Hello ke tal stan? espero les guste este capitulo

recuerden de ke nada me pertenece

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Capítulo 19

¡El muy tramposo hijo de puta!

Al principio le había echado el ojo, después se había ganado su confianza con aquella forma de actuar tan agradable, para que le creyera, y al final dejar claro que lo que pretendía era hacer el amor con ella.

A Alice le rechinaban los dientes mientras corría por la playa.

Y encima, a la primera oportunidad, se dedicaba a hacerle arrumacos a Rosalie.

Los hombres eran unos gusanos, decidió.

Ella no se habría enterado, si Bella no hubiera comentado de manera casual que Rosalie había invitado a Jasper a cenar a su casa.

—¿A cenar? —resopló—. Una cena, muy bien.

Seguro que el joven doctor tenía el cerebro en el estómago, cuando compró una botella del vino francés preferido de Rosalie en la bodega La Isla. También se había enterado de eso. Incluso sabía que Jasper había preguntado al encargado qué cosecha prefería Rosalie.

Bueno, era libre de fijarse en Rosalie y en todas las mujeres de la isla..., pero no cuando se había interesado por Alice Cullen primero.

Cabrón. Cabrón, golfo de ciudad que la había embaucado para irse después a escondidas a besuquear a Rosalie. Probablemente Rosalie habría puesto el cebo sólo para fastidiarla. Muy propio de Rosalie.

Giró en la punta de la playa para dar la vuelta. No, maldita sea, no era verdad. A pesar de lo mucho que en principio le pudiera apetecer darle a Rosalie un puñetazo en la cara, no podía engañarse a sí misma. Rosalie nunca había revoloteado alrededor del novio de nadie. En realidad, nunca había revoloteado en torno a ningún hombre, lo cual probablemente era la razón por la que resultaba una mujer tan irritante y temperamental. Un poco de actividad sexual mejoraría su carácter.

Pero no era su estilo, y aunque estuvieran enemistadas debía reconocer que Rosalie Hale era demasiado leal, tenía demasiada clase como para meterse en corral ajeno.

Todo lo cual llevó a Alice al punto de partida: Jasper.

Era culpa total y absolutamente suya. Lo que tenía que hacer era idear la forma más satisfactoria de hacerle pagar por ello.

Terminó de correr, se duchó y se puso unos pantalones oscuros de lana, un jersey de cuello alto y una camisa de franela. Se abrochó las botas y se miró un rato en el espejo.

No podía competir con Rosalie en cuanto a la apariencia. ¿Quién podría? Por otra parte, nunca lo había pretendido. Tenía su propio estilo y se sentía a gusto. Además, cuando estaba de humor sabía sacarse partido.

Jugando con la idea de vengarse, se pintó los labios, se puso sombra en los ojos y rimel. Satisfecha con el buen uso que había dado a todo se roció con el perfume que Bella le había puesto en el calcetín en Navidad.

Tenía un olor profundo, como de tierra, que le iba mejor que los de tipo floral o más ligeros.

Después de dudarlo, se quitó la camisa de franela. Quizás al final del día tuviera frío, pero el jersey de cuello alto y los pantalones marcaban sus curvas. Contenta con el resultado se sujetó la funda de la pistola al cinturón y salió para trabajar.

El chucho de Pete Stahr se había soltado de la correa otra vez, había olfateado un buen montón de restos de pescado congelado y se había dado un banquete con ellos. Después los había vomitado, junto con su ración diaria de comida en el impoluto porche de Gladys Macey.

Aquel era el tipo de crisis de vecindario que prefería dejarle a Edward, ya que él era más diplomático, más paciente. Pero su hermano se encontraba en la zona de barlovento, ayudando a retirar un par de árboles caídos, por lo que ella sola tenía que hacerse cargo de la situación.

—Alice, he agotado mi paciencia.

—No me sorprende, señora Macey. —Se en contraban encorvadas debido al frío, a favor del viento, unos cuantos escalones más abajo del desaguisado del porche.

—Ese perro... —señaló donde se encontraba el animal, quien no sentía el más mínimo arrepentimiento, atado a un tocón con una cuerda de tender la ropa—. Tiene menos seso que un leño de madera.

—Tampoco discutiré eso —Alice contempló la cara del perro que sonreía atontado y con la lengua fuera—. Pero es cariñoso, ¿verdad?

Gladys se limitó a hinchar las mejillas y a ex pulsar el aire.

—No sé por qué me ha tomado tanta simpatía, pero la cuestión es que cada bendita vez que se pierde, viene a hacer sus cosas aquí en mi jardín, a enterrar cualquier hueso sarnoso en mis parterres, y ahora esto... —se puso en jarras y frunció el ceño mirando hacia el porche—. ¿Y quién va a limpiar todo este desastre?

—Si pudieras esperar, intentaré que lo haga Pete. Se acerca la hora de comer, le obligaré a venir y hacerse cargo de todo esto —sugirió Alice.

Gladys aspiró y asintió con aspereza. La justicia es la justicia, pensó, y los Cullen siempre encontraban la forma de llegar a ella.

—Quiero que se haga pronto y que se haga bien.

—Me encargaré de ello. A Pete le vamos a sorprender también con una multa.

Gladys frunció los labios.

—Ya le han multado antes.

—Sí señora. —De acuerdo, pensó Alice, ¿qué hubiera hecho Edward? El perro era inofensivo, un cachorrito amistoso, tonto de baba. Su peor defecto era su obsesión por los restos de pescado, que o bien hacía rodar alegremente, o bien comía con avidez. Ambas opciones con resultados repugnantes. A Alice le llegó la inspiración y puso un gesto de seriedad.

—El problema es que este perro es un estorbo público y Pete ya ha sido advertido —tamborileó con los dedos sobre la culata de la pistola—, esta vez tendremos que incautar al perro.

—Bueno, vamos a ver... —la voz de Gladys se fue apagando y parpadeó—, ¿qué quieres decir con incautar?

—No se preocupe por eso, señora Macey. Nos haremos cargo del perro. No volverá a rondar su jardín para provocar ningún desaguisado más.

El pequeño nudo que Gladys tenía en la garganta hizo que su voz temblase.

—Espera, espera un momento.

Gladys le agarró del brazo, como había previsto Alice.

—¿Quieres decir que te llevarías al perro... para sacrificarlo?

—Es un animal incontrolable... —Alice dejó la frase en suspenso y sus implicaciones quedaron en el aire. El perro cooperó emitiendo un aullido lastimero.

—Alice Cullen me avergüenza que seas capaz de proponer semejante cosa. No lo admito ni por un minuto.

—Entonces, señora Macey...

—¡Déjate de señora Macey! —furiosa, agitó el dedo ante el rostro de Alice—. ¡Es lo más desalmado que he oído nunca! ¡Sacrificar a este inofensivo perro sólo porque es tonto!

—Pero dijo que...

—¡Dije que había hecho caca en mi jardín! —Gladys agitó los brazos que normalmente llevaba tapados por una chaqueta de lana de un espantoso color rosa—. ¿Qué vas a hacer, sacar tu pistola y meterle una bala por la oreja?

—No, yo...

—¡Bien! No puedo ni hablar contigo en este momento. Te vas y dejas al perro en paz. Sólo quiero que me limpien el porche y punto final.

—Sí, señora —Alice agachó la cabeza, encogió la espalda a medida que caminaba y guiñó el ojo al perro.

Pensó que ni siquiera Edward lo hubiera hecho mejor.

Localizó a Pete y le leyó la cartilla. Le dijo que se olvidara de comer y fuera a limpiar el porche de la señora Macey; para el perro reclamaba una vistosa caseta de color rojo, con una manta caliente, y una cadena más fuerte que le obligara a permanecer en la propiedad de los Stahr cuando se quedara solo.

Quizás así se mantuviera la paz en la isla de las Tres Hermanas por aquel día, pensó Alice.

En su camino de vuelta a la comisaría observó una pequeña figura que trepaba por la ventana del primer piso.

Bien, pensó con las manos en jarras, quizás la paz se podía ver alterada todavía un poco más.

Levantó las cejas y las juntó. Era la casa de uno de sus primos, y además aquella chaqueta azul brillante con letras bordadas le resultaba muy conocida.

—Dennis Andrew Ripley, ¿qué carajos estás haciendo?

Alice escuchó el grito de dolor cuando el interpelado se golpeó la cabeza con la ventana, pero no sintió lástima. Tenía doce años y en su opinión, cualquier chico de esa edad que no tuviera la cabeza dura debía procurar tenerla.

Se quedó quieto un momento, colgando medio dentro y medio fuera, herido, en las alturas. Entonces se fue deslizando poco a poco hacia el suelo. Tenía el pelo de un rubio pálido que salía en mechones de la gorra de esquí. Tenía la cara llena de pecas que destacaban claramente sobre el intenso rubor que la coloreaba.

—Eh... hola tía Alice —dijo inocentemente.

Alice pensó con admiración que era un muchachito muy listo.

—Para ti soy el ayudante del sheriff Cullen, pequeño zorro. ¿Qué haces gateando por la ventana?

—Pues... ¿Quizás porque no tengo la llave?

—Dennis.

—De acuerdo, no la tengo. Mamá y algunas amigas se fueron al continente de compras y de más. Debe haber cerrado la puerta.

—Veamos el asunto desde otro punto de vista: ¿por qué estás trepando por la ventana de tu propia casa, en lugar de estar sentado en el pupitre de la escuela?

—¿Quizás porque estoy enfermo? —contestó esperanzado.

—¿Es por eso? Entonces, vamos, te llevare al hospital ahora mismo. Tu madre tiene teléfono móvil, ¿verdad? La llamaremos para decirle que su precioso hijo se encuentra fatal. Apuesto que viene en el próximo trasbordador.

Alice tuvo la satisfacción de ver cómo palidecía.

—No la llames, ¿eh? Por favor. Me encuentro muchísimo mejor. Debe ser algo que comí, nada más.

—Voy a pensarlo. Desembucha, chaval, y si intentas embaucarme otra vez, te arrastro hasta el hospital y les digo que vayan sacando la jeringa más larga.

— Teníamos examen de historia —explotó, hablando muy rápido de repente—. La historia es un hueso, tía Alice, y además trata siempre sobre gente muerta. O sea que ¿a quién le importa? Es como la idiotez de la historia de Europa..., si ni siquiera vivimos allí. Quiero decir, por ejemplo, ¿cuál es la capital de Licchtenstein?

—No has estudiado, ¿verdad?

Él movió el peso de un pie al otro. ¡Santo Dios! Alice se preguntó por qué los chicos tenían aquellos pies tan grandes como los de un payaso. Dennis intentó lanzar una mirada lastimera a través de las pestañas.

—Supongo que no.

—Por lo tanto decidiste saltarte el examen y largarte de la escuela.

—Una idea tonta. Puedo hacer el examen otro día. Pensaba pasar el rato en el bosque, y estudiar —añadió con súbita inspiración—, pero hace de masiado trío.

—Entonces ibas a entrar... y a estudiar.

—¡Pues, sí! Sí. Iba a machacar los libros. ¿No podrías hacer como si no me hubieras visto?

—No.

—¡Hombre!, tía Alice... —suspiró al darse cuenta de la cara que ponía—, ayudante Cullen.

Ella le cogió por la oreja.

—Vas a tener escolta policial hasta la escuela.

—Mamá me va a matar.

—Exacto.

—Voy a suspender el examen.

—Hubieras estudiado.

—Me van a expulsar de la escuela temporalmente.

—Chico, voy a empezar a llorar.

Cuando le oyó murmurar «mierda» por lo bajo, le dio una colleja.

—Cuidado con esa boca, pequeño. Vamos a ver al subdirector, le harás una confesión completa y aguantarás el chaparrón.

—Como si tú nunca hubieras hecho pellas.

—Cuando lo hice, procuré que nadie me pillase. Joven Skywalker, en eso reside el poder de la Fuerza.

Él soltó una carcajada. Por la risa y porque era de los suyos, el resto del camino hacia su juicio en la escuela lo hicieron con el brazo de Alice ami gablemente colocado alrededor de los hombros del chico.


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