hooolaaa jeje

recuerdn de ke nada me pertenece

Capitulo 23

Bella irrumpió, furiosa, en su despacho, y se encontró a Jane ordenando unos archivos. La secretaria se dio la vuelta con los papeles aún en la mano y, al verla se apresuró a hacer una reverencia.

- Alteza, no esperaba que volviera hoy.

- Necesito trabajar -acercándose a la mesa, Bella empezó a revolver entre sus papeles-. ¿Tenemos las tarjetas del menú de la cena anterior al baile?

- El calígrafo ha mandado una para que le dé usted el visto bueno.

- Ah, sí, aquí está -Bella tomó la gruesa tarjeta color crema y observó la exquisita caligrafía. Cada uno de los siete platos del menú iba acompañado de un vino diferente. Ella misma había elegido los vinos. Y también el menú. Hasta el gourmet más exigente y quisquilloso habría aplaudido su elección, y no porque fuera impecable, sino porque era una auténtica obra de arte. Y ello hacía que le hirviera la sangre.

- No lo toleraré -tiró la tarjeta sobre la mesa y empezó a pasearse de un lado a otro del despacho.

- ¿No le gusta la tarjeta, Majestad?

- ¿Que si no me gusta? -soltando una carcajada, Bella hundió las manos en los bolsillos-. Es absolutamente perfecta. Llama al calígrafo y dile que siga adelante. Los cincuenta invitados a la cena del baile degustarán manjares que no podrán olvidar. Yo misma me he encargado de ello, ¿no es cierto? -se dio la vuelta, echando chispas por los ojos-. He preparado un banquete memorable para unos pocos elegidos.

No sabiendo qué responder, Jane se que quedó junto al archivo, con los papeles en la mano.

- Sí, Alteza.

- Sin embargo, mi padre me toma por una incapaz.

- Estoy segura de que ha malinterpretado sus palabras -empezó a decir Jane-. El príncipe Carlisle...

- Cree que puede decidir por mí -acabó Bella precipitadamente-. Cree que puede jugar conmigo y engañarme. Lo sé. Lo sé, aunque ignore cientos de cosas. Pero pronto lo sabré todo -Bella cerró os puños con fuerza-. Sí, muy pronto.

- Está usted enfadada, Alteza -Jane dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa para acabar de archivarlos más tarde-. Le pediré un café.

- Espera -Bella dio un paso adelante-. ¿Quién suele prepararme el café, Jane?

Desconcertada por su tono imperioso, Jane volvió a colgar el teléfono.

- Pues el personal de cocina, como es natural, Alteza. Llamaré abajo y...

De repente, Bella se dio cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba la cocina. ¿La habría sabido alguna vez?

- ¿También me preparan un termo cuando lo necesito? -el corazón empezó a latirle con excesiva rapidez-. Quiero decir cuando salgo de excursión, Jane.

La secretaria hizo un pequeño gesto de impotencia con las manos.

- A su Alteza le gusta el café muy fuerte. Normalmente, es su anciana niñera quien se lo prepara. La anciana rusa.

- Nanny... -murmuró Bella. No era eso lo que esperaba oír.

- Su Alteza dice a menudo que ese café podría sostenerse derecho sin necesidad de termo -Jane esbozó una débil sonrisa, como si el asunto no tuviera importancia-. Su anciana niñera lo prepara en su habitación y se niega tajantemente a darle la receta a la cocinera.

- Y me trae el termo antes de que me vaya.

- Normalmente, sí, Alteza. El príncipe Emmett también prefiere que sea ella, y no su ayuda de cámara, quien le cosa los botones de las camisas, si se le caen.

Bella logró contener a duras penas una náusea.

- Esa anciana forma parte de mi familia. Es de toda confianza.

- La verdad es que ella se considera mucho más que una sirvienta, Majestad. La princesa Esme a menudo prefería llevársela a ella en vez de a su doncella cuando salía de viaje.

- ¿Nanny estuvo con mi madre en París? ¿Estaba con ella cuando enfermó?

- Eso creo, Alteza. Su devoción hacia la princesa Esme no tenía límites.

¿Sería, tal vez, una devoción distorsionada? Se preguntó Bella. ¿Retorcida, de algún modo? ¿Cuánta gente había tenido ocasión de añadir un somnífero a aquel termo de café?

Bella procuró calmarse e hizo la siguiente pregunta.

- ¿Sabes si Nanny me trajo un termo de café el último día que fui a la pequeña granja? ¿El día que me secuestraron?

- Bueno... sí -Janet vaciló-. Se lo trajo aquí, al despacho. Usted estaba revisando unas cartas. Ella le trajo el café y le advirtió que se llevara una chaqueta. Usted se echó a reír y le prometió hacerlo. Estaba impaciente por irse de excursión, así que me dijo que revisaríamos el resto de la correspondencia a su regreso. Luego, recogió el termo y se fue.

- ¿No entró nadie más en el despacho? -preguntó Bella-. ¿No vino nadie desde que Nanny me trajo el termo hasta que me fui?

- No, alteza. Su coche la estaba esperando. Yo misma la acompañe hasta la puerta. Alteza... -Janet extendió una mano cautelosamente-, ¿cree que es aconsejable que se fuerce a recordar esos pequeños detalles?

- Puede que no -Bella le apretó fugazmente la mano antes de volverse hacia la ventana. Dios, cuánto necesitaba hablar, hablar con una mujer. Cuánto necesitaba confiar en alguien-. No te necesitaré más, Jane. Gracias.

- De nada, Majestad. ¿Quiere que le pida un café antes de irme?

- No -Bella estuvo a punto de echarse a reír-. Ahora no me apetece.

No podía quedarse allí dentro, entre aquellas cuatro paredes. Lo comprendió en cuanto Jane se fue. Salió del despacho, pensando únicamente en que quería sol y aire fresco. Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron a la terraza en la que había estado con Edward la primera noche. En la que la habían besado por primera vez. En la que por primera vez había puesto a prueba los sentimientos que dormían, inquietos, en su interior.

La terraza era distinta a pleno sol, pensó acercándose al muro de piedra y apoyándose en él. Distinta, pero no por ello menos encantadora. Desde allí se veían las montañas, que en realidad no eran más que apilamientos de roca que separaban Cordina del resto de Europa. Aquellos peñascos habían constituido una formidable barrera defensiva durante los siglos anteriores, cuando las potencias extranjeras pugnaban por apoderarse de aquel diminuto país a orillas del mar.

Luego estaba el propio mar, flanqueado por agrestes acantilados de roca. Aquí y allá, dispersos en lugares estratégicos por el malecón, había aún cañones defensivos que recordaban las incursiones de las veloces fragatas de los corsarios y otras amenazas procedentes del mar.

Muy cerca se hallaba la capital misma, serena en su antigüedad, satisfecha de su etiqueta de «pintoresca».

A Bella le encantaba todo aquello. No necesitaba conocer los hechos y los pormenores de la historia para sentirlo. Cordina era su hogar y su refugio. Era su pasado y su futuro. Cada día que vivía allí aumentaba su necesidad de extender los brazos y abrazar lo que era suyo. Y cada día crecía su resentimiento hacia el bloque mental que le impedía hacerlo.

- Alteza... -Loubet entró en la terraza cojeando levemente-. Espero no molestarla.

La molestaba, pero Bella era demasiado educada para decírselo. Sonrió, tendiéndole la mano. A pesar de todo, había descubierto que le gustaba mucho la joven y bella esposa de Loubet, a la que había conocido durante una cena. Y también le había parecido encantador que el estirado y pragmático ministro de Estado estuviera tan enamorado de ella.

- Tiene buen aspecto, Monsieur.

- Merci, Vôtre Altese -él tomó su mano y se la besó ritualmente-. Debo decir que está usted encantadora. Estar en casa es la mejor medicina, ¿oui?

- Estaba pensando... -volvió a mirar la vista sobre Cordina- que siento que este es mi hogar. Lo cual no siempre me pasa en palacio. Pero aquí fuera, sí ¿Ha venido a ver mi padre, Monsieur Loubet?

- Sí, tengo una cita con él dentro de un momento.

- Dígame, usted que lleva tantos años trabajando para mi padre, ¿se considera su amigo?

- Me gusta pensar que lo soy, Alteza.

Siempre tan conservador, pensó Bella con impaciencia. Siempre tan diplomático.

- Loubet, usted sabe que, si no sufriera amnesia, seguramente no tendría que hacerle esta pregunta. Y al fin y al cabo -le recordó enarcando lentamente una ceja-. Fue usted quien aconsejó que mi dolencia se mantuviera en secreto. Así que, dígame, ¿tiene amigos mi padre? ¿Se cuenta usted entre ellos?

Loubet vaciló y guardó silencio un momento. Era un hombre que siempre reunía y sopesaba meticulosamente sus pensamientos, y luego los traducía en palabras.

- Los grandes hombres son muy escasos, Alteza. Algunos de ellos son además buenos. El príncipe Carlisle se cuenta entre estos últimos. Los grandes hombres se ganan enemigos; los hombres buenos, amigos. Y su padre soporta la carga de hacer ambas cosas.

- Sí -dando un suspiro, ella se apoyó contra el muro-. Creo que entiendo lo que quiere decir.

- Yo no soy de Cordina -Loubet sonrió, mirando al igual que Bella la ciudad que se extendía allá abajo-. Por ley, el ministro de Estado ha de ser francés. Yo amo a mi país. Y puedo decirle con toda franqueza que no serviría al suyo de no ser por el afecto que siento hacia su padre.

- Ojalá yo estuviera tan segura de mis sentimientos -musitó ella.

- Su padre la quiere, Alteza -dijo él afectuosamente, tan afectuosamente que Bella tuvo que cerrar los ojos para contener las lágrimas-. No dude de que, para el príncipe Carlisle, su bienestar sea lo más importante.

- Hace usted que me sienta avergonzada.

- Alteza, yo...

- No, no diga nada. Me ha dado muchas cosas en qué pensar -incorporándose, Bella le estrechó de nuevo la mano-. Gracias, Loubet.

Él le hizo una reverencia, y Bella volvió a sonreír. Pero en cuanto se marchó se olvidó de él y, dándose la vuelta para contemplar la vista sobre la ciudad, pensó en su padre.

Ni Loubet ni ella repararon en el joven jardinero que arreglaba los tiestos de flores al otro lado de la terraza. Ni en la estirada doncella que limpiaba los cristales al otro lado de las puertas.

Bella pensó que su padre estaba ocultándole algo. Estaba segura de ello. Sin embargo, desconocía sus motivos. Quizá fueran buenos. Pero aun admitiendo esa posibilidad, el rencor que sentía hacia él no disminuía. Ignoraba qué era lo que su padre y los demás querían ocultarle, pero estaba decidida a averiguarlo.

Edward la encontró en la terraza después de buscarla en todos los sitios que se le ocurrieron. Al verla, tuvo que refrenar su alivio y su impaciencia. Carlisle le había dicho que Bella estaba siendo vigilada. Y, de pronto, Edward notó en las cercanías de la terraza la presencia de dos personas del servicio que parecían enfrascadas en sus tareas. Al parecer, el príncipe había sido lo bastante cauto como para reclutar a sus espías desde el principio de aquel asunto.

Tras hablar con él, Edward comprendía mejor por qué el príncipe Carlisle le había pedido ayuda a un extraño, a un extraño cuyos sentimientos hacia Cordina y hacia la familia real eran más o menos de segunda mano. O lo eran en otro tiempo, pensó Edward mirando a Bella. Ahora, más que nunca, necesitaba aferrarse a su objetividad. Y ahora, más que nunca, le resultaba imposible hallarla.

- Bella...

Ella se giró lentamente, como si supiera que Edward estaba allí. Tenía el pelo un poco despeinado por el viento, pero sus ojos parecían en calma.

- La primera vez que hablamos en este lugar, tenía muchísimas preguntas. Ahora, semanas después, apenas he conseguido responder a un puñado de ellas -miró los anillos de sus manos: emociones encontradas, lealtades en conflicto-. No vas a decirme de qué has hablado con mi padre después de que yo me marchara.

No era una pregunta, pero Edward sabía que debía responderle.

- tu padre piensa en ti antes que en nada, por si te sirve de algo saberlo.

- ¿Y tú?

- Yo estoy aquí por ti -se acercó a ella hasta que estuvieron igual que aquella primera noche, bajo la luz de la luna-. No hay ninguna otra razón.

- ¿Por mí? -ella lo miró fijamente, escrutando su rostro, intentando que su corazón no guiara a su cabeza-. ¿O por cumplir con una antigua amistad?

- ¿Qué es lo que quieres? -preguntó él, irritado, y la agarró de las manos con fuerza, sin pensar en que eran pequeñas y delicadas. En ese momento, solo pensaba en lo dura y abrasadora que podía ser su mirada-. Lo que siento por ti no tiene nada que ver con la amistad que une a nuestras familias. Si sigo aquí, es solo por ti.

Pero ¿en qué situación estaban?, se preguntaba ella. Edward parecía no querer aclarar ese punto. ¿Tan difícil le resultaba decir «te quiero»? Bella miró sus manos unidad. Quizá sí, pensó. No todos los cuentos de hadas tenían un final feliz. Edward no era un caballero andante que galopaba sobre su corcel para liberar a la princesa y llevársela consigo. Era un hombre. No era un caballero de ficción a quien ella le había entregado su corazón.

- Quiero que esto sea cabe -dijo, refiriéndose a todo lo que la angustiaba, desde el pasado en blanco hasta el incierto presente-. Quiero sentirme segura otra vez.

Al diablo con la objetividad y con los planes, pensó Edward, agarrándola por los hombros.

- Quiero llevarte a América una temporada.

Asombrada, ella puso una mano sobre su brazo.

- ¿A América?

-Puedes quedarte en mi granja hasta que pase todo este asunto.

«Hasta». Al oír aquella palabra, Bella recordó que algunas cosas habían de terminar. Así, sin más. Entones, dejó caer la mano.

- Todo este asunto empezó por mí. No puedo marcharme así como así.

- No hace falta que te quedes aquí -de pronto, a Edward le pareció que todo era muy fácil. Bella podía marcharse. Él la protegería. Carlisle solo tendría que alterar un poco sus planes.

- Sí, sí que hace falta. Aquí, en algún lugar, perdí mi vida. ¿Cómo voy a encontrarla a miles de kilómetros de distancia?

- Cuando estés lista para recordar, recordarás. No importa dónde estés.

- A mí me importa -se apartó de él y retrocedió, apoyándose contra el muro. De nuevo había adoptado una actitud orgullosa-. ¿Crees acaso que soy una cobarde? ¿Crees que soy capaz de dar media vuelta y de desentenderme de todo? ¿Acaso te ha pedido mi padre que me convenzas para que me marche y deje de hacer preguntas?

- No, y tú lo sabes.

- Yo no sé nada -replicó ella-. Nada, salvo que todos los hombres que me rodean parecen sentir la necesidad de protegerme aunque yo no quiera. Esta mañana, me dijiste que íbamos a trabajar juntos.

- Y hablaba en serio.

Ella lo miró con recelo.

- ¿Y ahora? ¿Sigues pensando lo mismo?

- Sí, sigo pensando lo mismo -pero no le contó lo que sabía. Ni lo que sentía.

- Entonces, quiero que empecemos cuanto antes -pero Bella no le dijo lo que había averiguado. Ni lo que deseaba.

Avanzaron el uno hacia el otro, extendiendo los brazos al mismo tiempo. Se abrazaron con fuerza, comprendiendo que entre ellos se interponían demasiadas cosas.

- Ojalá estuviéramos solos -murmuró ella-. Realmente solos, como el otro día, en el barco.

- Mañana saldremos a navegar.

Ella sacudió la cabeza y luego apretó la mejilla con fuerza contra la de él.

- No puedo. Hasta el día del baile, no tengo tiempo para nada. Demasiadas obligaciones, Edward.

Para los dos, pensó él.

- Después del baile, entonces.

- Después de baile -ella cerró los ojos un instante-. ¿Me prometes una cosa? ¿Una cosa absurda?

Él la besó en las sienes.

- Depende de lo absurda que sea.

- Tú siempre tan práctico -Bella echó la cabeza hacia atrás y sonrió-. Cuando recupere la memoria y todo esto acabe, ¿pasarás conmigo un día entero en el mar?

- Eso no me parece tan absurdo.

- Eso dices ahora -ella unió las manos alrededor de su cuello-. Pero prométemelo.

- Te lo prometo.

Dando un suspiro, Bella se apoyó flojamente contra él.

- Haré que cumplas tu palabra -le advirtió.

Y, cuando sus bocas se encontraron, ninguno de los dos quiso pensar en lo que ocurriría después de aquel último día en el mar.


espero sus RR