Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
8.
Dejé a Eric en su portal con todo el dolor de mi corazón. Le miré por el retrovisor mientras salía a toda velocidad de allí, parado delante de la puerta, mirando con aire confundido y triste como me escapaba de su lado. Intenté no llorar pero no pude conseguir mi propósito y las lágrimas rodaron por mis mejillas gran parte del trayecto hacia Bon Temps. Cuando llegué la casa aún estaba dormida. Bill no tenía porqué estar levantado a esas horas y Jess, siendo sábado, tampoco. Deambulé por la casa sin rumbó fijo. Acabé en la cocina y puse la cafetera. Me senté recordando todos los detalles de mi día anterior y todos terminaban en la boca o las manos de Eric. Cerré los ojos pero él era lo único que veía en mi imaginación. No había escapatoria posible porque podía huir de su cuerpo y de su presencia, pero no de mí misma. Al cabo de media hora apareció Bill. No me miró, se dirigió a la cafetera y se llenó su taza y se entretuvo para no sentarse en la mesa conmigo. No era el mejor momento para tontear conmigo, acababa de dejar a mi amante, no, definitivamente, no era el momento. Me levanté y pasé por su lado con brío y sin mirarle tampoco, murmurando sin poder evitarlo.
_ A la mierda, Bill.
No le gustó mucho, en un pispas le tuve detrás de mí y me cogió por el brazo para detenerme y enfrentarme. Seguía sin ser el mejor momento, pero ese era mi marido, ese hombre inoportuno que siempre estaba ahí y acababa por fastidiarme.
_ ¿Qué coño pasa contigo? – me espetó-. ¿Llegas por la mañana y te crees con derecho a faltarme el respeto?
_ Ya sabías que me iba a quedar a dormir fuera, no veo qué tiene de malo querer disfrutar unas horas y salir de la rutina que me ofreces día sí y día también. Debería haber empleado la noche en disuadir a Arlene de casarse... – me miró espantado, evidentemente no era la respuesta que había esperado-. Y sobre lo de faltarte el respeto, bueno, no he sido yo quien ha entrado en una habitación donde estuvieras ignorándote y mirándote mal, así que, mejor lo dejamos, ¿te parece?
_ Tu hija, a quien pareces haber olvidado, te necesitó anoche – ¡hijo de puta!, utilizando a mi hija contra mí.
_ Mi hija se supone que estaba bien atendida, la dejé con su padre, aunque, tienes razón, eso no es ninguna garantía.
_ No me hables así – su voz se crispó y su gesto se endureció.
_ No me hables así tú a mí. Gánate el respeto que exiges.
Me dí media vuelta y le dejé con la palabra en la boca. No era que hubiese sido capaz de replicarme, no estaba acostumbrado a esta nueva Sookie, que se enfrentaba a él, la que no se veía inferior ni pensaba que tenía suerte por contar con él. Entré en la habitación de Jess y me apoyé contra la puerta después de cerrarla. Esa fuerza me la había dado Eric, sólo podía rezar para que me durara. Me dirigí hasta la cama de mi niña y me arrodillé a su lado. Su carita parecía enfurruñada por lo que fuese que estuviese soñando, le quité un mechón que le caía sobre la cara y acaricié su pelo sintiendo una oleada de amor y de culpa. Se relajó con mi caricia y su expresión se suavizó con una pequeña sonrisa y un suspiro. Me erguí y la abracé, y me acomodé contra ella en su camita, dejándome arrastrar por el sueño y el cansancio de un día de amor. No sé cuanto tiempo pasó hasta que unos bracitos se agarraron a mi cuello y sentí un beso.
_ Mami – me llamo Jess en voz baja-, ¿estás despierta?
Me reí y abrí un ojo.
_ No...
_ Sí lo estás, has abierto un ojo.
_ No, no lo estoy – volví a reírme.
_ Y me estás hablando – protestó entre risas-, no se habla cuando se duerme.
_ Oh, ya lo creo que sí, señorita – salté y comencé a hacerle cosquillas-, yo sé de una niña que lo hace.
_ ¡No! – gritó entre carcajadas mientras se retorcía-. Yo no soy.
_ ¿Cuántas niñas cree usted que conozco? – la miré aguantando la risa.
_ ¿A mis amigas y a mí? – me miró muy seria y me tuve que reír antes de comérmela a besos. Me cogió la cara entre sus manos tan pequeñas y suaves y me dio un beso-. Tengo hambre, mami, ¿vamos a desayunar? – me levanté y la cogí en brazos para bajar hasta la cocina. Su cabeza se apoyaba en mi hombro mientras jugueteaba con la cadena alrededor de mi cuello-. Me gusta cómo hueles.
El corazón se me encogió porque olía a Eric y a su champú.
_ ¿Sí?
_ Sí, papá dijo que te habías quedado a dormir con el tío Claude – comentó de pasada-. Me gusta el tío Claude, ¿va a venir?
Cerré los ojos intentando controlarme por la preposición escogida. Seguro que Jess no se había equivocado y era la que el cabrón de mi marido había elegido deliberadamente para informar a mi hija sobre mi paradero.
_ ¿Quieres que venga? – sonreí intentando no dejar traslucir mis pensamientos.
_ ¡Si!
_ Luego le preguntamos si mañana quiere venir a comer con nosotros, ¿vale? – levantó sus brazos con alegría y por fin sonreí de verdad. Bill odiaba a Claude, oh, qué pena.
Durante todo el día, mi marido me evitó. No tengo palabras para expresar el mal rato que me dio que lo hiciera. Mientras estuve en casa me ignoró y cuando le dije que nos íbamos de compras y que comeríamos en el centro comercial ni se dignó en responder. Posiblemente, creía que enfurruñarse conmigo funcionaría, qué poco me llegaba a conocer... Fue un día maravilloso, prolongación de otro fantástico. Jess y yo pasamos todo el día juntas, nos pasamos la mañana en el centro comercial, fuimos a visitar a Jason y comimos con él y con la abuela, quedamos con Laf para tomarnos un helado. Llamamos a Claude y después de informarle cómo estaban las cosas, le pedí que viniese a comer a casa al día siguiente. Ni que decir tiene que tardó un nanosegundo en aceptar. Claude odiaba a Bill...
El domingo prometía. Mi hija estaba más apegada a mí que nunca, mi marido volvía a hablarme, la reunión familiar estaba siendo más agradable de los previsto, Claude que desde que llegó se colgó a mi cintura y me besuqueaba todo el tiempo para mofarse de mi marido, al que estaba poniendo en su sitio continuamente con su habilidad para inventarse cosas y para usar las palabras. Todo parecía ir bien, si no hubiese sido porque las huellas de los besos de mi amante seguían indelebles en mi piel.
Cuando Bill se llevó a Jess a casa para que echara una pequeña siesta, Claude y Jason vieron el momento de abordarme y enterarse de lo que había pasado durante el fin de semana. Mi hermano no sabía nada pero lo intuía por cómo se había comportado Bill y por los retazos de conversaciones que había oído. Claude no dijo nada en ningún momento y esperó pacientemente a que Jason llegase a la conclusión de que me había ido de juerga y a me había quedado a dormir en Monroe en vez de volver a casa. Ni que decir tenía que mi hermano tampoco era fan de Bill y encontró ridículo su comportamiento. No podía ser que los hermanos Stackhouse hubiesen tenido tan mala suerte a la hora de elegir pareja. Crystal escogió ese momento para hacerse notar y Jason tuvo que irse, lo que permitió a Claude cogerse a mí para cotillear.
_ Empieza a largar, guapa, que llevo todo el fin de semana en ascuas. Quién es, cómo es, dónde os conocisteis y lo más importante, cómo de bueno es en la cama.
Durante la siguiente hora mi primo fue mi paño de lágrimas, le conté todo lo que me moría por poder decir y que casi nadie entendería. Todo lo que me callaba y todo lo que sentía a diario. Desde luego, no era lo que Claude esperaba.
_ ¿Vas a dejar a Bill por él? – preguntó encantado.
_ No – fue todo lo que pude decir ante su mirada de incomprensión-. No volveré a verle.
_ ¿Vas a dejar a lo que has descrito como un dios nórdico del sexo que está claramente interesado en ti por ese cara de acelga de tu marido? – intenté replicar y me detuvo-. No, no me digas que es el padre de tu hija como si eso excusara lo que vas a hacer. Tu hija preferiría tener una madre feliz aunque su padre no viviese con ella que una que acabe amargada por haber perdido la oportunidad de su vida junto a un hombre perfecto.
_ Eso no iba a pasar, no seas exagerado. Eric y yo sólo hemos sido amantes todo el tiempo, no hemos sabido nada el uno del otro, él quiere a la mujer que se folla para seguir haciéndolo, no a la madre que tiene un trabajo aburrido y una niña a la que atender, la que llega rendida a la cama después de una larga jornada laboral y de trabajo en casa. Eso no es divertido ni glamuroso, eso simplemente es la vida.
_ Y tú has decidido dejar que pase – hizo un gesto muy expresivo con su hermoso rostro.
_ No simplifiques las cosas, Claude, cariño – estaba a punto de echarme a llorar-, ¿cuánto tardaría el señor perfecto en cansarse de nosotras?
_ ¿Y si no se cansara? ¿Por qué ver el vaso medio vacío?
La conversación terminó ahí porque Jess regresó de su siesta y se tiró a los brazos de Claude que la levantó por los aires bajo la mirada airada de Bill.
_ ¿Cómo está mi princesa favorita?
_ ¡Qué tonto eres, Claude...! – se rió Jess mientras se la echaba a un hombro y la paseaba-. ¡Soy la única princesa que conoces!
_ ¿Y cómo sabes tú eso? Tu mami también fue una princesa antes de que los suspiros se escaparan por su boca de fresa... – mi primo, el stripper amante de la poesía... Jess me miró extrañada.
_ No he visto que a mamá se le escape nada por la boca – contestó confundida.
_ Ah, eso es porque aún no tienes las gafas invisibles que toda princesa debería llevar en su bolso rosa.
Y se fueron discutiendo dónde se compraban y cómo podía hacerse con ellas. Me gustaba ver que mi hija se estaba divirtiendo con alguien que la quería y era increíble con ella y, sin querer, pensé en otro que también podría serlo. Como contrapartida, me dejaba a solas con su padre que porque ya me hablara, no quería decir que yo quisiese escucharle.
_ Deberíamos hablar – murmuró Bill.
_ ¿Por qué? ¿Porque ahora has decidido que ya me hablas y que yo tengo que escucharte?
_ No seas así, Sookie – me reprendió como si fuese una niña-. Has pasado la noche fuera por divertirte.
_ Sí, tienes razón, me divertí – apreté los dientes para no evocar cómo lo había hecho-. Mi vida es triste, Bill, tú no lo ves o no lo quieres ver pero no hay alegría ni pasión ni nada que sea divertido y que sea para mayores de seis años en mis días. Mi hija es mi única satisfacción, ella y mi trabajo. Todo lo demás hace que me arrastre sin esperanza por el calendario.
_ ¿Por qué nunca me lo has dicho...? – murmuró Bill.
_ ¿Para qué, Bill? Durante toda nuestra vida en común me he plegado a ti y a tus deseos, te he perdonado muchas cosas, incluso las que crees que no sé – bajó los ojos-, porque te quería, porque teníamos una hija, porque no fui educada para tirar la toalla. Había perdido la ilusión y la encontré. Ahora supongo que tocará perderla otra vez...
_ Lo siento, no, por favor – me abrazó y empecé a llorar porque, aunque ya era algo decidido, acababa de decirlo en voz alta, vivía en función de los martes y viernes, ahora ya no tenía ni eso-. No llores, sabes que no me importa que salgas, si algún día te quieres quedar con Claude o Laf, con Amelia o Tara no me importa, de verdad, lo siento... No debí ponerme así, es que era con Claude y no me avisaste con tiempo y, yo qué sé, has estado tan radiante estas últimas semanas que yo... – dejó su frase sin terminar. Mi marido había sospechado que tenía un amante. ¿Tanto se me había notado?
Me consoló y me llevó a casa bajo la atenta mirada inquisidora de Claude que venía con nosotros llevando a Jess colgada lo mismo de la cintura, que sobre los hombros, que como si fuese un saco de patatas. Al llegar a casa se despidió de Jess y de Bill y me miró en silencio, me abrazó.
_ Ya hablaremos tú y yo, Stackhouse, no puede ser la poca sangre que tienes en las venas – musitó en mi oído.
Cerré la puerta a mi primo y a la felicidad que me deparaba mi semana. Sobrevivir al lunes fue difícil. Al día de perros que pasé en el trabajo tenía que sumarle la noche que había pasado Jess a la que algo no le había sentado bien y pasamos la noche en vela. Alcide me miró con preocupación cuando le eché una bronca a uno de mis subordinados, no me iba a desautorizar delante de ellos, sobre todo porque sabía que tenía razón, pero me acabó dando la tarde libre para irme a casa con Jess antes de que me tirase a la yugular de la rubia tonta de la oficina.
Subí a ver a Jess corriendo, estaba dormida y Bill trabajaba junto a su cama con el ordenador. Los besé a los dos y me fui a poner la lavadora. Recordé que en el coche me había dejado el bolso con la ropa del viernes, la cogí sin mirar y cuando empecé a separar para meterla en la lavadora la vi. La camisa blanca de Eric, doblada junto a la mía, con una nota saliendo del bolsillo. No me olvides. Me la llevé a la cara y aspiré el olor, su colonia cara mezclada con el increíble aroma de su piel. Me la puse y eso fue todo. Me rompí.
El vía crucis del martes fue el mayor castigo que podría haber tenido. Fui a trabajar como un zombi, vegeté todo el día y cuando al mediodía la oficina se quedó vacía porque todos habían ido a comer, yo me senté ante mi mesa y lloré amargamente. Cuando Alcide llegó y se dio cuenta de lo que pasaba me hizo recoger y me llevó a casa, no estaba en condiciones de conducir. Bill se alarmó al vernos y llamó a la doctora Ludwig. Alcide se quedó hasta que la doctora me reconoció. Les dijo que estaba agotada y que mi cuerpo se había negado a seguir, la conversación que tuvo conmigo fue muy diferente. Me conocía desde niña y sabía que mi cuerpo estaba reaccionando a otra cosa, cuando no quise contestar me dijo que no se lo diría a nadie y que si necesitaba hablar que ya sabía donde encontrarla. Terminó su frase con un "¿tomaste precauciones?". ¡Dios! ¿Lo llevaba escrito en la cara?. Alcide se despidió de nosotros asegurando que no quería verme hasta que no estuviese mejor, que era su mano derecha y me necesitaba en plenas facultades. Ojalá hubiese dicho que me quería allí al día siguiente, ¿todo el día en casa? ¿Con Bill? Sí, y con un Bill que se desvivía por mí. Mi vida era un asco y el resto de la semana fue un infierno. El que me merecía por lo mala esposa y madre que había sido.
Pero cuando llegó el lunes y fui a trabajar para demostrarles a todos que ya estaba perfecta, que sólo habían sido necesarios unos días de descanso, lo único en lo que podía pensar era en el martes al mediodía. Puntual como siempre, llegué corriendo al portal, aporreé el botón del ascensor como si así fuese a subir más rápido y tomé aire antes de tocar. Y tocar. Y tocar.
Volví arrastrando los pies, mi amante vikingo ya no me esperaba.
Comencé a actuar con el piloto automático, no quería pensar en que mi amante ya no quería saber de mí, no quería arrepentirme por no haber ido la semana después de nuestro fantástico día juntos. Ahora aquello quedaba en el recuerdo, ya era algo imposible. Así que me centré en mi trabajo y en mi familia como nunca lo había hecho. Lo bueno, que en los meses que siguieron, mi trabajo fue tan bueno, que Alcide me ascendió y me puso a la cabeza de la empresa, sólo él estaba por encima de mí. Lo malo, que el hecho de que me dedicara en cuerpo y alma a mi familia no hacía que quisiese a Bill ni borraba los besos de otro.
El año se acabó pasando. A nivel personal no sabía decir cómo había sido el balance, Eric aún pesaba como una losa en mi cabeza aunque no quisiera reconocerlo, pero mi trabajo y Jess me llenaban plenamente. Claude se enfadó conmigo, pero era su prima favorita así que sólo dejó de hablarme dos semanas. Jason dejó a Crystal y estaba pletórico, feliz y viviendo por primera vez en años. Como no perdía ocasión de recordarme Claude, era bueno saber que al menos uno de los Stackhouse no era un cobarde. Bill terminó su trabajo y decidió dejar de trabajar desde casa. Todo iba bien, o, al menos, no iba mal, simplemente nos dejábamos llevar por la corriente.
La fiesta de Navidad en la empresa de Bill siempre era la primera de las que teníamos, luego tendríamos la Gaga-fiesta de Laf, la de mi empresa, la de los vecinos y luego las de familiares y amigos repartidas en varios días hasta el fin del año. Me arreglé de mala gana pero esmerándome, que la señora Krasiki estaría en la oficina y quería mostrarle que estaba mucho más estupenda que ella. Se agarró a mi marido en cuanto llegó y Bill pese a los aspavientos iniciales, se dejó. No me importaba, la verdad, por mí se lo podría haber quedado.
Sobrevivimos a la primera fiesta.
Lafayette, como todos los años se superó, la suya siempre era la mejor y la más divertida y la aproveché por lo que pudiese pasar. Bill me miró reprobándome todo el tiempo mi actitud, no sabía si era la señora Krasiki quien había activado al viejo Bill, pero empezaba a cargarme en un momento en el que los propósitos de año Nuevo eran un peligro. Eso de "fuera con lo viejo, adelante con lo nuevo", comenzaba a ser muy tentador.
El día de nuestra fiesta, me regalé con un spa y un masaje. Me mimé y me puse guapa, me empezaba a sentir bien en mi piel después de todo el tiempo sin ánimo para nada que no fuese lamentarme por la pérdida de mi amante, dándome pena y trabajando sin descanso para no pensar. Mis curvas habían vuelto a su sitio, un chico guapísimo me estaba dando un masaje casi orgásmico y tenía un vestido espectacular esperándome para lucirme esa noche. Mi pareja sería mi marido pero, qué coño, iba a estar con algunos de mis amigos y con mi jefe, que también lo era a esas alturas. Jess se puso un poco difícil a última hora y nos costó más tiempo del que pensábamos salir de casa. Jason juró y perjuró que si pasaba algo me llamaría, se burló de mí preguntando si también tenía que llamar si la niña se partía de risa. Y Jess comenzó a reírse, claro. Llegamos tarde, saludamos a Alcide y a su familia, a Arlene y a Terry que estaban esperando su primer hijo, incluso a la rubia tonta que cuando me pillaba mal, me complacía en ser su tormento. Nos estábamos divirtiendo, joder, era una fiesta, con los compañeros y nuestros clientes más importantes. Habíamos terminado de bailar cuando vi avanzar a Alcide hacia nosotros.
_ Querida – me llamó riéndose-. Ven, te voy a presentar a uno de los propietarios de Night&Day – se hizo a un lado para que viese a sus acompañantes-. Éste es el cabrón que te ha tenido amargada todos estos meses – soltó una carcajada-. Te presento a Eric Northman.
Nunca se habían dicho palabras más ciertas.
