Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
4.
Me había pasado el fin de semana pensando en Eric. Jessica, con la energía que tienen los niños, me tenía loca y agotada. Quería disfrutar de su madre a la que veía poco durante la semana, si yo lo entendía, pero no tenía fuerzas para seguir su ritmo. La última noche con Eric me había dejado agotada física y mentalmente. Bill, por su lado, intentaba mimetizarse con el paisaje. No entendía cómo había sido capaz de aguantar tantos años con alguien con quien, si bien compartía cosas, no tenía nada en común. El sábado, cuando por fin pude irme a la cama después de pasar el día haciendo la compra, arreglando un poco la casa, que menudo desastre, preparando la comida y llevando a Jess al cumpleaños de Violet, su inseparable amiga desde la guardería, cuando por fin llegué a casa y me pude relajar, Bill me estaba esperando. ¿Cómo negarle sus tres minutos de pasión cuando yo estaba engañándole con un dios nórdico?
_ ¿Estás cansada? – empezó a decir Bill mientras pasaba torpemente la mano por mi espalda.
_ Sí – murmuré a ver si se daba por aludido pero se pegó más a mí.
_ Déjame relajarte...
La idea de Bill para relajarme no incluía juguetear con mis pechos ni acariciar mi sexo, cuanto menos comérselo, buscar dentro de mí el punto correcto que me hacía gritar y mejor que no lo encontrara, que era capaz de gritar el nombre de su descubridor. Tampoco ponerme a cien a base de lamer, besar y acariciar las partes de mi cuerpo que más me gustaba que me tocaran y de las que él aún tenía muy poco conocimiento nueve años después. Ni hablarme al oído, diciéndome palabras obscenas y lascivas, describiendo con todo lujo de detalles lo que iba a proceder a hacerme. Su voz, nasal y con marcado acento del sur, que nunca me había parecido mal, ahora me desagradaba porque no era ronca e imperativa, y con un ligero acento extranjero, como la de mi amante. Me giré para dejarle hacer, cuanto antes acabara, antes podría dormirme. Se puso sobre mí besándome y con poca preparación entró en mí. Compararle con Eric era inevitable, no sólo porque su técnica era infinitamente mejor y si no me preparara antes de entrar, me podría causar un desgarro, bueno, menos mal que con lo poco que me calentaba mi marido, con él nunca correría el riesgo de tener ese problema. No era que estuviese muy dotado...
Ahora todo lo veía mal, lo sabía, estaba cansada y aburrida de mi marido, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que nos gustaba hacer el amor, en el que yo pensaba que eso era pasión y un orgasmo. Qué ingenua. Habíamos pasado nuestras crisis, varias, de hecho, todas a causa de sus mentiras, pero antes había algo que ya se nos había agotado, amor.
Cerré los ojos y me trasladé a otra cama, en la ciudad. Paré a mi marido y aproveché su confusión para girarme en la cama y colocarme encima. Volví a colocarle dentro de mí sin mirarle y comencé a mover las caderas con una cadencia ensayada y perfeccionada los martes y viernes de los últimos tres meses. Me agarré los pechos e imaginé que eran las manos grandes y fuertes de Eric las que lo hacían y un escalofrío me recorrió la espalda. Mis movimientos comenzaron a ser más rápidos mientras una de mis manos abandonaba mi pecho para acariciar mi clítoris. Oí como en un sueño a Bill gritar al llegar al orgasmo pero le ignoré y seguí moviéndome frenéticamente contra él hasta que alcancé el mío. Un nombre se vino a mis labios, el nombre del hombre que aparecía en mi retina, tras mis ojos cerrados, pero me lo tragué mientras mi pelvis seguía describiendo movimientos cada vez más lentos que prolongaban mi placer.
_ Guau... – la voz de Bill me devolvió a mi cama, en mi casa con mi esposo-. ¿Cuándo fue la última vez que lo hicimos así? – abrí los ojos para mirarle y me tragué la respuesta que se me había venido a los labios: nunca.
_ Voy al baño – dije levantándome en cuanto hizo amago de abrazarme-, ¿quieres que te traiga una toalla humedecida?
_ Sí, por favor – murmuró un poco confundido.
Entré en el baño y cerré tras de mí. Abrí el grifo para que ahogara mi llanto y lloré desconsoladamente por lo atrapada que me veía en mi vida. No podía seguir así, debía hacer algo con mi vida, ser valiente y dejar a Bill, empezar una nueva vida en la ciudad, lejos de Bon Temps y de sus cotilleos. Para todos mis vecinos, mi marido era un gran hombre, hogareño y amante de su familia. Acertaban en algunas cosas, pese a que me engañara, cosa que yo ya le perdoné, no era un mal hombre, era hogareño porque no le quedaba más remedio, trabajaba en casa, era informático y cuando tuvimos la penúltima crisis, decidió hacer su trabajo desde aquí, con lo que estaría más cerca de Jess y de mí, ¿eso quería decir que era amante de su familia? Probablemente, pero que le tuviésemos siempre cerca físicamente, no quería decir que pudiésemos contar con él.
Me recuperé y salí al cabo de unos minutos con una toalla para Bill. Se limpió y luego me abrazó por la espalda.
_ Hacía mucho que no teníamos un momento de pasión como este, cariño – murmuró a mi oído y besó mi nuca-. Menudo movimiento de caderas – se rió complacido.
_ Ajá – musité con tono apagado a ver si me dejaba dormir.
_ Estás agotada, ¿verdad, cielo?
_ Ha sido un día muy duro después de una semana agotadora, Bill...
_ Lo sé, cielo, duérmete.
No me lo tuvo que decir dos veces. Lo que no sé es cómo mi mala conciencia me permitió dormir esa noche. El domingo fue otro día de pesadilla, teniendo que comer con la familia y amigos, fingiendo una unidad y un amor que estaba muy lejos de sentir. Me aparté todo lo que pude de todos, manteniéndome lejos de Bill, sólo con Jessica yendo y viniendo, como la niña inquieta que era, todo el rato a mi lado. Miré a mi hermano y vi que me observaba, lo que no esperaba era reconocer en él mi propia zozobra. Se acercó y se sentó conmigo. Él también huía de su mujer.
_ Sook – me saludó con una pequeña sonrisa.
_ Jase, siéntate – despejé la silla de Jess en la que había dejado sus cosas.
_ ¿Te diviertes?
_ Oh, mucho – mi tono sarcástico no dejaba mucho lugar a dudas-. Y veo que tú también – afirmé con una sonrisa comprensiva.
_ Bueno, Crystal y yo no estamos en nuestro mejor momento. Tú y Bill tampoco, parece.
_ ¿Qué se hace cuando se termina el amor pero se tiene una vida en común?
_ Voy a dejar a Crystal – soltó de golpe y admiré su valentía, pero él no tenía una hija preciosa que adoraba a su padre.
_ ¿Puedo preguntar...?
_ No queremos lo mismo – suspiró-. Hace mucho que no queremos lo mismo y cree que quedándose embarazada lo va a arreglar todo.
_ Los niños son estupendos pero sólo complican las cosas... – murmuré con un hilo de voz.
_ ¿Jess es lo que aún te ata a Bill?
_ Sí... Me siento una mala madre porque fantaseo con dejarle, con coger a mi hija e irme, cuando ella le quiere.
_ No eres una mala madre. Lo que pasa es que también eres una mujer, por raro que suene que sea tu hermano el que te lo haga notar – pasó el brazo por mi hombro y me atrajo a él. Era reconfortante saber que al menos, alguien me entendía, y que ese alguien era muy importante para mí.
El teléfono sonó en ese momento de amor y compresión fraternal. Lo miré y me extrañó ver el nombre de Alcide en el indicador de llamada. ¿Mi jefe llamando en domingo? ¿Qué pasaría? Bueno, no era nada, sólo quería saber dónde había puesto unos albaranes, pero me dio la coartada para irme de la celebración familiar. Les expliqué que tenía que ir a la oficina un rato porque mi jefe había llamado preguntando por unos documentos que necesitaba y no encontraba. Todo el mundo protestó, ¿cómo se atrevía a llamar en domingo? Si él no tenía vida, sus empleados sí. Me encogí de hombros y les dije que era un buen trabajo, que me gustaba trabajar allí y que si me llamaba en domingo, no pasaba nada, iría. Lo que ellos no sabían es que Alcide, en ningún momento, me había pedido que fuera. Me despedí de Bill y abracé y besé a mi hija. Jason me miró con una sonrisa intuyendo la verdad y me tendió mi bolso con un guiño. En poco más de media hora estaba en Shreveport. En realidad, no sabía donde ir, conduje sin rumbo fijo hasta que llegué a un portal que hacía que se me alterara el pulso. Aparqué y cogí aire. El ascensor me dejó en el ático y llamé a la puerta. Por un segundo sentí pánico, ¿y si no estaba solo? ¿Y si no quería verme? El viernes habíamos discutido, nuestra primera pelea o algo así, y me había ido sin realmente arreglar la situación. ¿Y si le estaba empezando a suponer un problema? Estaba paralizada delante de la puerta. Me armé de valor y llamé otra vez pero nadie abrió. No estaba. Claro, qué tonta, él tenía una vida de la que yo no sabía. Estaría con su familia, sus amigos, una novia... Se me encogió el corazón de sólo pesarlo.
Al final, acabé en la oficina. Cuando Alcide me vio entrar se sorprendió pero se alegró. Trabajamos toda la tarde y me prometió un día libre por haber sido tan amable de ir a ayudarle. Inmediatamente, un plan comenzó a trazarse en mi cabeza. ¿Estaría dispuesto Eric a pasar el día conmigo? No quise pensar que de verdad tuviese otra mujer, lo mismo que yo tenía a Bill, después de todo, quedábamos en su casa y no había visto ninguna evidencia de presencia femenina en ningún rincón. No podía esperar hasta el martes para decírselo.
Cuando regresé a casa Bill no estaba especialmente contento, había llegado para cenar y acostar a Jess. No tenía ganas de discutir con él. Zanjé su diatriba desde la primera insinuación. El señor Herveaux necesitaba mi ayuda, tampoco era algo para ponerse histérico, no tenía porqué verlo tan mal, cuando él iba a la oficina, muchos domingos los pasó trabajando a requerimiento de la señora Krasiki, el mío había sido otra clase de trabajo, del que sí necesitaba ser hecho. No hizo falta ni que enfatizara ninguna palabra, ya sabía de lo que le estaba hablando.
Terminé de recoger la cocina y me senté un rato en la soledad de la cocina mientras terminaba de hacerse la comida para el día siguiente, con el ordenador. Limitaba al máximo mis entradas en casa, mi instinto me decía que Bill espiaba mis movimientos en la red desde que Alcide había empezado a ser mi jefe y cada día se apoyaba más en mí y teníamos más confianza. Por eso me dispuse a fabricarme mi posible coartada. En primer lugar, confirmé a Arlene, una de mis compañeras de trabajo, que iría a su despedida de soltera el viernes. Luego, escribí a Lafayette para decirle que me tomaría algo con ellos pero que me tendría que ir rápido porque esa noche tenía una celebración con las compañeras del trabajo. Pedí cita en el ayuntamiento de Blanchard para llevar unos permisos que necesitaban la aprobación para poder empezar una obra en la zona, y hablar con algún responsable del área. Mi viernes empezaba cobrar forma.
El lunes Alcide vino hasta mí con una sonrisa y me dejó una planta en la mesa, una orquídea, con un lazo y una nota de agradecimiento por mi tiempo y mi dedicación. Mi día empezaba bien. Mi jefe me gustaba, no en ese sentido aunque fuese muy atractivo, era atento, inteligente, eficiente y divertido, era un gran jefe. Mucho mejor que su padre. Lafayette me recogió para ir a comer a Merlotte's. Sam se acercó a nosotros y tonteó conmigo un poco. Mi día seguía mejorando, Sam siempre me hacía sonreír. Alguna vez había fantaseado con haberle conocido antes que a Bill, no me lo hubiese pensado, me habría quedado con él. Mientras esperábamos nuestra comida, le conté mis planes a Laf. Me miró con los ojos muy abiertos y no habría sabido decir si pensaba que estaba loca o estaba emocionado por lo que me iba a atrever a hacer. Resultó ser lo segundo. Me ayudó a planearlo todo desde su portátil. Ahora quedaban los dos escollos más importantes, Bill y Eric.
Llegué a casa más temprano que de costumbre. Bill se sorprendió pero se alegró. Pasé un rato antes de la cena con mi hija, preparamos juntas la comida entre risas y la velada fue de lo más agradable. Cuando nos fuimos a dormir, Bill estaba juguetón. Me resigné a pagar el tributo por lo que quería conseguir, así que, con lo que le había gustado el sábado, le dí el gusto de cabalgarle otra vez. Esperaba que no le cogiese afición a eso, que ya me había acostumbrado a un pura sangre como para empezar a montar jamelgos otra vez... Cuando terminé, que él ya lo había hecho, me abracé a él y le conté los planes del viernes. Le dije que Arlene, la pelirroja de la oficina, celebraba su despedida de soltera. Que iríamos a Monroe. Ya sabía lo que eso significaba.
_ ¿Iréis a Hooligans? – por su tono de voz me di cuenta de que estaba a punto de enfadarse.
_ Pues ya ves – intenté poner tono resignado-. Lo último que me apetece es acabar con una corona con forma de pene en la cabeza y viendo a mi primo quitándose la ropa, pero es lo que le han preparado a Arlene. El paquete completo, cena erótico-festiva, stripper, accesorios vergonzantes y fiesta en el club. Es su día, lo que a las demás nos guste es lo de menos.
_ Puedes negarte a ir... – insinuó.
_ Podría pero me gustaría ir, es el viernes, de todas formas, es mi noche de chicas – le sonreí beatíficamente mientras jugueteaba con el pelo de su pubis. Conseguirlo me iba a costar otra sesión pero bien merecía la pena.
Esa vez tocó misionero, volvíamos a la rutina. En cuanto terminó se quedó dormido y yo me levanté para ir al baño y terminar lo que él no había sabido, mientras fantaseaba con mi cita del mediodía.
Decir que estaba pletórica era quedarse corta. Estaba hiperactiva y deseando de terminar mi trabajo para ir a "comer". Mientras conducía hasta su casa me comí el sandwich que me preparaba para no perder más tiempo del estrictamente necesario. Entré corriendo en el ascensor y pulsé su piso sonriendo con anticipación mientras me quitaba las bragas y las guardaba en mi bolso. Llegué a su puerta y cuando me abrió por fin me relajé. En el momento en que la puerta se cerró tras de mí, no me pude reprimir ni un segundo, me colgué a su cuello y le besé con todo el ansia acumulada desde el viernes. Los polvos con Eric siempre eran memorables, me cogió y me empotró contra la pared. ¿Cómo era posible que la esposa recatada y resignada al misionero fuese capaz de buscar su bragueta para sacar su polla y llevarla hasta el lugar que debería ser su emplazamiento permanente y definitivo? Mirarle mientras lo hacíamos siempre era un placer pero esa tarde había algo más detrás de su mirada y me quedé enganchada a ella. Ver crecer el placer en sus hermosos rasgos y observarle mientras explotaba dentro de mí era la mejor de las visiones. Me llevó en volandas al sofá y me quedé sobre él, descansando, asustada por lo que aquel hombre me hacía sentir, por no poder afrontar una vida en la que él no estuviera, por lo que me pudiese decir a mi propuesta. Miré el reloj con desgana, ya era hora de regresar al trabajo. Me preparé y me acompañó a la puerta. Se lo iba a decir pero de repente, me entró el pánico y me limité a besarle y despedirme hasta el viernes. La puerta se cerró tras de mí y la mirada triste que me había echado me paralizó al otro lado. Me giré y volví a llamar. Tenía que hacerlo.
_ Con las prisas se me ha olvidado preguntarte si tenías algo que hacer el viernes.
Por un momento sentí pavor, se me quedó mirando como si fuese algo descabellado lo que le acababa de preguntar. Me sentí tan tonta por pensar que a él también le gustaría pasar el día conmigo. Se me paró el corazón de la angustia e intenté recular lo mejor que pude.
_ Bueno..., lo siento... – balbucí- No pensé..., lo siento, Eric, no debería...
_ No tengo nada que hacer – soltó de golpe-. No, nada. Yo..., no, nada. ¿Qué quieres que hagamos?
Durante unos segundos me quedé colgada de su sonrisa, mientras recuperaba la voz, la función de las piernas y de mi cerebro, y mi corazón volvía a latir.
_ Tengo que ir a Blanchard a hacer unas gestiones y después tengo el día libre – sonreí hasta que la cara me dolió-. Todo el día, de hecho...
_ ¿Hasta el sábado...? – su sonrisa rivalizaba con la mía y eso me encantaba.
_ Hasta el sábado, tengo que hacer y tendré que salir temprano pero te prometí que me quedaría una noche...
Me estrechó entre sus brazos y me besó como no lo había hecho hasta ese momento. Me sentí tan abrumada por el sentimiento que creía descubrir detrás de su beso que me separé de él con la excusa de tener que volver al trabajo. Esta vez no puso mala cara ni se entristeció, sonrió y rozó mi frente con sus labios.
_ ¿Te recojo a las nueve? – murmuré contra su cuello.
_ Incluso antes, te prepararé el desayuno – se rió.
Perfecto, era perfecto.
Gracias por las alertas, favoritos y comentarios. Me alegra que os esté gustando esta nueva historia.
