CULPA.
Diario:
¿Me siento feliz por lo que he hecho el día de hoy? Me gustaría decir que sí, que sí lo estoy. Que al fin pude lograr que esa pestilente rata judía se doblegara a mi voluntad y me cumpliera la apuesta que teníamos hace nueve años y que nunca cumplió.
Que al fin se cumpliera mi fantasía sexual de tenerlo bajo mi merced y hacer que suplique con ser el "elegido" para saciar mis más bajos instintos que yacían dormidos en mi subconsciente.
Debería de estarlo dada mi naturaleza.
Pero no fue así.
No hoy… Ni tal vez nunca.
Lo que hice hoy no tuvo perdón de nada, ni siquiera de Dios.
Podría decir que me vale el culo de Britney Spears el haber violado a Kyle en la cocina, todo mal herido y madreado, pero no es así.
Sólo a ti, después de la Rana Clyde, podría decir lo que realmente siento en mi interior: Vergüenza.
Sí. Así es. Me avergüenzo de lo que hice; me avergüenzo de haber tomado por la fuerza lo que debería haber tomado por la astucia.
Perdí el control, lo acepto. Pero más que perder el control de mí mismo, me dejé guiar por mis bajos instintos. Y la jodida culpa, en esta ocasión, no solamente fue la del judío.
No.
Fue mía también por no olvidar aquella estúpida apuesta, que al fin y al cabo fue una reverenda pendejada dada la edad… Y tal vez la rápida madurez mental de ambos.
La culpa del judío se justifica en su bello cuerpo, en su bella piel… En esa piel tan tersa, pura, sin mancha, sin ser tocada por cremas antiarrugas usadas por las mujeres o por maquillaje. ¡Dios, eso me volvió loco!
El saborearlo, el oler el bello perfume de su alma inocente… Me hace sentir el anhelo de hacerlo mío, de convertirlo en mi compañero de la cama, mi confidente, mi amigo, y no sé…
Tal vez incluso en mi amante.
No sé cómo, no sé por qué, pero comparar su bella piel con la de Wendy sería una grave falta de respeto y una grosería para la belleza encarnada en un cuerpo masculino de casi forma femenina; ¡oh, vamos!, ¿a quién engaño si me atreviera a hacer semejante barrabasada? La piel de Wendy parece la piel de un pescado a lado de la piel del judío; es más, la piel de Wendy no sabe ni la mitad de deliciosa que la de Kyle.
Wendy echó a perder su piel justo antes de llegar a la edad madura de los 15 años al estar de puta barata con toda la escuela y, ¿quién no lo niega?, usando a Stan como su trampolín para agarrar al próximo pendejo que le meta la verga por el culo para tenerla satisfecha.
Kyle, en cambio, nunca ha sido tocado por nada ni por nadie.
La suavidad de su piel (¡Dios, qué delirio!) es el resultado de la famosa dieta judía, en donde no se consume carne de cerdo ni comidas grasosas, pero sí frutas y verduras.
Y eso que es diabético el cabrón…
Pero eso no importa ahora.
Lo que hice ya está hecho. El daño es irreversible y traumático para Kyle… Pero también lo es para mí por haberlo hecho.
Por eso lloré.
Lloré silenciosamente al poner todo en la bandeja para curarle; lloré de impotencia al ver cómo el monstruo que yacía dormido en mi ser había emergido para saciar su sed de sangre.
¡Tenía las ganas de ir al cuarto y de suplicar su perdón de rodillas por todo lo que he hecho con lágrimas al rojo vivo!
¡Pero no pude, carajo, no pude! ¡Maldito y vil orgullo de hijo de puta que me impide sacar mi poca humildad y calidad humana! Tenía que seguir con el juego, tenía que hacerlo mi esclavo para salvaguardar esa pinche reputación que me había labrado con el paso de los años… O de lo contrario todos sabrán que yo, Eric Cartman, ya no es el mismo vil hijo de puta, cretino, racista y neo-nazi de antes, y sí, ahí todo el mundo empezaría a joderme de a lo lindo.
Porque antes de ser toda esa negatividad, soy hombre…
Y antes de ser hombre…
Soy HUMANO …
Y dejando la pluma a un lado, Cartman lloró.
