Ke tal stan espero ke biien
recuerden de ke nada me pertnece
disfrutenloo
Capítulo 21
Alice entró en el gimnasio a las ocho menos cuarto. Él ya estaba en la cinta de escalada, entrenando fuerte y sudando. Aquel día tampoco se había afeitado. Cuando le dedicó una rápida sonrisa sólo pudo pensar que maldita la gracia que no le quedara más remedio que aplastarlo como a una cucaracha.
Estaba entrenando escuchando música, en lugar de la televisión. ¿Acaso intentaba ser amable él también?
Alice ajustó el peso de una máquina para trabajar las piernas, se deslizó sobre su estómago en el banco y comenzó a ejercitar los tendones. La ventaja de aquella postura era que él tendría una magnífica visión de su trasero.
Míralo y sueña, amigo, pensó ella.
—He oído que nevará otra vez —comentó Jasper
Ella contó las repeticiones.
—El cielo está totalmente cubierto. ¿Conseguiste la leña?
—Todavía no. Perdí las señas.
—Están en el bolsillo del abrigo.
—¿De verdad?
Cuando se desconcertaba, estaba encantador.
—Guardaste el papel ahí cuando te di las señas. En el bolsillo derecho de tu abrigo negro.
—¡Ah!
—Parece que hoy por la mañana nadie se preocupa ni por la salud, ni por entrenar —comentó ella.
—Antes estuvo aquí un chico. Terminó justo un momento antes de que tú llegaras. ¡Qué piernas tienes ayudante Cullen!
—¿Tú crees? —Alice dejó que apareciera en su cara una coqueta sonrisa y le dirigió una mirada cargada de intenciones—. Las tuyas tampoco están mal, doctor Whitlock.
—Tendrías que haberme visto a los dieciocho años; bueno, a los veinte —se corrigió—. Hasta los veinte fui el típico chico al que le llenan la cara de arena en la playa.
—¿Estabas muy flaco?
—Era como un palillo de dientes que llevara un cartel a la espalda diciendo: ¡métete conmigo!
Alice sintió una punzada de simpatía por el flaco e indudablemente torpe chico. Al recordar sus intenciones, lo ignoró, y empezó a trabajar los músculos de las pantorrillas.
—Por eso decidiste entrenar —dijo.
—Cualquiera con mi tipo debe dedicarse toda la vida a entrenar si quiere conseguir un cuerpo atlético. Lo único que pretendo es estar en forma. Leo cosas sobre culturismo.
Ella no pudo contener la risa.
—¿Y qué lees?
—Empiezo leyendo —dijo Jasper encogiéndose de hombros—, y después experimento con distintos programas de ejercicios hasta que encuentro lo que puedo hacer —burlándose claramente de sí mismo, sonrió abiertamente—. Hago gráficos.
—¿En serio?
—En serio —admitió él—. Dibujo gráficos y esquemas; y antes y después realizo un análisis en el ordenador. Una mezcla de lo físico y lo intelectual; a mí me gusta.
—Ya veo.
Jasper enrojeció ligeramente.
—Bueno, pensé que si me iba a dedicar a rastrear pistas, sumergirme en cuevas y abrirme paso por las selvas, lo mejor sería que fuera capaz de afrontar la parte física del trabajo. Cuando tienes que caminar kilómetros cargando con todo un equipo de material delicado, con el cien por cien de humedad, te hace comprender que es mejor dedicar algunas horas a la semana al gimnasio.
—Sean cuales sean las razones, el resultado es bueno.
Alice se levantó para cambiar de máquina y al pasar junto a él le dio un pellizco en el trasero. Cuando vio que Jasper se limitaba a mirarla fijamen te, soltó una carcajada.
—Puedes pellizcarme el trasero siempre que quieras —dijo él.
Ella trabajó los cuadríceps encantada de ver que le había roto el ritmo.
—¿Has recorrido ya la isla?
—No del todo —perdió la cuenta de sus repe ticiones y se esforzó por recuperar el ritmo—. He estado trabajando casi sin parar.
—La próxima vez que tengamos un par de ho ras libres, te llevaré a conocer la isla.
Jasper comenzaba a acalorarse y no era precisa mente por el ejercicio.
—Yo puedo en cualquier momento.
—Es peligroso decirle eso a una mujer. Me gusta —dijo Alice casi ronroneando—. Me gusta que un hombre se arriesgue —se pasó la lengua por los labios—. ¿Has pensado en mí?
—Solamente unas diez o doce veces al día.
—¡Ah! —Se movió sobre el banco de ejercicios cuando él tomó las pesas—. Otra afirmación que comporta riesgos. Yo tampoco me he quedado atrás, también te he dedicado bastantes pensamientos.
Alice se dirigió hacia las pesas, pero en lugar de tomar las suyas, le rozó el brazo con la yema de los dedos.
—¡Humm! Estás tan resbaladizo como yo, ¿verdad? —se puso más cerca, sus cuerpos se rozaban—. ¿No podríamos tumbarnos y ponernos uno encima del otro ahora mismo?
Jasper podría haber captado la cortante mirada de ella, si la sangre no le hubiera inundado la cabeza. Pero cualquier hombre dejaría de pensar con el cerebro cuando una atractiva, sexy y anhelante mujer roza su cuerpo contra el suyo.
—Permíteme que deje las pesas —consiguió decir él—, antes de que se me caigan en mis pies, o en los tuyos.
—Me gustan los músculos finos en un hombre —dijo y le apretó los bíceps—. Largos... delgados... flexibles.
Las pesas sonaron como un par de yunques contra la percha. Jasper la cogió por el pelo, le levantó la cara y puso su boca a unos centímetros de la suya.
Entonces Alice le dio un codazo en el estómago.
—¡Apártate!
Jasper tosió: la única forma en que su cuerpo podía tomar aire.
—¿Pero, pero qué carajos?
Estaba demasiado extrañado como para enfa darse, demasiado ocupado en respirar de forma normal como para poder hacer otra cosa que mirarla fijamente, atónito ante aquella cara, tan furiosa de repente.
—¿Tú crees que quiero que me pongas las manos encima?
Jasper consiguió dominar su respiración aunque notó un sabor amargo en el estómago.
—Sí.
—Muy bien. Piénsalo otra vez. Nadie me engaña con otra mujer —espetó Alice.
—¿De qué mierdas estás hablando?
—No pongas esa cara de inocente. Quizás crees que puedes hacer como si hubieras olvidado que me perseguiste primero a mí y después a ella, y viceversa; eso es ir demasiado lejos, profesor desmemoriado.
—¿Qué? ¿Cómo?
Alice cerró los puños y estuvo a punto de utilizarlos, realmente le faltó muy poco para hacerlo.
—No mereces la pena —dijo.
Giró sobre sus talones y se dirigió al vestuario de señoras airadamente. Golpeó la pared, porque le hacía sentir mejor y se acercó cojeando a su taquilla. Estaba a punto de quitarse la ropa de gimnasia cuando Jasper apareció a su lado.
—Ahora mismo te das la vuelta y te vas —le ordenó—. Si no, te arrestaré por comportamiento lascivo y lujurioso.
Jasper no sólo no se dio la vuelta y no se fue, si no que avanzó hasta que estuvieron cara a cara, lo que a Alice le sorprendió enormemente.
—Tengo derecho a saber qué es lo que acaba de suceder —dijo él.
—No tienes derecho a nada en lo que a mí respecta. Y punto.
—Si crees que puedes pasearte pavoneándote por ahí, provocarme hasta casi matarme y darme puñetazos en el estómago...
—Sólo ha sido un codazo, y no me he paseado pavoneándome en mi vida —respondió Alice.
—Me has buscado deliberadamente para golpearme. Quiero saber por qué.
—Porque no me gustan las mentiras, ni las víboras. No me gustan los hombres que intentan comprobar con cuántas mujeres pueden acostarse a la vez, sobre todo si yo estoy en la lista.
—Yo no me he acostado con nadie, y ni siquiera he salido con nadie desde que llegué aquí —se defendió Jasper.
—Voy a añadir «que no me gustan los mentirosos».
La cogió con firmeza por los codos y la levantó del suelo.
—Yo no miento. Ni siquiera pienso en que puedes lanzar parte de tus conjuros sobre mí.
Alice abrió la boca para cerrarla a continuación. Cuando habló lo hizo con una enorme calma:
—Quita las manos.
Jasper la posó de nuevo sobre sus pies y retrocedió un paso.
—Creo que he dejado claro que me interesas desde el punto de vista personal. En este momento, no hay nadie que me interese de la misma forma. No he jugado con nadie. No tengo los suficientes reflejos para hacerlo.
—Compraste una botella de vino caro y pasaste una noche acurrucado con Rosalie.
—¿De dónde demonios has sacado eso? —Aturdido, se alisó el cabello—. Fui a cenar a casa de Rosalie por motivos de trabajo. Ella es una de las principales razones de que yo esté aquí. Son intereses profesionales. Sin embargo, puedo decir también que me gusta mucho. ¿A quien no? No me he acostado con ella, ni tengo intención de hacerlo.
—Perfecto —Alice se volvió hacia la taquilla; se sentía como una idiota, desde antes incluso de que él la soltara—. Como tú dices, es asunto tuyo.
—Estás celosa —hizo una pausa como si necesitara concentrarse, o como si no quisiera perder la calma—. Cuando supere el tremendo cabreo que tengo, quizás lo encuentre halagador.
Ella se giró rápidamente.
—Yo no estoy celosa.
—Repasa la escenita a ver qué te parece — sugirió Jasper agitando el pulgar en dirección al gimnasio—. Yo ahora voy a remojarme la cabeza. Te vendría bien hacer lo mismo —dijo y se alejó a grandes zancadas, dejando la puerta batiendo.
Oh oh creo ke Jaz se molesto jeje
espero sus reviews
byee
