Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
13.
Se volvió para mirarme una última vez antes de entrar en su casa. Sonreí como un tonto, me acordé de mis amigos cuando era un adolescente en Estocolmo y decían que si la chica que te gustaba se volvía antes de perderse de vista, era que también le interesabas a ella. Tardé aún unos segundos en poner el motor en marcha para irme después de que su puerta se cerrara, tomé aire y me dirigí de nuevo a la autopista para volver a Shreveport. Menudo principio de año... Durante todo el trayecto repasé las últimas cinco horas con una sonrisa bobalicona en los labios. Esta vez no se me escaparía, ahora sabía donde estaba, sabía qué era lo que la había separado de mí y sabía porqué había tomado esa decisión, y lo único que me importaba era que no había sido porque ya no me quisiera con ella. Ahora era mía. El coche, mi ropa, mis manos, todo olía a ella. Sonreí y subí a casa pensando en los inconvenientes de darme una ducha y quitar su olor de mi piel, pero ya no sería necesario conservar recuerdos de su cuerpo contra el mío para los momentos de soledad o los polvos rápidos en el bar. Y la ducha me proporcionaba uno de esos momentos de soledad...
A media tarde Pam apareció en mi dormitorio. No sabía si era que no estaba despierto del todo, pero no parecía contenta.
_ ¿Qué? ¿Aparece de nuevo en tu vida y tú la recibes con los brazos abiertos o, mejor dicho, la bragueta abierta? – taconeó con sus siempre fantásticos zapatos, estos, regalo mío, por cierto-. ¿Se te han olvidado los meses que nos has hecho pasar a todos o acaso pensabas que te creíamos cuando decías que estabas bien? – no, definitivamente, no lo estaba...
_ Buenas tardes, Pamela.
_ No me toques las narices, Northman, contesta, porque menudo papelón tuvimos que hacer anoche.
_ Pam, si no creíste que estaba bien en ningún momento de estos meses, ¿por qué preguntas? ¿No te imaginabas que si me la volvía a encontrar sería esto lo que pasaría? Me conoces, sabes bien que no me enamoro con facilidad – reconocí en voz alta por primera vez.
_ Eric... – se sentó a mi lado en la cama- No quiero que te haga daño, ¿no lo entiendes? Está casada, parece ser que tiene hasta hijos, ya te dejó por ellos una vez, ¿por qué ahora tendría que ser diferente? –debí hacer algún gesto que mostrara lo que sus palabras me hicieron sentir porque bajó el tono y acarició mi pelo-. No estoy diciendo que no pueda ser, quiero que simplemente, seas cauto, que no te emociones y te lances, que nos conocemos. Espera a ver qué pasa... – hizo una pequeña pausa- Su matrimonio está muerto, lleva un año muerto por lo menos, nadie se acuesta regularmente con otro cuando ama a quien le espera en casa, y ese alguien ha caído en las redes de Lorena – sonrió-. Dale tiempo y si eres lo que quiere, ya lo hablaréis, pero no te enganches otra vez de ella. Joder, que ni te lo has pensado, ya te la has tirado y conozco esa mirada y esa sonrisa...
_ Sé que tienes razón, Pam – me incorporé y me apoyé en el cabecero, cogí su mano y me la llevé a los labios-, sé que debería ser más cuidadoso porque me puede hacer daño, pero también sé que esta vez es diferente. Ahora sé la razón y la entiendo, no tiene que ser fácil romper con todo por alguien como yo. ¿Qué garantías tenía de que fuese a responder bien ante sus obligaciones? Ninguna – suspiré-. Mi vida va a tener que cambiar mucho y me parece bien, estoy preparado. Ya estaba cansado de mi rutina de macho alfa inaccesible, los dos sabemos que no soy así. Loki me da la oportunidad perfecta, un trabajo diurno, sin esa marea de mujeres desesperadas acosándome, un trabajo que me permita ajustarme a una familia.
_ ¿Ves? – suspiró con fastidio y con mucha resignación- Acaba de volver a entrar en tu vida, acabas de volver a entrar en ella y ya estás pensando en formar una familia. ¿Es que no sabes lo que significa cauto?
Me tuve que reír, tenía razón pero sabía que yo también, que ahora era diferente. Porque lo era, ¿verdad?
Ese día no supe nada más de ella. Al día siguiente, tampoco dio señales de vida. Pam no decía nada, claro, me estaba monitorizando como si fuese un enfermo terminal, observando continuamente mis reacciones, mi estado anímico y mis constantes vitales, que, conforme iban pasando los días se iban apagando. Por suerte tenía el restaurante.
Los días se deslizaban lentamente, comencé una nueva vida. Año nuevo, rutina nueva. Me levantaba temprano e iba al gimnasio. Desde allí, me dirigía al restaurante y me ocupaba del papeleo de Nigh&Day. Nos iba muy bien, la inauguración había sido un éxito, nos habíamos convertido también en el restaurante de moda porque nadie ofertaba nuestras cartas ni tenía un chef o un sumiller como los nuestros, claro. Comía en el restaurante y antes de volver a casa me pasaba por el bar para ver cómo iba todo por allí. Pam se quejaba de que me pasaba poco por allí y la clientela empezaban a echarme de menos. Para compensar, había contratado a cuatro camareros que, había que joderse lo que me fastidiaba, en tiempo récord, habían hecho que se olvidaran de mí, con lo que la única que quería verme por allí era ella, que me echaba de menos. Mis noches eran tranquilas, iba a Camden para ver algún partido y me tomaba unas, bastantes, cervezas, quedaba con Felicia y desahogaba mi frustración, a veces con Alcide, que nunca me la nombraba, o me quedaba en casa leyendo o viendo la tele.
Fueron las dos semanas más largas de mi vida.
Cuando la vi sentada en mi restaurante no supe qué hacer. Ahí estaba otra vez, guapa y deseable, la mujer que me había rechazado dos veces. Primero por cobarde y ahora porque, tenía que ser realista, sólo quería mi cuerpo. Y yo le había dicho que quería pasar mi vida con ella y con su hija, tener una familia con ella... Qué rabia me daba. Me acerqué hasta ella para saludarla y poder hacer algún comentario hiriente con el que poder desquitarme.
_ Eric... – me sonrió tímidamente.
_ Señora Compton – levanté la ceja intentando que mi media sonrisa fuese sexy y no un gesto amargo-. ¿A qué debo el placer de su visita...?
_ Venía a verte.
_ ¿Y eso? – se extrañó.
_ Pues... – se paró como si no supiese seguir, nerviosa como una colegiala.
_ Relájate – le dije con tono seco-, me gustas pero no quiero ir escogiendo vajilla, no sé si me explico...
Me miró con pena, sus ojos parecían a punto de estallar de lágrimas. Bienvenida a mi mundo, princesa, así había estado yo los últimos días. Noté la mano de alguien posándose en mi brazo. Me volví, Felicia, había olvidado por completo que había quedado con ella. Ese era el efecto que esa mujer que no me amaba tenía en mí... Me abracé a su cintura y a la seguridad que su cuerpo conocido me daba, y hundí mi nariz en su pelo antes de besarla como saludo.
_ No sabía que estabas ocupado – murmuró contra mi boca y se separó incómoda mirando a Sookie-. Señora Compton, ¿qué tal?
_ Bien... – dijo en voz muy baja-, gracias. ¿Y usted?
Felicia le respondió amablemente, por su tono de voz pude saber que estaba molesta y que no le había gustado lo que había hecho. No quise estar ni un segundo más allí. Me volví hacia Sookie para despedirme.
_ Bueno, Sookie, espero que disfrutes de la comida, es por cuenta de la casa, qué menos...
Intenté sonreír pero no pude, sin embargo, me bajé hasta ella para besar su mejilla, no debería haberlo hecho, su olor me golpeó y volvió a recordarme lo que nunca podría tener. Puse mi mano en la espalda de Felicia y la conduje lejos de allí, a mi mesa. Felicia se sentó antes de que pudiese ofrecerle el asiento que quedaba de cara a donde se encontraba Sookie, no quería tenerla frente a mí durante toda la comida, pero no le iba a pedir que me cambiara el sitio después de ver la mirada que me acababa de echar.
_ No vuelvas a hacerlo – murmuró entre dientes cuando me hube sentado.
_ No sé de qué me hablas, Felicia – fingí inocencia.
_ Ya, tú puede que seas imbécil pero te rogaría que no insultaras mi inteligencia, Eric – la miré sin decir nada-. Sí, cállate como una puta, es lo que deberías hacer. ¿No te da un poco de reparo haberle hecho eso a esa mujer? ¿No te has dado cuenta de cómo sufría? Ni siquiera tú puedes ser así de cabrón. Pensé que a ella la querías...
_ Mira, Felicia...
_ No, Eric – me detuvo-. He sido yo la que te ha consolado durante meses por lo tocado que te quedaste.
_ Ella no me quiere – fue mi respuesta.
_ Qué idiota eres...
_ Lo siento, no pensé que te importara tanto... – su actitud era extraña como mínimo, y exagerada, nunca pensé que se lo tomaría así.
_ ¿Lo sientes? ¿Eso es todo? – se indignó aún más-. Despierta, Northman, esa mujer te quiere y yo también.
Ahí me había pillado, nunca pensé que Felicia me quisiera, no así, desde luego. Nos llevábamos bien, nos divertíamos juntos pero nada más, por mi parte al menos, éramos amigos con derecho a roce. Ya, sí, cómo eso me había funcionado tan bien con Sookie... Suspiré sin saber qué decir.
_ Lo siento, Felicia, es todo lo que puedo decir. Nunca pensé... Yo nunca... – balbucí- De verdad que nunca me imaginé que sintieses algo así por mí, siempre nos hemos llevado bien, nos apreciamos y nos queremos, pero nunca fue así, por mi parte, al menos. Nunca fue mi intención herirte, eres una de mis mejores amigas, siempre pensé que estaba clara la relación que teníamos, debí haberme fijado más en tus sentimientos en lugar de estar mirándome el ombligo y lamentándome por lo que no tenía...
_ Sí, deberías haberlo hecho, y si no te la llegas a encontrar otra vez, te lo habría dicho, pero esto... – me dedicó una mirada dura- Esto sí que no me lo esperaba.
_ No sé porqué no, ¿qué tenía que hacer? Le dije, no, le pedí que me llamara, que me buscara después de confesarle mi amor hace ya dos semanas. Ni una sola llamada ni un correo ni una visita ni un recado a través de Alcide. Ha dejado que me consuma la angustia y la desesperación porque no está interesada en lo que le ofrezco. Pues bien, ahora viene a mi restaurante, ¿debería haberme humillado un poquito más? ¿debería haberme rebajado aún más para recriminarle su falta de interés?
_ Deberías haberte parado a mirar y, probablemente, hubieses visto lo mismo que yo.
Eso fue todo lo que dijo. Se excusó diciendo que ya no tenía hambre y se levantó y se fue. Como día, no estaba mal, acababa de dejar al borde de las lágrimas a la mujer que amaba y de perder a mi amiga, en escasos quince minutos, ¿alguien lo superaba? El camarero vino y le dije que no se cobrase lo que se consumiera en la mesa de Sookie y que llevara mi comida a mi despacho, que comería allí. Di toda la vuelta al salón para no volver a pasar otra vez por la mesa que ocupaba mi ex amante.
Cuando el camarero vino a retirar mi plato casi intacto, le pregunté si Sookie seguí allí. Al parecer no habían comido, en cuanto llegó su pareja se fueron. Me sentí mal por haberla tratado así, pero tenía que hacerle sentir aunque tan sólo fuese un pequeña porción del dolor que me había causado a mí. Nunca había sido rencoroso y ahora me molestaba querer pagar con la misma moneda a una mujer a la que amaba, porque daba igual si ella me quería o no, yo me había enamorado como un gilipollas de ella. Necesitaba aire, así que me fui caminando hacia casa, no vivía muy lejos y era otra de las nuevas costumbres de este nuevo Eric cabrón y rencoroso. Llegué a casa y me refugié en los recuerdos que encerraba de ella, era mi lugar seguro, el lugar donde dar rienda suelta a mi dolor y a mi pena. No tuve mucho tiempo para hacerlo, en pocos minutos sonó el interfono. Fui a ver quien era y la cara de Alcide apareció en la pantalla. Me extrañó porque habíamos quedado de noche, unos minutos después, sonó el timbre de la puerta. Abrí y allí estaba mi amigo con cara de psicópata.
_ ¿Qué coño pasa contigo, Eric? – rugió Alcide, entrando como una exhalación, nada más abrirle-. ¿Se puede saber qué es lo que no funciona en tu cabeza? – no podía estar más confundido con sus palabras y su actitud-. Esa pobre mujer pone su vida patas arriba por ti y tú la rechazas después de todo. Joder, en este momento, cómo me apetece pegarte...
