Holaaa ke tal todo?

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 7

Jasper dejó sus cosas en el Rover y entró en la casita amarilla solo. Había convencido a Rosalie de que no necesitaba que le acompañase. En realidad, prefería hacerse al lugar sin ella. Su presencia era demasiado fuerte y distraía la atención.

Era un lugar pequeño, con un encanto peculiar, muy distinto de la mayoría de los alojamientos que solía encontrar en sus viajes de investigación. Sabía que mucha gente pensaba que él era un hombre más apropiado para trabajar en una oscura y polvorienta biblioteca, lo que con frecuencia se ajustaba a la realidad; sin embargo, también era capaz de sentirse como en su casa en una tienda de campaña en la selva, siempre que contara con suficiente batería para el equipo.

El salón era pequeño y acogedor, tenía un sofá muy cómodo y una pequeña chimenea preparada para ser prendida. Decidió ocuparse de eso lo primero y rebuscó en sus bolsillos distraídamente, hasta que vio la caja de cerillas sobre la estrecha repisa de la chimenea.

Agradecido por aquellos pequeños detalles, encendió el fuego y continuó el recorrido. Tenía la costumbre de hablar en voz alta, lo que provocó un ligero eco.

—Hay dos dormitorios, utilizaré uno como segundo despacho. Creo que la instalación principal la dispondré en el salón. La cocina queda reservada para el día en que esté lo suficientemente desesperado como para cocinar, Bella Cullen.

Otra vez hurgó en sus bolsillos y sacó la tarjeta del «Catering Las Hermanas», que había tomado del mostrador del café. La dejó en mitad de la cocina donde pudiera verla si se le ocurría cocinar.

Miró por las ventanas y le gustó que el bosque se encontrara tan próximo y que no hubiera otras casas. A menudo trabajaba a horas extrañas y allí no tendría vecinos cerca que pudieran quejarse.

Lanzó la única maleta que traía consigo encima de la cama del dormitorio principal y se sentó en ella para probar el colchón.

La imagen de Rosalie se coló en su mente. «¡Tranquilo, muchacho!», se advirtió a sí mismo, «no te permitas ni un solo pensamiento carnal acerca de una mujer capaz de sacártelos a tirones de la cabeza, y que además es el primer objetivo de tu investigación».

Satisfecho con la forma en que se había instalado, salió para descargar el Rover.

En su segundo viaje se detuvo al ver el coche patrulla del sheriff y a Alice bajándose de él.

—Ayudante Cullen.

—Doctor Withlock. —Ella se sentía vagamente culpable de haberle hecho pasar un mal rato en su primer encuentro. No sentiría aquello si Bella no le hubiera regañado, pensó con resentimiento—. Tiene muchos bultos.

—Bueno, es sólo una parte. Mañana llegará el resto del equipaje, que encargué que me enviaran.

Alice, entrometida por naturaleza, miró en la trasera del Rover.

—¿Hay más cosas aparte de todo esto?

—Sí. Son muchos cacharros delicados.

Ella volvió la cabeza.

—¿Cacharros delicados?

—Sí: cantidad de sensores, escáneres, medidores, cámaras y ordenadores. Son mis juguetes favoritos.

Se le veía tan contento con la idea que Alice no se sintió capaz de sonreír.

—Te ayudaré a traer lo que queda en el coche.

—Fenomenal. Algunas cosas pesan bastante.

Ahora sí que Alice sonrió de oreja a oreja mientras levantaba una gran caja del maletero.

—Puedo con ellas.

Jasper pensó que sería mejor no hacer ningún comentario al respecto y se dirigió hacia el interior de la casa.

—Gracias. ¿Haces pesas? ¿Qué marca tienes?

Ella arqueó las cejas.

—Hago doce repeticiones con cuarenta y cinco kilos de golpe. —No podía hacerse una idea de su cuerpo porque iba enfundado en un abrigo largo y un grueso jersey—. ¿Y tú?

—Pues, más o menos lo mismo que tú, teniendo en cuenta la diferencia de peso.

Jasper salió otra vez, dejando que ella le siguiera intentando adivinar cómo serían su espalda, y su trasero.

—¿Para qué utilizas todos estos... chismes tan delicados? —preguntó Alice.

—Para estudiar, observar, grabar y documentar lo oculto, lo paranormal, el arcano; lo distinto, ¿sabes?

—Eso son puros espectáculos circenses.

Él se limitó a sonreír, no sólo con la boca, sino también con los ojos, observó ella.

—Mucha gente piensa igual que tú —contestó Jasper.

Acarrearon el resto de las cajas y maletas al interior entre los dos.

—Vas a tardar una semana en deshacer el equipaje —comentó Alice.

Él se rascó la cabeza, contemplando las pilas de cosas que ahora abarrotaban el salón.

—No era mi intención traer tantas cosas, pero nunca sabes lo que puedes necesitar. Cuando estuve en Borneo me hubiera dado de tortas si no hubiera llevado el detector de energía suplementario, que es como un detector de movimiento, pero no exactamente —explicó—, allí es imposible encontrarlo.

—Seguro.

—Te lo enseñaré —se encogió de hombros al quitarse el abrigo que dejó a un lado descuidadamente, antes de agacharse para revolver en una caja.

Sorpresa, sorpresa, pensó Alice, el doctor Raro tenía un culo estupendo.

—Mira, es éste, manual y totalmente portátil. Lo he diseñado yo mismo —A Alice le recordó a un pequeño contador Geiger, aunque pensó que nunca había visto un moderno contador Geiger—. Detecta y mide la energía negativa y positiva, —le explicó—. Simplemente al conectarlo, reacciona ante las partículas cargadas de energía en el aire, o ante un objeto sólido, incluso ante el agua. Aun que éste no es apto para la inmersión. Estoy trabajando en uno que lo sea. Si lo necesito, puedo conectarlo al ordenador y crear una impresión gráfica del tamaño y la densidad de la energía y de otros datos pertinentes.

—Ya, ya —echó una rápida ojeada a su rostro; pensó que se le veía muy serio y muy contento con su pequeño juguete portátil—. Tú eres un loco de la informática, ¿verdad?

—Sí, bastante —le dio la vuelta al aparato para comprobar la batería—. Siempre me he movido entre los fenómenos paranormales y la electrónica. He encontrado la manera de disfrutar de ambos campos.

—A mí ninguno de los dos me da ni frío ni calor —sin embargo, echó un vistazo al montón de cajas del equipo. Era como si Radio Terremoto hubiera explotado—. Toda esta chatarra de alta tecnología debe valer mucha pasta.

—Humm —él no le estaba prestando toda su atención. El sensor que se encontraba activado estaba dando una lectura baja, pero definida.

—¿Dan subvenciones para comprar estos trastos?

—Pues, puede ser, pero nunca las he necesitado, soy un chiflado de la informática realmente rico.

—¿En serio? No dejes que se entere Rosalie o te subirá el alquiler. Es una ordinaria.

Serpenteó entre las cajas, curiosa. Siempre le había gustado la pequeña casita, y todavía le fastidiaba un poco no ser ella quien la habitara, pero con Jasper Withlock las cosas no terminaban de cuadrarle.

—Mira, normalmente yo me ocupo sólo de mis asuntos y aunque no tengo el más mínimo interés en lo que tú haces, quiero decirte que hay algo que no me encaja. Eres profesor de cosas raras, un loco de la informática rico, la casita de campo... ¿Qué estás buscando?

Él no sonrió. Su rostro estaba en calma, casi absorto de forma un tanto misteriosa.

—Respuestas.

—¿Qué tipo de respuestas?

—Todas las que pueda encontrar. Tienes los ojos muy grandes.

—¿Qué?

—Veo que son simplemente verdes, ni grises, ni azules, son sólo de un verde intenso. Muy bonitos.

Alice ladeó la cabeza.

—¿Te estás quedando conmigo, doctor Chiflado?

—No —él estuvo a punto de sonrojarse—. Sólo me estaba fijando, eso es todo. La mitad de las veces no me doy cuenta de que estoy diciendo lo que se me pasa por la cabeza. Supongo que se debe a que paso mucho tiempo yo solo, y pienso en voz alta.

—De acuerdo. Tengo que irme.

Él guardó el sensor en el bolsillo sin preocuparse de apagarlo.

—Agradezco tu ayuda. ¿Sin rencores?

—Está bien.

Ella le tendió la mano para estrechar la suya. En el momento en que sus dedos se tocaron, el sensor que tenía en el bolsillo empezó a pitar como loco.

—¡Guau! ¡Espera! ¡Mira!

Alice intentó liberar su mano de nuevo, pero ante su sorpresa, él le apretaba muy fuerte mientras con la mano libre sacaba el sensor del bolsillo.

—¡Mira esto! —la excitación alteró su voz haciéndola más profunda—. Nunca había medido algo tan fuerte, está casi fuera de escala. —Comenzó a murmurar números como para memorizarlos, al tiempo que tiraba de ella por la habitación.

—Espera, amigo. No sé qué piensas...

—Necesito anotar estos números. ¿Qué hora es? Las dos y veintitrés con dieciséis segundos —fascinado, pasaba el indicador por encima de sus manos unidas—. ¡Dios mío! ¡Mira qué subida! ¿Es el frío o qué es?

—Déjame ya, o te tiro al suelo.

—¿Cómo? —él miró su rostro y parpadeó una vez para orientarse. Los ojos que había admirado, relucían duros como piedras—. Lo siento. —Soltó su mano inmediatamente y el pitido del sensor se ralentizó—. Lo siento —repitió—. Me bloqueo, especialmente ante un nuevo fenómeno. Si puedes esperar un momento a que anote esto, y a que conecte el portátil al ordenador.

—Yo no puedo perder el tiempo, mientras juegas con tus máquinas —Alice lanzó una mirada furiosa al sensor—. Creo que deberías revisar el equipo.

—Yo no lo creo —extendió la palma de la mano que había estrechado la suya—, todavía noto vibraciones. ¿Y tú?

—No sé de qué hablas.

—Diez minutos —contestó él—, dame diez minutos para preparar lo indispensable y lo intentamos otra vez. Quiero comprobar nuestras constantes vitales: la temperatura corporal y la temperatura ambiental.

—Yo no dejo que ningún hombre compruebe mis constantes vitales sin haberme invitado antes a cenar —le hizo señas con el pulgar—. Estás entorpeciendo mi camino.

Él se apartó a un lado.

—Te invito a cenar.

—No, gracias. —Se dirigió directamente hacia la puerta sin mirar atrás—. No eres para nada mi tipo.

En lugar de perder tiempo, en cuanto Alice cerró de golpe la puerta, Jasper buscó la grabadora y comenzó a relatar los hechos.

«Alice Cullen —hizo una pausa—, la ayudante Alice Cullen, veintitantos años, supongo. Brusca, desconfiada, a veces maleducada. Incidente en un contacto físico. Un apretón de manos. Reacción física personal: un hormigueo y calor en la piel desde el punto de contacto, a través del brazo derecho hasta el hombro. Aumento del latido cardiaco y un sentimiento momentáneo de euforia. Reacción física de la ayudante Cullen: no comprobada. Sin embargo, mi impresión: ha experimentado reacciones similares, que en ella han derivado en enfado y negación.»

Se sentó en el brazo del sofá cavilando.

«Una primera hipótesis, deducida de investigaciones previas, observaciones en curso y datos registrados, es que Alice Cullen es otra descendiente directa de una de las tres hermanas originales.»

Frunciendo los labios Jasper apagó la grabadora.

—Y creo que esto es lo que le enfada realmente.

.

.

.

A Jasper le llevó el resto de la tarde y parte de la noche deshacer el equipaje e instalarse. Cuando terminó, el salón tenía el aspecto de un laboratorio científico de alta tecnología plagado de monitores, teclados, cámaras y sensores colocados a su gusto.

Dejó poco espacio para moverse, pero su principal objetivo era trabajar, no divertirse.

Arrinconó el mobiliario y comprobó cada una de las piezas del equipo. Cuando al fin terminó, el fuego se había apagado hacía tiempo y estaba hambriento.

Recordó la pizzería, tomó el abrigo y salió.

Le agradó la oscuridad casi total, ya que sólo había un tenue destello de luz de luna y algunas estrellas dispersas. El pueblo, si recordaba bien, se encontraba a medio kilómetro al sur más o menos, y no se distinguía más que un conjunto de vagas siluetas oscuras a la luz de las farolas.

Desconcertado, miró el reloj. Soltó un taco. Eran más de las once de la noche y se encontraba fuera del pueblo y aislado en aquel trozo de tierra.

No habría pizza.

Su estómago, ya bien despierto, protestó ruidosamente. Había pasado hambre anteriormente, a menudo por culpa de su despiste, lo que no quería decir que le gustara la situación.

Sin mucha esperanza, volvió atrás para buscar alguna migaja en la cocina. Quizás conservara en su maletín alguna bolsa con restos de comida pre parada o de golosinas. Pero encontró el premio gordo en la nevera: un recipiente con la etiqueta «sopa de almejas» y las instrucciones para calentarla, gentileza del Catering Las Hermanas.

—Amo a Bella Cullen. Seré su esclavo. —Contentísimo, lo metió en el microondas el tiempo y a la temperatura indicados. Los primeros efluvios de olor casi le hicieron llorar.

Se tomó toda la sopa de pie.

Decidió dar un paseo por la playa, al sentirse ya saciado, reconfortado y revivido. Dos minutos después, volvió sobre sus pasos para buscar una linterna.

Siempre le había gustado el sonido del mar, especialmente de noche, cuando parece llenar el mundo. El viento frío era estimulante y el suave terciopelo de la oscuridad le relajaba.

Mientras caminaba realizó una lista mental de quehaceres domésticos y tareas que debía acometer al día siguiente. A pesar de que era consciente de que la mayoría de ellas se le olvidarían, si no todas, no cejó en su empeño.

Necesitaba hacer acopio de provisiones; transferir dinero al banco local para mayor comodidad; solicitar un teléfono y un apartado de correos. Quería estudiar los antepasados de los Cullen más a fondo, y también la historia de la familia Ripley.

Se preguntó cuánta información podría extraer de Rosalie. Existía una tensión evidente entre ella y la ayudante, y le interesaba descubrir la causa. Necesitaba pasar más tiempo con ambas, aunque ninguna de las dos parecía muy influenciable.

Sintió un hormigueo en la parte posterior del cuello que le hizo detenerse y girarse lentamente. Ella resplandecía. Una débil aureola de luz de lineaba su delicado cuerpo, su rostro y los cortos rizos de su cabello. Sus ojos eran de un verde intenso, como los de un gato en la oscuridad, y le estaban mirando a él tan fija como tranquilamente.

—Alice —Jasper no se asustaba con facilidad, pero ella lo había conseguido—. No sabía que hubiera alguien más aquí en la playa.

Comenzó a dirigirse hacia ella. Una ráfaga de aire le produjo un escalofrío. La arena se desplazó bajo sus pies. Vio bajar por su mejilla una sola lágrima brillando como un diamante, antes de que se desvaneciera como el humo.


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