Hoola ke tal stan? espero ke biiien

recuerden d ke nada me pertenece

Capítulo 11

El dejó el lápiz, apartó a un lado el cuenco de sopa y la miró directamente a los ojos.

—Entonces digámoslo así: ¿cuándo te diste cuenta de que eras una bruja?

Sintió que la sangre se le agolpaba en la cabeza y latía a toda velocidad, al igual que su corazón. Jasper estaba sentado completamente tranquilo, es tudiándola como si fuera un experimento de laboratorio sólo ligeramente interesante.

Su estado de ánimo empezó a hacer tic-tac como una bomba.

—¿Qué estúpida pregunta es esa?

—En algunas personas es algo instintivo, un conocimiento hereditario. A otros se les enseña cómo se enseña a los niños a andar y a hablar. En otros se manifiesta con la aparición de la pubertad. Para unos pocos, creo, la vida transcurre sin que lleguen a ser conscientes siquiera de su potencial —le explicó.

Ahora consiguió que ella se sintiera como un estudiante ligeramente corto de alcances.

—No sé de dónde sacas todas esas historias, ni cómo se te ha ocurrido esa idea de que yo soy... —No lo diría, no iba a darle la satisfacción de oírselo decir—. Esa jerigonza pertenece a su campo, no al mío, doctor chiflado.

Intrigado, Jasper ladeó la cabeza.

—¿Por qué te enfadas?

—No estoy enfadada —Alice se inclinó hacia delante—. ¿Te gustaría verme de verdad enfadada?

—No especialmente. Pero apostaría a que si ahora te coloco un sensor, seguro que obtendría alguna lectura interesante.

—Ya no apuesto contigo, de hecho, se ha terminado el tiempo.

Dejó que ella se tranquilizara y continuó tomando notas

—Todavía quedan cuarenta y cinco minutos. Si vas a faltar a tu palabra... —levantó la vista y se encontró con la furiosa mi rada de Alice—. Sólo puedo pensar que tienes miedo. No era mi intención asustarte o preocuparte. Lo siento.

—Paso de tus disculpas. —Luchó contra su orgullo que siempre había sido su punto débil. Había aceptado la maldita apuesta y sus condiciones. En fadada consigo misma, golpeó el respaldo de la silla haciéndola chirriar y se sentó otra vez.

Él no se lo restregaba por las narices y seguía tomando notas, pensó Alice, rechinando; como si siempre hubiera sabido que le ganaría.

—Tendré que superar grandes obstáculos, por que no cooperas.

—No hay nada en lo que cooperar.

—Tú no eres tonta y me da la impresión de que te conoces muy bien a ti misma.

Se quedó mirándola. Alice intentaba permanecer firme, pero algo bullía bajo su calma aparente, una fuerte emoción, apasionada incluso. Quería sacarlo a la luz, desesperadamente; descubrírselo, descubrirle a ella, pero se dio cuenta de que nunca tendría esa oportunidad si la ofendía tan rápidamente.

—Supongo que estoy rozando una zona muy sensible para ti. Lo siento —se disculpó Jasper.

—Ya te dije lo que podías hacer con tus disculpas; puedes hacer lo mismo con tus suposiciones.

—Alice... —Jasper tendió la mano extendiendo los dedos en un gesto de paz—, no soy un reportero buscando una historia, ni un fan tras una estrella, ni un neófito a la caza de un mentor. Es mi trabajo. Te prometo respetar tu intimidad y ocultar tu nombre en la documentación. No haré nada que pueda herirte.

—Tú no me preocupas, Whitlock. Tendrás que buscar tu animal de laboratorio en otra parte. No me interesa tú... trabajo.

—¿Bella es la tercera?

—Deja a Bella en paz. —Sin pararse a pensarlo, se acercó y le agarró por la muñeca—. Si te metes con ella, ¡te rompo la cara!

Él no se movió, casi ni respiró. Ella tenía las pupilas oscuras casi negras. Donde le había puesto los dedos sentía un calor tan intenso que no le hubiera sorprendido ver que salía humo de su piel.

—No quiero hacer daño a nadie —consiguió decir Jasper con una voz que de alguna manera resultaba firme—. No se trata de filosofar sobre la Hermandad, yo creo en ello. No haré nada que pueda herir a tu cuñada, o a ti, Alice. —Muy despacio, puso su mano cubriendo la de ella, mirándola como miraría a un perro guardián que se hubiera soltado de la cadena—. No puedes controlarlo, ¿verdad? —La voz de Jasper era suave.

—No del todo.

Le dio un apretón de manos casi amistoso.

—Me estás quemando la muñeca.

Ante esta afirmación, Alice soltó los dedos y los estiró; sin embargo, su mano temblaba cuando miró la muñeca de Jasper y vio las marcas rojas en el lugar en que habían estado sus dedos.

—No pretendía hacerlo —luchó para normalizar su respiración, para acabar con aquel violento estallido de energía; para ser ella misma otra vez.

—Toma.

No había oído que se levantara, o que fuera al fregadero, pero en un momento, él estaba de pie a su lado ofreciéndole un vaso de agua. Después de tomárselo de golpe, ya no estaba muy segura de si era enfado o vergüenza lo que sentía; pero la culpa era de él.

—No tienes derecho a venir aquí y entrometerte en la vida de la gente —declaró.

—El saber y la verdad nos salvan del caos —su tono era tranquilo, razonable, y ella sintió deseos de pegarle; continuó—: y ambos, unidos a la compasión y la templanza con los demás, son lo que nos hace humanos; sin ellos, los fanáticos se alimentan del miedo y de la ignorancia, como ocurrió en Salem hace trescientos años.

—Que ya no se ahorque a las brujas no significa que el mundo sea más tolerante. No quiero formar parte de tu investigación. Y es mi última palabra.

—Está bien.

Notó que de pronto Alice parecía muy cansada, agotada hasta los huesos, lo que le provocó una mezcla de culpa y simpatía.

—Bueno, pero la otra noche ocurrió algo que puede hacer que eso nos resulte difícil a ambos. —Se detuvo un instante, mientras ella se removía en la silla para después concederle su atención a regañadientes—. Vi una mujer en la playa. Al principio pensé que eras tú; tenía los mismos ojos, del mismo color. Estaba completamente sola y terriblemente triste. Me miró durante largo rato y después se desvaneció.

Alice apretó los labios y después tomó su copa.

—A lo mejor bebiste demasiado vino.

—Ella quiere el perdón. Yo quiero ayudarla a encontrarlo.

—Tú buscas datos —replicó Alice echando la cabeza hacia atrás— quieres dar legitimidad a tu cruzada, quizás pillar un contrato para un libro.

—Yo quiero entender. ¡No! —admitió, eso no era todo, ése no era el meollo de la cuestión—. Quiero saber.

—Entonces, habla con Rosalie. Le encanta que le presten atención.

—¿Crecieron juntas?

—Sí, y ¿qué?

Pensó que resultaba más fácil, incluso más agradable tratar con ella cuando recuperaba su ac titud normal.

—He captado una cierta... tensión entre ustedes.

—Te lo repito, y ¿qué?

—La curiosidad es la primera herramienta del científico.

—También mato al gato —dijo Alice con un destello de su antigua sonrisa burlona— y además, yo no lo llamaría ciencia a ir danzando alrededor del mundo a la caza de brujas.

—¿Sabes? Eso es exactamente lo que dice mi padre —comentó Jasper jovial, mientras se levantaba para llevar los cuencos de sopa al fregadero.

—Parece que tu padre es una persona sensata.

—Sí que lo es. Para él soy una fuente constante de desilusión. No, eso no es verdad —decidió Jasper cuando volvió y apuró su vino—, soy más bien un puzzle, y está convencido de que se han perdido algunas piezas. Bien. Cuéntame algo de tus padres.

—Están jubilados. Mi padre fue sheriff antes que Edward y mi madre era contable. Hace tiempo decidieron vivir su vida en la carretera, en una gran caravana.

—Van recorriendo los Parques Nacionales.

—Sí, y lo que sea. Están disfrutando del mejor momento de su vida, como si fueran un par de niños en unas vacaciones sin fin.

No fue tanto lo que ella había dicho, sino cómo lo había dicho lo que le hizo comprender que los Cullen eran una familia feliz y unida. El problema que tenía con sus poderes no era resultado de un conflicto familiar. Estaba convencido.

—Tu hermano y tú trabajan juntos.

—Es evidente.

Sin lugar a dudas, ella había recuperado su forma de ser al cien por cien.

—Le conocí el otro día. No te pareces mucho a él —levantó la vista de sus notas— sólo en los ojos.

—Edward se quedó con todos los genes buenos de la familia; no sobró ninguno para mí.

—Tú te encontrabas presente cuando fue herido al arrestar a James Remington.

El rostro de Alice quedó inmóvil otra vez.

—¿Quieres ver el informe de la policía?

—La verdad es que ya lo tengo. Debió ser una noche difícil. —Jasper decidió que por el momento evitarían aquel asunto—. ¿Te gusta ser ayudante del sheriff?

—No hago cosas que no me gusten.

—¡Qué suerte tienes! ¿Por qué El Halcón Maltés?

—¿Cómo?

—Me preguntaba por qué elegiste esa película en lugar de, no sé... Casablanca.

Alice movió la cabeza como para ordenar sus pensamientos.

—No sé. Quizás porque me imagino que Ingrid Bergman debería haberle dicho a Bogart: «París, amigo mío» en lugar de tomar ese avión. En El halcón se hace lo que se debe: entregar a Astor; hacer justicia.

—Yo siempre pensé que Usa y Rick después de la guerra volverían a estar juntos, y que Saín Spade... bueno, que seguiría siendo Saín Spade. ¿Qué tipo de música te gusta?

—¿Cómo?

—La música, dijiste que te gusta entrenar con música.

—¿Qué tiene eso que ver con tu investigación?

—Dijiste que no querías verte involucrada en mi trabajo; deberíamos pasar el resto del tiempo conociéndonos mejor.

Ella dejó escapar un suspiro y bebió vino.

—Realmente eres una persona extraña.

—Está bien, ya hemos hablado demasiado sobre ti. Pasemos a mí. —Se sentó de nuevo y cuando vio el rostro de Alice desenfocado, recordó quitarse las gafas de lectura—. Tengo treinta y tres años y soy vergonzosamente rico. Soy el segundo hijo de los Whitlock de Nueva York, propietarios de bienes raíces. La rama Whitlock, de quien tomamos todos el nombre de pila son abogados de empresas. Me interesaron los temas paranormales desde niño: su historia, variantes, y su efecto en la cultura y en las sociedades. Mi interés provocó que mi familia buscara el consejo de un psicólogo, que les aseguró que únicamente se trataba de una forma de rebelión.

—¿Te llevaron a un psiquiatra sólo porque te gustaban las cosas raras?

— Cuando eres un colegial de catorce años siempre hay alguien que llama al psiquiatra.

—¿Catorce? —Alice frunció los labios—. Eso es un poco raro.

—Bueno, era un poco difícil conseguir una cita; déjame explicarte. —El movimiento nervioso de sus labios le gustó—: Yo canalicé la energía de lo que deberían haber sido los primeros escarceos de tipo sexual en el estudio y en mis intereses personales.

—O sea que te volcaste en los libros y la investigación.

—Podemos decirlo así. Cuando tenía unos dieciocho años, mis padres habían renunciado a la idea de que yo entrara en alguna de las empresas familiares. Después, a los veintiuno, heredé la primera parte de mis fondos fiduciarios y pude dedicarme a hacer lo que quería.

Alice inclinó la cabeza, interesada a su pesar.

—¿Nunca tuviste una cita?

—Un par de ellas. Sé lo que es que te empujen en una dirección que tú no quieres, o para la que no estás preparado. La gente dice saber lo que es mejor para ti. Quizás a veces sea cierto, pero no importa si siguen empujándote hasta que las opciones desaparecen.

—¿Esa es la razón por la que me has dado libertad esta noche?

—Es una de las razones; la otra es que vas a cambiar de opinión. ¡No te exaltes! —dijo Jasper rápidamente al ver que ella apretaba los labios—. Cuando llegué aquí, al principio pensé que era Rosalie con quien debía trabajar; pero es contigo con quien debo hacerlo, o por lo menos, principalmente contigo.

—¿Por qué?

—Eso es algo que me gustaría averiguar. Mientras tanto, ya has pagado tu apuesta, te llevaré a casa.

—No voy a cambiar de idea.

—Entonces, lo bueno es que tengo todo el tiempo del mundo para perder. Te traeré el abrigo.

—Y no necesito que me acompañes a casa.

—Nos podemos pelear si quieres —contestó él—, pero no voy a permitir que camines en la oscuridad con temperaturas bajo cero hasta tu casa.

—No me puedes llevar en coche. Está enterrado bajo la nieve.

—Pues entonces la quito y luego te llevo a casa; tardo cinco minutos.

Le habría gustado discutirlo, pero la puerta principal se cerró de golpe y se quedó sola en la casa reconcomiéndose.

Movida por la curiosidad, abrió la puerta trasera y permaneció tiritando, mientras veía cómo él despejaba con una pala la nieve caída alrededor del Rover. Tuvo que admitir que los músculos que había visto por la mañana en el gimnasio no eran sólo de exhibición. El doctor Whitlock sabía cómo arrimar el hombro.

De todas formas, no era especialmente minucioso; estuvo a punto de llamarle para decírselo, pero pensó que cualquier comentario dejaría patente que había tenido el suficiente interés como para estar contemplándole. En lugar de eso cerró la puerta y se frotó las manos y brazos para devolverles el calor.

Estaba inclinada sobre la repisa de la cocina con aspecto aburrido, cuando la puerta principal golpeó otra vez, y le oyó sacudirse los pies.

—Hace un frío de muerte afuera —comentó—. ¿Dónde puse tus cosas?

—En el dormitorio. —En cuanto pudo, Alice se deslizó alrededor de la mesa para hojear sus notas. Emitió un silbido cuando vio que estaban redactadas en taquigrafía, o algo parecido. En cualquier caso, mostraban extraños símbolos, líneas y círculos que no significaban nada para ella.

Sin embargo, el dibujo del centro de la hoja la dejó boquiabierta.

Era su rostro y el parecido resultaba asombroso; estaba hecho a pluma y muy deprisa. Pensó que parecía... enfadada y en guardia. Tenía que reconocer que en eso también había acertado.

No le cabía duda de que Jasper Whitlock era un observador penetrante.

Cuando volvió, ella estaba de pie un tanto alejada de la mesa con las manos en los bolsillos y un aire inocente.

—He tardado un poco más porque no encontraba las llaves. Todavía no sé qué hacían en el lavabo del cuarto de baño.

—¿Habrá sido un Poltergeist? —respondió ella suavemente, haciéndole reír.

—Me gustaría que lo fuera, porque parece que no soy capaz de colocar las cosas dos veces en el mismo lugar.

Jasper había llenado la casa de restos de nieve, pero en lugar de señalárselo Alice se puso el chaleco y la bufanda. Él tomó su abrigo y consiguió hacerle sacudir la cabeza cuando se dio cuenta de que pretendía ayudarle a ponérselo.

—Nunca entenderé cómo piensan los hombres que nos ponemos el abrigo cuando no están.

—Ni idea —divertido, le puso la gorra en la cabeza y le colocó el pelo hacia atrás, como había visto que lo llevaba—. ¿Dónde tienes los guantes?

Alice los sacó del bolsillo.

—¿También me los vas a poner papi?

—Claro, cariño. —Pero cuando los cogió, ella le dio un manotazo para que apartara las manos, y mantuvo una sonrisa burlona hasta que vio las marcas en sus muñecas. Se sintió abatida por la culpabilidad. No le importaba herir a alguien cuando se lo merecía. Pero así, no; así, nunca.

Aunque eso significara tragarse el orgullo, podía rectificarlo. Jasper vio cómo le cambiaba la expresión al mirar fijamente su muñeca.

—No es gran cosa —comenzó a decir al tiempo que se bajaba los puños.

—Para mí sí —Alice suspiró y tomó de nuevo su muñeca. Levantó los ojos clavando su mirada en la de él—. Lo que voy a decir queda fuera del tiempo acordado y no quiero que lo grabes; está al margen de todo lo demás. ¿Entendido?

—De acuerdo.

—Me arrepiento del daño causado por la ira y quiero realizar un sortilegio: Sana el mal que yo provoqué por el poder de una vez tres. Hágase mi voluntad.

Jasper notó que el dolor disminuía y que el calor abandonaba su piel. La carne sobre la que descansaban los dedos de Alice ahora estaba fría, como si a través de ellos las quemaduras hubieran salido de su piel. Sintió un nudo en el estómago, no tanto por el cambio físico que se había producido, sino por la transformación que vio en sus ojos.

Había estudiado el poder antes y supo que ahora lo estaba viendo, y eso era algo que había aprendido a respetar.

—Gracias —dijo.

—De nada. —Ella se apartó—. Eso es lo que quiero decir exactamente.

Cuando Alice alargó la mano para coger el pomo de la puerta, la suya, con la muñeca intacta, llegó antes.

—Tampoco sabemos cómo las mujeres pueden abrir las puertas —comentó él—. Pesan tanto y son tan complicadas.

—¡Qué gracioso!

Cuando salieron, la tomó por el codo. La intensa y furibunda mirada que le lanzó sólo consiguió que él se encogiera de hombros.

—Hay un poco de hielo; lo siento, es muy difícil olvidar las enseñanzas de la infancia.

Ella no comentó nada y tampoco tuvo fuerzas para burlarse cuando la acompañó alrededor del Rover y le abrió la puerta.


hello ke les ha parecido eh? x lo q se ve Alice sin kerer le dio a Jasper una muestra de su poder jeje

espero reviews byee