Holaa ke tal stan?' espero ke biien jeje y ke esten disfrutando de esta liinda historiia jejeje

recuerden de ke nada me pertenece

disfruten!

Capítulo 20

La mañana de trabajo y el relato que le hizo a Edward de los dos incidentes mejoraron su estado de ánimo. Entró en la librería, para comer allí y dirigió un rápido saludo a Lulú.

—Deja que tu estómago espere unos minutos y ven aquí —le dijo Lulú.

—Mi estómago sólo puede esperar un minuto —pero Alice cambió su rumbo y se dirigió hacia el mostrador—. ¿Qué ocurre?

—He tenido carta de Jessica.

—¿Ah, sí? —Alice pensó en la antigua cocinera del café. Ella y su pareja se trasladaron a Nueva York, ya que él quería un papel en alguna obra de Broadway—. ¿Cómo les va?

—Bastante bien. Yo creo que pretenden que darse —Lulú miró hacia las estanterías y bajó la voz—. Adivina quién apareció en la panadería donde trabaja Jessica.

—Harrison Ford. —Alice se encogió de hombros al ver la mirada helada que le dirigió Lulú—. Últimamente tengo fijación con él. De acuerdo, ¿quién?

—Emmett McCarthy.

—¡No me digas! —Alice también bajó la voz—. ¿Qué te ha contado Jessica sobre él? ¿Cómo está? ¿Qué hace? Dime que ya murió. -Rogó Alice.

—Si te callas un momento te lo contaré. Y no esta muerto, por desgracia. Está mejor que nunca, según Jessica. Alto, moreno y peligroso. Esas fueron las palabras exactas de Jessica. Se quedó alelada porque él la reconoció. Esa chica nunca tuvo ni pizca de sentido común. Yo creo que Emmett no le dijo lo que estaba haciendo, o que ella no se lo preguntó, porque en caso contrario me lo hubiera contado de cabo a rabo. Sin embargo, sí me contó que había preguntado por Rose.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lo que te he dicho; según Jessica preguntó de forma casual: «¿cómo está Rosalie?».

—¿Y?

—Y nada. Así fue; eso fue todo. Compró una caja de pastas, le deseó a Jessica buena suerte y se fue.

Alice frunció los labios, mientras le daba vueltas.

—¡Qué casualidad! Que él entrase en la panadería donde trabaja la antigua cocinera de Rosalie, con todas las que hay en esa ciudad.

—Yo creo que no es coincidencia. Creo que su curiosidad le llevó allí —respondió Lulú.

—Estoy de acuerdo. ¿Se lo vas a contar a Rose?

—No —Lulú aspiró una bocanada de aire—. Estoy resuelta a pensarlo, dándole vueltas, rumiándolo y no sé qué hacer.

—¿Me estás pidiendo mi opinión?

—¿Tú crees que te estoy contando todo esto porque no tengo otra cosa mejor que hacer?

—Bien, entonces estoy de acuerdo contigo. No hay nada que hacer. A Rose todavía le duele —Alice suspiró porque todavía le dolía, aunque sólo fuera un poco, que a Rosalie le hiciera sufrir—. Además, si Rosalie quisiera saber de él, encontraría el modo.

Lulú asintió.

—Me hace sentir mejor que alguien esté de acuerdo conmigo. Vete a comer. El plato del día es sopa de judías.

—¡Qué maravilla! Esto... Lulú —Alice se detuvo ante las escaleras—, si contestas a Jessica dile que no diga nada de esto. Ya sabes.

—Eso está hecho.

Hecho está, se dijo Alice a sí misma. ¿Qué más se podía pedir? Tres buenas acciones en un solo día. Se acercó tranquilamente a la barra para tocar la campanilla. Entonces vio a través de la puerta de la cocina que Bella le servía a Jasper un emparedado y una sopa. El joven doctor estaba sentado en la mesa de la cocina, un lugar reservado para los amigos. Alice dio dos largos paseos hasta el final del mostrador antes de detenerse.

Así no, pensó. Metafóricamente hablando, llegar pistola en mano, no era la forma de manejar a aquel hombre, ni la situación, ni su propio disgusto. Esperó un momento para tranquilizarse y rodeó la barra para dirigirse a la cocina.

—Hola Bella, Jasper —husmeó el aire en un intento de demostrar buena voluntad—. Huele fenomenal. Tomaré lo mismo. ¿Puedo comer aquí dentro?

—Por supuesto. ¿Quieres café? —preguntó Bella.

—Sí y que sea con leche. —Alice se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo del asiento. Dirigió a Jasper una lenta y cálida sonrisa—. ¿No te importa si te hago compañía, verdad, profesor?

—No. Estás estupenda hoy.

—Gracias —se sentó frente a él—. ¿Y tú, qué haces por aquí?

—Yo le pedí que viniera para charlar, Alice. —Bella apretó el hombro de Alice antes de servirle un cuenco de sopa.

El disgusto le arañó la garganta y tragó con dificultad.

—Si a ti te parece bien, entonces a mí también —dijo.

—En este momento Jasper me entretenía hablándome de sus viajes y de su trabajo. Es fascinante. Voy a encargar los libros que me has recomendado —añadió Bella, lanzándole una mirada mientras preparaba el emparedado de Alice.

—Espero que me des tu opinión, cuando los leas —respondió Jasper.

—Lo haré —Bella sirvió el emparedado—. Te traeré tu café con leche.

Cuando Bella ya no podía oírles, Jasper se inclinó hacia delante:

—No estoy presionando a Bella —Alice le vantó una mano.

—Está bien. Bella es dueña de sus actos y toma sus propias decisiones.

Miserable hijo de puta, pensó.

—De acuerdo. Sin embargo, quiero que com prendas que yo sé que ha sufrido más que cualquiera. No la forzaré en ninguna circunstancia —explicó Jasper.

El hecho de que le creyera no cambiaba nada.

Comió con él, escuchó su risa cuando le contó lo sucedido con el perro y con el chico. Le irritó descubrir que le gustaba charlar con él y oírle reír. Era una buena compañía, aunque fuera un gusano.

En otras circunstancias le hubiera divertido pasar tiempo a su lado, conocerle mejor y descubrir cómo funcionaba aquel cerebro de alto vol taje.

Ya se había dado cuenta de que Jasper no tenía una mente convencional. Pero además estaban sus impresionantes ojos marrones, aquella sonrisa amplia y perezosa y aquel cuerpo verdaderamente magnífico. Por no hablar de su forma de moverse, que era excelente.

Entonces se lo imaginó haciendo aquellos movimientos encima de Rosalie tan solo unas horas, unas pocas horas después de haber estado con ella.

Sólo quedaba una salida, debía aniquilarle.

—Así que debes estar muy ocupado cazando fantasmas y buscando, ¿cómo es eso?, remolinos de energía o lo que sea —dijo ella.

—Estoy bastante ocupado. Me estoy orientando y conociendo la isla.

—Y sus habitantes —puntualizó Alice con suavidad.

—Desde luego. Mi horario es muy flexible, ¿sabes? —Contestó Jasper—, puedo ir al gimnasio casi a cualquier hora. Me divierte más entrenar en compañía.

¿Por qué no invitas a Rosalie a sudar contigo?, pensó.

—¿A qué hora sales por la mañana normalmente? —preguntó, aunque lo sabía. Sabía todo lo que ocurría delante de su maldita nariz.

—Hacia las siete y media.

—Me parece bien.

En realidad pensó que era perfecto.


Hola hola jeje Alice se controla muuy biien no creen jeje

espero sus revieews

bye