espero les guste
recuerden de ke nada me pertenece
Capitulo 15.
Pero ¿podía ser objetivo en ese momento? Al decirle que se despertaba pensado en ella cada mañana, solo le había dicho la verdad.
- No pareces muy seguro -murmuró Bella, besándolo levemente en la mejilla. La excitación se estaba apoderando rápidamente de ella, y resultaba mucho más liberador de lo que esperaba. Se daba cuenta de que Edward tenía dudas. Sabía que estaba pensando en las consecuencias. Y aquello la tranquilizaba y, al mismo tiempo, aumentaba su excitación. Se habría sentido ridículo si él se hubiera mostrado completamente seguro y ella hubiera sido la única en dudar-. Vengo a ti sin pasado. Olvidemos durante un rato que tenemos un futuro. Solo por hoy, Edward. Solo por una hora... o por un momento
Edward podía concederle aquel deseo. Y lo haría. Podía tomarla, sin más. Esta vez, cuando sus labios se juntaron, no fue para darse un beso breve, ni ligero. Cuando no hay nada más que el presente, las ansias se vuelven más intensas. Nos empujan, nos compelen a actuar. Liberan la pasión contenida.
Aquello no duraría. Ambos estaban de acuerdo. Lo habían decidido. Y lo habían olvidado.
Sus cuerpos se juntaron, carne contra carne. Sus bocas se saborearon. Ansiosamente. Edward sintió que las manos suaves y pequeñas de Bella, cuyas uñas volvían a ser suaves y pulcras, le acariciaban la espalda. Luego, se clavaron y se aferraron a su carne. Bella irradiaba una fuerza que le hacía olvidar que su cuerpo era delicado. Sentía sus ansias, la sentía palpitar contra su cuerpo y olvidaba la lógica, los planes, las decisiones tomadas... El deseo no tenía lógica; la pasión no hacía planes. El olor del mar era suave. El perfume de Bella, embriagador. Inmerso en ambos, Edward la llevó a la pequeña y pulcra cama del camarote.
Bella notó las arrugas de la manta al tumbarse de espaldas sobre ella. Edward le había dicho que, cuando hicieran el amor, no habría rosas, ni sábanas de seda. De todos modos, ella no las quería. Las ilusiones la traían sin cuidado. Lo único que quería era conocer la verdad. Y con él la encontraría.
Con las piernas entrelazadas, los brazos tensos, se recorrieron el uno al otro. Algunos viajes son rápidos, furiosos, incontrolables. Ella dejó de pensar: « ¿he sentido esto antes?». En ese momento, solo le importaba el presente. Abrió los ojos y contemplo a Edward. Su cara estaba muy cerca, oscurecida por las sombras. Llenaba su visión. El presente era cuanto quería.
Extendió los brazos y lo atrajo de nuevo hacia sí para que la besara.
Dulzura. Quizá los pétalos de las rosas que crecían y maduraban al sol tuvieran aquel sabor. Acre como el vino calentado con especias en una hoguera. Embriagador, como un vino espumoso recién descorchado. Cuanto más saboreaba la boca de Bella, mejor comprendía Edward el significado de la avaricia. Y cuanto más la tocaba, mejor comprendía el significado de la obsesión.
Bella era como una estatua de formas perfectas y deliciosamente pulida. Pero de carne y hueso. Bajo sus manos, se movía y palpitaba. Una estatua podía ser admirada, estudiada, reverenciada. Y todas esas cosas hacía él al dejar que su mirada y sus manos vagaran, acariciadoras, por el cuerpo de Bella. Pero deseaba a la mujer, no a una estatua. Y se daba cuenta de que la mujer sentía tanta urgencia como él.
Gimiendo de placer, ella rodó sobre la estrecha cama y se irguió sobre él para poder tocarlo a su antojo. Dentro de ella latía un dese tan salvaje que no tenía forma, ni principio. Quizá por esos era incapaz de luchar contra él. Porque ella tampoco tenía principio, ni fin.
Quería apoderarse de aquel denso y delicioso sabor masculino. Quería ver su mano, pálida y femenina, sobre la piel morena de Edward. Y, al hacer ambas cosas, obtuvo un placer que nunca podría describir utilizando la fría razón, pero en el cual reconocía los síntomas de la felicidad.
Cuando notó que Edward le quitaba la parte de arriba del biquini, no sintió vergüenza, sin o solo placer. «Tócame». Su mente murmuró aquellas palabras un instante antes de que fueran obedecidas.
Perdidos el uno en el otro, se revolcaron sobre la pequeña cama, exigiendo tanto como entregaban, ofreciendo placer con la misma avidez con que lo tomaban. Cuando la boca de Edward trazó el camino que antes habían recorrido sus manos, Bella se arqueó, dejando escapar leves gritos de asombrado deleite. Si había más, lo obtendría. Pero si aquello era todo, no necesitaría nada más.
¿Había sabido con anterioridad que su cuerpo era tan sensible? ¿Y él, lo sabía? Por extraño que pareciera, Edward parecía saber exactamente dónde quería que la tocara, donde deseaba que sus labios se posaran ligeramente sobre su carne o prolongaran sus caricias. Y Bella estaba dispuesta a hacer lo mismo por él. Sintiéndose segura de sí misma, tiró con naturalidad del bañador de Edward hasta que no hubo nada que se interpusiera entre este y sus manos. Sintió una oleada de excitación cuando Edward gimió, estremeciéndose, y notó que los últimos vestigios de su contención se disipaban. Edward había hecho el amor muchas otras veces. Sabía lo que era sentir el cuerpo de una mujer hundirse profundamente en él. Pero, entonces, ¿por qué no recordaba que fuera así? No recordaba que alguna vez el deseo hubiera hecho presa en él con aquella intensidad. Bella le llenaba de placer, de un placer casi doloroso. Y, de pronto, no hubo nada más: ni el balanceo del mar, ni el sol que entraba a raudales por la puerta, ni el leve vaivén del barco. Solo Bella, fuerte, esbelta seductora. Solo Bella y un deseo tan mezclado con emoción que e sentía incapaz de refrenarlo. No podía luchar contra lo que no comprendía. En lugar de hacerlo, se entregó a él, a ella.
Bella se arqueó, clavando como espuelas los dedos en la carne de Edward. Este oyó que gemía, sintió que se ponía rígida un momento. Luego Bella empezó a moverse a la para que él. Ya ninguno de los dos les importó quién marcaba el ritmo.
Tal vez solo habían pasado unos momentos. Eso, al menos, parecía. Estaban aún entrelazados, sudorosos y exangües. Pero Bella no estaba relajada, sino atónita. Quizá, pensó mientras oía la agitada respiración de Edward junto a su oído, quizá nunca volviera a relajarse. De lo que no había duda era que nunca volvería a ser la misma.
Veía el sol que entraba en el camarote. El mismo sol. Oía y sentía el movimiento del mar. El mismo mar. Pero ella no era la misma Bella. Nunca sería la misma., a partir de ese instante. Había perdido su inocencia. Y solo ahora estaba segura de que la había tenido y podía perderla. Y solo ahora, comprendió, estaba segura de que había querido perderla.
- Así que no ha habido nadie más -musitó, pensando en voz alta.
Edward sintió que algo se estremecía en su interior. Tumbado, inmóvil, cerró los ojos hasta que el estremecimiento pasó. Cuando alzó la cabeza, vio que ella tenía los ojos turbios y que su piel tenía el fulgor de las postrimerías de la pasión. Y comprendió, al mirarla, que él había perdido mucho más que la objetividad. Su corazón, al que siempre había creído tener bajo su dominio, era de ella. Y supo que, en ese momento, Bella podía partirlo en dos con una palabra descuidada. Así que fue él quien habló casi con descuido.
- No, no ha habido nadie más. ¿Quieres que me disculpe?
Ella no supo cómo reaccionar, ni qué responder. ¿Se sentían culpables los hombres cuando le quitaban la inocencia a una mujer? ¿Cómo iba a saberlo? Quizá no se sintiera culpables, pensó, sino incómodos. Pero ella no podía permitirse el lujo de mostrar cuánto le dolía aquella idea. De modo que procuró mantener la mirada firme y la voz tranquila.
- No, no quiero que te disculpes. ¿Tú quieres que y lo haga?
Edward no cambió de tono de voz. Ni de expresión. Bella no conseguía interpretar ni el uno ni la otra.
- ¿Por qué iba a querer?
- Yo empecé esto, Edward. Soy consciente de ello -ella intentó levantarse, pero Edward la detuvo.
- ¿Es que te arrepientes?
Ella alzó la barbilla solo un poco. Lo suficiente para dejarle claro su estado de ánimo.
- No. ¿Y tú?
Bella acababa de perder su virginidad, y él iniciaba una absurda y pomposa conversación en defensa propia, pensó Edward. Ella se merecía un poco de ternura, un poco de dulzura y de sinceridad. Le acarició la cara, solo un dedo sobre su mejilla.
- ¿Cómo voy a arrepentirme de algo tan hermoso? -la besó suavemente, muy despacio-. ¿Cómo voy a arrepentirme de haberte hecho el amor si ya estoy pensando en repetir?
Antes de apretarla contra su pecho, Edward vio que los labios de Bella se curvaban en una sonrisa. Sabía que, cuando regresaran a Cordina, tendría que empezar a hacer planes otra vez. Si iba a ayudarla a investigar el secuestro, tendría que... Pero de momento, no. Todavía, no.
Comprendiendo, aliviada, que al fin podía relajarse, Bella apoyó la mano sobre el corazón de Edward. El anillo de compromiso quedó justamente ante sus ojos. En la penumbra, no parecía un objeto extraño. Casi parecía que aquel era su sitio natural. Pero no lo era, se dijo apresuradamente. Aquella sortija solo era parte del atrezzo de un complejo drama teatral. No era de verdad.
Bella cerró los ojos y se acurrucó contra el cuerpo de Edward. No, el anillo tal vez no fuera de verdad, pero aquello sí lo era, pensó, dejándose arrastrar por el sueño. Aquello era real... y lo sería mientras durara.
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