Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
7.
Me despertó la luz que entraba por el ventanal y me acurruqué contra Sookie. Sonreí contra su pelo y acaricié su muslo. Un gemido de protesta salió de sus labios. Volví a hacerlo y palmeó mi mano pero se arrellanó contra mi pecho y contra mi erección. Al notarla su actitud cambió. Por un momento me dio la impresión de que antes no había sido consciente de donde estaba y, sobre todo, de con quien, por eso ahora se movía contra mí aunque no estuviese despierta del todo. ¿Había pensado que quien la acariciaba era el hombre con el que habló la noche anterior y, de repente, su cuerpo reconoció al mío? Tenía que dejar de pensar así, sólo iba a conseguir amargarme y alejarla de mí. Sus caderas pararon su cadencia y pareció volver al País de los Sueños. Tenía media hora por delante y tendría que despertarla de alguna manera, me excusé a mí mismo mientras abandonaba su espalda para colocarme entre sus piernas. Mi boca y mis dedos tomaron posesión de ella y al cabo de unos instantes comenzó a mover otra vez la cadera contra mi cara. Su mano se enredó en mi pelo y lo acarició. Oírla gemir era el sonido más excitante del mundo, su cara se contorsionaba con placer saliendo del sueño y despertando a un nuevo día. Cuando sus ojos se abrieron se dirigieron rápidamente a los míos que esperaban ávidamente ese momento.
_ Ven aquí... – me ordenó con voz somnolienta y trepé por su cuerpo hasta colocarme sobre ella.
_ Buenos días – murmuré contra su boca mientras entraba en ella.
Los siguientes minutos fueron frenéticos. Me lo tomé como una demostración de cómo sería todos los días conmigo a diferencia de lo que fuese que le esperaba en casa. Quería que cada vez que mirase a ese capullo pensara en mí dándole placer. Así que me arrodillé en la cama y la cogí por las caderas levantándola hasta mi pelvis. Su espalda se arqueó y sus ojos me devoraron como sabiendo qué venía a continuación. Observar sus reacciones a mis embestidas eran lo suficientemente excitantes como para haberme hecho quedar como un adolescente en su primera vez. Sus manos se acariciaban los pechos mientras sus ojos no se apartaban de los míos. Maniobré con sus piernas cambiando el ángulo hasta encontrar aquel que la hizo enloquecer, y nos pudimos dejar llevar porque no hubiese aguantado mucho más viendo su cara y escuchando sus gemidos. Me dejé caer en la cama y la abracé, apoyé mi cabeza sobre su pecho y me rodeé con sus piernas. La única pena era que no podría levantarme así todos los días, adorando el cuerpo de la mujer que yacía a mi lado, y sintiendo lo que en ese momento mi cabeza se negaba a llamar por su nombre.
El móvil nos sacó de nuestra burbuja. Con reticencia nos separamos el uno del otro y nos dirigimos al baño a ducharnos. Una ducha rápida, que no teníamos tiempo para más, aunque, aún así, jugueteamos un poco mientras nos lavábamos. Recogimos todo y arreglamos la cabaña antes de salir. A las siete, estábamos en el coche diciendo adiós a nuestro espejismo. El trayecto hasta mi casa se hizo demasiado corto. Paró ante mi portal y mi cuerpo no respondía, no me quería bajar.
_ Sube..., te haré de desayunar – musité, casi supliqué.
_ No puedo, Eric, sabes que si subo no va a ser sólo desayuno – sonrió con tristeza.
_ ¿Y qué tendría eso de malo? – forcé una risa.
_ Pues que no puedo quedarme, que ya voy tarde... – apartó la mirada.
_ Bueno, desayunaré solo y acordándome de ti, no pasa nada – murmuré. Me acerqué hasta ella para besarla y dio un respingo.
_ Lo siento... – balbució al ver mi expresión herida- Me he sorprendido...
_ Qué tengas un buen fin de semana, Sookie – me acerqué otra vez y la besé-. Hasta el martes.
Su expresión se ensombreció, se recuperó un poco y me regaló una sonrisa forzada y triste.
_ Buen fin de semana, Eric – se colgó a mi cuello y me besó con todo lo que tenía, dejándome sin aliento y con una extraña sensación en la boca del estómago.
Salí del coche y la vi irse a toda velocidad por la calle aún desierta a esa hora de la mañana. Al llegar a casa, me dirigí directamente al dormitorio y me tumbé en la cama, durante la siguiente hora repasé en mi cabeza todo lo que habíamos hecho y dicho el día anterior. Seguía sin saber nada de ella, pero había sacado en claro que vivía con alguien. No sabía cómo no había llegado a esa conclusión antes, una mujer así no podía estar libre. Cerré los ojos y evoqué su imagen de esta mañana, su cara de placer al llegar al orgasmo y sonreí satisfecho, me había esmerado para que tuviese algo en lo que pensar. Pero también me di cuenta de que lo haría quizá mientras otro la tocaba, y ella era mía. Al final, el sueño me venció y desperté cuando el timbre de la puerta sonó. Fui dando tumbos por el pasillo. Era Pam.
_ Vaya, se te ve más relajado pero sigues teniendo mal aspecto – entró arrasando-. Vengo a conocer a tu lío, que ayer no te presentaste con ella, ¿dónde está?
_ Buenos días, Pam.
_ Será buenas tardes, que son las tres, si que te ha tumbado tu amante, guapo...
_ Bueno, Pamela, ayer tuvimos un día... – busqué una palabra y sonreí al encontrarla- ocupado.
_ Sí, me imagino, ¿y ya se ha ido? – su cara parecía preocupada.
_ Tenía que hacer esta mañana – la excusé.
_ ¿Qué? – se interesó y como no supe que decir su expresión de preocupación se acentuó-. Espero que sepas lo que estás haciendo, Eric – murmuró-, no sabes nada de ella y habéis pasado juntos todo un día...
_ Pam, no te preocupes... – intenté tranquilizarla pero la sensación en la boca del estómago seguía ahí.
_ Siempre me preocupo por ti – me acarició la mejilla-, te quiero, Northman.
La estreché entre mis brazos porque no quería enfrentarme a su cara y a la realidad que sus palabras escondían. Mi miedo por perder a una mujer que no conocía, una mujer a la que, seguramente, no sabría encontrar porque no sabía nada de ella y no sabría donde buscarla.
_ Yo también te quiero, Pam... – murmuré contra su pelo.
_ Bueno, ya está – se aclaró la voz que se le empezaba a emocionar y se soltó de mí-, suficiente con la demostración de cariño. Me voy, que el grupo va a hacer los últimos ajustes para la actuación de esta noche – se paró en la puerta y se volvió antes de abrir-. Vendrás, ¿no?
_ Claro – sonreí-. ¿Quieres que vaya antes para echar una mano?
_ No, descansa. Recupérate de tu día, que ya tienes una edad para tanto polvo...
Estuve a punto de entrar al trapo y decirle que cuando quisiera se lo demostraba, pero sonreí y le saqué la lengua. Sí, muy maduro, pero estaba cuestionando mi resistencia, y eso no.
La noche se hizo eterna sin los brazos de Sookie rodeándome. El domingo nunca terminaba. El lunes fue el día más largo de mi vida, haciéndome cargo de poner al día las cuentas y los pagos. Al final de la noche, hubiese matado por un contable... Cuando el martes amaneció, no me podía creer que por fin hubiese llegado. La asistenta llegó temprano y limpió y ordenó la casa. Comí pronto para estar preparado para cuando llegara Sookie. Al mediodía, mi nivel de ansiedad estaba al límite. Me moría de ganas porque llegase. Pero dieron las dos, las tres, las cuatro... Y no llegó. Intenté serenarme, quizá no había podido y tampoco era que tuviese un teléfono para avisar de que no podría. Me lamenté por no haber sido más listo y haber deslizado una de mis tarjetas en su bolso o en un bolsillo. A la siete, quedé con Pam para cenar e irnos para el club. Inmediatamente detectó que algo pasaba.
_ ¿Qué? – arrugó la nariz con preocupación.
_ No frunzas el ceño, Pamela, te saldrán arrugas.
_ Déjate de coñas, Northman, ¿qué coño ha pasado?
_ Sookie no ha podido ir hoy a mi casa – murmuré restándole importancia.
Pam se quedó callada mirándome sin parpadear siquiera. Detrás de su inexpresión, era evidente lo que se escondía. Podía ver su cerebro funcionar, elaborando posibles escenarios para lo que había pasado pero se cuidó de decir en voz alta lo que pensaba. Se cuidó de poner palabras a mis propios temores.
El resto de la semana fue más o menos. Me arrastré por el miércoles, el jueves me fui animando porque ya quedaba un día para el viernes. Y el viernes por la tarde, me volví a quedar sólo, en la oscuridad de mi salón, esperando a mi amante que no apareció.
Al día siguiente, Pam entró con su llave a media tarde. Había escuchado el teléfono sonar una y otra vez, las primeras veces lo miré, ingenuamente, pensé que quizá Sookie me habría buscado en la guía y me llamaba para contarme porqué no venía. A la quinta vez, dejé de mirar, siempre era el nombre de Pam el que se iluminaba en la pantalla. Se paró en la puerta del salón y me miró. Seguía en el sofá, vestido, esperando. Se arrodilló a mi lado y me acarició.
_ Voy a matar a esa puta... – susurró quitándome un mechón de pelo de los ojos-. Ahora quiero que te levantes, Eric, no te vas a dejar ir, sólo es una mujer que te has estado tirando los últimos meses, no vas a montar el mismo número que con Dawn, que no lo merecía tampoco pero aquello si que fue grave – la miré sin ganas de responderle a eso-. Y no me mires, no me vas a hacer pasar otra vez por ese calvario. Vamos, a la ducha, tenemos un negocio que atender, en el que hay decenas de mujeres que están deseando verte y, si hay suerte, follarte, mujeres que seguro valen más la pena que ella.
Y me arrastró a la ducha, me desnudó como si fuera un niño, me metió en la ducha, me palmeó el culo y me ordenó que me diera bien detrás de las orejas antes de abrir el agua. Mi Pam
En hora y media estábamos cenando porque no había comido nada en todo el día y porque me obligó, que tampoco tenía mucho apetito. Y en una hora más entrábamos como los dioses del Asgård que éramos, aunque lo último que yo me sintiese fuese un dios. No estaba dispuesta a dejarme ni a sol ni a sombra, así que nos sentamos en la mesa que siempre se me reservaba y Ginger apareció al instante con nuestras bebidas. Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios dedicada a mi empleada pero mi estado anímico debía ser muy elocuente porque Ginger puso la mano sobre mi hombro y lo apretó para darme su apoyo en lo que fuese que me rondaba la cabeza.
_ Vaya, no es tan tonta – se rió Pam.
La miré reprochándole su comentario y volví los ojos a la concurrencia y perdí mi mirada entre la marea de gente que abarrotaba el local. Reconocí a algunas de las mujeres que había allí esa noche. Por un momento estuve tentado a coger a alguna de ellas y llevármela a un lugar más íntimo para sacarme a Sookie de mi corazón a base de embestir en ella. Pero eso no iba a ser tan fácil y a mí, sinceramente, no me apetecía follarme a nadie que no fuese ella. Poco a poco fueron desfilando por la mesa y Pam se encargó convenientemente de deshacerse de ellas. Ya había dicho que Pam me tenía estrechamente vigilado, tanto que aquella noche, acabé en su casa, en su cama, para no perderme de vista. Por más que le dije que no era necesario, se negó a escuchar y me tendió unos pantalones de chandal que me había dejado años atrás en la casa. Estaban nuevos, claro, ni me acordaba de haberlos comprado. Me cambié y me senté con ella en su cama, puso la tele y vimos un rato reposiciones de Buffy cazavampiros y la teletienda, que nos sirvió para reírnos, que buena falta me hacía.
Esos fueron mis días a partir de ahí. El martes, Pam no me permitió ir a mi casa, no era que Sookie fuese a ir pero si iba, no me iba a encontrar esperando aunque eso fuese lo que yo habría querido hacer. El viernes pasó igual y así nos deslizamos por las semanas. Había vuelto a la vida que se suponía que debía tener. Llevaba el club, me follaba lo que quería, quedaba con mis amigos para tomar algo y ver el fútbol en Camden, un pub inglés muy divertido propiedad de Claire, una guapa galesa con la que había salido algunas veces y que ahora estaba casada con un español. Parecía que la vida seguía y yo con ella, que ¿cómo era que se llamaba?, ¿Rookie? había pasado a la historia, pero no, aún recordaba su cuerpo cálido contra el mío, sus besos quemaban en mis labios y mis manos seguían llenas de ella. Una cosa era huir hacia delante y refugiarse en las acciones del cabrón sin corazón que parecía y otra muy distinta serlo. Podía fingir delante de Pam y de los demás todo lo que quisiera, pero, por más que me jodiera lo estúpido que me veía cuando sólo estábamos mi imagen y yo ante el espejo, se había metido debajo de mi piel y me iba a costar sacarla de ahí. Pero lo haría. Felicia fue una autentica revelación, nunca la vi más allá de la diversión que nos dábamos y se convirtió en la mejor amiga y aliada que pude tener. No era que fuese a ocupar el lugar de nadie, en ningún ámbito de mi vida, pero me hizo ver las cosas de otra manera y me hizo reír lo que a esas alturas, suponía mucho.
Supongo que poco a poco volvía a cogerle gusto a mi vida. Era evidente que no estaba hecho para estar en pareja, que ser sensible no conducía a nada, que esa era la vida que iba a tener y la que debería abrazar. Así que poco a poco lo hice, las semanas se convirtieron en meses y diciembre se nos echó encima. Era una época muy ocupada, solíamos tener varias fiestas a lo largo de un mes. Empezábamos con Santa Lucía y terminábamos con San Knut, ya entrado enero. ¿A alguien le extrañaría? Por favor, era lo menos que se podía esperar de un club que se llamara Asgård. Entre medias, celebrábamos las fiestas normales y algunas privadas. Y cuando las fiestas no eran nuestras, siempre estábamos en alguna de amigos o de otros establecimientos. Bueno, ni que decir tenía que, a veces, muchas de hecho, los días se fundían unos con otros y se deslizaban como en una bruma, y cuando por fin llegaba San Knut, no podía con mi alma. Este año me lo iba a tomar con calma, que como le gustaba decirme a Pam, ya tenía una edad... Claro, que no todo era estar de fiesta. Estábamos muy ocupados ultimando los preparativos de Loki. Era mi proyecto personal, desde que empecé a dedicarme a la hostelería, siempre quise que abriésemos un restaurante. Me había servido de mucho, desde que..., bueno, hacía unos meses que me había centrado en este proyecto y había acabado de darle el impulso definitivo. Me obsesioné con cuidar hasta el más mínimo detalle, y tengo que reconocer que mereció la pena no sólo por el resultado final sino por lo que supuso para mí de entretenimiento. Estar tan ocupado evitó que mi cabeza divagase por donde yo no quería ni podía permitirle.
Como todos los años Pam era la que organizaba la agenda de festejos. Ella escogía con sumo cuidado a nuestros clientes que ofrecían las fiestas privadas y decidía aquellas a las que iríamos. Aunque lo normal es que fuésemos juntos, algunos días teníamos que repartirnos e ir uno a cada una de las que nos invitaban, otros , eran varias las que cubríamos los dos. Las relaciones públicas había que cuidarlas y nosotros éramos únicos para eso, era parte del secreto de nuestro éxito.
Suspiré viendo la agenda para esa noche y llamé a Felicia para ver si podía venir conmigo. Tenía algo que hacer pero podría acompañarme más tarde. Bueno, me valía, no era como si me apeteciese mucho ir a esa fiesta en concreto, sólo tenía que hacer acto de presencia, saludar, tomarme algo y excusarme como el dueño de un club de moda ocupado que era. No era que no me apeteciese ver a mis amigos, no, era que había evitado ver a éste en concreto, era el dueño de la cabaña a orilla del lago Caddo y no quería darle explicaciones de cómo me había ido. La parte positiva, que había pasado bastante tiempo desde que le pedí el favor. La parte negativa, que había pasado bastante tiempo desde que se lo pedí.
Gracias por los ánimos y vuestro apoyo, por todos los comentarios tan amables, alertas y favoritos. ¡Sois un sol!
