hello aki sta lo nuevo jeje para ke se entretengan un rato

recuerden de ke nada me pertenece

Capitulo 18

Era tarde cuando Edward se metió bajo el chorro caliente de la ducha. Necesita una ducha reparadora más que una cama vacía. Esa noche, había acompañado a Bella a una cena de etiqueta en el transcurso habían sufrido un auténtico bombardeo de preguntas acerca de la boda. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién? ¿Cuánto? ¿Cuándo? ¿Cuántos?

Si, después del baile, Bella seguía sin recobrar la memoria, no podrían seguir escudándose en los preparativos del enlace para evitar dar detalles concretos acerca del mismo.

Lo único que podían hacer de momento era fijar la supuesta fecha de la boda, pensó Edward, mientras el agua se derramaba por su cabeza y su cuello. Si las cosas no se resolvían pronto, cuando menos lo esperara se encontraría frente al altar, balbuciendo un «sí, quiero».

¿Y no sería eso lo más absurdo y estúpido que podía ocurrir?, se preguntó. Casarse para impedir que se generaran habladurías. Sin embargo, se casaban, ¿no se complicaría la situación mucho más de lo que ya lo estaba?

Se había pasado toda la cena mirando a Bella y aguantando un chaparrón de parabienes y felicitaciones por la buena suerte que había tenido. Sentado a unos centímetros de Bella, había tenido que recordar lo que había ocurrido entre ellos cuando, a solas, se habían abrazado en el estrecho camastro de un diminuto camarote.

El problema era que lo recordaba demasiado bien. Y que la deseaba demasiado. Desde aquel día en el mar, había evitado cuidadosamente cualquier oportunidad de quedarse a solas con Bella. Cuando no estaban en palacio o en el coche, iban a una fiesta o asistían a una función benéfica. Él la llevaba a la sede de la FAN o a la Cruz Roja. De vez en cuando, la acompañaba a algún museo. Pero jamás sugería que salieran a navegar otra vez.

Ninguno de los dos podía permitírselo, pensó mientras salía de la ducha. Ciertamente, ninguno de los dos había previsto que él olvidara las normas y se enamorara de Bella. Aún tenía trabajo que hacer. Y Bella aún tenía que redescubrir su vida. Cuando ambos hubieran cumplido sus objetivos, sus lazos quedarían rotos.

Y así debía ser, pensó Edward. Se ató una toalla alrededor de la cintura y se frotó el pelo con otra. El lugar de Bella no se encontraba en una destartalada granja en las montañas. Ni el de él en un palacio. Era así de sencillo.

Pero cuando entró en el dormitorio, todo dejó de parecerle sencillo. Bella estaba sentada en el brazo de un sillón. A su espalda refulgía una luz suave. Estaba hojeando un libro. Parecía nerviosa, pero también llena de resolución. Al levantar la mirada hacia él, logró ocultar su turbación.

- Creo que siempre me ha gustado Steinbeck -dijo, dejando el libro a un lado-. Hace que me sienta como si hubiera estado en Monterrey -se levantó y, de pronto, Edward vio que parecía una novia, aunque ella no lo supiera. Llevaba una sencilla bata de seda blanca que le caía hasta los tobillos y cubría sus brazos hasta las muñecas. Tenía el pelo suelto sobre los hombros, a cuya piel el encaje de la bata daba un ligero fulgor lechoso.

Edward se quedó donde estaba, asombrado por la repentina y dolorosa oleada de deseo que lo inundó.

- ¿Quieres que te preste el libro?

- No -Bella se acercó a él como si se sintiera segura de sí misma-. Ya que no vienes a mí, Edward, he pensado que era hora de que yo viniera a ti -tomó sus manos y, de pronto, empezó a sentirse segura-. No puedo estar lejos de ti -murmuró-. No me pidas que me vaya.

No, no podía pedírselo. El sentido común le decía que lo hiciera, pero el sentido común poco le importaba.

- ¿Vas a darme órdenes otra vez, Bella?

- Solo si me obligas a hacerlo -ella se llevó la mano de Edward a la cara-. Dime que no me deseas. Puede que te odie por ello, pero al menos no volveré a ponerme en ridículo.

Edward sabía que podía mentirle, y que además sería lo mejor para ella. Pero no pudo hacerlo.

- No puedo decirte que no te deseo. Dudo que pudiera hacerlo aunque pensara que ibas a creértelo. Creo que, en realidad, soy yo quien se pone en ridículo.

Ella sonrió y lo rodeó con los brazos.

- Abrázame. Abrázame -cerró los ojos y apretó la mejilla contra el hombro de Edward. Allí era donde deseaba quedarse-. Estaba volviéndome loca de esperarte. No dejaba de hacerme preguntas. Y hace un momento, cuando venía hacia aquí, casi me faltó valor.

- Habría sido mejor que no vinieras. No es muy sensato que entres en mi habitación a medianoche.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.

- No, es cierto. Pero, ya que estoy aquí, aprovechemos el tiempo.

Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente, fundiendo sus bocas. Aquello era lo que quería, lo único que quería, pensó, entregándose por completo en aquel beso. No le importaba qué pruebas tuviera que soportar durante el día, mientras pudiera pasar la noche con él.

- Edward -se retiró lentamente para poder mirarlo-. Por esta noche, olvidémonos de todos los fingimientos, de todos los engaños -volvió a llevarse su mano a la cara, pero esta vez la besó-. Te necesito. ¿No es eso suficiente para ti?

- Sí, lo es -él le desató el cinturón de la bata-. Dejo que te lo demuestre.

La luz era suave, las ventanas estaban abiertas. Bella percibía el aroma de los guisantes de olor que trepaban grácilmente por el enrejado, justo debajo de la ventana. Se estremeció al sentir que Edward le quitaba la bata de encima de los hombros. Pero de excitación, no de frío.

- Eres preciosa, Bella -Edward siguió el contorno de sus hombros con las manos-. Cada vez que te veo, es como si te viera por primera vez. La luz es diferente, y también la situación, pero tú me impresionas como la primera vez que te vi.

Le apartó el pelo de la cara y se lo sujetó hacia atrás con una mano. Entonces se quedó mirándola fijamente, sin moverse, hasta que el corazón de Bella comenzó a latir a toda prisa. Edward la besó, una vez, dos veces, lenta y suavemente. Al sentir el leve roce de sus párpados, Edward los tocó con suavidad con los labios. Nunca le había demostrado tanta ternura. Pero, a fin de cuentas, ella había ido en su busca. De modo que bien podía ofrecerle su ternura.

Cuando la tomó en brazos, Bella abrió los ojos, sorprendida. No esperaba de Edward aquel gesto romántico y un tanto anticuado. Se tumbaron en la cama, desnudos y ansiosos. Pero Edward llevó los dedos de Bella a los labios y los besó uno a uno. Cuando ella le tendió los brazos, Edward se colocó sobre ella, pero se limitó a darle lentos besos mientras acariciaba suavemente su cuerpo. Esa vez, a diferencia de la primera, su deseo ardía en ascuas que al mismo tiempo lo atormentaban y lo llenaban de placer.

Bella creía que Edward ya le había descubierto todos los puntos de su cuerpo que podían producirle placer. Pero enseguida comprendió que, en ese momento y con exquisita delicadeza, le estaba enseñando otros nuevos.

Bella sabía que en Edward había cierto desasosiego. Cierta violencia contenida. La había sentido la primera vez que hicieron el amor, y también la había deseado. Pero, esa noche, Edward no llevaba aquella violencia consigo. Esa noche era para la ternura. Para una ternura que Bella no esperaba y que le producía un placer denso y embriagador. El deseo que sentía era distinto: suave, dulce, pero no sedante. Y se entregó a él, dejándose llevar por el momento.

Edward le había quitado a Bella la inocencia. En cierto sentido, tenía la impresión de que ella le había restituido una parte de sí mismo. No era algo que hubiera buscado, ni que deseara conscientemente, pero tampoco era algo que pudiera evitar. Quizá algún día, cuando sus vidas se separaran y él tuviera que encarar lo que había tenido y había perdido, se arrepentiría de haberse dejado llevar por el deseo. Pero esa noche, teniéndola allí, a su lado, suave y entregada, solo deseaba atesorar aquel instante en su memoria.

De modo que procedió con lentitud, con extrema delicadeza. Quería que ninguno de los dos olvidara nunca lo que pasara entre ellos esa noche.

La besó lentamente, dándole pequeños mordiscos. El largo y estrecho hueso de su cadera le parecía fascinante. Sabía que Bella era fuerte. Después de todo, la había acompañado durante agotadores días de trabajo y compromisos oficiales. Sin embargo, en aquel lugar su piel era tan fina, tan sensible... Bella tenía el cuerpo suave y delicado de una mujer que vivía rodeada de lujos. Pero Edward' sabía que poseía la mente de una mujer que jamás daba nada por sentado.

¿Era por eso por lo que la amaba? ¿Y acaso le importaba?

Bella solo acertó a suspirar cuando sintió que la boca de Edward se deslizaba más y más abajo a lo largo de su cuerpo. Edward la estaba llevando a lugares que nunca había imaginado. El mundo que le estaba descubriendo era oscuro, pero no le producía temor. Solo ansia. El ansia palpitante de quedar unida a él por el deseo, por el placer, por la plenitud de la satisfacción.

A través de la ventana se oía a los pájaros nocturnos llamándose los unos a los otros. Pero a Bella, el murmullo de su nombre en los labios de Edward le parecía aún más dulce. La brisa susurraba sobre su cara, pero el aliento de Edward acariciando su piel le parecía aún más cálido. Si abría los ojos, podía ver su propia mano acariciando el cuerpo de Edward. Y dándole placer.

La lengua de Bella seguía trazando los contornos de su cuerpo, atormentándola, devorándola aquí y allí, invadiéndola. Y, de pronto, Bella se sintió catapultada hacia la luz, más allá de aquel mundo dulce y oscuro.

Sin darse cuenta, se arqueó y se aferró con los dedos a las sábanas. Sin darse cuenta, gritó el nombre de Edward. Sin embargo, de pronto fue consciente de que el placer podía resultar casi insoportable. Y, al notar que Edward se apartaba de ella precipitadamente, comprendió que él estaba sintiendo lo mismo, y que todo cuanto deseaba estaba allí, al alcance de su mano, si tenía fuerzas para tomarlo. Entonces, sus pensamientos apacibles se desvanecieron por completo y otros más turbulentos ocuparon su lugar. Quería poseer a Edward completamente y para siempre. Quería sentir que aquella extraña energía lo hacía tambalearse igual que a ella. Quería sentir que se estremecía, inundado por el placer. Con eso le bastaría para vivir y para aceptar que la vida tenía sentido.

Pero aunque ella aún temblaba, aturdida, Edward la hizo sucumbir de nuevo al placer, sin darle tiempo a recobrar el aliento. Y luego, cuando Bella pensaba que ya no podría soportar más placer, Edward la poseyó con toda la fiera necesidad que había estado conteniendo.


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bye