Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.


5.

Blanchard. Bueno, no era París, claro, estaba a unos dieciocho kilómetros y tenía que hacer unas gestiones, pero íbamos a estar juntos. No me lo podía creer. Cuando más estúpido me sentía por estar colgado por alguien que sólo me utilizaba por el sexo... Ya, vale, Pam nunca podría saber que había pensado algo así, bajo ningún concepto, me estaría llamando nenaza hasta el Día del Juicio por la tarde. Pues cuando ya pensaba que sólo me deseaba, me salió con eso. No había sonreído más en mi vida, es más, media hora después de que se hubiese ido, seguía con la misma sonrisa bobalicona. Casi me duró hasta el sábado.

El martes pasó en una nube. Llegué flotando al club, Pam se acercó pero ni sus puyas pudieron con la felicidad que sentía.

_ No me lo digas – se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos como si estuviera adivinando-. Polvazo que te ha echado tu lío...

_ Pamela – dije con tono serio pero con la sonrisa colgando de mis labios-, quiero que seas más respetuosa con ella.

_ Oh, Dios mío, ¿me la vas a presentar? – se burló.

_ Puede que la conozcas antes de que acabe la semana, sí – me miró fijamente, leyendo en mí como sólo ella sabía hacer.

_ Estas enamorado, ¿eh? – no era una pregunta-. Por fin han cazado al cazador, ¿verdad? – tampoco esto lo era-. Procura que no te haga daño, es la primera en situación de hacerlo desde... – se detuvo antes de decir nombres.

_ Aquello pasó hace demasiado tiempo, Pam, si yo lo he olvidado, ¿por qué tú no? – mentí.

_ ¿Te tengo que recordar cuál ha sido tu modus operandi los últimos doce años, rey? No lo has olvidado, y yo tampoco, no voy a permitir que te vuelvan a hacer daño, Northman. Te convirtió en un depredador y tú no eres así – puso la mano en mi pecho y me sonrió con dulzura-, yo lo sé – se recuperó de su momento de ternura y se separó de mi, me sonrió con suficiencia y se dio media vuelta. Cuando estaba en la puerta murmuró sobre su hombro-. Por eso si te hace daño yo se lo haré a ella – y era muy capaz.

Pam había sido amiga mía desde que me había instalado en este país. Tenía veintitrés años y había venido siguiendo a mi chica, Dawn. La había conocido en verano cuando ella había estado de vacaciones en Europa. Pasó por Estocolmo y fue amor a primera vista, la seguí por medio continente. Nos divertimos por todo el sur y para cuando acabamos en Heathrow para decirnos adiós, yo tenía muy claro que iba a ser un hasta pronto. En poco más de una semana estaba aquí. Al principio se sorprendió pero le encantó que el sueco guapo que se había estado tirando a lo largo y ancho de la costa mediterránea, se hubiese quedado tan enganchado con ella que había tenido que ir a verla. Como había que vivir de algo y mi título en Ciencias Políticas no era de gran utilidad aquí, acabé trabajando en un bar, con Pam, y ahí empezó todo. A lo largo de los años, Pam se fue convirtiendo en lo mejor que me había pasado, si no hubiese sido por ella no hubiese superado lo de Dawn. Me desvivía por ella, todo me parecía poco para darle, quería que fuese la mujer más feliz del mundo. Creí que con mi esfuerzo y con el amor que sentía podría conseguirlo. Nunca fue suficiente. Resumiendo, vivíamos juntos, ella estaba embarazada, el médico nos acababa de decir que sería un niño, odiaba dejarla sola tanto rato y una noche, volví antes del bar para sorprenderla, solo que el sorprendido fui yo. Hubiese matado a ese tío, de hecho, le estaba dando una paliza cuando dijo algo que hizo que parara. Mi hijo era suyo. Me pasé las siguientes semanas en el sofá de Pam, sin fuerza ni ánimo para levantarme. Había dejado mi vida atrás por estar con ella, mi familia, mi carrera, mis amigos, todo. Ahora no me quedaba nada, sólo Pam. Y surgió este Northman.

Durante los siguientes años, trabajamos duro y montamos nuestro propio negocio. Ahora teníamos un club por encima de modas, nosotros siempre estábamos en la cresta de la ola, se llevara lo que se llevara ese año, porque ofrecíamos buena música, fiestas y, según Pam, a mí. Supongo que en cierta medida, tenía razón, muchas iban a ver si conseguían que el vikingo como, oh, por Odín bendito, qué originales, me llamaban, les prestase atención. Ni que decir tiene que, desde que mi vida de hombre normal y enamorado cambió tan sustancialmente, mi vida sexual había progresado mucho. Mucho. Así que estaba más que preparado para lidiar con la avalancha del miércoles con la puñetera hora feliz que Pam había decidido poner para activar la noche. Estaba en mi mesa, haciendo planes para el día siguiente, pensando en lo que tendría que preparar para poder tener el viernes entero libre, pensando en comprarme algo para esa escapada con Sookie. Si, ya, nenaza, pensando en llamar a un amigo que tenía una pequeña cabaña en la zona del lago y pasar la noche allí. Estaba tan entretenido y entusiasmado que no vi a la pelirroja de la semana pasada, ¿cómo era su nombre? ¿Silvie algo?, que se acercó y se sentó. La miré sorprendido de su desfachatez, ¿qué coño hacía en mi mesa?

_ Eric... – ronroneó con lo que seguro que a ella le debía parecer una voz sexy, pero no lo era.

_ ¿Qué haces aquí? – me miró confundida como si la pregunta fuese muy extraña-. Me refiero a mi mesa.

_ He venido a saludarte.

_ Me doy por saludado. Adiós.

_ ¿No te gustaría que...? – Dios mío, ¿se me estaba insinuando otra vez?

_ No, no me gustaría. Deberías saber, ya que quisiste jugar a esto, que no repito.

_ Pareció que te divertías.

_ Mira, Silvie...

_ Sophie – me corrigió con tono indignado

_ Sí, bueno..., lo que sea, sólo fue un polvo, y uno mediocre. No eres tan buena.

Iba a ir al infierno por tratarlas así, lo sabía. Algún día me volvería todo el mal karma, pero eran irritantes y por experiencia ya sabía que no podía ser amable, que cuando lo había sido, siempre habían insistido en quedarse. Sophie se levantó y se fue con una mirada herida, más en su orgullo que por el comentario hiriente que acababa de hacerle. Y me estremeció porque era la mirada de alguien que te quiere hacer daño, no la de alguien a quien has ofendido.

El despertador sonó a las siete el viernes. Me había acostado relativamente temprano la noche anterior, después de haber trabajado mucho para tener el día libre, pero estaba como un niño la noche antes de Navidad y me costó dormir. Me levanté y me duché a toda velocidad, no fuese a venir Sookie y que no oyese la puerta por estar en la ducha. A las ocho estaba como un niño impaciente, sentado esperando que llegara. La noche anterior había pasado por un obrador que quedaba de camino a casa y había comprado unos bollos de canela y trozos de varias tartas, porque no sabía qué le gustaría. Eso tenía que cambiar, no podía levantarme el sábado sin saber esos pequeños detalles de ella. A las ocho y media la puerta me sobresaltó. ¡Sí!. Intenté recobrar la compostura y fui a abrir fingiendo un aplomo que estaba muy lejos de sentir. Tomé aire y abrí para encontrarme con la sonrisa más bonita del mundo.

_ Buenos días, guapo – dijo pasando y empinándose para rozar mis labios.

_ Buenos días, rubia – la cogí por la cintura cuando seguía de largo para profundizar ese beso.

_ Vaya, qué bien saludas... – murmuró sin aliento contra mi boca. Cómo me gustaba eso.

_ Me gusta ser educado.

_ Tendrás a tus vecinas encantadas – algo la incomodó y se removió, la dejé ir.

_ No se quejan.

Entró con paso inseguro, lo que me pareció extraño, no era como si fuese su primera vez en casa, pero no quise decir nada que pudiese estropear el día. La conduje a la cocina y la hice sentar en un taburete.

_ Guau, menuda cafetera – murmuró-. ¿Y también calcula integrales usando la regla de Barrow? – añadió con expresión seria e interesada.

_ No, lo más que sabe hacer son logaritmos – respondí en el mismo tono-. Eso y un café estupendo, ¿cómo lo quieres?

_ Con poca leche y sin azúcar.

Los siguientes instantes, mientras se hacía el café, transcurrieron en un cómodo silencio. Era como si fuese nuestra rutina diaria, si no fuese por el hecho de que no teníamos ni idea de cómo tomaba el otro el desayuno. Acomodé los bollos y las tartas en un plato y los puse en la encimera, entre los dos. Le serví su café y yo me puse el mío, básicamente como el suyo pero con azúcar, bastante azúcar.

_ Eres goloso – sonrió mirándome y pasando la vista por el plato de los bollos y llevándose uno a la boca.

_ No sabía qué te gustaría, me traje todo lo que vi apetecible. Podría haberte hecho algo, pero pensé que realmente querrías desayunar, no soy muy bueno en la cocina – confesé y casi me sentí avergonzado.

_ Los bollos están riquísimos y las tartas tienen una pinta increíble. Está muy bueno todo – se levantó en su taburete y se inclinó por encima de la encimera para besarme-, gracias – murmuró e hizo una ligera pausa-. Además, ya eres bueno en otros sitios...

De repente, me vi tirando todo lo que había sobre la encimera y tomándola allí mismo, pasando el chocolate de la sacher por sus pechos y lamiéndolos hasta dejarlos inmaculados. Tomaba nota para otro día, demostrar lo bueno que también era en la cocina.

_ Sabes que si sigues hablándome así nunca vamos a llegar a Blanchard, ¿verdad? – se mordió el labios inferior sonriendo, justo lo que necesitaba mi erección.

_ Tenemos más de una hora, ¿por qué crees que te dije de venir a las nueve...?

No hizo falta más ni tampoco ir muy lejos. A la velocidad de la luz, despejé la encimera y la subí en ella. Abrió la boca para dejar salir un gemido de sorpresa. Durante unos minutos la besé con todo lo que tenía mientras la acariciaba, devorando su cuello, bajando por sus pechos, olía a perfume y a suavizante. Levanté su falda y le quité las bragas mirándola a los ojos. Anunciándole lo que venía a continuación con un levantamiento de ceja. Ahogó un gemido cuando mi boca entró en contacto con su sexo y mis ojos se fueron a los suyos inmediatamente. Ella sabía que tenía que mirarme, que me gustaba ver cómo se retorcía de placer en mi boca. No pestañeó mientras su respiración se hacía agitada y sus caderas comenzaban a moverse frenéticamente contra mis manos y mi boca, no separó ni un segundo sus ojos de los míos, ni siquiera cuando no pudo más y se convulsionó contra mi sonrisa presumida. Yo era el único que lo hacía, el único que la hacía brillar así. Daba igual lo que hubiese en su vida, que cada día me convencía más de que así era, nadie la estremecía como yo. Me llevó hasta su boca y se saboreó en mí, otra cosa que me ponía a cien, me abrió el pantalón y me sacó de mi prisión, me acarició paseando su mano por mí y me llevó a mi lugar favorito en el mundo. Entré con suavidad y esa era la intención pero el sexo en la cocina implicaba fuerza, deseo y premura. No me podía creer que estuviese un viernes por la mañana haciéndole el amor a Sookie en mi cocina después de desayunar. Dios, así era como yo quería levantarme todos los días del resto de mi vida y que la cocina sólo fuese el tercer lugar de la casa donde a esas horas ya lo hubiésemos hecho. No nos costó mucho terminar, joder, esta mujer acabaría conmigo, cada vez era mejor que la anterior. Caí sobre ella, con cuidado de no aplastarla, jadeando y riéndome.

_ Vaya, deberías venir todas las mañanas a desayunar conmigo, o mejor aún, no irte por la noche... – susurré contra su piel mientras besaba su cuello y se puso rígida. Mi corazón dio un vuelco, mala señal...

_ ¿Y que luego me dijeras que no eras muy bueno en el baño de invitados? – dijo al fin para distender la situación tensa que se había creado- ¿O en la terraza, en el cuarto de la plancha, el ropero...?

_ Tú me haces bueno en cualquier lado – me salió sin pensar.

_ Y tú a mí – respondió después de unos segundos-. Deberíamos irnos, cuanto antes acabe con mis gestiones, antes podremos comenzar nuestro día.

Me levanté y la ayudé a ponerse bien la ropa, fuimos hasta el baño para recomponernos un poco y mientras compartíamos algo tan cotidiano, le conté lo de la cabaña.

_ No sabía si querrías pero le he pedido a un amigo las llaves de su cabaña en el lago. ¿Te gustaría que pasasemos la noche allí? – me miró sorprendida- Por..., porque sigue en pie lo de pasar la noche conmigo, ¿verdad?

_ Sí, claro, es que me has pillado de sorpresa, pensé que volveríamos a tu piso.

_ Podemos hacer lo que quieras, si te apetece allí, pues nos quedamos en el lago, si quieres volver lo haremos, es más, así conocerás a mi... – me puso la mano en los labios y negó con la cabeza.

_ Por favor, solos tú y yo – dijo con un hilo de voz y yo asentí sabiendo que nada cambiaría el sábado por la mañana, que cuando me despertase, ella se estaría yendo y no sabría más sobre su vida que lo poco que me dejaba saber-. La cabaña parece un sitio perfecto para eso.

Conseguimos salir a las nueve y media y en unos veinte minutos estábamos en Blanchard. Aparcó cerca del ayuntamiento y me dijo que no tardaría mucho. Decidí esperarla en la cafetería que había frente al parque. Compré un periódico y me senté a tomar un café bajo la atenta mirada de la camarera, guapa y solícita. Lo sentía, ya estaba pillado. En algo más de media hora, Sookie entró por la puerta para mayor decepción de mi nueva admiradora. Me mordí la sonrisa cuando pasó la vista por la cafetería mientras se acercaba a la mesa y me besó antes de sentarse, no porque me hubiese echado de menos o porque le apeteciese, que también, sino para que todas supiesen que estaba con ella.

_ Ha sido rápido – dije sin poder ocultar más mi satisfacción por lo que acababa de hacer.

_ Tenía hora, así que hemos ido al grano, tengo cosas mucho más importantes que hacer hoy.

_ ¿Ah, sí? – me incliné sobre la mesa para acercarme y ella hizo lo mismo-. ¿Le gustaría ponerme al día de sus planes, señorita?

_ En realidad no tenía planes concretos, quizá comer en alguno de los restaurantes que hay alrededor del lago, pasear, visitar la zona, disfrutar de tu compañía, no sé, no tenía nada definido. Además de comerte a ti, se sobreentiende... – dejé escapar un gemido de anticipación.

_ Me parece que vamos a hacer una parada en el supermercado y nos vamos a ir a la cabaña inmediatamente.

_ Es un buen plan – ronroneó.

No había tiempo que perder. Dejé un billete sobre la mesa y salimos corriendo buscando el supermercado más próximo. Hicimos acopio de provisiones, de comida preparada, fruta y bebidas, en la cabaña había una cocina pequeña y bien equipada, pero no íbamos a perder el tiempo usándola si no era como superficie horizontal.

En media hora estábamos en la cabaña. Era pequeña, con unas vistas impresionantes sobre el lago y estaba perfectamente acondicionada. Sookie se quedó admirada, no era para menos. Saqué las bolsas y las llevé a la cabaña. Abrí las ventanas para que se ventilara un poco y miré alrededor. Hacía poco que habían pasado por ella y estaba limpia y ordenada. Volví al coche para sacar mi bolsa mientras Sookie se quedaba en el porche admirando las vistas. Me hizo sonreír. Entré rápidamente y saqué unas sábanas limpias, sí, qué pasaba, era muy tiquismiquis con algunas cosas. Hice la cama corriendo y salí a buscarla después de meter lo que habíamos comprado en la nevera. Sookie no se había movido, la abracé por detrás y se acomodó contra mi pecho. Una oleada de amor me recorrió. No podía ser cómo me había enamorado de esa mujer, por favor, y me la iba a pegar porque sabía que me iba a mantener al margen de su vida, concediéndome sólo unas horas los martes y viernes a perpetuidad.

_ Este lugar es fantástico – murmuró-. ¿Crees que tu amigo nos permitiría quedarnos aquí para siempre?

_ ¿Quieres quedarte aquí para siempre? – mentalmente añadí, ¿conmigo?

_ Si eso implica huir del día a día, estaría bien.

_ ¿Por qué quieres huir del día a día?

_ Porque tú siempre eres lo mejor de mi semana – se giró y se empinó para besarme.

Ya me iba sabiendo sus trucos pero, aún así, dejaba que siempre le funcionaran. Si se volvía para besarme así después de lo que me había dicho, me acallaba, al menos durante un rato. Haciendo que me olvidara con su lengua y sus manos, que ya se perdían dentro de mis vaqueros, de sus palabras. Empezó a besar mi cuello y fue abriendo mi camisa beso a beso. Bajó deslizando su lengua por mis tetillas, mi pecho, mi vientre y al llegar a mi ombligo subió los ojos hasta los míos. Maniobró dentro de mi pantalón y sacó mi erección. La acarició durante unos segundos, como si fuese materialmente posible hacerla crecer más. Se arrodilló ante mí y se la llevó a los labios, la lamió a conciencia y cuando se la metió en la boca podría haber muerto de felicidad. Para no correrme antes de empezar del gusto que me daba estar con ella, comencé a divagar sobre posibles titulares "Ciudadano sueco muere por felación a orillas del Lago Caddo" y cosas así, pero no funcionaba. Sus ojos llenos de fuego me taladraban y cuando gimió, el sonido reverberó en mí y no pude controlarme más. Me tuve que apoyar en una de los postes para no caerme al verla tragárselo todo. Había algo tan íntimo en ese gesto que me hacía quererla más. Un momento, ¿quererla?. Oh, mierda, estaba bien jodido.

Se levantó y me cerró la bragueta sonriendo, sin apartarme la mirada. Me cogió de la mano y me llevó dentro de la casa, como si ya la conociera, se dirigió al dormitorio y sin decir ni media palabra comenzó a desvestirse mientras yo, después de observar unos instantes, seguí su ejemplo. Acaricié su cuerpo y lo reverencié mientras me recuperaba, que era bueno pero necesitaba mi tiempo. Por primera vez creo que hicimos el amor, lentamente, lánguidamente, saboreándonos y dándonos tiempo para disfrutar de nuestros cuerpos. Hasta la hora de comer. Me levanté y me puse los vaqueros para ir preparando algo, cuando la vi salir del dormitorio con mi camisa, lo hubiese dejado todo y la hubiese metido otra vez en la cama. Definitivamente, sí, era el mal karma, lo sabía, demasiados años siendo borde y tratando mal a todas, ahora me había enamorado de una mujer que no tendría.

Durante la comida hablamos de nuestras infancias, de nuestras familias, de nuestros amigos entonces, de dónde vivíamos y de lo que esperábamos entonces de la vida. Entre comidas, juegos eróticos y caricias, era curioso darse cuenta de que sabíamos tanto de una persona a la que no conocíamos, porque , ¿qué me había quedado en claro de su vida actual? Nada. ¿Qué sabía ella de la mía? Nada. Yo le hubiese contado con pelos y señales todo, sin dejarme los momentos más dolorosos o vergonzantes pero cada vez que intentaba que la conversación fuese por ahí, cambiaba de conversación, me liaba y volvíamos al territorio seguro de nuestra niñez.

Acabamos en la cama al atardecer, volvimos a hacer el amor, que ya nunca más podríamos follarnos, ni siquiera si lo hiciéramos contra la pared de mi pasillo, y después de eso, mientras mirábamos desde la cama cómo el sol se ponía sobre el lago, nos dormimos abrazados.

Me desperté en la oscuridad, desorientado. Pasé la mano por la cama y estaba vacía. Por un momento, me invadió el pánico. No, por Dios... Salí del dormitorio y oí su voz tenuemente. Estaba en el porche con su abrigo puesto, hablando por teléfono. Me pareció que hablaba con un niño por el tono y me quedé quieto unos instantes, me recuperé y al acercarme oí su conversación.

_ … Sí, nos vamos ahora para Monroe. Bueno, a ver qué tal la noche – hizo una pequeña pausa-. He pensado que me voy a quedar a dormir en casa de Claude – al otro lado alguien tenía que estar protestando a tenor de su cara-. Eso es enfermizo, Claude no sólo es mi primo, es gay. Mañana nos vemos – terminó y colgó sin dar opción a réplica.

Regresé a la habitación con el pecho latiéndome con fuerza. Joder... Al cabo de un par de minutos volvió a entrar en la habitación. No me moví, no hubiese podido. En algún lugar, alguien la estaba esperando y ella le mentía por estar conmigo.


Espero haber situado bien las localidades que aparecen, que existen pero de las que no sé nada. Eso sí, si tenéis tiempo, echad un ojo a los paisajes del lago Caddo, yo tambíen querría quedarme allí... con él, claro ;)

Si alguna sabéis de Matemáticas, no me lo tengáis en cuenta, no sé lo que he puesto. Soy completamente de Letras.