Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
15.
Cuando Alcide se me echó encima acusándome de haberla rechazado, comencé a echar humo. No podía ser que le hubiese ido llorando a su jefe que, casualmente, era mi amigo, ah, no, no podía haber hecho eso. Quiso decirme algo más, pero no se permití, ya estaba harto, se iba a enterar, ahora sabía donde encontrarla e iba a empezar por su oficina, y si tenía que ir a su pueblucho, iría.
_ No – le paré-. No es contigo con quien tengo que hablar lo mismo que no es a ti a quien tiene que quejarse. Si tiene algo que decir, que tenga el valor de decírmelo.
Abrí la puerta y salí sin decirle ni adiós. En cuanto me subí al coche me paré unos segundos para respirar. No podía creerme lo que había hecho, estaba tan cabreado que mejor me serenaba antes de verla porque no tenía el mejor de los ánimos. Por suerte, el tráfico a esas horas en lento y me pude calmar algo por el camino. Llegué a la oficina y pregunté por ella y me lo indicaron, en ese momento entró Alcide detrás llamándome desde la puerta. No le presté atención ni a él ni a la rubia de bote que se me puso en medio. Entré en la oficina y cerré de un portazo. Creí que me había calmado, pero verla con expresión de cordero degollado me volvió a sacar de mí. Alcide entró detrás de mí amenazándome con llamar a seguridad pero ella le pidió que nos dejara solos. Durante los siguientes minutos nos gritamos, nos declaramos nuestra mutua antipatía en ese momento mientras yo intentaba que no se me notase por debajo de toda la bronca que le tenía que lo único que me apetecía era abrazarla. Cosa que, evidentemente, acabé haciendo. Mi ego herido no me había permitido pensar en la posibilidad de que ella estuviese pasando un mal momento, que no hubiese podido por alguna razón llamarme. Yo la hubiese llamado, sin pensármelo, aunque hubiese sido para decirle que no podría verla, pero no la hubiese dejado pensando que no la quería, que no la deseaba, que todo lo que le había dicho sólo eran palabras vacías para tirármela, no tenía que darme explicaciones a porqué me molestaba tanto pensar que me había estado utilizando para el sexo. Eso sólo pasa cuando quieres al otro y el dolor por el rechazo es aún mayor. Cuando dijo que quizá me había atribuido cualidades que no me correspondían porque quería que la persona que amaba las tuviese, dejé de respirar, ¿por qué me peleaba con la mujer que quería que me quisiera tan desesperadamente? Era el momento de echar marcha atrás y dejar a un lado mi ego, su cabezonería, todo, y acabar con los escasos centímetros que aún nos separaban.
Su boca encontró la mía y ya no supe más, mis manos encontraron su pelo y las suyas mi espalda. Empezó como un beso suave, dulce, de reconocimiento, pidiéndonos perdón entre besos, lamentándonos por nuestra estupidez, susurrando palabras de amor y de deseo, riéndonos por lo tontos que éramos y los malentendidos que nuestra falta de comunicación nos regalaba, pero sólo fueron unos minutos, nos deseábamos demasiado para que esa lentitud y esa rendición durase. Poco a poco fuimos entrando en ebullición y, de repente, había demasiada tela entre los dos. Me tuve que contener para no saltar los botones de su blusa para poder llegar a su generoso pecho, y mi jersey estaba empezando a molestarme más que a ella que ya estaba peleando para deshacerse de él. Cuando se cansó porque no quería despegar su boca de la mía buscó más abajo, su mano pequeña se amoldó a mí sobre el pantalón. Gemí en su boca, ¿lo íbamos a hacer en su oficina, con todo el mundo al otro lado de la puerta, pendientes de lo que pasaba a este lado de la misma? Había que joderse, estaba pensando en su reputación mientras mi lengua jugueteaba con la suya y mis manos se iban a perder entre sus piernas.
_ Coge tu abrigo, nos vamos a mi casa... – jadeé contra su boca. Asintió sin aliento y fue a recoger sus cosas.
Me puse la chaqueta y me ajusté el pantalón. Esto de andar continuamente empalmado con nada que me rozase o sin necesidad de que lo hiciera, a quién pretendía engañar, tal era su efecto sobre mí, iba a ser un problema porque no siempre íbamos a poder disponer de un lugar en el que desahogarnos. Salimos al silencio sepulcral de la oficina. Alcide nos miró extrañado y levantó una ceja, negando suavemente con una pequeña sonrisa y nos acompañó hasta el ascensor.
_ Me tenéis muy harto – se rió mientras se cerraba la puerta y nosotros no podíamos dejar las manos lejos del otro.
En unos minutos estábamos en mi casa, gracias a los dioses del tráfico, y uno sobre el otro. Conseguimos llegar a la cama porque esa vez quería que fuese diferente, quería demostrarle lo que la quería en un lugar apropiado, no era que la mesa de mi despacho o cualquier otra superficie vertical u horizontal sobre la que lo hubiésemos hecho no lo fuese, pero quería tratarla como lo que ya era en mi cabeza, mi mujer.
Durante los siguientes minutos adoré su cuerpo, que era mío, besé sus pechos, chupé y lamí toda porción de piel que fue quedando expuesta. Me complací en darle placer con mi boca y mis manos, preparándola, o mejor, preparándome a mí mismo para entrar en ella. Cuando lo hice mirándola a los ojos, no me lo podía creer, con Sookie siempre era mejor que la última vez, me moví lentamente, susurrándole palabras de amor y cuando lo demandó, lo hice rápido y más salvajemente, diciéndole todas las obscenidades que quiso. Esa era mi Sookie, la mujer dulce y la salvaje, la que quería que la follara sin compasión lo mismo que le hiciera el amor. Y eso era lo que yo quería hacer el resto de mi vida.
Su preciosa cara se contrajo de placer mientras su orgasmo espoleaba el mío, y me pareció la visión más hermosa que había tenido nunca. Qué asco me daba, nunca me había enamorado así de nadie, ni siquiera de Dawn. Nos quedamos recuperando el aliento abrazados, un amasijo de miembros entrelazados, más bien, pero por mí, perfecto, estar enredado en ella era lo que yo más deseaba.
_ Tenemos que dejar de hacer esto... – susurró al fin contra mi cuello, sin proponerse excitarme otra vez pero consiguiéndolo. No era su culpa que yo la deseara tanto.
_ ¿Tenemos que dejar de acostarnos? No me digas eso, por Dios – me reí estrechándola contra mí.
_ Sabes de lo que te hablo – se separó un poco de mí y me dio un manotazo en el brazo.
_ ¿Lo sé? – sonreí seductor, no estaba seguro de si quería hablar o seguir haciéndolo memorable-. Lo que yo sé es que quiero que estés siempre así, aquí, conmigo... – me echó una mirada enfurruñada por estar desviando la conversación. Suspiré, bien, de acuerdo, tocaba hablar-. Pero tienes razón, tenemos que comunicarnos mejor, no podemos pasarnos el tiempo enfadados y luego follándonos... Aunque, bien pensado, tampoco ha estado tan mal – mi mano recorrió su espalda hasta su culo y lo estrujó.
_ ¡Eric...! – me regañó-. Esto es serio. Han sido unos días muy duros...
_ ¿Me lo vas a contar? – me puse serio- Me gustaría que cuando te pasara algo pensaras en mí, me hubiese gustado poder ayudarte, estar ahí para ti, aunque sólo fuese para abrazarte y darte ánimos.
_ Lo siento... – su voz sonó avergonzada y arrepentida- No lo pensé, en serio, estaba tan sobrepasada por lo que me estaba pasando que no quise ser una molestia.
_ No lo eres, te dije que te quería en mi vida, eso no quería decir que te quisiera sólo para la parte buena y divertida.
_ Pero no podía arrastrarte, no quería ser un quebradero de cabeza... No quería que te arrepintieses de haberte fijado en una mujer que tiene problemas y familia.
_ Todos tenemos problemas, Sookie...
_ No lo entiendes, Eric, mi mayor preocupación siempre fue que no aceptaras mi vida. Dejé de verte por eso. Soy madre y eso es lo primero para mí, te quería pero no podía exponer a mi hija así. No podía exponerme yo así, no podía hundirme, ¿qué hubiese sido de ella entonces?
_ Nunca me lo dijiste, no me diste opción a decirte que te quería con todo lo que vinieses. No esperaba que fuese una niña, no me malinterpretes, no me importa, si es tuya, la querré igual, y ten cuidado que no me robe el corazón más que tú, una pequeña Sookie a la que consentir... – me reí-. Nos hubiésemos ahorrado tanta pena y tanto sufrimiento si hubieses sido valiente, pero no importa, ahora estás aquí y quiero que me prometas que esta vez lo vas a intentar, vas a ser fuerte y te vas a enfrentar a lo que te separa de mí.
_ Lo he hecho... – la miré sorprendido, no lo esperaba, pensaba que tendría que espolearla un poco- He dejado a Bill.
La cara se me debió iluminar porque le arranqué una pequeña sonrisa y acarició mi mejilla. Ahora había esperanza. Mi cabeza comenzó a trazar planes, calculando las posibilidades que el hecho de que fuera libre nos ofertaba.
_ Eso es genial, amor, podemos estar juntos sin tener que cuidarnos ni darnos sólo unas horas sueltas. ¿Te sientes bien con tu decisión? Te prometo que no te vas a arrepentir... – besé su frente y sonreí-, ninguna de las dos. ¿Cómo se lo ha tomado Bill?
_ No se lo esperaba, pensaba que pasaría por alto que se estuviese follando otra vez a Lorena – mentalmente me hice el apunte de mandar flores a la señora Krasiki, cuando la vi supe que me ayudaría con esto aunque fuese indirectamente y de forma involuntaria.
_ ¿Te ha puesto impedimentos?
_ Bueno, él jura y perjura que no, pero creo que intentó llevarse a Jess – su voz llena de temor me enfadó, quería protegerla y hacer que se sintiera segura por encima de todo-. He estado alerta y temiendo que mi mayor miedo se cumpliera los últimos días...
_ Por eso no llamaste – me dije para mí, sintiéndome avergonzado por cómo la había tratado. Era un capullo. La miré y lo vi claro-. ¿Tienes un buen abogado? Pagaremos al mejor, le quiero lejos de vosotras..., no vamos a darle la opción de que pueda hacer algo contra ti usando a la niña.
Se abrazó a mí y me besó, sus besos húmedos y salados por las lágrimas que recorrían su cara. Se puso a horcajadas sobre mí y su boca invadió la mía tomando posesión de mi lengua. No dijimos nada, las palabras estaban de más, sobrevaloradas. Ella necesitaba la reafirmación que mi cuerpo podía darle y yo la gratitud y el amor que sus caricias escondían, y que se fueron haciendo más intensas poco a poco, me llevó a su entrada y me hizo suyo, más aún de lo que ya era. Comenzó a moverse sobre mí con calma y premeditada lentitud, sin dejar de mirarme, sin dejar de tocarme, entraba y salía de ella sin querer ni respirar para no romper la magia de esa comunión entre nuestros cuerpos. Me levanté cuando no pude soportar más la distancia entre su piel y la mía pese a estar todo lo dentro que se podía el uno del otro, y me abracé a su cuerpo, besé su boca, su cuello, mordisqueé sus pechos y los lamí con reverencia. Sus caderas se movían cada vez más frenéticamente contra mí, buscando una mayor fricción. Mi mano acabó de proporcionársela y en cuestión de segundo se corrió gritando mi nombre. No necesité mucho más, caímos en la cama uno sobre el otro, abrazados y moviéndonos todavía para prolongar nuestros orgasmos.
_ Te quiero... – murmuré contra su pelo sin poder dejar de empujar dentro de ella. Se quedó rígida unos segundos que se me hicieron eternos y luego se relajó en mis brazos y besó mi cuello.
_ Gracias – murmuró-.
_ ¿Por qué?
_ Por quererme, porque yo también te quiero a ti.
¡Sí! ¡Por fin!, si no hubiese pensado que quedaría ridículo habría hecho algún gesto completamente inmaduro acompañado de un baile feliz, también contaba que me hubiese tenido que mover de donde estaba y eso sí que no. Permanecimos unos minutos en silencio, abrazados, disfrutando de nuestra proximidad, cuando no me pude reprimir más y acabé soltando lo que llevaba rondándome por la cabeza desde hacía bastante rato.
_ Quiero que la traigas aquí – dije sin darle más vueltas-. Pasad unos días conmigo... Quiero que me conozca y que se acostumbre a mí y a esta casa, quiero teneros donde puede protegeros y amaros – hizo amago de responder-. No, prométeme que te lo vas a pensar. Sé que es pronto, que pese a todo lo que nos hemos hecho, ni siquiera hemos tenido una cita, no quiero que nos precipitemos y joder lo que tenemos por impaciente, pero me gustaría que me dieras la oportunidad de demostrarte que soy bueno para vosotras. Piénsatelo, ¿lo harás?
