Capitulo 27

Esplendor. Glamour. Fantasía. Todo eso era un baile de gala en un palacio centenario. Elegancia, suntuosidad, sofisticación era lo que se esperaba cuando se juntaban los ricos, los famosos, los de sangre azul.

La luz temblaba n los candelabros de las cinco lámparas Baccarat. Algunos de los colores que había en el salón ni siquiera tenían nombre. Doscientos cincuenta metros cuadrados de suelo reluciente, de color de la miel añeja. Plata, cristal, hilo blanco y enormes cantidades de flores. Pero incluso estas palidecían comparadas con la opulencia de las sedas, con el esplendor de las joyas.

Bella saludaba a los invitados e intentaba olvidar que estaba cansada. Había trabajado doce horas seguidas para asegurarse de que todo salía a la perfección. Y lo había logrado. Esa satisfacción aplacaba sus nervios. Cenicienta había tenido su baile, pensó. Pero Cenicienta no había tenido que tratar con el florista.

En aquel salón había ropas espléndidas y olores suntuosos, pero para ella había sobre todo un mar de caras y una lista de nombre demasiado larga para recordarla.

Su padre estaba a su lado, ataviado con su uniforme de gala. Bella pensó que parecía un dios: bello, poderoso y remoto.

La gente hacía reverencias al pasar frente a ella. Los hombres le besaban la mano. Por suerte, solo tenía que cruzar unas pocas palabras con aquellas personas, antes de que pasaran a saludar a Edward y a sus hermanos.

Se había ocupado de todos los detalles. Y había salido airosa del intento. También saldría airosa de aquella situación. Sonrió a un hombre con una chaqueta de seda negra y el pelo blanco, reconociéndolo como uno de los grandes actores del siglo, un hombre al que la reina de Inglaterra había nombrado caballero. Él la tomó de la mano, pero le dio un beso en la mejilla. A Bella le habían dicho que, de niña, aquel hombre la había balanceado en sus rodillas.

Estaba aterrorizada, pensó Edward. Y era tan hermosa... Él no podía hacer nada, más que permanecer a su lado. Protegerla, apoyarla... por más que se enojar. ¿Le habría dicho alguien que ya había hecho un pequeño milagro?, se preguntó. Había recuperado sus fuerzas, se había aferrado a la esperanza y se había entregado a sus obligaciones. Princesa o no, era una mujer increíble. Y, de momento, era suya.

Esa noche, parecía realmente la princesa de un cuento de hadas. Como la que él recordaba de años atrás. Llevaba en el pelo diamantes que relucían como el fuego. Y también los llevaba en las orejas, en unos pendientes discretos y elegantes, y en la garganta, en tres hileras colgantes. Y en la mano, se recordó Edward. Como un símbolo.

Pero, a pesar de que el resplandor del fuego parecía agitarse a su alrededor. Bella había elegido el color del hielo para su vestido. ¿Lo habría hecho siguiendo los dictados de la moda?, se preguntó Edward, ¿o para representar su propia naturaleza?

Un blanco cegador, frío, intocable, la envolvía. Metros y metros de rica, de suave seda blanca flotaban sobre su cuerpo hasta casi rozar el suelo. ¿Distante, regia? Sí. Pero el fuego crepitaba a su alrededor.

Cuando un hombre poseía a una mujer así, ¿podría volver a mirar a otra?

- ¿La has visto? -masculló Emmett en voz tan baja que solo Edward pudo oírlo.

- ¿A quién?

-A Alice Brandon -Emmett lanzó un suave silbido de admiración-. Es sencillamente fantástica.

A su lado, Jasper escudriñó la multitud hasta encontrarla, pero no hizo ningún gesto de admiración. Alice llevaba un vestido rojo oscuro, elegantemente cortado, incluso conservador.

- Es una cría -masculló. Y, para ser una niña, la encontraba demasiado precoz y demasiado inteligente.

- Necesitas gafas -le dijo Emmett y luego sonrió y besó la mano de una señora anciana-. O vitaminas.

La fila de invitados parecía interminable. Bella aguantaba recordándose lo que significaba aquel baile para la fundación que dirigía. Pero cuando la última corbata negra y el último vestido de lentejuelas pasaron ante sus ojos, estuvo a punto de suspirar de alivio.

Aún no se había acabado, pero, habiendo música, podría encontrar algún respiro.

Los músicos de la orquesta conocían bien su oficio. Solo tuvo que hacerles un gesto con la cabeza para que empezaran a tocar el primer vals. Le tendió la mano a Edward. Esa había de ser la primera y la última vez que abriera el baile con él. Se dejó llevar por la música y por los brazos de Edward. Tarde o temprano darían las campanadas de medianoche y el sueño se acabaría para siempre.

- Estás preciosa.

Giraban juntos bajo las luces.

- Mi modista es un genio.

Él hizo algo que ambos sabían que no debía hacer. La besó.

- No es eso lo que quiero decir.

Bella sonrió y se olvidó de que estaba agotada.

El príncipe Carlisle sacó a bailar a la hija de un rey exiliado. Jasper eligió a una prima lejana de Inglaterra. Emmett condujo a Alice Brandon a la pista. Y así empezó el baile.

Fue mágico, como cabía esperar. Caviar. Vino francés, violines. Magnates del petróleo codeándose con lores. Damas intercambiando cotilleos con estrellas de cine. Bella sabía que entre sus responsabilidades figuraba la se estar disponible para bailar y entretener a los invitados; pero fue un alivio descubrir que, además, le gustaba hacerlo.

Mientras bailaba con el doctor Franco, alzó la mirada hacia su cara y se echó a reír.

- Está intentando tomarme el pulso.

- Tonterías -dijo él, a pesar de que era cierto-. No hace falta ser médico para darse cuenta de que estás perfectamente.

- Creo que muy pronto estaré del todo bien.

Los dedos del doctor se crisparon levemente.

- ¿Has notado alguna mejoría?

- No estamos en hora de consulta, doctor -le dijo ella con una sonrisa-. Y, además, no puedo decirle nada concreto. Solo es una impresión que tengo.

- Entonces, la espera habrá valido la pena.

La sonrisa de Bella se desvaneció un poco.

- Eso espero.

- Bella parece relajada -comentó Christina, apoyando ligeramente la mano sobre el hombro de Edward mientras bailaban.

- Tu presencia le es de gran ayuda.

Ella lo miró fijamente. Aunque ya habían mantenido una charla en privado, Edward no había acabado de ablandarla.

-Más la habría ayudado si me hubieran dejado venir antes.

A Edward le agradaba aquella mujer, quizá porque no tenía pelos en la lengua.

- ¿Sigues pensando que deberían domarme como a un caballo?

- Me lo estoy pensando.

- Yo solo quiero lo mejor para Bella.

Christina lo observó un momento.

- Eres un necio si aún no te has dado cuenta de qué es lo mejor para ella.

Bella se abrió paso con habilidad entre las parejas y los grupos de invitados. Jane Smithers permanecía discretamente de pie en un rincón, con su primera y única copa de vino en la mano.

- Jane -Bella le hizo un gesto con la mano, desdeñando su reverencia-, temía que al final hubieras decidido no venir.

- He llegado tarde, Majestad. Quería acabar un trabajo.

- Esta noche, nada de trabajo -Bella la tomó de la mano y empezó a buscar a su alrededor a alguien con quien pudiera emparejarla para el baile-. Estás encantadora -añadió. El vestido de Jane era al mismo tiempo feo y soso, pero le otorgaba cierta dignidad.

- Alteza -Loubet apareció a su lado e hizo una reverencia-. Señorita Smithers.

- Monsieur -Bella sonrió, pensando que Loubet era justo lo que necesitaba.

- el baile está siendo un éxito, como siempre.

- Gracias. Sí, está saliendo bastante bien. Su mujer está preciosa.

- Sí -dijo el ministro, esbozando una sonrisa de placer y de orgullo-. Pero me ha abandonado. Esperaba que Su Alteza se compadeciera de mí y me dedicara un baile.

- Por supuesto -Bella se acabó el vino y luego vio, aliviada, que Jasper estaba allí mismo. Pero le había prometido este baile a mi hermano -añadió, tirando de la manga de Jasper y lanzándole una mirada de complicidad antes de volverse hacia su secretaria-. Estoy segura de que la señorita Smithers estará encantada de bailar con usted, Monsieur Loubet. ¿No es así, Jane?

Había conseguido emparejarlos a todos satisfactoriamente. Satisfecha por haberle ofrecido a su secretaria una oportunidad para salir a la pista de baile, Bella aceptó la mano de Jasper.

- Eso no ha sido muy sutil -dijo su hermano.

- No, pero ha funcionado. No me apetecía ver a Jane en un rincón toda la noche. Ahora, por fuerza otro hombre tendrá que sacarla a bailar.

Él alzó una ceja.

- ¿Te refieres a mí?

- si es necesario... -ella le sonrió-. Ya sabes que el deber es lo primero.

Jasper lanzó una mirada por encima del hombro de Bella. La leve cojera de Loubet se notaba menos cuando bailaba.

- No parece muy entusiasmada por bailar con Loubet. Puede que tenga buen gusto, después de todo.

- Jasper... -Bella se echó a reír-. Me parece que no te he dicho lo guapo que estás. Emmett y tú... ¿Dónde está Emmett, por cierto?

- Está monopolizando a esa chiquilla americana.

- ¿A qué chiquilla...? Ah, te refieres a Alice -ella alzó una ceja, percibiendo el tono de reproche de su hermano-. No es tan chiquilla. En realidad, creo que tiene la misma edad que Emmett.

- No debería coquetear con ella tan descaradamente.

-Por lo que he visto, no es solo él quien coquetea.

Jasper se encogió de hombros con cierto desasosiego.

- Su hermana debería atarla -corto.

- Pero Jasper... -Bella hizo girar los ojos.

- Está bien, está bien -pero recorrió el salón con la mirada hasta que encontró a la esbelta morena del vestido rojo. Y entonces se quedó mirándola.