Holaa ke talll? espero les guste el capii jeje

recuerden d ke nada me pertenece

Capítulo 8

Alice pensó que la isla de las Tres Hermanas se encontraba en calma, tan blanca y perfecta como una de las bolas de cristal rellenas de nieve, que se mostraban en las estanterías de los «Tesoros de la Isla». La tormenta de nieve de la noche anterior había cubierto la playa, los prados y las calles. Los árboles parecían arropados por capas de armiño y se mantenían tan quietos como en un cuadro; el aire estaba tan silencioso como en una iglesia.

A ella le disgustaba estropear todo aquello.

Edward estaría llamando a Dick Stubens para que comenzara a dispersar la nieve. Enseguida, el mundo se pondría en marcha otra vez, pero todavía estaba inmóvil y silencioso, irresistible para ella.

Una de las pocas cosas que le disuadían de correr por la mañana por la playa, era un poco de nieve. Tomó su bolsa de gimnasia, se la echó al hombro, aspiró por última vez el aroma de lo que estaba cocinando su cuñada, y salió de la casa.

De momento, durante el recorrido hasta el hotel y el gimnasio, la isla era sólo suya.

El humo salía por las chimeneas y las luces brillaban tras las ventanas de las cocinas. Imaginó que la harina de avena se estaba cociendo y que el tocino chisporroteaba sobre el fuego. Además, en aquellas casas cálidas y acogedoras los niños estarían bailando de alegría porque no había escuela. Aquél era un día para hacer batallas de bolas de nieve y construir castillos, para los trineos y las tazas de chocolate caliente en la mesa de la cocina.

Su propia vida había sido así de sencilla una vez.

Se dirigió penosamente hacia el pueblo, dejando un surco en la nieve. El cielo mostraba una blancura quieta y suave, como si estuviera planeando dejar caer unos cuantos palmos más de nieve hasta llegar a una medida razonable. Esperaba que su hora en el gimnasio transcurriera con la misma suavidad, antes de volver a casa para ayudar a Edward a despejar la nieve de la patrullera y del coche de Bella.

Al cruzar el pueblo, miró al suelo y frunció el ceño. La nieve no estaba inmaculada, tal y como ella esperaba y deseaba. Alguien más había salido temprano y había dejado marcado un estrecho sendero.

Esto le irritó. Era una costumbre, casi un ritual, que fuera ella la primera en romper la capa de nieve en aquella zona de la isla. Y ahora alguien había estropeado su rutina y había hecho desaparecer su alegría. Pateó la nieve y siguió andando.

El camino llevaba, como el suyo, al hotel de piedra estilo gótico: la Posada Mágica.

Pensó que se trataría de algún turista del continente, que habría salido pronto de su habitación para ver un auténtico pueblo de Nueva Inglaterra bajo la nieve. Tuvo que admitir que era difícil censurarle, pero ese alguien debería haber esperado una hora más. Entró dando pisotones en los escalones, sacudiéndose la nieve de las botas.

Hizo un gesto al recepcionista levantando la bolsa de gimnasia, y de una carrera subió los escalones desde el vestíbulo al segundo piso. Había lle gado a un acuerdo con el hotel, por el que pagaba sólo cuando utilizaba las instalaciones del gimnasio. Prefería hacer gimnasia a su aire, y durante el verano utilizaba el mar como piscina, por lo que no le interesaba ser socia fija del establecimiento.

Torciendo a la izquierda se dirigió directamen te al vestuario de señoras. Por lo que sabía, sólo había un puñado de huéspedes aquella semana, así que tendría el gimnasio y la piscina para ella sola.

Después de dejar su ropa de abrigo en la taquilla que el hotel le tenía reservada, se desnudó para ponerse el corpiño negro de gimnasia y los pantalones de ciclista; después se puso los calcetines y las zapatillas de deporte.

Recuperó el buen humor otra vez ante la perspectiva de una buena sesión con las máquinas de resistencia y las pesas, que le harían sudar. En cambio, como no le gustaba la cinta, pensaba reservar la parte aeróbica del entrenamiento para la piscina del hotel.

Atravesó el vestuario para dirigirse a la puerta que comunicaba con el gimnasio. Antes de ver a nadie, oyó el sonido de metal contra metal. Su estado de ánimo se agitó de nuevo. La televisión estaba encendida y sintonizada en uno de esos programas matinales de pura cháchara y aplausos. Cuando entrenaba, prefería la música muy alta. Una ojeada al banco de pesas hizo que su ceño fruncido diera paso a una observación interesada. No podía ver demasiado, pero lo que contemplaba era de primera calidad:

Unas piernas largas, fuertes y musculosas que brillaban por el sudor; unos brazos también largos, con bíceps impecables que se contraían con los movimientos de subida y bajada. Dio su aprobación a las zapatillas, de buena marca, sencillas y que desde luego no eran nuevas.

Estaba realizando repeticiones constantes y suaves con 60 kilos de peso. Cada vez mejor. No se trataba de un aficionado de fin de semana, sino de alguien que hacía ejercicio regularmente. Y si el resto de su persona concordaba con sus extremida des, entonces era un alguien muy deseable.

Si tenía que compartir las instalaciones, mejor que fuera con un tipo deseable, entusiasta y sudoroso. «Precisamente como me gustan», pensó en cantada. Echaba de menos a los hombres, o por lo menos el sexo. Averiguaría quién era aquel Señor Entrenamiento y comprobaría si le divertían los anuncios de la televisión.

Cogió una toalla, se la puso alrededor de los hombros y se dirigió hacia él.

—¿Necesitas alguien que te controle? —empezó a decir, pero casi se ahogó cuando al mirar hacia abajo vio el rostro de Jasper.

Él soltó un gruñido y bajó la barra de pesas.

—Hola, ¿qué tal? ¡Vaya nevada la de anoche!

—Sí, nevó algo. —Se volvió disgustada para em pezar sus ejercicios de calentamiento. ¿Cómo era posible? Cuando ella empezaba a derretirse, el Señor Entrenamiento resultaba ser el Doctor Chiflado.

—Bonito gimnasio —comentó Jasper con un pequeño gruñido, ya que estaba levantando la barra—; me ha extrañado encontrarlo vacío.

—No hay mucho movimiento en el hotel en esta época del año. —Alice le lanzó una mirada. No se había afeitado, y la sombra de barba inci piente convertía su atractivo rostro de ratón de biblioteca en algo intenso, sexy.

¡Maldita sea! Era muy atractivo.

—¿Te has hecho socio? —preguntó.

—Sí. Vaya, he perdido la cuenta. Bueno —en ganchó la barra en el seguro y la dejó—. ¿Tú entrenas aquí regularmente?

—No. En casa tengo pesas y un banco de fle xiones, pero cuando no puedo salir a correr, me gusta utilizar esto y la piscina. ¿Estás viendo esta porquería?

El ajustó el peso y la resistencia de otra máquina, y echó una ojeada a la televisión.

—No especialmente.

Alice lo tomó por un no, y apagó la televisión mientras él se instalaba en una máquina de ejercicios de piernas. Puso música lo suficientemente alta para dificultar cualquier conversación.

Sin alterarse, Jasper continuó con su plan de ejercicios, y ella con el suyo. El joven doctor no dejó de observarla por el rabillo del ojo; no era de los que se dedicaban a mirar a las mujeres en los gimnasios, no le parecía de buena educación, pero también era humano. Estaban solos los dos, y ella tenía un cuerpo firme y bello. En cambio, su actitud era claramente disuasoria.

Recordó lo que había visto en la playa dos noches antes, el momento en que creyó que era Alice la que se encontraba allí. Por supuesto, no se trataba de ella. Se dio cuenta casi al instante. Los ojos eran muy parecidos, del mismo verde puro, penetrante e intenso; pero la mujer, o la visión, o lo que fuera, no tenía aquel cuerpo firme y disciplinado. Y el pelo, oscuro y corto, se curvaba en rizos, mientras que el de Alice era liso como una tabla. En cuanto al rostro, aunque existía un cierto parecido, el de la mujer de la playa era mucho más suave, triste y relleno.

A todo ello había que añadir que no creía que Alice Cullen fuera a estar en una playa oscura, llorando, para desvanecerse después en el aire. Estaba seguro de que era una de las hermanas. Y después de las investigaciones que había llevado acabo, apostaría que se trataba de la llamada Tierra.

Aún así, la ayudante Cullen formaba parte de la leyenda. De eso también estaba seguro.

No tenía muy claro cómo minar su pétrea actitud y convencerla de que colaborara, es decir, cómo trabajar con ella. Sin embargo, como decidió que eso era lo que tenía que hacer, pensó que no podía ser una coincidencia que los dos decidieran hacer pesas al mismo tiempo.

Ella empezó a trabajar rápido. El imitó su ejemplo.

A pesar de la música, se encontraban lo suficientemente cerca como para que él pudiera ha blar sin gritar y sin sentirse un imbécil.

—¿Qué tal es la comida del restaurante del hotel?

—Hay dos. Están bien. Hay uno de lujo bastante caro.

—¿Te apetecería desayunar después? Te invito —Alice le lanzó una mirada de reojo.

—Gracias, pero tengo que regresar al trabajo.

Jasper vio que miraba sus pesas; estaba levantando diez kilos y ella cinco. Pero entre el estruendo de la música se movían al unísono.

—Ya tengo instalado todo el equipo; tienes que venir a echar un vistazo —dejó caer Jasper como por casualidad, al cambiar ambos el ritmo de los movimientos.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Por curiosidad. Si te sientes incómoda por lo que pasó el otro día, prometo no tocarte.

—No hay nada que me incomode.

Había en su voz la suficiente mordacidad como para indicarle que se detuviera. Algunas mujeres presumían de su aspecto o de su cerebro. Alice, de su terquedad.

—Comprendo perfectamente que te muestres reticente a venir o incluso a hablar conmigo después de aquello —le lanzó una sonrisa tonta—. Suelo olvidar que la gente corriente no está acostumbrada a los fenómenos paranormales; pueden ser aterradores.

—¿Piensas que tengo miedo? —Alice apretó los dientes y continuó con las repeticiones—. No me das miedo, Whitlock, ni tampoco tus estúpidos juguetes.

—Me encanta oír eso. —Con voz alegre y cara de placer, terminó los ejercicios de suelo y se levantó para hacer bíceps—. Estaba preocupado por la forma en que te largaste.

—Yo no me largué —soltó ella de golpe, y comenzó a trabajar sus tríceps—, me fui.

—Es igual.

—Tengo trabajo.

—Está bien.

Ella tomó aire y se imaginó qué le ocurriría a esa sonrisilla atontada si le estampaba las pesas en la cara.

—Tú puedes ser un rico ocioso, amigo, pero yo tengo que trabajar para mantenerme.

—De acuerdo. Si no te preocupa la explosión de energía del otro día, me encantaría que volvieras. Ahora que ya estoy instalado y he comenzado a trabajar, me ayudaría mucho recrear ese suceso o al menos intentarlo.

—No me interesa.

—Te pagaría.

—No necesito tu dinero.

—Pero eso no hace que sea menos útil. Piénsatelo. —Decidió cortar el entrenamiento y darle tiempo a ella para hacer lo mismo. Mientras colo caba las pesas en su soporte añadió—: por cierto, tienes unos buenos abdominales.

Alice se limitó a despegar los labios y mostrar los dientes, cuando él se levantó.

¡Pero bueno!, pensó, al finalizar la tabla de ejercicios, que semejante zumbado insinuara que tenía miedo. Si no fuera tan ridículo, resultaría insultante. Y para más ridículo, que pensara que podía comprar su tiempo para sus ridículos experimentos o investigaciones, o como quiera que llamara a lo que hacía.

Era una pena, una maldita pena que fuera el hombre más guapo, y desde luego mejor formado, con el que se había tropezado en meses. Si no hubiera sido el irritante imbécil que era podían haber disfrutado juntos de algún ejercicio de muy diferente naturaleza.

En cambio, tendría que esforzarse por evitarle en todo momento. No le sería fácil, pero iba a convertirlo en su propósito para aquel invierno.

Con un cansancio agradable en los músculos, se encaminó de nuevo al vestuario, se duchó, se puso el bañador y se dirigió a la piscina.

Inmediatamente cayó en la cuenta; debía de habérselo imaginado: él ya estaba en el agua haciendo largos de forma lenta y casi perezosa. Le sorprendió comprobar que tenía bronceado todo el cuerpo, al menos todo lo que podía ver, que era bastante, dado que su bañador negro no ocultaba mucho.

No quería renunciar a nadar, aunque significara compartir la piscina con él. Dejando la toalla a un lado, se zambulló.

Cuando emergió a la superficie, Jasper estaba a un palmo de distancia, flotando.

—Tengo una idea —dijo.

—Apuesto a que te sobran. —Sumergió la ca beza y se retiró el cabello de la cara—. Mira, quiero hacer mis largos e irme. Y es una piscina grande. Tú te quedas en este lado y yo en el otro.

—No le llamemos una idea, sino una proposición —insistió.

—Whitlock, vas a conseguir cabrearme.

—No he querido decir...

Se puso rojo, una combinación perfecta y espléndida con la varonil barba incipiente. La ligera punzada de deseo que notó en su estómago consiguió sacarla de sus casillas.

—Lo que yo quería... —Jasper tomó aire dos veces con mucho cuidado, ya que sabía que si no lo hacía, tartamudearía—... era hacer una carrera.

Supo que había despertado su instinto competitivo por la forma en que a ella le brillaron los ojos, antes de volverse en el agua y nadar hacia un lado.

—No me interesa.

—Te doy de ventaja un cuarto de piscina.

—De eso nada. Me vas a cabrear.

—Cuatro largos —continuó él agarrándose firmemente a su propuesta, como un perro a un hueso—. Si tú ganas, no te molestaré más. Si gano yo, me dedicarás una hora de tu tiempo. Una hora contra tres meses. Las condiciones son muy favorables para ti.

No le hizo caso, no quería hacerle caso. Él no conseguiría importunarla si ella no se dejaba. Sólo existía un pequeño obstáculo: no podía resistir un desafío.

—Cuatro largos sin ventajas —accedió Alice ajustándose las gafas que tenía en la cabeza—. Cuan do yo gane, te mantendrás a distancia, no menciona rás tu proyecto o como se llame nunca más, y no in tentarás acercarte a mí con un interés personal.

—La última parte no me parece muy agradable, ayudante, pero accedo. Si yo gano, vendrás a casa y me ayudarás a realizar algunas pruebas. Una hora de trabajo con tu total cooperación.

—Hecho —cuando él le tendió la mano, Alice se limitó a mirarle fijamente

—Ni lo sueñes.

Esperó a que llegara al muro junto a ella, y se preparó realizando lentas y profundas aspiraciones.

—¿Estilo libre?

—De acuerdo. ¿A la de tres?

Ella asintió.

—Una, dos...

A la de tres, salieron los dos a la vez, abriéndo se camino en el agua. Alice no pensó perder, ni siquiera se planteaba esa posibilidad. Nadaba prácticamente todos los días, y además estaba en su terreno.

Se dio cuenta de que él se encontraba en buena forma cuando mantuvieron el mismo ritmo en el primer largo. No estaba mal, pero ella era mejor.

Palmotearon en el muro contrario y salieron para hacer el segundo largo.

Daba gusto contemplarla, y Jasper deseó tener más oportunidades de hacerlo, pero en circunstancias menos intensas. Se dio cuenta de que no era sólo cuestión de fuerza, sino que tenía la gracia disciplinada y fluida de una verdadera atleta.

Jasper era consciente de sus cualidades. Si había algo que podía hacer, era nadar. Debía admitir que no se le había ocurrido siquiera que le pudieran igualar. Sus brazadas eran más largas y medía quince centímetros más; sin embargo, ella tenía una poderosa zancada.

Cogió el ritmo con fuerza en el tercer largo. Alice le igualó. Se sintió retado y divertido a la vez. Ella estaba jugando con él. Imprimió más velocidad y tuvo que admitir que estaba encantado de que hubiera rechazado la ventaja.

Es como una anguila el muy hijo de puta, pensó Alice. Cuando se lanzaron juntos para atacar el últi mo largo, se dio cuenta que había subestimado sus dotes. Sacando fuerzas de flaqueza, se concentró y le adelantó un cuarto de cuerpo, sintiendo que se le aceleraba la adrenalina en el esfuerzo final.

Se quedó impresionada y algo aturdida de admiración cuando le vio pasar por delante y golpear el muro dos brazadas antes que ella.

Emergió con el pecho palpitando por el es fuerzo y se quitó las gafas.

Nadie, ni siquiera Edward era capaz de ganarla en cuatro largos. Era desmoralizador.

—Entonces cuando te venga bien hoy —dijo Jasper jadeando y apartándose el pelo hacia atrás.


ke les parecio jeje por lo q se ve Jasper es muuy insistente hehehe lograra la cita? yo creo ke sii

espero sus reviews

byeee