recuerdn de ke nada me pertenece

espero les guste el capii jejeje ;)

Capitulo 22

Bella permanecía sentada, con las manos unidas sobre el regazo, la espalda muy rígida y los ojos fijos. Esperaba que su padre hablara. En su cabeza se habían formado demasiadas preguntas. Y todavía tenía que hallar las repuestas.

¿Quién era ella? Su Alteza Serenísima la princesa Isabella de Cordina, le habían dicho. Hija y hermana. Perteneciente a la familia Cullen, una de las dinastías más antiguas de Europa.

¿Pero como era en realidad? Había descubierto que era una mujer responsable, lúcida y apasionada. Pero lo ocurrido, fuese lo que fuese, la había desposeído de todo lo demás, de esos pequeños detalles vitales que convierten a una persona en un todo. Y sabía que debía defender su derecho a recuperarlos.

Café adulterado, una habitación oscura, voces... Un cuchillo y sangre en las manos... Necesitaba esos recuerdos, esos pormenores para recuperar el resto de su memoria. Pero solo estaba empezando a afrontarlo.

La habitación permanecía en silencio. Por las ventanas del oeste se filtraba una luz serena, hermosísima, que sin violencia teñía la alfombra roja del color de la sangre.

- Así que creéis que el café que llevaba Bella estaba drogado -dijo el príncipe Carlisle con voz neutra mientras miraba el termo rojo colocado sobre su escritorio.

- Es lógico pensarlo -Edward permanecía de pie, junto a la silla de Bella, mirando fijamente a Carlisle-. Y además encaja con el sueño recurrente de Bella.

- Podemos hacer analizar el termo.

- No: debemos hacerlo -aunque sus rostros tenían una expresión serena, Edward observaba cada gesto de Carlisle, cada expresión de su rostro. Y sabía que Carlisle lo observaba a él del mismo modo-. La cuestión es por qué no lo encontraron antes.

Carlisle miró a Edward a los ojos. Al hablar, lo hizo con autoridad desprovista de afecto.

- Al parecer, la policía ha cometido un error.

- Sí, eso parece. Pero no es la única que ha cometido un error -Edward descubrió de pronto que no le resultaba tan fácil como antes refrenar su ira. En el semblante de Carlisle no distinguía más que una expresión calculadora y fría. Y aquello no le gustaba-. Si el café estaba drogado, como creo, las implicaciones son evidentes.

Carlisle sacó uno de sus largos cigarrillos oscuros y lo encendió lentamente.

- Desde luego.

- Se lo toma con mucha calma, Majestad.

- Me lo tomo como debo.

- Igual que yo. Así que pienso llevarme a Bella lejos de Cordina hasta que este asunto se resuelva. En palacio no está segura.

La mandíbula de Carlisle se tenso solo un instante.

- Si no me preocupara su seguridad, no te habría hecho llamar.

- Y yo nunca habría venido, de no ser por la amistad que une a nuestras familias -dijo Edward con voz suave, pero expeditiva-. Pero ahora ya no me basta con eso. Ahora quiero respuestas.

De pronto, Carlisle adoptó una actitud absolutamente regia.

- No tienes derecho a exigirme explicaciones.

- ¡Ya basta! -levantándose bruscamente de la silla, Bella se interpuso entre Edward y su padre. Fue un movimiento instintivo. Pero no habría sabido decir a quién de los dos deseaba proteger. La rabia restallaba en su interior con una fuerza que sofocaba el resto de sus emociones-. ¿Cómo os atrevéis a hablar en mi presencia como si fuera incapaz de pensar por mí misma? ¿Cómo os atrevéis a tratarme como si fuera una inválida?

- ¡Isabella! -Carlisle se levantó de la silla antes de darse cuenta de que había oído a Bella hablarle en ese tono muchas otras veces-. Refrena tu lengua.

- No lo haré -enfurecida, Bella se volvió hacia su padre y se apoyó sobre el escritorio con ambas manos. En otras circunstancias, el príncipe Carlisle habría pensado que estaba magnífica... y que era igual que su madre-. Me niego a ser amable e inofensiva. No soy una princesa de cuento de hadas, sino una mujer de carne y hueso. Se trata de mi vida, ¿comprendes? No me quedaré aquí, escuchando sin decir nada, mientras vosotros os desafiáis como dos críos. Quiero respuestas.

La mirada de Carlisle era fría y distante. Y también lo era su voz.

- Pides más de lo que puedo darte.

- Pido lo que es legítimamente mío.

- Lo que es tuyo, lo es solamente si yo te lo concedo.

Bella palideció y se puso rígida, pero no titubeó.

- ¿Es esto un padre? -su voz era suave, pero cortaba como un cuchillo-. Gobierna usted bien sobre Cordina, Majestad. Pero ¿qué tal gobierna sobre su familia?

Aquello fuera un duro golpe. Sin embargo, en el rostro de Carlisle no se movió ni un músculo.

- Debes confiar en mí, Bella.

- ¿Confiar? -su voz vació solo un instante-. Esto -dijo señalando el termo-, esto me demuestra que no puedo confiar en nadie. En nadie -repitió. Y, dándose la vuelta, huyo de los dos.

- Deja que se vaya -le ordenó Carlisle a Edward cuando este se disponía a seguirla-. La están vigilando. Te digo que la están vigilando -repitió al ver que Edward seguía caminando hacia la puerta-. Deja que se vaya.

Sus palabras no habrían podido detener a Edward, pero sí su tono. Había dolor en la voz del príncipe Carlisle, el mismo dolor vibrante que Edward había percibido en ella aquel día, en la sala de espera del hospital. Por eso se detuvo frente a la puerta y se giró hacia él.

- ¿Acaso no sabías que la vigilan continuamente? -dijo Carlisle con suavidad-. Hasta tal punto que sé dónde ha dormido esta noche -sintiéndose agotado, volvió a tomar asiento.

Edward se quedó donde estaba y entornó los ojos. Se había dado cuenta de que siempre había muchos sirvientes alrededor de Bella, pero había creído que era cosa de Jasper.

- ¿Ha hecho que la espíen?

- He hecho que la vigilen -dijo Carlisle muy despacio-. ¿Crees que no me importa su seguridad, Edward? ¿O que iba a dejarla solo en tus manos, por muy seguras que sean? Te hice llamar por las razones que te expuse en su día, pero, tratándose de la vida de mi hija, estoy dispuesto a utilizar todos los recursos a mi alcance -Carlisle se pasó las manos por la cara, pero aquel gesto fue lo único que evidenció su tensión-. Por favor, cierra la puerta y siéntate. Es hora de que te cuente lo que está pasando.

Edward cerró la puerta suavemente y volvió frente al escritorio.

- ¿Qué es lo que pretende, Carlisle?

- Pretendo mantener a mi país y a mi pueblo en paz. Recuperar a mi hija sana y salva, si Dios quiere. Y hacer que quienes desean lo contrario sean castigados -tomó la piedra blanca y lisa-. Castigados con todo rigor -musitó, cerrando la mano con fuerza sobre la piedra. Se lo había prometido a su esposa, a la que había amado y perdido. Su amada Esme.

- Usted sabe quién la secuestró -dijo Edward con calma, pese a que bajo su voz vibraba la ira-. Lo sabe desde el principio.

- Sé quién es uno de sus secuestradores, y sospecho de otro -su mano se abrió y volvió a cerrarse sobre la piedra-. Pero tú también tienes tus sospechas -sus ojos, duros y fríos, se clavaron en los de Edward-. No ignoro qué has hecho algunas pesquisas por tu cuenta y has llegado a ciertas conclusiones. No esperaba menos de ti. Sin embargo, pensaba que no se lo contaría a Bella.

- ¿Acaso no tiene derecho a saberlo?

- Yo soy su padre, pero antes que nada soy su rey. Es a mí a quien corresponde otorgarle sus derechos y a mí a quien corresponde denegárselos -dijo con arrogancia, con el frío y despiadado poder que Edward tan bien conocía y que incluso admiraba.

- La ha estado utilizando.

- Y a ti también -admitió Carlisle-. Y a muchos otros. Este asunto es más complejo de lo que crees. Y yo tenía que actuar.

- ¿Por qué me pidió que viniera?

- Porque podía confiar en ti, como te dije al principio. Y porque sabía que pronto te cansarías de esperar. Sabía que sacarías tus propias conclusiones y que, al final, tú también actuarías. Pero no pensaba dejarte intervenir hasta que llegar el momento. Y ya casi ha llegado.

- ¿Y por qué demonios no le cuenta todo esto a Bella? -preguntó Edward-. Ella está sufriendo.

- ¿Crees que no lo sé? -la voz de Carlisle se alzó y sus ojos brillaron. En su juventud, había sido conocido y temido por sus accesos de cólera. Por un instante, el dominio que había ejercido sobre sí mi mismo durante mas de veinte años estuvo a punto de disolverse-. Es mi hija. Mi hija mayor. Fui yo quien la agarró de la mano cuando empezó a andar, yo quien se sentó junto a su cama cuando deliraba por la fiebre, yo quien lloró con ella frente a la tumba de su madre -Carlisle se levantó bruscamente y se acercó a la ventana. Se apoyó sobre el antepecho, clavando los dedos en la madera-. Lo que hago -dijo, más calmado-, lo hago porque es mi deber. Y no por ello quiero menos a mi hija.

Edward comprendió que decía la verdad.

- Ella necesita saberlo.

El príncipe sintió que en su interior se agitaban el orgullo y la culpa. Pero, por encima de ellos, se agitaba el sentido del deber.

- La mente es muy delicada, Edward, y todavía lo ignoramos casi todo sobre ella. Bella es fuerte, pero por el momento su mente ha decidido no recordar, y ella no puede hacer nada al respecto. Tú lo sabes. Si no, ¿por qué no les has hablado de tus sospechas?

- Porque necesita tiempo -dijo Edward, y Carlisle volvió a acercarse a él.

- Sí. Y yo solo quiero concedérselo. El doctor Kijinski ha insistido mucho en que, si Bella llegará a enterarse de lo ocurrido antes de que su mente esté lista para aceptarlo, el shock podría causarle un colapso.

- Pero ya ha empezado a recordar fragmentos inconexos.

- Se aprieta un resorte y la mente reacciona -Carlisle siguió moviendo la piedra blanca en la palma de su mano-. Tú eres lo bastante culto como para saberlo. Pero si le contara a mi hija todo lo que sé, lo que sospecho, quizá fuera demasiado para ella. Como padre, estoy obligado a esperar. Pero como gobernante de Cordina, tengo medios para descubrir lo que necesito saber. Sí, sé quién la secuestró y por qué -sus ojos adquirieron una expresión feroz-. Pero aún no ha llegado la hora. Para atraparlos, necesito un poco más de tiempo. Supongo que, por tus conocimientos sobre... Digamos, las intrigas del poder, lo comprenderás perfectamente. No ha necesidad de negarlo -continuó antes de que Edward pudiera responder-. Estoy al corriente del trabajo que hacías en Washington.

- Era policía.

- Policía y algo más -dijo Carlisle, asintiendo-. Pero dejémoslo estar. Tú sabes que, como gobernante, debo reunir pruebas concluyentes antes de lanzar una acusación. No puedo mostrarme como un padre encolerizado por el secuestro de su hija. He de actuar como un juez que vela por la justicia. Algunas personas de mi entorno creen que, debido a mi posición, no soy consciente de las maniobras, de las tretas, de las falsas lealtades que bullen bajo la superficie, a mi alrededor. Y quiero que lo sigan creyendo. Hay quienes pueden pensar que, ya que he recuperado a Bella, me olvidaré de la investigación del secuestro. Una de las exigencias de los secuestradores era la liberación de ciertos presos. Tres de ellos actuaban de relleno. En realidad, solo les interesaba uno: Aro.

Aquel nombre hizo vibrar una cuerda en la mente de Edward. Había oído a menudo aquel nombre durante sus años de servicio como agente secreto de la policía. Aro era un empresario. Un empresario de éxito que traficaba con drogas, con mujeres, con armas... Con cualquier cosa, desde sustancias prohibidas a explosivos, vendiendo sus mercancías siempre al mejor postor.

Pero, pensó Edward, su carrera imparable se había visto truncada cuando, tras tres años de exhaustiva investigación, había sido desenmascarado y enviado a la cárcel. Sin embargo, era de dominio público que, durante los dos años que llevaba en prisión. Aro había seguido manejando los hilos de su organización.

Así que ¿cree que Aro está detrás de todo esto?

- Fue Aro quien ordenó el secuestro de Bella -dijo Carlisle llanamente-. Ahora, solo tenemos que averiguar a quién se lo ordenó.

- ¿Y ya lo sabe? -preguntó Edward, más calmado. Por fin podía pensar con frialdad. Era consciente de que acusar del secuestro a alguien del entorno de la familia real causaría un gran revuelo. El escándalo solo podría sofocarse en parte si se presentaban pruebas contundentes. Y solo presentando pruebas concretas podría inculparse a Aro y detener sus maquinaciones políticas-. ¿Es que Aro puede mover los hilos del poder en Cordina incluso desde la cárcel?

- Eso piensa él. Pero creo que con esto... -Carlisle señalo el termo- será fácil demostrar la implicación de uno de los secuestradores. Con el otro, la cosa es más difícil -se miró las manos un momento, observando el anillo que solo él podía llevar. Una emoción incierta cruzó fugazmente su cara. Edward pensó que se trata de arrepentimiento-. Ya te he dicho que sé dónde ha pasado Bella la noche.

- Si. Conmigo.

La emoción volvió a adueñarse del rostro del príncipe, pero este consiguió controlarla rápidamente.

- Tu padre es un viejo amigo mío, y siento un profundo respeto por él. Pero me resulta difícil mantener la calma aun sabiendo que fue mi hija quien fue a buscarte. Sé que ya no es una niña. Sin embargo... -se calló un momento-. Háblame de tus sentimientos hacia Bella. Te lo pido como padre.

Todavía de pie, Edward miró desde su altura el semblante de Carlisle.

- Estoy enamorado de ella.

El príncipe experimentó la dulce amargura que siente un padre cuando su hija le entrega a otro su amor y su lealtad.

- Es hora de que te cuente lo que he averiguado. Y también de pedirte consejo -Carlisle le señaló una silla y aguardó a que tomara asiento. No quería hacerle más preguntas. Esta vez, Edward se sentó.

Hablaron con calma durante veinte minutos, pese a que ambos luchaban su propia batalla emocional. En cierto momento, Carlisle se levantó y, acercándose a un armario, sirvió dos copas de coñac. El plan que le expuso a Edward era sólido. Los sospechosos estaban siendo estrechamente vigilados. En cuanto Bella comenzara a recordar, se daría el siguiente paso. Si todo salía conforme a lo previsto, la princesa no correría ningún peligro.

Pero las cosas no siempre salían conforme a lo previsto.


omg Aro es el causante de todooo jejeje bueno kieren saber ke sigue?

spero los reviews jeje

bye