Heello aki tenemos lo nuevo de esta interesante historia jeje espero les ste gustando
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 16
Muchas horas de charla, muchas manos que untar y la tenacidad de un bulldog. Jonathan Q. Harding estaba deseando emplear todos esos elementos en el momento que le llegara una historia que fuera un bombazo.
Su instinto, que según él era el mejor del negocio, le decía que James Remington podía ser la llave hacia la mejor historia de la década.
El escándalo todavía estaba reciente. Los distintos ángulos del personaje de Remington, (cómo había ocultado su parte violenta al mundo, a sus elegantes clientes de Hollywood, a sus amistades de la alta sociedad) lo que había hecho a conciencia, al menos por lo que Harding sabía. Incluso los detalles sobre cómo su guapa mujer había escapado de él, arriesgando la vida para liberarse de sus maltratos e injurias, eran ahora del dominio público.
A Harding no le interesaba lo que fuera de dominio público.
Tras hurgar un poco había obtenido suficiente información de dónde había estado, cómo había escapado, dónde había trabajado y vivido durante los ocho primeros meses después de despeñar su Mercedes por un acantilado. Era una historia de gente decente: una esposa de la buena sociedad, la princesa mimada viviendo en habitaciones baratas amuebladas, trabajando de cocinera en sitios de comida rápida o de camarera, trasladándose de ciudad en ciudad. Tiñéndose el pelo, cambiando de nombre.
Podría sacarle partido.
Pero luego estaba la etapa desde que ella había desembarcado en aquel trozo de tierra en medio del Atlántico, en el que Remington había conseguido acabar en una estrecha celda.
Poca cosa más, nada que tuviera suficiente sentido para que Harding pudiera dar el asunto por cerrado. O quizás lo que ocurría era que todo estaba demasiado bien atado.
Remington la había localizado por casualidad. Pura coincidencia. La golpeó; intervino el héroe, el policía local, y nacieron nuevos intereses amorosos.
Tras haber sido apuñalado por el malvado ex marido, recordó Harding, continuó cabalgando al rescate. No sólo consiguió apresar a Remington en el bosque, sino que además hizo que dejara de amenazar la garganta de la bella heroína con un cuchillo. Le arrastró a la cárcel y al héroe le cosieron las heridas.
El chico bueno salva a la chica. El chico malo va a parar a una celda acolchada. El chico bueno se casa con la chica. Final feliz.
De esta historia y sus distintos detalles se habían estado ocupando los medios de comunicación, después del arresto de Remington, durante semanas. Y el interés había ido desapareciendo poco a poco.
Pero había habido muchos rumores, detalles sin confirmar sobre lo ocurrido aquella noche en el bosque, sobre el momento preciso del arresto. Murmuraciones sobre brujería y magia.
Harding se había planteado rechazar aquella idea; quizás explotar aquel enfoque en unas pocas columnas, pero sólo por la novedad. Después de todo, Remington era un loco de atar. Su declaración sobre lo ocurrido aquella noche, por la que Harding había pagado un buen dinero, no podía digerirse fácilmente.
Y aun así...
El doctor Jasper Whitlock, el Indiana Jones de lo paranormal, había decidido instalarse temporalmente en la Isla de las Tres Hermanas.
¿No era como para estar alerta?
Whitlock no era persona que perdiera el tiempo, como sabía Harding. Era capaz de abrirse paso a machetazos a través de selvas, caminar kilómetros por el desierto y escalar montañas para investigar el insólito campo de trabajo que había elegido. Y la mayoría de las investigaciones corrían de su bolsillo.
Pero no era alguien que perdiera el tiempo.
Había desenmascarado más sucesos pseudo-mágicos de los que autentificaba, pero cuando daba crédito a alguno la gente tendía a escucharle. Y gente inteligente.
¿Si no existía nada cierto en aquellos rumores, por qué había ido a la isla? Marie Remington, perdón Bella Swan Cullen no había hecho ningún comentario al respecto. Ella había hablado con la policía, por supuesto, pero en su declaración no existía mención alguna a fenómenos de brujería. Tampoco en las publicaciones de prensa canaliza das a través de sus abogados.
Pero Jasper Whitlock había considerado Tres Hermanas digna de su atención. Y eso interesaba a Harding. Le había intrigado lo suficiente como para leer sobre la isla, sus tradiciones populares y sus leyendas. Y su olfato de periodista le había alertado de que allí había una historia. Una gran historia, potencialmente jugosa.
Había intentado anteriormente conseguir una entrevista con Jasper, sin éxito. Los Whitlock eran enormemente ricos, influyentes y conservadores por tradición. Con un poco de cooperación por su parte podía haber conseguido una serie de artículos sobre la familia y el hijo, el caza dor de fantasmas.
Pero ninguno había querido cooperar, y menos el propio Whitlock. Y eso le dolía.
En cualquier caso, sólo era cuestión de encontrar la palanca adecuada y saber la cantidad indicada de presión que había que aplicar. Harding estaba seguro de que el propio Remington le ayudaría a destapar el escándalo.
Después de eso, podría ocuparse de lo demás.
.
.
Harding recorrió el pasillo de lo que pensó era un manicomio. Remington había sido juzgado y declarado legalmente loco, lo cual había ahorrado a los contribuyentes el coste de un largo y minucioso proceso, y asimismo les había escamoteado los jugosos bocados que los medios de comunicación podían haber difundido de haberse llevado a cabo el proceso.
La realidad era que el arma utilizada contra el sherift de la isla tenía las huellas dactilares de Reimington. El sheriff y dos testigos habían declarado que éste había colocado el cuchillo en la garganta de su esposa y había amenazado con quitarle la vida.
Sin embargo, fue más determinante que Remington no sólo confesara, sino que además gritara que la mataría, que murmurara algo acerca de «hasta que la muerte nos separe», y que continuara lanzando incoherencias sobre la necesidad de quemar a la bruja adúltera.
Por supuesto había amenazado con gritos de muchas otras cosas también: ojos brillantes, relámpagos azules y serpientes reptando por debajo de su piel.
Entre las evidencias físicas, las declaraciones de los testigos y sus propios desvaríos, Remington se había ganado a pulso una habitación en la zona del psiquiátrico con barrotes y vigilada.
Harding lucía en la solapa de su traje hecho a medida el distintivo de visitante. La corbata, del mismo color carbón que el traje, mostraba un nudo perfecto.
Tenía el pelo negro con vetas plateadas y lo llevaba cortado de forma que sentaba bien a su rostro cuadrado y rubicundo. Su estructura era maciza y tenía los ojos, de un marrón oscuro, que tendían a desaparecer cuando sonreía. Su boca era fina y cuando se irritaba parecía quedarse sin labios.
Si su rostro y su forma de hablar hubieran sido algo más atractivos, quizás hubiese dirigido sus pasos hacia los noticiarios de televisión. En un tiempo había deseado aquello, de la forma en que algunos chicos desean tocar un pecho de mujer por primera vez; con lujuria, con malicia. Pero la cámara no le quería, acentuaba la forma de su cuerpo y hacía que su estructura corta y maciza pareciera el tocón de un árbol. Su voz sonaba como el graznido de un ganso herido cuando se oía a través de un micrófono, según le dijo una vez un encantador técnico muy charlatán.
La cruel pérdida de aquel sueño de la infancia había contribuido a convertir a Harding en la clase de reportero gráfico que era: despiadado y frío como el hielo.
Escuchó el sonido de cerrojos que se descorrían y de pesadas puertas abriéndose. Lo recordaría cuando escribiera sobre aquella visita, el espeluznante «clang» del metal contra el metal, los impasibles rostros de los guardias y del personal médico, el extraño y dulce olor de la locura.
Esperó durante un rato en otra habitación. Allí se encontraba el último control. Un asistente sentado al lado de la puerta contemplaba una serie de monitores.
Los enfermos de aquella sección estaban bajo vigilancia las veinticuatro horas del día, según habían informado a Harding. Cuando se encontrase con Remington, él también sería vigilado; tuvo que admitir, que se sentía más seguro sabiéndolo.
Se abrió la última puerta y le recordaron que disponía de treinta minutos.
Su intención era sacarles el máximo partido.
James Remington no tenía el aspecto del hombre que Harding estaba acostumbrado a ver en las páginas satinadas de las revistas o en la pantalla de la televisión. Estaba sentado en una silla, vestido con un mono de fuerte color naranja, tieso como una vela. Llevaba esposas en las muñecas.
Su cabello, que una vez, fue como una corona dorada, era ahora de color amarillo sin brillo y lo llevaba corto. Su bello rostro estaba hinchado, debido a la alimentación del centro, a la medicación o a la falta de cuidados. Tenía la boca fláccida y los ojos muertos como los de una muñeca.
Harding se imaginaba que estaría sedado: tómese un sociópata medio, agítese con unas cuantas tendencias psicóticas violentas, y las drogas serán su mejor amigo.
Pero el reportero no había contado con tener que abrirse paso, a través de un laberinto químico, hacia el cerebro de Remington.
Había un guardia con aspecto aburrido en la puerta que Remington tenía a sus espaldas. Harding se sentó en el lado de la ventanilla que estaba cerca del guarda, y miró a través de los barrotes.
—Señor Remington, me llamo Harding. Jonathan Harding. Creo que me esperaba hoy.
No hubo respuesta. Harding maldijo para sí. ¿No podían haber esperado a darle las pastillas hasta después de la entrevista?
—Hablé ayer con su hermana, señor Remington. —Nada—. Su hermana Bárbara...
Una fina línea de baba se deslizó por la comisura de la boca de Remington. Con disgusto, Harding apartó la vista.
—Yo esperaba poder hablar con usted de su ex mujer, acerca de lo que ocurrió en Tres Hermanas la noche en que fue arrestado. Trabajo para First Magazine. —Al menos de momento. Sus jefes se estaban volviendo demasiado tiquismiquis para su gusto, y muy tacaños—. Quiero escribir su historia, señor Remington. Dar a conocer su versión. Su hermana está deseando que usted hable conmigo.
Aquello no era del todo cierto, aunque sí la había convencido de que una entrevista podía plasmarse en una historia que moviera a la compasión, lo que a su vez podía proporcionar peso a la acción legal que ella había emprendido y de cuyo éxito dependía que trasladaran a su hermano a una clínica privada.
—Puedo ayudarle, señor Remington. James —se corrigió—, quiero ayudarle de verdad.
No obtuvo nada más que una mirada fija muerta y silenciosa; su absoluta vacuidad le produjo un escalofrío.
—Mi plan consiste en hablar con todos los implicados, conseguir una historia absolutamente completa. Voy a hablar con su ex mujer. Voy a concertar una entrevista con Marie.
Ante el sonido de aquel nombre, los ojos oscuros, sin brillo, parpadearon.
Sí que hay alguien ahí, pensó Harding, y se lanzó a encontrarlo con suavidad.
—¿Hay algo que quieres que le diga a Marie de tu parte? ¿Quieres mandarle algún mensaje?
—Marie.
La voz era áspera, poco más que un murmullo. Al oírla por primera vez, Harding sintió como si un dedo helado le recorriera la columna.
—Exacto, Marie. Veré a Marie muy pronto.
—Yo la maté en el bosque, en la oscuridad —la fláccida boca se curvó en una deslumbrante y brillante sonrisa—. Yo la asesino todas las noches, porque ella sigue volviendo. Ella continúa riéndose de mí, por eso la mato.
—¿Qué ocurrió aquella noche en el bosque, con Marie?
—Ella escapó de mí. Ella está loca, ¿sabes? ¿Por qué si no habría escapado? ¿Por qué pensó que podía alejarse de mí? Tuve que matarla. Sus ojos quemaban.
—¿Sus ojos ardían como si fueran relámpagos azules?
—Esa no era Marie. —Los ojos de Remington se movieron rápidamente, como pájaros negros volando—. Marie era tranquila y obediente. Ella sabía quién mandaba en casa. Ella lo sabía —mientras hablaba sus dedos comenzaron a arañar los brazos de la silla.
—¿Quién era entonces?
—Una bruja. La bruja roja. Vino del infierno, como todas ellas. Había tanta luz, tanta luz. Me cegaron, me maldijeron. Yo tenía serpientes bajo la piel. Serpientes. Un círculo de luz. Un círculo de sangre. ¿Puedes verlo?
Durante un instante, Harding pudo verlo. Tan claro como el cristal, y era aterrador. Tuvo que esforzarse por sobreponerse a un escalofrío.
—¿Quiénes son «todas ellas»?
—Todas ellas son Marie —comenzó a reír con un tono alto y agudo que provocó Harding se estremeciera y que se le erizase el vello de los brazos—. Todas son Marie. Quemen a la bruja. Yo la asesino todas las noches, todas las noches, pero ella vuelve.
Ahora gritaba, por lo que el reportero, que ya había tenido su ración de horrores, se apartó y se levantó de un salto incluso antes de que el guardia se presentara delante. Un lunático, se dijo Harding cuando los asistentes le sacaron a empujones de la habitación. Un loco de remate.
Pero... pero...
El tufillo de la historia era demasiado fuerte como para resistirse.
Hola ke tal stan? espero ke biien jejeje por lo ke se ve Harding kiere perjudicar a Bella uuuuy lo q se avecina
espero sus reviews
byee
