Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.


12.

La mujer que había entrado con las cervezas había tenido razón, mi aspecto era completamente el de una hembra satisfecha. Me reí mirando mi reflejo en el espejo pese a la situación desesperada en la que nos veíamos. No era que estuviese encantada de saber que Eric había pasado por el mismo via crucis, pero que lo hubiese hecho, daba un significado totalmente diferente a nuestra relación. Bueno, no teníamos ninguna, quizá sí, después de esta noche. Apreté los muslos y me mordí el labio inferior, ¡Dios, cómo había echado de menos a mi amante! Terminé de retocarme el maquillaje y de arreglarme el pelo de sexo que las manos demandantes de Eric siempre me dejaban, y salí. Nada me podría haber preparado para lo que vi. La rubia estaba en los brazos de mi amante comiéndole la boca y mi marido estaba en la puerta con Alcide y la puñetera señora Krasiki mirando el espectáculo. Bonita manera de empezar el año... Noté la mano de Lafayette apretando la mía y le miré. Su expresión alerta y de aviso me trajo de nuevo a la realidad. Bill estaba allí, no era el momento para quedarme mirando la lengua de esa puta entrar en la boca de mi amante, ése que diez minutos antes estaba corriéndose dentro de mí.

_ Bill – me centré en mi esposo intentando sonreír. Menuda misión imposible-, ¿qué haces aquí?

_ Lorena tenía invitación para esta fiesta y le apetecía venir...

Había tantas cosas censurables en esa simple frase que el hecho de que me acabara de tirar al anfitrión de la fiesta, de repente, no era algo que reprocharme ante mi marido.

_ Lorena... – repetí y me alegré por las implicaciones. Laf, que aún cogía mi mano, volvió a apretarla, no fuese a meter la pata-. Pues muy bien, vamos fuera a seguir con la fiesta y les dejamos un poco de intimidad – hice un gesto con la cabeza hacia ellos-, ¿os parece?

Eric separó su boca de la rubia en ese momento. Su expresión era extraña pero no me iba a parar a buscarle significado, yo sólo era una más. Si en algún momento del año anterior había sido más importante para él, era evidente que ya, no. Me cogí de mi marido, apoyé la cabeza en su hombro. Mentiría si dijese que no sabía porqué lo hacía... Quería joder a Lorena, sentir el consuelo de unos brazos que tuviesen conocimiento de mi cuerpo, lo que descartaba a dos de los otros tres hombres que había en el despacho, quería, si alguna vez sintió algo por mí, si había sentido algo por mí minutos antes, hacer daño a Eric. Bill se quedó rígido durante unos segundos por mi extraño comportamiento y luego se relajó en nuestro abrazo. Besó mi pelo y me estrechó aún más contra él. La mirada de Eric era indescifrable, sus rostro mantenía la calma y una expresión casi aburrida ante nuestra demostración de lo que fuese aquello, pero sus ojos llameaban por no sabía definir bien qué sentimiento.

_ Señor Compton – se recuperó y saludó a Bill tendiéndole la mano lo que le hizo soltarme, cosa que parecía ansioso por hacer. Se volvió a Lorena y le dedicó una sonrisa inquietante-. Y la señora Krasiki – bajó el tono al coger su mano entre las suyas y llevársela a los labios. Ah, no, esa puta no se había tirado también a mi amante, ¿verdad?

_ ¿Se conocen? – tuve que intervenir pero mi tono sonó más molesto de lo que pretendía, lo que me atrajo toda la atención.

_ Sí, la señora Krasiki y yo somos viejos conocidos, ¿verdad, Lorena...? – respondió como una caricia y sonrió.

_ No me cabe duda... – intenté estar a la altura pero fallé estrepitosamente- Conocerás a mucha gente en el club...

Para esos momentos, Lafayette casi me había arrancado la mano de tantos tirones. Los ojos de Eric se clavaron en los míos y su sonrisa mordaz se amplió.

_ No tienes ni idea de la de gente que llego a conocer, dentro y fuera del club.

_ Por ejemplo, a mí – intervino Alcide que me miraba completamente descolocado.

_ Bueno, tú no deberías contar – se rió-, nos presentó tu hermana... Pero ella nunca fue gente para mí.

No como yo, que sí pertenecía a esa categoría de zorras que se tiraban a sus brazos, seguro. La mujer a su lado se revolvió incómoda.

_ Ay, Dios, qué conversación más interesante – resopló con fastidio y tono monocorde-. Soy Pamela Ravenscroft – tendió la mano a Bill-. La copropietaria de Night&Day con, aquí, el sociable...

_ Encantado, señorita Ravenscroft – hizo una ligera pausa estrechándosela-. William Compton, el marido de Sookie.

_ No sabía que estuvieses casada, Sookie – la socia de Eric me miró y sonrió malévola.

_ Tampoco yo que estuvieses con Eric...

_ Oh, Eric – se rió-, me temo que aquí Northman llega a ser patrimonio de la humanidad pero desde que se nos enamoró hace unos meses, si antes nunca le íbamos a tener, ya sólo podemos aspirar a rozarle mínimamente.

_ El amor es fantástico – sonrió Bill mirando a Eric, quizá con un pequeño matiz de envidia.

_ El amor puede ser fantástico y también muy jodido cuando la mujer que quieres no te corresponde – respondió Eric casi modestamente.

_ ¿Por qué no te corresponde? Si puede saberse, no se me ocurre una razón – salió de mi boca sin pensar. Me miró unos segundos y sonriendo levemente murmuró.

_ Porque no es libre de hacerlo y es lo suficientemente cobarde para no poner remedio a su situación.

Durante unos segundos no hubo en ese despacho nadie más. Mi amante acababa de llamarme cobarde delante de mi marido. Y también de confesar que estaba enamorado de mí. La voz de Alcide llegó a mí como si estuviese en otra habitación.

_ ¿Sophie Anne...? – ¿Qué? ¿Quién? ¡¿Qué...? ! Tres excelentes preguntas. ¿Otra puta a la que querer matar?

_ Alcide..., ya te lo expliqué. No sabía quién era, es más ni siquiera creo que saliese contigo en aquella época. Aquí entra mucha gente y yo no hago preguntas...

_ Eso es muy cómodo, tesoro – intervino Laf-, ¿a mí tampoco me las habrías hecho, guapo? – Eric soltó una carcajada y le guiñó un ojo. Laf se dirigió a mí-. Qué lástima que nunca hayamos venido antes aquí. Esto de que os gusten nada más que los sitios tranquilos me tiene negro... – mi Lala, salvando el día.

_ Sí, a mí me extrañó mucho que quisiera acompañarte a esta fiesta – se rió Bill-. No se ofenda, señor Northman, pero éste no es para nada su lugar.

_ No me ofendo, señor Compton, tampoco es donde yo visualizo a su esposa – una sonrisa cómplice se curvó en sus labios cuando sus ojos se cruzaron con los míos, por un momento me vi donde él me visualizaba y apreté los muslos de la sensación que me produjo. Bill se quedó parado y Eric elaboró su respuesta-. Aquí viene otro tipo de mujer, más... – se detuvo buscando la palabra-, simplemente, diferente – dijo y sus ojos se deslizaron hacia Lorena con media sonrisa.

_ Salgamos fuera – nos apremió su socia antes de que aquel desastre fuese a más-. Este despacho parece el camarote de los hermanos Marx...

_ Bueno, quizá quieras antes limpiarte, guapo – sonrió Laf señalándole la boca.

Hasta ese momento no me había dado cuenta. Al salir y ver a su socia entre sus brazos se me había nublado el entendimiento, no se me ocurrió que pudiese haber alguna otra razón. Rozó mi brazo de paso al aseo y miré a Pam que me sonreía levantando una ceja con cara de ¿ves, tonta?, su barra de labios era muy parecida a la mía y cubría la evidencia de haber estado besándonos antes. Unos segundos después, se acercó hasta mí y me guiñó un ojo, y empujó a Lorena y a Bill fuera. Alcide les siguió, iba a salir tras él cuando una mano me detuvo, creía que había sido Lafayette hasta que tiró de mí y me llevó hacia un cuerpo más musculado y blanco que el de Lala. Bajó la cabeza hasta mi cuello sin apartar la vista de los demás, y lo besó.

_ ¿Te veo mañana, amante...? – me dejó paralizada mientras masajeaba mi culo como si estuviese marcándome el ritmo.

Lo único que yo quería era entrar de nuevo y echarle sobre el sofá para comérmelo. Maldito Bill, ¿por qué había tenido que venir a estropearme la diversión. Ahora mi cabeza estaba ocupada maquinando ya cómo lo haría para verle al día siguiente. Una vez fuera, de repente, me sentí muy cansada. No estaba segura de poder seguir con esa pantomima, pero nadie parecía querer irse. Bill hablaba con su jefa y con otra pareja que no conocía. Yo estaba entre Laf y Alcide que habían empezado una conversación de la que no me estaba enterando. Mi cabeza repetía una y otra vez las palabras de Eric, sus miradas, sus sonrisas y nuestro momento de pasión. Fundamentalmente, nuestro momento de pasión.

_ ¿Dónde estás, reina? – la voz de Laf me sobresaltó- O mejor dicho, ¿con quién...? Ya te vale, cacho perra, el trago que nos habéis hecho pasar – le miré con espanto por lo que me estaba diciendo delante de Alcide.

_ No te hagas la inocente ahora, ¿verdad, guapo? – miró a Alcide que asintió.

_ Tiene razón.

_ Lo siento, Alcide... – balbucí.

_ No lo sientas – se rió-, haz que haya merecido la pena. Eric lo vale.

Me besó en la mejilla y se despidió de nosotros. Era bueno saber que mi jefe no estaba enfadado y que aprobaba lo que fuese que tuviésemos. Lo malo era que no teníamos nada... La noche y los nervios me pasaron factura, me apoyé en Laf que me cogió por la cintura.

_ ¿Qué, zorrón, cansada después de tu polvo? – se rió besando mi sien.

_ Muy graciosa, reina... – me reí también dándole un cachete en el culo.

_ ¿Quieres que nos vayamos? Ya son más de las cuatro...

_ Voy a decírselo a Bill.

_ Vale, yo voy cogiendo los abrigos – se ofreció Laf-. Te espero abajo.

Me dejó ir y fui hacia mi marido. Lorena tenía la mano sobre su hombro izquierdo y la deslizaba suavemente haciendo círculos hasta su omóplato. En un momento de lucidez, saqué el móvil y grabé esa escena tan tierna. Llegué hasta ellos y saludé a las personas con las que hablaban.

_ Bill, estoy cansada, me gustaría irme.

_ Oh... – su voz sonó decepcionada-, ¿tan pronto? Acabamos de llegar... – hmmm, vaya- ¿Te importaría si me quedo un rato más...? Este sitio está muy bien y tú has venido con Lafayette de todas formas...

_ No, claro, quédate, no me importa... – quise ser mala y darle cargo de conciencia-, si Laf no quiere irse, siempre puedo coger un taxi si no encuentro a alguien que me lleve, no pasa nada.

Me acerqué a su mejilla y le di un beso, sonreí a sus acompañantes y les deseé feliz año a todos, que una había recibido muy buena educación. Una sonrisa se curvó en mis labios cuando me giré y me dirigí a la salida. Antes escaneé la habitación buscando a Eric con la mirada, pero no estaba o no le veía con la cantidad de gente que había en esa parte del local. Suspiré decepcionada porque me hubiese gustado echarle un último vistazo antes de irme, quizá acercarme a despedirme de él en toda su totalidad, susurrarle un "hasta mañana" en el oído mientras mordisqueaba su lóbulo. Yo qué sé, Eric sacaba la gata juguetona que había en mí. Ni siquiera vi a Pamela para preguntarle por él, así que después de unos instantes, decidí irme. El teléfono sonó cuando bajaba las escaleras. Vi que era Lafayette.

_ Dime – contesté.

_ ¿Dónde estás, pilingui? – atronó su voz al otro lado-. Se me está helando mi precioso culo negro y no está para eso. Baja ya.

_ Estoy en ello, impaciente. Bill se ha quedado con Lorena, no tenía ningunas ganas de volver conmigo – le informé.

_ Eso está muy bien, mejor de lo que te imaginas – se podía escuchar la sonrisa en su voz-. Venga, que la noche aún es joven.

_ No digas chorradas, quiero irme a casa, ¿me oyes? – le regañé-, nada de arrastrarme por ahí de fiesta en fiesta.

_ Para ser tan putón eres muy sosa, guapa – soltó una carcajada y colgó.

Llegué a la puerta y salí a ver dónde estaba mientras me llevaba las manos a mis brazos desnudos y los frotaba. Noté mi abrigo sobre los hombros y me sobresalté.

_ ¡Joder, Lala, qué susto! ¿Dónde estabas?

_ Esperándote, como siempre – susurró cerca de mi oído y se rió por lo bajo. Eric. Me giré a toda velocidad para encontrarme con su sonrisa-. Lala ha tenido una... – buscó la palabra- urgencia con un moreno bastante atractivo. Me ha dado tus cosas y, sorpresa, me ha pedido que te lleve a casa. Lo que no ha especificado es a casa de quién...

Me quedé sin habla. Y sin movilidad en las piernas, bueno, en mis piernas, en mis brazos y en el resto de mi cuerpo. Intenté recuperarme un poco, empezaba a comportarme como una adolescente enamorada.

_ No hace falta que te molestes... – conseguí decir cuando recuperé mi voz-. Puedo coger un taxi...

_ Tonterías...

Sin darme cuenta me encontré delante de un Audi. No estaba segura de si era el coche que esperaba que condujese. Su voz me sacó de mis pensamientos y me di cuenta de que sujetaba la puerta del acompañante. Le miré volviendo a la realidad y me senté con su ayuda en el asiento. El corazón se me salía por la boca, no era la primera vez que estaríamos juntos en un coche, claro, pero desde aquella habían pasado tantas cosas... Se puso en marcha y cuando salimos del aparcamiento detuvo en el stop y me miró.

_ ¿A dónde, Miss Sookie? – sonrió con dulzura y me derritió.

_ Bon Temps – musité.

Sus dedos largos y habilidosos planearon sobre el salpicadero y pusieron música antes de poner rumbo a la autopista.

_ Pensé que vivirías en Shreveport, es más, durante estos meses siempre fantaseé con chocarme contigo algún día – confesó con un hilo de voz-. Había ensayado tantas veces lo que te diría... Nada que ver con lo que, al final, salió de mi boca, claro.

_ ¿Qué me hubieses dicho? – pregunté más que por querer saber, por seguir escuchando su voz con esa tenue música de fondo en la oscuridad de la noche.

_ Pues soñaba con que me encontrases con alguna mujer despampanante, alguien que te hiciese sentir pequeña, no porque no fueses más bella, que lo serías, si no porque tú nunca te lo has creído, ¿verdad? – sonreí dándome cuenta de lo bien que había llegado a conocerme pese a todo-. Te habría mirado con indiferencia y te habría saludado como si fueses una vecina cualquiera o alguien de quien no recordara bien su nombre – se giró levemente para mirar mi reacción-. Quería hacerte daño, si eso era posible, si en algún momento habías sentido la décima parte de lo que yo por ti – se quedó en silencio unos segundos-. Soñaba con mostrarte lo que te habías perdido, lo que otra disfrutaba, aunque fuese mentira. Es más, soñaba con que me pillaras con Felicia porque es bellísima, encantadora y, bueno, le gusto – se encogió ligeramente de hombros-, ya ves, hay gente para todo.

Miré al frente recordando a Felicia, sí, era todo eso y más, y una punzada de celos me atenazó el corazón. Tenía que hacer frente al hecho de que me había dejado a mi marido con su Lorena sin importarme lo más mínimo pero sólo pensar que ella hubiese disfrutado de Eric sacaba mi vena homicida.

_ ¿Estás con ella? – murmuré con tristeza.

_ No – hizo una pausa-. No eres tú.

El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Cuando vio la salida a Bon Temps, me pidió las indicaciones para llegar a mi casa. Se las dí lo más concisamente posible, como si no quisiera tener más conversación con él. Se paró delante de mi puerta y esperó. En ningún momento se volvió hacia mí y no sabía decir si eso me aliviaba o me entristecía. Había dicho que había sentido por mí, ¿ya no?

_ Y ahora, ¿qué? – me atreví a preguntar y, por fin, sus ojos se posaron en mí.

_ Ahora te toca mover a ti.

_ No es un buen momento para darme ultimátums, Eric – suspiré.

_ No es un ultimátum – dijo serio-. Durante meses te he buscado en todas las mujeres que he visto. Llevo meses follándome rubias, con la excepción de Felicia, claro, ella es mi amiga. Todas de tu complexión, tu altura, ojos azules y suave deje sureño en la voz – su voz era triste-, pero no puedo hacerlo de frente, porque entonces mi fantasía de que seas tú se rompe. Ahora te he encontrado. Es absurdo lo al alcance de mi mano que has estado todo este tiempo – negó con la cabeza con una sonrisa sin alegría-, pero aquí estás... Pensé que te había superado, que ya no eras más que alguien que me estuve follando en primavera. Pensé que podría ser un cabrón contigo, Dios sabe que lo he intentado – levantó la ceja para remarcar su afirmación-, pero no lo puedo evitar, quiero que vuelvas a estar en mi vida. La diferencia es que, una vez que he vuelto a estar dentro de ti y que sé de tu vida, ya no me conformo con unas horas a la semana. No quiero ser tu amante.

_ ¿Qué quieres ser...?

Se acercó a mí y me acarició la mejilla, cogió un mechón que se había escapado de mi moño y lo puso detrás de mi oreja con sumo cuidado. Me miró a los ojos y su boca se fue hacia la mía. Pensé que me iba a besar pero no lo hizo, se quedó a escasos milímetros, los suficientes para que su respiración contra mi piel me erizara todos los pelos entre mi nuca y mi perfectamente depilada línea del bikini.

_ Quiero serlo todo – abrí la boca con sus palabras y me silenció rozando mis labios con los suyos-. Nada de medias tintas ni de horas sueltas. Quiero ser tu cita, tu amigo, tu amante, tu amor – hizo una pequeña pausa para mirarme a los ojos y enfatizar sus palabras con su mirada-, tu enemigo si hiciera falta para que espabilases... Quiero formar parte de esa vida de la que me mantuviste cuidadosamente al margen, en todo momento y con todos los que te rodean. Ser quien se levante junto a ti cada mañana y lo primero que hagamos cada día sea el amor en nuestra cama – mi pecho se agitaba y mi boca intentaba alcanzar la suya que la evitaba-. Ser quien prepare el desayuno a tu hija y la lleve al colegio... – abrí los ojos al oírle hablar de Jess-. Sí, ya ves, Alcide me ha contado parte de tu secreto.

Durante unos segundos me quedé mirándole con un nudo en la garganta, no podía ser tan perfecto. Por fin reaccioné.

_ Dijiste que no sabías cocinar... – jadeé cuando su mano se deslizó por mi muslo.

_ No hace falta ser un chef para ponerle leche a los cereales y hacer una macedonia – susurró riéndose bajito.

_ ¿Y qué más...? – encontré que deseaba tanto sus palabras como sus caricias, quizá más.

_ Ir a recogerte al mediodía para comerte en nuestro nuevo restaurante – ronroneó y empecé a considerar las posibilidades de sentarme sobre él para acabar con esa tortura- y volver justo a tiempo de ir a recoger a la niña. Le ayudaría a hacer los deberes mientras vuelves y luego, prepararíamos la cena para los tres. Nos reiríamos viendo dibujos mientras llegaba la hora de acostarla y luego nos iríamos también a nuestra cama, donde después de dejarte echa polvo – sonrió con malicia-, serías lo último que viese antes de dormir – su boca, por fin, llegó a la mía y me besó con tanto sentimiento que me ahogó. Dios, cómo amaba a ese hombre-. Por eso, amor – murmuró besando de nuevo mis labios-, ahora, te toca mover a ti – deslizó algo en mi mano y lo miré, una tarjeta-. Y ahora no tienes excusa, sabes dónde y cómo encontrarme...