que el barco se deslizara a toda velocidad sobre las olas. Después de pasar tanto tiempo sometida al poder de otros, tener en sus manos el mando de la embarcación resultaba casi embriagador. Al fin había encontrado algo que podía controlar, y manejaba con destreza la caña del timón, ajustando su posición, al igual que hacía Edward con las velas, para que el barco siguiera avanzando a su máxima velocidad. Los muros, las obligaciones, las responsabilidades, todo eso desapareció de golpe. Allí solo había el mar y el viento. Allí, el tiempo carecía de importancia. Bella podía olvidarse de su transcurrir, como quizá había hecho muchas otras veces. Y como sin duda volvería a hacerlo. El sol parecía estar de fiesta. Radiante, pletórico y caliente. Amarillo en el cielo, blanco en el agua.

Bella mantuvo el timón sujeto con la rodilla y se quitó la amplia camisa de algodón que llevaba puesta. Su pequeño biquini parecía desafiar al pudor. Deseaba sentir el sol y el viento sobre la piel, de modo que maniobró con destreza para evitar cruzarse con otros barcos. No estaba dispuesta a sacrificar su intimidad.

Sería egoísta por unas horas. Por unas horas, no tendría que ser una princesa, sino solo una mujer, una mujer acariciada por el viento, besada por el sol. Se echó a reír y, al sacudirse hacia atrás el pelo, el viento se lo revolvió de nuevo.

- No es la primera vez que hago esto.

Edward se sintió más tranquilo. Al parecer, de modo, el viento estaba cumpliendo su papel a la perfección.

- Este barco es tuyo -dijo-. Tu padre dice que Emmett puede superar a cualquiera que se le ponga por delante y que Jasper puede dejar atrás a los marinos más expertos, pero que tú eres la que mejor navega en la familia.

Bella se quedó pensativo y pasó una mano sobre la lustrosa baranda de caoba de la cubierta.

- Liberté -musitó, pensando en el nombre que figuraba en la popa de la embarcación-. Según parece, utilizaba este barco para escapar. Igual que la granja.

Edward se giró para mirarla. Al mirarla a través de las lentes de color ámbar de sus gafas de sol, le pareció sumamente Bella. Tenía un aire salvaje, deseable y, sin embargo, de algún modo desvalido. Pero, fueran cuales fueran sus sentimientos, Edward era consciente de que mostrarse excesivamente amable con ella no serviría de nada.

- Yo diría que tenías derecho a hacerlo. ¿No te parece?

Ella dejó escapar un sonido vacilante, lleno de inseguridad.

- Todo esto hace que me pregunte si antes era feliz. A veces, me sorprendo preguntándome si, cuando recupere la memoria, no desearé que las cosas se hubieran quedado tal y como están. Ahora todo me parece nuevo, ¿comprendes?

- ¿Como si empezaras de cero? -Edward pensó en su granja, en la nueva vida que lo aguardaba. Pero él al menos sabía qué lo había llevado hasta allí y de dónde había partido.

- No es que no quiera recordar -Bella vio que Edward se quitaba la camiseta, y pensó que parecía encontrarse muy a gusto consigo mismo. Ella, por su parte, no se sintió incómoda al ver su bañador casi diminuto. Había abrazado aquel cuerpo. Se permitió recordarlo un instante. Edward tenía un cuerpo fibroso y duro. Sobre su piel relucían pequeñas gotas. Era un hombre peligroso. Pero ¿no tendría ella que enfrentarse al peligro tarde o temprano?

Sí, recordaba sus abrazos perfectamente. De pronto, se preguntó si debía sentir vergüenza por desear apretarse de nuevo contra él. Y descubrió que, aunque así fuera, no la sentía.

- Sé tan pocas cosas -murmuró-. De mí misma. Y de ti.

Edward sacó un cigarrillo de la camisa que había dejado sobre el banco de la cubierta. Juntó las manos para proteger la llama del viento y encendió el mechero con movimientos breves y precisos. Al exhalar el humo, volvió a mirarla.

- ¿Qué quieres saber?

Ella guardó silencio un momento mientras seguía observándolo. Edward era un hombre que sabía cuidar de sí mismo, y también de otros, si así lo decidía. Era un hombre que tenía sus propias reglas. De eso no había duda. Y, sin embargo, a no ser que estuviera muy equivocada, era un hombre que durante la mayor parte de su vida había obedecido las normas fijadas por otros. ¿Era eso lo que estaba haciendo en ese momento?

- Mi padre confía en ti.

Edward asintió, ajustando las jarcias mientras el barco empezaba a virar.

- No hay razón para que no lo haga.

- Sin embargo, es a tu padre a quien conoce bien. No a ti.

Edward esbozó una sonrisa. Su arrogancia estaba de nuevo ahí, pensó ella, por muy elegante, por muy educado que se mostrara. Y aquella soberbia era, por desgracia, una de sus cualidades más atrayentes.

- ¿Tú no confías en mí, Bella? -dijo con voz deliberadamente baja y cortante. Estaba desafiándola. Ambos lo sabían. Pero la respuesta de Bella lo dejó sin palabras.

- Yo te confiaría mi vida -dijo ella con sencillez, y, poniéndose de nuevo de espaldas al viento, dejó que el barco corriera a toda velocidad.

¿Qué podía decirle él? En sus palabras no había percibido artificio, ni tampoco ironía. Bella parecía sentir aquella frase en toda su intensidad. Edward sabía que debía sentirse complacido. En teoría, la confianza de Bella le facilitaba el trabajo. Y, pese a ello, se sentía incómodo y receloso. ¿Sería por la responsabilidad que suponía aquella muestra de confianza, se preguntó, o por la propia Bella?

Recordó lo que había sabido con toda certeza desde el momento en que la vio en la cama del hospital. Ente ellos, no podía haber nada trivial. Y, sin embargo, tampoco podía haber nada serio. De modo que estaban atrapados en una extraña especie de limbo.

Ambos, cada uno a su manera, estaban iniciando una nueva vida. Y ninguno de los dos deseaba complicársela. Edward, en realidad, se había prometido a sí mismo simplificar su vida en todo lo posible. Pero justo cuando estaba a punto de poner en práctica su plan, había recibido aquella llamada de Cordina, y las cosas habían vuelto a complicarse para él.

Había podido decir que no, se dijo. Pero no había querido hacerlo. ¿Por qué? Porque Bella, una Bella de dieciséis años, llevaba mucho tiempo habitando su memoria.

Desde su llegada a Cordina, las cosas se habían complicado todavía más. La prensa internacional le perseguía a todas partes desde el anuncio de su compromiso. Una boda real siempre era un bombazo informativo. Tres de las principales revistas americanas ya le habían pedido una entrevista. Y los paparazzi, como ansiosos perrillos falderos, aguardaban a la puerta cada vez que Bella o él salían de palacio.

Podía haberse negado a fingir que era el prometido de Bella. Al fin y al cabo, el anuncio del enlace había levantado un gran revuelo, por muy lógico que fuera como solución a un problema delicado. Sin embargo, no había querido negarse. ¿Por qué? Porque Bella, la mujer a la que estaba empezando a conocer, amenazaba con quedarse en su recuerdo para siempre.

Estar con ella y, al mismo tiempo, no poder estar con ella era como pasear unos centímetros por encima e ascuas ardientes. Uno sentía el humo y el chisporroteo de las brasas, pero no lograba apagar el fuego, ni dar el salto final y hundirse en él.

- Esa caleta -dijo Bella, señalando un punto en la distancia- parece muy tranquila.

Comenzaron a virar suavemente hacia la pequeña playa rocosa. Bella seguía atenta la dirección del viento, ya violentándola, ya sometiéndose a ella. Tras asegurar la trayectoria, se quedó sentada, muy quieta, mirando por encima de la estrecha franja de mar que los separaba de la playa.

- Desde aquí, Cordina es tan bonita... Tan blanca y rosa... Tan encantadora... Es como si nunca pudiera pasar nada malo en ella.

Edward siguió la dirección de su mirada.

- Los cuentos de hadas son tradicionalmente violentos, ¿no crees?

- Sí -ella esbozó una débil sonrisa, alzando la mirada hacia el palacio. Qué arrogante parecía, pensó. Qué arrogante y qué hermoso-. Pero, aunque lo parezca, Cordina no es un país de cuento de hadas. A ti, que tienes la mentalidad pragmática y democrática de los americanos, ¿te parecen absurdos nuestros castillos, nuestra pompa y nuestro protocolo?

Esta vez, fue él quien sonrió. Bella tal vez no recordara sus raíces, pero estas seguían ahí, bien arraigadas.

- No. Creo que Cordina es un país gobernado con inteligencia. Lebarre es uno de los mejores puestos del mundo, a pesar de su tamaño. Culturalmente, Cordina no se doblega ante nadie. Y económicamente es un país próspero.

- Cierto. Yo también he hecho mis deberes. Pero aun así... -Bella se pasó la lengua por los dientes y luego se echó hacia atrás y se abrazó las rodillas-. ¿Sabías que en Cordina a las mujeres no se les concedió el derecho al voto hasta después de la Segunda Guerra Mundial? Se les concedió, como si fuera un favor, no un derecho. La vida familiar sigue siendo muy mediterránea: el hombre manda y la mujer obedece.

-¿En teoría, o en la práctica? -preguntó Edward.

- Por lo que he podido ver, no hay duda de que también en la práctica. Constitucionalmente, el título que ostenta mi padre solo puede pasar a sus herederos varones.

Edward la escuchaba mirando por encima del agua, como hacía ella.

- ¿Y eso te molesta?

Bella le lanzó una extraña e intensa mirada.

- Si, por supuesto. Yo no siento deseos de gobernar, pero, aun así, esa ley me parece un error. Mi abuelo demostró tener el don de la oportunidad al introducir el sufragio femenino en Cordina. Y mi padre ha ido un paso más allá al nombrar a varias mujeres para puestos de importancia. Pero, de todos modos, los cambios siguen siendo muy lentos.

- Sí, siempre lo son.

- Tú eres pragmático y paciente por naturaleza -ella se encogió de hombros-. Pero yo no. Cuando los cambios son para mejor, no veo razón para retrasarlos.

- No puedes pasar por alto el factor humano.

- Sobre todo, porque hay ciertas personas tan ancladas en la tradición que son incapaces de comprender las ventajas del progreso.

- Como Loubet, por ejemplo.

Bella lo miró con asombro.

- Ahora entiendo por qué a mi padre l gusta tanto tenerte a su lado, Edward.

- ¿Qué sabes de Loubet?

- He leído algunas cosas sobre él -dijo ella con sencillez-. Y he observado otras. Por de pronto, me parece un hombre extremadamente conservador. Y estirado -se levantó, estirándose de modo que las bragas del biquini se tensaron sobre sus caderas-. Es cierto que, a su modo, es un excelente ministro de Estado. Pero es tan... tan receloso... He leído en mi diario que el año pasado intentó convencerme de que no fuera de viaje a África. No le parecía apropiado para una mujer. Y tampoco le parece apropiado que asista a las reuniones del Consejo Nacional para tratar asuntos presupuestarios -añadió, irritada. Estaba aprendiendo rápido, pensó Edward-. Si fuera por hombres como Loubet, las mujeres nos limitaríamos a hacer café e hijos.

- Siempre he sido de la opinión de que, para ciertas cosas, hay que aunar esfuerzos.

Ella lo miró, sonriendo, relajada y divertida.

- Ya, pero tú no eres un tradicionalista. Tú madre era jueza -al ver que Edward la miraba con asombro, su sonrisa se hizo más amplia-. Ya te he dicho que he hecho mis deberes -le recordó ella-. Y tú eres una asignatura que no podía pasar por alto. Te graduaste en la universidad summa cum laude. Dadas las circunstancias, me parece muy interesante que estudiaras Psicología.

- No era más que una herramienta -dijo él sin darle importancia- para la profesión que había elegido.

- Sí, lo sé. Después de pasar dos años y medio en el cuerpo de la policía y de obtener tres menciones por tu valentía en el cumplimiento del deber, empezarte a trabajar como agente secreto. A partir de ese momento los datos son un tanto vagos, pero circula el rumor que formaste parte del equipo que desmanteló una de las mayores bandas criminales que operaban en el distrito de Columbia y sus alrededores. Y también se rumorea que formaste parte del equipo de seguridad de cierto senador estadounidense. Con tu reputación, tu expediente y tu inteligencia, podrías haber llegado a capitán fácilmente, pese a tu edad. Y, sin embargo, de pronto decidiste dejar el cuerpo.

- Para saber tan poco de mí como dices, tienes muchos datos.

- Sí, pero esos datos no bastan para conocerte -Bella se acercó al lado de estribor-. Quiero refrescarme un poco. ¿Vienes? -antes de que Edward pudiera responder, ella se lanzó al agua.

Bella resultada increíblemente provocativa. Pero Edward aún no sabía si su actitud era deliberada. Pensativo, se levantó y, acercándose a la baranda de estribor, se lanzó al agua con la misma suavidad que ella.

- Qué buena está -dijo Bella, nadando lánguidamente junto al barco. Ya se había sumergido y tenía el pelo mojado, echado hacia atrás, y la cara despejada. Empapado, iluminado por el sol, su cabello parecía casi de cobre. Sin maquillaje y a plena luz, su rostro resultaba exquisito. Poseía la estructura ósea, la complexión, que los fotógrafos ansían inmortalizar. Como imagen, pensó Edward flotando junto a ella, era perfecta. Y, en cuanto que imagen, lo intrigaba, como intrigaban las imágenes a cualquier ser humano.

Sin embargo, era la mujer y no la imagen la que despertaba su deseo. Y aún tenía que averiguar si podía separar a la una de la otra y obtener lo que deseaba. Había sido policía el tiempo suficiente como para saber que todo acto tenía sus consecuencias. Por cada cosa que se tomaba había que pagar un precio. Pero aún no sabía cuál sería el precio en aquel caso.

- Me han dicho que vas a bañarte a la piscina todos los días -dijo ella, echándose hacia atrás el pelo chorreante-. ¿Eres buen nadador?

Él movió los pies lo justo para mantenerse a flote.

- Sí.

- Puede que alguna mañana te acompañe. Ya casi me he puesto al día con mi trabajo, así que puede permitirme perder una hora o dos al día. Edward... -tomó agua en la palma de la mano y la dejó caer sobre el mar-. Sabes que solo faltan unas semanas para el baile de las FAND.

- Tendría que estar sordo para no saberlo. Los obreros se pasan el día dando martillazos y entrando y saliendo del salón de baile.

- Están haciendo unos cuantos arreglos -dijo ella despreocupadamente-. Los decía porque creo que deberías asistir en calidad de... -su mirada se posó automáticamente en el anillo de su mano izquierda-. Bueno, dado que eres mi prometido -continuó-, todo el mundo esperará que abramos el baile y que hagas de anfitrión.

Él miró el pelo de Bella, que flotaba y se extendía por la superficie del agua.

- ¿Y?

- Verás, hasta entonces podemos evitar los compromisos sociales. El secuestro resulta una excelente excusa para hacerlo, aunque estemos intentando quitarle importancia. Pero el baile será un acontecimiento muy importante. Toda la prensa estará allí. No sé si mi padre tuvo en cuenta la presión que tendrías que soportar cuando te pidió que aceptaras este... papel.

Edward se hundió un poco más en el agua y se acercó a ella, pero no lo bastante para tocarla.

- ¿Acaso crees que no podré soportarlo?

Ella parpadeó, asombrada, y luego se echó a reír, mirándolo fijamente.

- No me cabe ninguna duda de que te las apañarás muy bien. A fin de cuentas, Jasper admira tu inteligencia y Emmett tu forma de vestir. No podrías tener mejor respaldo que ese.

Aquello hizo gracia a Edward.

Entonces, ¿cuál es el problema?

- Simplemente que, cuanto más se prolongue esta situación, mayor será el favor que te debamos. Incluso después de que se rompa el compromiso seguirás sufriendo sus repercusiones, quizá durante años.

Él se dio la vuelta, tumbándose de espaldas, y cerró los ojos.

- No te preocupes por eso, Bella. A mí no me importa.

- Quizá por eso a mí sí -insistió ella-. Al fin y al cabo, todo esto es culpa mía.

-No -dijo él con suavidad-. La culpa es de quienes te secuestraron.

Bella se quedó callada un momento. Por fin Edward le había dado la ocasión que estaba esperando. Y, aunque no sabía si podría aprovecharla, siguió adelante.

- Edward, no voy a preguntarte si era un buen policía. Ni si eres un buen detective privado. Tu expediente habla por sí solo. Pero me gustaría saber si tu trabajo te hace feliz.

Esta vez, fue él quien guardó silencio. Con los ojos cerrados, podía sentir el sol en la cara y el agua fresca lamiéndole el cuerpo. Seguía caminando sobre ascuas.

Nunca le habían preguntado si era feliz con su trabajo. En realidad, él tampoco se lo había preguntado hasta hacía poco tiempo. La respuesta era «sí». Y «no».

- Sí. Mi trabajo me reporta ciertas satisfacciones. Cuando estaba en la policía, creía en lo que hacía. Y, ahora que trabajo por mi cuenta, solo acepto los casos en los que creo.

- Entonces, ¿cómo es que no éstas investigando el secuestro, en vez de hacerme de guardaespaldas?

- Él cambió de postura hasta que el agua le llegó a los hombros y pudo ver claramente a Bella. Se había estado preguntando cuándo iba a hacerle aquella pregunta.

- Ahora soy detective privado, Bella. No policía. Y, de todos modos, no tengo licencia para actuar aquí.

- Yo no te estoy hablando de leyes y de normas, Edward, sino de apetencias.

- Una de las cosas más admirables de tu carácter, y también de las más irritantes, es tu intuición -Edward se preguntó cómo sería tocar su pelo empapado, y cedió al deseo de acariciarlo. Se preguntaba cómo reaccionaría ella si supiera que había estado haciendo algunas pesquisas por su cuenta, tras el telón del protocolo, y que había llegado a ciertas conclusiones de las que no le había informado. En el ajedrez, incluso la reina podía ser utilizada como peón.

- Si, la verdad es que he pensado en ello -contentó con la misma ligereza con que nadaba-. Pero, hasta que tu padre me pida otra cosa, oficialmente no soy más que tu guardaespaldas. Solo tu guardaespaldas.

Ella sintió el leve roce de sus dedos entre el pelo. Sus piernas se rozaron ligeramente bajo el agua.

- ¿Y si yo te lo pidiera? ¿Lo pensarías?

Él siguió acariciándole el pelo, pero la pregunta desvió su atención.

- ¿Qué es lo que quieres, Bella?

- Ayuda. Entre Loubet y mi padre, apenas sé nada sobre el estado de la investigación. Intentan protegerme, Edward. Pero también quieren mantenerme al margen, y eso no me gusta.

- Así que ¿quieres que haga algunas averiguaciones y que te informe?

- Había pensado hacerlo por mi cuenta, pero, naturalmente, tú tienes más experiencia. Y... -le sonrió-, de todos modos, no puedo ir a ninguna parte sin que me sigas.

- ¿Es que ha decidido Su Alteza darme otro uso?

Bella enarcó una ceja y, pese a estar empapada, adoptó una actitud llena de dignidad.

- No pretendía insultarte.

- No, seguramente no -Edward pensó que era mejor dejarlo así. Quizá fuera hora de utilizarla y de dejarse utilizar más activamente-. Me lo pensaré.

Bella decidió que, estratégicamente, era mejor retirarse que avanzar.

- Tendré que contentarme con eso -regresó al barco en tres suaves brazadas y subió a bordo-. ¿Quieres que probemos el vino y el pollo que Nanny nos ha preparado?

Edward subió ágilmente a cubierta y se quedó parado un momento, dejando que el agua escurriera por su cuerpo.

- ¿Nanny siempre te prepara el almuerzo cuando sales a navegar?

-Le gusta hacerlo. Para ella, seguimos siendo niños.

- De acuerdo, entonces. No tiene sentido que se estropee la comida.

- Ah, tú siempre tan práctico -ella recogió una toalla, se frotó el pelo con ella y la tiró a un lado-. Bueno, entonces, baja al camarote y ayúdame. Creo que también tenemos de manzana -con la piel mojada aún, Bella se introdujo en el pequeño camarote -. Pareces encontrarte a tus anchas en un barco -dijo cuando Edward se unió a ella.

Solía salir a navegar con mi padre.

- ¿Solías? -Bella sacó una botella de vino de la nevera y asintió, complacida, a ver la etiqueta.

- No hemos tenido muchas ocasiones de hacerlo en los últimos años.

- Pero ¿os lleváis bien?

Edward buscó el sacacorchos y, al encontrarlo, le quitó la botella a Bella...

Sí, nos llevamos bien.

- ¿Se parece a mi padre? Quiero decir que sí... -oyó el leve rechinar del corcho y empezó a buscar unas copas-. ¿Es tan brillante y tan serio?

- ¿Es así cómo ves a tu padre?

- Supongo que sí -Bella frunció ligeramente el ceño mientras él servía el vino-. Y también amable, aunque un tanto hermético -sabía que, pese a contar con el amor de su padre, para este lo primero eran su cargo y su país-. Al fin y al cabo, los hombres como él tienen que serlo. Igual que tú.

Edward sonrió y chocó su copa contra la de ella.

- ¿A qué te refieres? ¿A serio, a brillante o a amable?

- A hermético -replicó ella, mirándolo con fijeza mientras bebía-. Cuando me miras, siempre me preguntó qué estás pensando.

A Edward, el vino le supo frío y seco.

- Creo que ya lo sabes.

- No del todo -ella dio otro sorbo, confiando en que no se le notara que intentaba armarse de valor-. Pero si sé que quieres hacer el amor conmigo.

El sol entró por la puerta abierta, iluminando el camarote.

- Sí.

- Me pregunto por qué -Bella bajó su copa y la sostuvo con las dos manos-. ¿Es que deseas hacer el amor con todas las mujeres a las que te presentan?

En otras circunstancias, Edward habría pensado que aquello solo era una broma, pero lo cierto que la pregunta de Bella estaba tan desprovista de artificio como parecía. Así que Edward contestó del mismo modo.

- No.

Ella logró sonreír, a pesar de que tenía los nervios a flor de piel. ¿Era así cómo se jugaba a aquel juego?, se preguntaba. Y, en cualquier caso, ¿Se trataba de un juego?

- Entonces, ¿con unas sí y con otras no?

- Solo si cumplen ciertos requisitos.

- ¿Cuáles?

Él tomó su cara con una mano.

- Por ejemplo, que me hagan pensar en ello nada más despertarme, incluso antes de saber qué tal día hace.

- Entiendo -ella hizo girar la copa entre sus dedos. Los tenía húmedos de nerviosismo, pero no le temblaban-. ¿Piensas en mí nada más despertarte?

- ¿Es que quieres que te haga un cumplido, Bella?

-No.

Edward le hizo levantar la cabeza un poco más. Ella no se apartó, ni se puso rígida, pero Edward sintió de nuevo que aguardaba, expectante.

- ¿Qué es lo que quieres, entonces?

- Comprender. No a mí misma, ni el pasado. Quiero saber si me siento atraída por ti, o solo por la idea de estar con un hombre.

Aquello era muy directo, pensó él. No especialmente halagüeño, pero sí directo. Pero, a fin de cuentas, era él quien le había pedido que hablara con franqueza.

Al quitarle la copa de entre las manos para dejarla a un lado, notó que tenía los dedos crispados. Ello le produjo cierta satisfacción.

- ¿Te sientes atraída por mí?

- ¿Es que quieres que te haga un cumplido?

Él la miró, divertido, y vio que estaba sonriendo.

- No -Edward le besó suavemente en los labios, sin dejar de mirarla a los ojos-. Al parecer, los dos buscamos lo mismo.

- Puede ser -ella vaciló solo un momento antes de poner las manos sobre sus hombros-. Quizá sea hora de descubrir si lo hemos encontrado.

Era así como él lo deseaba: lejos del palacio y de sus muros. Tan solo las suaves embestidas del agua contra el casco del barco, tan apacibles, tan rítmicas que apenas se notaban. El camarote era pequeño y bajo. Había sombras; había sol. Estaban solos.

Eso era lo que quería. Y, sin embargo, Edward titubeó. Con aquella luz, Bella parecía tan delicada... Delicada, sí, y él había aceptado la responsabilidad de protegerla. Si se hacían amantes, ¿podría conservar su objetividad? Bella se puso de puntilla para besarlo de nuevo en los labios. Edward sintió que por su interior se extendía y se aposentaba un ansia llena de dulzura.

Pero ¿podía ser objetivo en ese momento? Al decirle que se despertaba pensado en ella cada mañana, solo le había dicho la verdad.

- No pareces muy seguro -murmuró Bella, besándolo levemente en la mejilla. La excitación se estaba apoderando rápidamente de ella, y resultaba mucho más liberador de lo que esperaba. Se daba cuenta de que Edward tenía dudas. Sabía que estaba pensando en las consecuencias. Y aquello la tranquilizaba y, al mismo tiempo, aumentaba su excitación. Se habría sentido ridículo si él se hubiera mostrado completamente seguro y ella hubiera sido la única en dudar-. Vengo a ti sin pasado. Olvidemos durante un rato que tenemos un futuro. Solo por hoy, Edward. Solo por una hora... o por un momento.


reviews jejej

sta buena la cosa cierto jejeje