recuerden de ke nada me pertenece
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Capitulo 21
- Así que vas a ir a dar un paseo por el campo.
Bella estaba en el vestíbulo principal, mirando fijamente a su padre. Iba cuidadosamente maquillada. Había borrado de su cara el rastro de las lágrimas. Sin embargo, no le resultaba tan fácil enmascarar su angustia. Retorció la tira del bolso que llevaba colgado del hombro.
- Sí. Le he dicho a Jane que cancele mis compromisos. De todos modos, no tenía nada importante que hacer: solo una visita a la peluquería y un poco de papeleo de la FAND que puede revisar mañana.
- Bella, no hace falta que te excuses ante mí por tomarte el día libre -Carlisle la tomó de la mano, a pesar de que no sabía cómo iba a reaccionar ante aquel gesto-. ¿Te estoy exigiendo demasiado?
- No -ella sacudió la cabeza-. No sé.
- Para mí, nunca había sido tan difícil ser padre y rey al mismo tiempo. Si tú me lo pidieras... -sus dedos se crisparon un momento sobre la mano de Bella-. Si quisieras, Bella, nos marcharíamos lejos de aquí unas cuantas semanas. A hacer un crucero, quizá, o pasar una temporada en la casa de Cerdeña.
Bella prefirió no decirle que no se acordaba de la casa de Cerdeña, y sonrió.
- No hace falta. El doctor Franco ya te habrá dicho que estoy fuerte como un caballo.
- Y el doctor Kijinsky me ha dicho que todavía te atormentan ciertas imágenes, ciertos sueños.
Bella respiró hondo y procuró no arrepentirse de haberle contado al fin sus sueños al analista.
- Algunas heridas tardan en cicatrizar.
El príncipe no podía suplicarle que hablara con él como sabía que hablaba con Edward. Esas cosas debían salir del corazón. Sin embargo, tampoco lograba olvidar que antaño Bella solía sentarse sobre sus rodillas para, apoyando la cabeza sobre su hombro, hablarle de lo que sentía.
- Pareces cansada -murmuró-. El aire del campo te sentará bien. ¿Vas a ir a la pequeña granja?
Ella lo miró a los ojos sin vacilar.
- Sí.
El príncipe percibió su resolución y sintió un profundo respeto por ella. Pero, al mismo tiempo, tuvo miedo.
- Cuando vuelvas, ¿me dirás lo que hayas recordado, lo que hayas sentido?
Por primera vez, la mano de Bella se relajó entre las suyas.
- Sí, claro -por el príncipe, por la mujer del vestido color esmeralda que iba arroparla todas las noches, Bella dio un paso adelante y besó a su padre en la mejilla-. No te preocupes por mí, Edward estará conmigo.
Mientras la veía cruzar el largo vestíbulo, Carlisle procuró no sentirse desplazado. Un lacayo abrió la puerta de par en par, y Bella salió a la luz del sol.
Edward guardo silencio durante largo rato. Conducía velozmente por la sinuosa carretera que ascendía por la costa. Percibía la crispación de Bella. Sin embargo, era incapaz de reconocer su origen. De modo que decidió esperar.
Dejaron atrás la ciudad y después el puerto de Lebarre. De vez en cuando, pasaban junto a una villa con pulcros jardines llenos de flores. Aquella era la carretera por la que había huido Bella. Edward se preguntaba si se habría dado cuenta.
Bella no veía nada conocido, nada que alertar sus sentidos. Pero estaba tensa. El paisaje, abrupto y barrido por el viento, resultaba hermoso a su manera. Era apacible, pintoresco, lleno de color. Sin embargo, Bella seguía aferrando con fuerza la correa del bolso.
- ¿Quieres que paremos, Bella? ¿Prefieres que vayamos a otro sitio?
Bella se giró hacia él rápidamente y luego volvió a darse la vuelta con idéntica rapidez.
- No. No, claro que no. Cordina es un país hermoso, ¿no es cierto?
- ¿Por qué no me dices qué es lo que te preocupa?
- No estoy segura -Bella apoyó una mano sobre su regazo-. Estoy inquieta, como si sintiera la necesidad de mirar a mi espalda todo el tiempo.
Edward ya había decidido darle todas las repuestas que necesitara.
- Recorriste esta misma carretera hace un mes. En medio de una tormenta.
Los dedos de Bella se crisparon. Se forzó a relajarlos.
- ¿Corrí hacia la ciudad o en dirección contraria?
Edward volvió a mirarla. A él no se le había ocurrido hacer aquella pregunta. De pronto, sintió un profundo respeto por la inteligencia de Bella.
-Hacia la ciudad. Estabas a poco más de seis kilómetros de Lebarre cuando te desmayaste.
Ella asintió.
- Entonces tuve suerte. O bien estaba lo suficientemente lúcida como para saber hacia dónde tenía que correr. Edward, esta mañana...
¿Estaría arrepentida?, se preguntó él, crispando los dedos sobre el volante. ¿Recuperaría pronto el sentido común y, con él, los remordimientos?
- ¿Qué pasa?
- Nanny me estaba esperando en mi habitación.
Edward no pudo evitar sonreír, imaginándose la escena.
- ¿Y?
- Estuvimos hablando. Algunas noches, Nanny me lleva leche caliente a la cama. Supongo que anoche no se me ocurrió que pudiera hacerlo -Bella sonrió, pero solo un instante-. También me llevó una muñeca, una muñeca de cuando yo era pequeña -Bella le contó con minuciosidad cuando había recordado-. Eso es todo -dijo al terminar-. Pero esta vez no fue una impresión, ni un sueño. Era un recuerdo de verdad.
- ¿Se lo has dicho a alguien más?
- No.
Díselo a Kijinsky mañana, cuando lo veas -no era una sugerencia, sino más bien una orden. Bella procuró no molestarse.
- Sí, claro. ¿Crees que estoy empezando a recordar?
Mientras hablaban, Edward había reducido la velocidad del coche. Pero de pronto volvió a acelerar.
- Creo que te estás recuperando. Y que ese era un recuerdo que podías asumir. Es posible que lo necesitaras para poder asumir el resto.
- Y el resto llegará.
- El resto llegará -dijo él. Y, cuando lo hiciera, Bella ya no le necesitaría más. Su trabajo se habría acabado. Su granja...
Pensó en sus tierras, pero le pareció que llevaba años lejos de casa, en lugar de semanas. Su granja ya no le parecí únicamente un lugar apacible y sereno, sino también solitario y vacío. Cuando volviera, ya no sería el mismo hombre, ni tendría los mismos deseos.
Siguiendo las indicaciones que le habían dado, Edward abandonó la carretera de la costa y se alejo del mar. Más al interior, el camino empeoraba, haciéndose más abrupto. Edward redujo la velocidad otra vez para evitar los socavones de la carretera.
Al cabo de un rato, los árboles comenzaron a amortiguar el ruido del mar hasta que lo silenciaron por completo. Las colinas eran allí más verdes, el paisaje menos dramático. Oyeron ladrar a un perro y mugir a una vaca. Edward casi podía imaginarse que había vuelto a casa. Tomó otro desvió y se adentró en un camino pedregoso y polvoriento. A un lado del camino se extendía un verde y crecido campo de labor. Al otro había una densa arboleda.
- ¿Es aquí?
- Sí -Edward apagó el motor.
- ¿Aquí fue donde encontraron mi coche?
- Así es.
Ella se quedó sentada un momento, esperando.
- ¿Por qué siempre espero que sea fácil? -dijo-. Por alguna razón, cuando veo o aprendo algo nuevo, creo que todo se aclarará de repente. Pero nunca es así. Sin embargo, a veces siento el cuchillo en la mano -se miró la palma-. Puedo sentirlo y, cuando lo hago, sé que soy capaz de matar.
-Todos lo somos, en determinadas circunstancias.
- No -Bella cruzó las manos sobre el regazo. Estaba aparentemente tranquila. En realidad, procuraba ocultar su angustia, como le habían enseñado -. No lo creo. Matar, quitar una vida, requiere aceptar y justificar la violencia. El lado oscuro. En algunas personas, ese lado oscuro es lo bastante fuerte como para sobrepasar a todos los demás instintos.
- ¿Y qué crees que te habría ocurrido si, en vez de defenderte, hubieras cerrado los ojos y rechazado la violencia? -Edward le agarró por el hombro con más fuerza de la necesaria, obligándola a mirarlo-. ¿Bienaventurados los pacíficos, Bella? Tú sabes perfectamente que no es así.
Aquellas palabras y la mirada que las acompañó hicieron aflorar las emociones de Bella, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
- No quiero que haya violencia en mi vida -dijo apasionadamente-. Y no acepto, ni aceptaré nunca, el hecho de haber matado a alguien.
- Entonces, nunca saldrás de esta situación -dijo él con voz áspera, inclinándose sobre Bella-. Seguirás viviendo una fantasía. La princesa en su castillo. Fría, distante, inalcanzable.
- ¿Y tú hablas de fantasías? -Edward la estaba presionando; ya no le importaba que ella misma se lo hubiera pedido. Estaba sobrepasando un oscuro confín-. Tú fabricas tus propias ilusiones. Te has pasado la vida buscándote problemas y ahora quieres contentarte con sentarte en el porche y ver crecer tus cosechas.
Bella había dado en el blanco. La furia y la frustración empaparon la voz de Edward. Sí, él tenía sus fantasías. Y Bella era una de ellas.
- Al menos, yo sé cuál es mi situación y estoy dispuesto a afrontarla. Necesito la granja por razones que tú no estás dispuesta a comprender. La necesito porque soy consciente de lo que soy capaz, de lo que he hecho y de lo que podría volver a hacer.
- Sin remordimientos.
- En este momento, los remordimientos me traen sin cuidado. Pero es posible que eso cambie en un futuro. Así que prefiero elegir mientras todavía pueda -o eso, al menos, deseaba creer.
- Sí -sintiéndose exhausta de repente, Bella apartó la mirada de él-. Quizá sea eso lo que nos diferencia. ¿Cómo voy a vivir como se supone que debo hacerlo sabiendo que soy...?
- Humana -la interrumpió él-. Como todo el mundo.
Simplificas las cosas.
- ¿Acaso vas a decirme que tu título te hace superior a los demás?
Ella quiso protestar, pero al final solamente soltó un largo suspiro.
- Esté bien, me has acorralado. No, soy humana, e imperfecta, y tengo miedo. Aceptar mis propias... sombras parece lo más difícil de todo.
- ¿Quieres seguir adelante?
- Sí -Bella agarró el tirador de la puerta-. Sí, quiero seguir adelante -salió del coche, miró a su alrededor y deseó saber por dónde empezar. Pero quizá ya lo había hecho-. ¿Habías venido antes aquí?
- No.
- Bien, entonces esta es la primera vez para los dos -Bella se hizo sombra con la mano sobre los ojos y miró a su alrededor-. Hay tanto silencio... Me pregunto si pensaba hacer plantar estos campos algún día.
- Hablabas de ello.
- Pero no lo hacía -Bella echó a andar.
Las flores silvestres crecían a su antojo por el campo de labor y a lo largo del camino. Algunas eran amarillas, otras azules. Orondas y hacendosas abejas zumbaban en torno a ellas. Bella vio una mariposa grande como la palma de su mano que aterrizaba y se balanceaba sobre un pétalo. El aire olía a hierba, a hierba fresca y a humus. Siguió caminando sin rumbo fijo.
Un arrendajo bajó rápidamente a las ramas inferiores de un árbol, molesto por aquella intrusión inesperada. Luego, echó a volar entre los árboles sin dejar de quejarse. Aquello no era un cuento de hadas, pensó Bella divertida. Sería una ardua tarea desbrozar, plantar y cosechar aquellas tierras ¿Era esa la razón de que no lo hubiera hecho antes? ¿Estaba tan solo soñando otra vez?
- ¿Por qué compré todo esto?
- Querías un lugar que fuera tuyo. Necesitabas un sitio donde refugiarte.
- ¿Otra forma de huir?
- No. En realidad, lo que buscabas era soledad -dijo él-. Son cosas diferentes.
- Pero hace falta una casa -irritada, Bella dio una vuelta sobre sí misma-. Estas tierras necesitan despertar a la vida. Mira, si se quitaran unos pocos árboles de allí, se podría levantar una casa que mirara sobre los campos. Allí estarían los establos. Y allí habría una pradera. Y también un gallinero -sintiéndose entusiasmada de repente, Bella avanzó más aprisa por el campo de labor-. Justo aquí. En una granja, ha de haber huevos frescos. Y también habría perros y niños, ¿sabes? Y margaritas en los maceteros de las ventanas. Y se oirían risas a través de las puertas. La tierra no debería permanecer desatendida de esta manera.
Edward lo sabía tan bien como ella. Al fin y al cabo, había visto sus propias tierras en aquel mismo estado. Sin embargo, seguían estando en mundos distintos.
- Por lo que me han dicho, no está tan desatendida.
- No sé. Nada que esté vivo puede salir adelante sin ciertos cuidados.
Irritada consigo misma, Bella se dio la vuelta y se adentró un poco más entre la alta hierba. De pronto, su pie golpeó contra un objeto duro, lanzándolo contra una roca. Edward se agachó y recogió un termo rojo, vacío, sin tapa ni válvula. Al instante se puso alerta. Asió el termo por la base, tocándolo lo menos posible. Había sido policía demasiado tiempo.
- En tus sueños, estás sentada en un lugar tranquilo, bebiendo café de un termo rojo.
Bella miró el termo como si fuera algo insignificante.
- Sí.
- Y tenías sueño -Edward husmeó la boca del termo con aparente despreocupación, a pesar de que su mente ya estaba trabajando a toda máquina. ¿Disponía el laboratorio policial de Cordina de medios suficientes?, se preguntaba. ¿Y por qué no se había registrado la granja meticulosamente? ¿Por qué se había pasado por alto una prueba potencialmente tan importante? Pensó que Bella se había acercado por propia voluntad al lugar donde había aparecido el temo. Él había procurado no influir en su trayectoria. Y, luego, sistemáticamente, ella le había enseñado dónde estaría la casa y los establos. Si se había sentado allí en otras ocasiones... Edward miró a su alrededor y de pronto vio una roca grande y pulida. Estaba a solo unos pasos de distancia, en un lugar en el que el sol daba de lleno a última hora de la mañana y al empezar la tarde. Un lugar apropiado para soñar.
Sí, si Bella se había sentado allí a descansar, a pensar, a tomarse un café...
- ¿En qué estás pensando?
Edward volvió a mirarla.
- En que tal vez te sentaste sobre esa roca a beberte el café y a hacer planes. Te entró sueño y es posible que llegaras a adormecerte. Pero luego intentaste despejarte. Me dijiste que en los sueños te resistías a quedarte dormida. Así que tal vez conseguiste levantarte e intentaste llegar hasta el coche -dándose la vuelta, miró el lugar donde estaba aparcado el suyo-. Pero entonces la droga hizo efecto. Te desmayaste y el termo cayó al suelo.
- ¿Una droga... en el café?
- Todo encaja. Los secuestradores no se pararon a buscar el termo. ¿Para qué iban a hacerlo? Al fin y al cabo, ya te tenían en su poder.
- Pero, entonces, tienen que ser personas que conozcan mis costumbres, que supieran que ese día iba a venir aquí. Tiene que ser alguien que... -se interrumpió, mirando fijamente el termo.
- Alguien que te conozca muy bien -acabó él, y alzó el termo-. Alguna persona de tu círculo.
Bella sintió un escalofrío. De repente sintió ganas de mirar a su espalda, de salir de allí corriendo con todas sus fuerzas. Pero se quedó inmóvil y procuró dominarse.
- ¿Qué hacemos ahora?
- Debemos averiguar quién te preparó el café y quién tuvo oportunidad de añadirle un narcótico.
Bella asintió, a pesar de que todo aquello la asustaba.
- Edward, ¿esto no debería haberlo averiguado la policía?
Él miró a lo lejos.
- Yo diría que sí.
Ella bajó la mirada y observó los anillos de sus manos: el diamante de uno de ellos simbolizaba la fe; los zafiros del otro, el amor.
- Mi padre... -comenzó a decir pero no pudo seguir adelante.
- Es hora de hablar con él.
Era peligroso que se reunieran, pero aun así los dos recorrieron en sendos coches el largo y abrupto camino que llevaba a la villa. En aquel momento, habría sido más peligroso que no se reunieran.
El lugar estaba desierto y cubierto de maleza: era tan solo una pequeña villa olvidada, situada en una olvidada parcela de tierra que nadie había cultivado con éxito. Por eso les había parecido perfecta. Estaba cerca de la pequeña granja y lo bastante lejos de la ciudad como para pasar inadvertida. Las ventanas estaban cegadas con tablones, salvo una, de la que las tablas habían sido arrancadas. Ya habían decidido quemar la casa, dejando que las cenizas se pudrieran... junto con el cuerpo que habían enterrado en la arboleda de la parte de atrás.
Los coches llegaron uno detrás del otro, separados por un intervalo de segundos. Sus ocupantes eran demasiado disciplinados, demasiado cautos como para llegar tarde. Cuando se acercaron el uno al otro, estaban tensos, agarrotados por el nerviosismo. Las circunstancias los habían obligado a confiar el uno en el otro con sus propias vidas.
- Está empezando a recordar.
Un juramento áspero, atemorizado.
- ¿Seguro?
- No te habría avisado de no ser así. Yo valoro mi vida tanto como tú la tuya -los dos sabían que, mientras el uno estuviera a salvo, el otro también lo estaría. Pero si uno de los dos cometía un error...
- ¿Qué es lo que sabe?
- De momento, nada que deba preocuparnos. Solo recuerdos de la infancia, imágenes dispersas. Nada sobre el secuestro -un cuervo graznó frenéticamente sobre sus cabezas, sobresaltándolos-. Pero está recobrando la memoria. Creo que, si se esfuerza, acabará recordándolo todo.
- Siempre hemos sabido que sería así. Solo necesitamos un poco más de tiempo.
- ¿Tiempo? -su risa burlona espantó a una ardilla-. Nos queda muy poco. Y, además, ella se lo cuenta todo al americano. Ahora son amantes. Y él es listo. Muy listo. A veces creo que sospecha.
- No digas tonterías -pero sus nervios se retorcían y se tensaban. ¿Quién podía haber previsto la llegada del americano? -. Si ese idiota de Henri no se hubiera emborrachado... ¡Merde! - sus planes cuidadosamente trazados se habían hecho añicos por culpa del vino y la lujuria. Ninguno de los dos lamentaba haber tenido que cavar una tumba.
- Ahora no tiene sentido pensar en eso. A menos que la secuestremos otra vez, nos será posible hacer el canje. Deboque sigue en prisión, el dinero está fuera de nuestro alcance y no hemos podido vengarnos.
- Pues secuestrémosla otra vez. Ahora nadie espera un nuevo secuestro.
- ¡Pero si ya lo hicimos una vez! -exclamó, no tanto por ira como por miedo. Los dos vivían al límite de su resistencia desde que Bella había sido identificada en el hospital.
- Y lo haremos de nuevo. Pronto. Muy pronto.
- ¿Y el americano? No es tan confiado como la princesa.
- El americano es prescindible. Como lo será la princesa si recuerda demasiado pronto. No la pierdas de vista. Ya sabes lo que tienes que hacer si es necesario.
La pequeña pistola con silenciador y las balas estaban escondidas en lugar seguro.
- Si la mato, tú también te mancharás las manos de sangre.
No los preocupaba demasiado la idea del asesinato. Pero sí la idea del fracaso, de que pudieran descubrirlos antes de tiempo.
- Los dos lo sabemos. Solo tenemos que aguantar un poco más, hasta la noche del baile.
- Ese plan es una locura. Llevársela así, con el palacio lleno de gente...
- Puede funcionar. ¿Tienes tú otro mejor? -hubo un momento de incómodo silencio.
- Ojalá me hubiera quedado aquí, con ella, en vez de dejar que la vigilase ese idiota de Henri.
- Tú mantén los ojos y los oídos abiertos. ¿Te has ganado su confianza?
- Tanto como cualquiera.
- Entonces, utilízala. Nos quedan menos de dos semanas.
interesante no?
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byee
