Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
2.
Me levanté con cuidado de no despertarle, recogí mi ropa y fui al baño a arreglarme. Miré el reloj. Joder, qué tarde era. Me acerqué a su cama y besé su frente dejando un rastro de carmín en su cara. Sonreí y le acaricié el pelo con cuidado de no despertarle. Y salí de la casa con los zapatos aún en la mano. Buena manera de empezar mi día.
Llevaba tres años trabajando para el señor Herveaux, llevando su contabilidad. Sí, ya, no muy glamouroso que se dijese mi trabajo, contable. Pero pagaba bien y tenía muchos gastos. Mi vida era monótona y aburrida. Ahora es cuando piensas que qué esperaba con ese trabajo. Pues no esperaba mucho, pero, desde luego, nada que ver con esto. Eso sí, pasados los treinta, con obligaciones, hipoteca y personas que dependían de mí, agradecida estaba de poder tener esta vida aburrida tal y como estaba el patio. Esperaba que cuando terminara el día siguiese teniendo trabajo. Esa mañana tenía que ver al hijo del señor Herveaux para contarle que su padre estaba sacando demasiado dinero de las cuentas destinadas al pago de los proveedores. Mi opinión personal era que mi jefe tenía alguna adicción porque no me quería creer que un señor tan correcto como él se había liado con una pelandusca que lo estuviese desplumando. Cuando me recibió me sentí incómoda, Alcide, como insistía en que le llamáramos era mucho más atractivo que su padre, que ya era decir. Moreno, altísimo, con un cuerpo que se adivinaba perfectamente definido debajo de su camisa y unos vaqueros que se apretaban a un culo esculpido a golpe de esfuerzo en el gimnasio. Ni que decir tenía, que siempre conseguía que nos volviésemos a su paso, había que contemplar semejante monumento... Alcide me hizo sentar, después de mirar mi traje y apreciarlo en la medida de su valía, y me hizo las preguntas que siempre me hacía para que le pusiese al día del estado de las cuentas. Cuando le dije lo de su padre, se quedó helado. Me pareció que ya sabía de lo que le hablaba, prometió hacerse cargo de todo y apeló a mi discreción.
El día se me hizo eterno, problemas con las cuentas, problemas informáticos, problemas con una secretaria que no tenía ni idea de porqué había sido contratada porque para ser tan tonta, no era tan guapa... ¿Lo bueno? Que era viernes y ese día era sagrado. Era mi día, nada de volver a casa después del trabajo, nada de preparar la cena y después de recogerlo todo, sentarme delante de la tele o con un libro sólo para caer redonda en tres minutos escasos. El viernes siempre íbamos después del trabajo a cenar algo y a tomar unas copas, era nuestra noche de chicas.
Tara, Amelia y Lafayette ya estaban esperándome en Merlotte's para comer algo. Era nuestro punto de encuentro en la ciudad, un restaurante familiar y coqueto, en el centro, donde ponían una comida para morirse y cuyo dueño tonteaba conmigo siempre cada viernes. Y yo le dejaba. Una hamburguesa y tres cervezas después iba a despedirme de Sam cuando me dí contra una columna. Iba a decir que me la llevé por delante, pero no se movió ni un centímetro. La columna llevaba una cerveza que acabó sobre mi pecho, tiré de mi camiseta para mojarme menos, cuando me quise dar cuenta, unas manos enormes y perfectas se apresuraban a empapar y a tocar de paso mis pechos. No que yo me quejara, sobre todo cuando levanté los ojos y vi al dueño de esas manos. Mi vida carecía lo suficientemente de brillo y alegría que si un hombre increíblemente guapo me tocaba las tetas, no le iba a decir que parara, me cogió de la mano y me llevó a los lavabos, se quitó la camisa y me la pasó para que se la sujetara, debajo llevaba una camiseta. Se la quitó también y me la dio para que me cambiara la mía mojada. Al principio no reaccioné, me había quedado mirando como hipnotizada su pecho cincelado y con un poco de vello rubio entre sus pectorales. Cuando me dijo que le mirase a la cara y no al pecho me reí de buena gana, encima era gracioso. En tiempo récord me desvestí y me puse su camiseta que olía a gloria, a colonia cara y a algo que debía ser él. Salí y me estaba esperando. Así empezó todo. No sé cómo fui capaz de hacerlo pero acabé en la cama con él. Y si sólo hubiese sido ese día, sería algo que podría olvidar, pero quedábamos dos días en semana, el martes y el viernes. El martes a la hora de la comida y el viernes después de trabajar. Siempre con la intención de tomarnos algo y hablar, pero, pasábamos directamente al dormitorio. Mi vida sexual hasta ese día había sido tan aburrida que él fue como pasar de la era analógica a la digital. Era otro nivel al que yo no estaba habituada pero al que me moría por acostumbrarme. Sacó a la mujer sexy que llevaba dentro y cuando estábamos juntos, era increíble lo que era capaz de hacer con todo mi cuerpo, cosas que jamás se me habrían ocurrido hacer y que de haberlas hecho, me habrían mirado mal. Pero él no, él me dejaba hacer, me alentaba y me animaba a experimentar con mi cuerpo y con el suyo. Cada vez que salía de su casa me preguntaba lo mismo, ¿se puede morir de placer? Seguro que sí si era él quien lo proporcionaba.
Nuestra relación estaba bien, dos días en semana quedábamos para devorarnos y luego volvíamos a esa vida de la que el otro no sabía nada. ¿Para qué? ¿Qué sentido tendría? El no quería más y yo ni quería ni podía darle más, con lo que el trato era perfecto. Alguna vez me había pedido que me quedara a dormir esa noche pero los dos sabíamos que esa no era una opción, no era la relación que teníamos. Hablábamos de cosas que no nos comprometían, cine, música, literatura, arte, cocina. Temas cómodos que no decían nada de nosotros, sólo de lo que compartíamos, que era mucho, y no me estaba refiriendo a nuestros cuerpos.
Todo era perfecto, ¿por qué estropearlo?
La semana nunca avanzaba lo suficientemente rápido. Alcide me tenía haciendo horas extra para arreglar lo de su padre. Para el resto de la oficina, el señor Herveaux estaba teniendo problemas de salud y por eso, Alcide se había hecho cargo de la empresa, probablemente con carácter definitivo. Yo sabía que el señor Herveaux era ludópata y se había estado jugando los beneficios y lo destinado a pagos. Todas las tardes llegaba tarde a casa. Eso sí, la comida de martes y la cena y las copas del viernes, eran sagradas, porque a esas alturas yo ya no podía funcionar sin las caricias de Eric. Con él era distinta, era la mujer que fui cuando la vida aún no se me había echado encima, era divertida, despreocupada, que no supiéramos nada de nuestras vidas lo hacía mucho más excitante y nos nuestras aficiones nos hacían parecer inteligentes y tener un brillo que, en mi caso, ni de lejos poseía. Pero ese viernes le miré mientras recorría mi cuerpo con su bendita boca, su lengua trazando la topografía de mis pechos. Su mirada era de concentración y una pequeña sonrisa se curvaba en sus labios. Le paré y cogí su cabeza entre mis manos, tenía la urgencia de besarle. Nunca nadie me había mirado con esa atención ni mi cuerpo había sido adorado con tanto fervor. No había sido adorado. Punto. Se veía que siempre me había acostado con paganos y a cual más inútil. Cuando se recuperó de la sorpresa, sonrió contra mi boca y su lengua trazó la distancia entre mis labios de arriba y los de abajo. Verle entre mis piernas fue una revelación. Su lengua y sus manos obraban maravillas y yo sólo podía pensar que la vida era injusta porque era el hombre de mi otra yo, de esta que no existía en realidad nada más que unas horas, dos días en semana, y era el que yo querría en mi vida. Fue el primer día que esperé a que se durmiera para escabullirme. Y ya se había convertido en una costumbre. No podía soportar que me mirara mientras volvía a mi vida, me mataba la pregunta que escondían sus ojos siempre que me miraban levantarme de su cama, ¿por qué no te quedas?. Me moría un poco cada vez que la puerta se cerraba tras de mí y me lo dejaba al otro lado. Mi vida al otro lado del espejo.
Llegar al viernes se había convertido en lo peor y lo mejor de la semana. La lluvia me estaba desesperando, mi cita con Eric era a la única a la que no podía llegar tarde. Conseguí llegar a tiempo a su puerta y cuando me abrió, su sonrisa hizo que me olvidara del resto del mundo. Me ofreció una cerveza y nos sentamos a hablar un poco, como siempre, intentando mantener la sensación de normalidad, como si fuese normal que quedáramos para follarnos así. No lo aguanté más, me senté sobre él y ataqué su boca. Cuando me detuvo el miedo se apoderó de mí, ¿ya no me deseaba? Pero su sonrisa me devolvió la confianza y mi corazón volvió a latir. Me excitó la idea de que su juego implicase confianza, ¿qué tendría en mente? Esperaba que no fuese a dejar marca... Cuando empezó a dar órdenes con su voz ronca y aterciopelada, cuando me llamó amante, mi estómago dio un vuelco; cuando me tapó los ojos con su pañuelo, el simple roce de sus dedos era una agonía. Sus manos frías, su lengua devorando todo lo que quería mientras me apoyaba en un mueble de no sabía qué habitación. Que me hubiese privado de verle y que estuviese a su merced me tenía excitadísima. Quería que tomara posesión de mi cuerpo que, después de esa demostración, quedaba claro que era más suyo que mío. Cuando pasó el cubito de hielo entre mis piernas pensé que se derretiría en dos segundos de lo ardiendo que estaba. Acabé suplicando, le quería dentro de mi ya, no podía aguantar más, siguiendo su juego y hablando como él quería que hablara. Pero lo conseguí, comenzó a embestir desde atrás, entrando y saliendo de mí con fuerza, frotando desde dentro y desde fuera para conseguir que gritara su nombre. Dios, cómo deseaba a este hombre. Nunca habíamos hecho algo así, nunca nos habíamos corrido así. Cayó sobre mí y a mí me temblaron las piernas pero no quería flaquear al final del juego, me mantuve firme y en posición mientras volvía a entrar en la habitación. Cuando me ordenó que me quitara el pañuelo, me volví par verle. Su cara llena de deseo lo decía todo y que se lamiera los dedos que había tenido dentro de mí segundos antes, resultaba aún más elocuente. No podía dejar de mirarle pero me obligué y eché un vistazo alrededor. Me sorprendió que estuviésemos en el dormitorio, en ningún momento habíamos llegado a la cama. A mi lado, había dejado mi ropa. Su voz me golpeó con la fuerza de un mazo.
_ Hoy quería estar despierto cuando te fueras.
Se dio media vuelta y salió de la habitación dejándome para que me vistiera. Las lágrimas se agolparon en mis ojos pero no permití que salieran. Me vestí rápidamente y fui al baño a retocarme un poco el maquillaje y el pelo. No más tiempo del estrictamente imprescindible. Fui a la entrada y cogí mi abrigo y mi bolso y abrí la puerta. Su mano me lo impidió.
_ ¿Te vas sin despedirte? Ahora no estoy dormido – ¿su expresión era herida? No podía ser.
_ Eric, ¿quieres que te moleste para decirte que me voy? – intenté razonar para esconder mi corazón roto-. Esto es lo que es, si fueses mi novio, lo entendería, pero nosotros estamos por encima de eso...
_ ¿De qué? ¿Que nos follemos implica que no podamos ser educados?
_ No, pero quise ser considerada y no despertarte. Pensé que no te molestaría. Me equivoqué – me encogí de hombros-. Ahora si no te importa, tengo que irme – volvió a cogerme del brazo y me paró.
_ No, así no – susurró y me atrajo hasta él. Sus labios eran suaves y dulces, su boca aún sabía a mí.
_ Tengo que irme, Eric – murmuré contra su boca.
_ Quédate – volvió a pedir.
_ No puedo hacerlo, mañana tengo que hacer.
_ Prometo poner el despertador – sonrió con dulzura.
_ Hoy no, intentaré hacerlo otro viernes.
_ Sí, claro – murmuró por lo bajo, enfurruñado como un niño y eso si me hizo sonreír.
_ Lo haré, de verdad – volví a besarle y abrí la puerta y salí antes de que su boca acabara de convencerme y pensando cómo y cuándo lo haría.
Corrí como nunca hasta donde mis amigos me esperaban. Se habían convertido en los mejores celestinos que hubiese podido imaginar. Todos los viernes esperaban pacientemente a que volviese de la casa de Eric y no decían nada, sabía que me veían brillar y que para ellos era suficiente. Lafayette me miró y vio que algo no iba bien pero no dijo nada. Subimos al coche y pusimos rumbo a Bon Temps, aún quedaban cuarenta minutos de camino hasta darnos de bruces con nuestras realidades. Primero dejó a Tara y después a Amelia. Una vez solos, se volvió para mirarme.
_ Será mejor que pases por mi casa antes y te asees un poco.
_ Vale... – acepté mecánicamente.
Hice lo que me había sugerido y cuando salí me abrazó.
_ Sé que no eras feliz, pero ahora el Señor Enorme y Follable tampoco te da la felicidad.
_ No es eso, Laf – protesté.
_ ¿Entonces, qué?
_ Que tengo que volver a la realidad.
Me acompañó en silencio en el trayecto de vuelta a mi triste día a día. La casa estaba a oscuras y silenciosa. Me moví sin echar la luz por ella, con los zapatos en la mano. Entré para poner poner bien la colcha sobre su cuerpo. Sus pelo se alborotaba sobre la almohada. Besé su frente y un pequeño suspiro salió de sus labios. Acaricié su cabeza y volví a darle un beso. Salí con cuidado, entré al lavabo y me desmaquillé. Me dí una ducha rápida para quitar las posibles huellas que Eric hubiese dejado en mi exterior. Evidencias de mi noche de pasión con un desconocido al que deseaba como nunca creí que fuese posible. Cogí un pijama del cajón y me lo puse. Me deslicé en la cama con cuidado para no despertarle, durante unos instantes me quedé mirando al techo, hasta que me giré y le di la espalda. Su brazo me rodeó.
_ ¿Qué hora es? ¿Qué tal tu noche de chicas? – murmuró con voz adormilada depositando un pequeño beso en mi hombro, justo donde una hora antes lo había hecho Eric.
_ Bien, bien – balbucí-. Y por aquí, ¿todo bien?
_ Muy bien, Jessica se ha comido toda la cena sin protestar y se ha ido pronto a dormir. Yo he estado trabajando un rato en la base de datos que me han encargado y que me tiene amargado. Así, el fin de semana será sólo para vosotras.
Me giré para enfrentarme a la cara de mi marido, que había vuelto a cerrar los ojos y ya no me miraba.
_ Gracias Bill – musité en un suspiro.
Las lágrimas que pujaban por salir desde la casa de Eric, por fin, lo consiguieron. Y los suaves ronquidos de Bill fueron lo único que tuve para consolarme.
Eso, y el recuerdo de mi amante.
Voy a ir actualizando, siempre que pueda y las musas, o más bien el muso, colaboren, lo lunes y viernes.
La vida de otra, el miércoles.
Feliz fin de semana.
