Hola espero esten biien

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 24

Jonathan Q. Harding sabía cómo hacer hablar a la gente. En primer lugar, la cuestión era ser consciente de que, tras de una capa de dignidad y discreción o incluso de reticencia, lo que la gente realmente quería era hablar. Cuanto más extraño y sórdido fuera el asunto, más ganas de charlar tenían.

Se trataba de una cuestión de paciencia y persistencia, y de dejar de vez en cuando un billete doblado sobre la palma de una mano.

Aquella historia le provocaba tanto interés como deseos de dedicarle tiempo. Volvió la vista atrás, al acantilado de la autopista número 1, don de una mujer desesperada había simulado su propia muerte. Era un lugar pintoresco: mar, cielo y rocas. Se imaginó unas fotografías austeras en blanco y negro de efecto dramático.

Ya no pensaba simplemente en un reportaje en una revista. Harding había subido el listón hasta plantearse la idea de escribir un libro jugoso, un libro de gran éxito.

La semilla de aquella ambición se había sembrado el día de su primera visita a Remington. Pensó que era raro que no se le hubiera ocurrido antes; que no se hubiera dado cuenta de lo ansioso de fama y de fortuna que estaba.

Otros ya lo habían hecho antes que él: habían volcado sus conocimientos o sus aficiones en libros con cubiertas satinadas y con grandes ventas. ¿Por qué él no?

¿Por qué estaba malgastando su tiempo y sus habilidades, que eran considerables, en revistas donde le pagaban por el número de líneas redactadas? En lugar de tener que perseguir a Larry King para que le concediera una entrevista, ahora sería Larry King quien le buscara a él.

Una voz en su interior, que hasta entonces ignoraba que existiera, le susurraba todo el tiempo: ¡A cobrar!

Y eso es lo que se disponía a hacer.

Empezó a seguir el rastro de Marie Remington, ahora Bella Swan, juntando pequeños retazos de información, especulaciones y hechos procedentes de los archivos policiales.

Mantuvo una interesante conversación con un hombre que aseguraba haberle vendido a Bella la bicicleta de segunda mano que había utilizado como primer medio de transporte; y después de hacer preguntas en la estación de autobuses de Carmel consiguió confirmar la descripción de la bici. Marie Remington había iniciado su largo viaje pe daleando sobre una bicicleta azul de seis marchas.

La imaginó subiendo y bajando colinas.

Llevaba peluca, según algunos pelirroja, según otros rubia. Él se decantaba por ésta última, seguro de que su intención había sido pasar desapercibida.

Había empleado más de dos semanas en rastrear y volver a rastrear, chocando contra un muro de fal sas pistas, hasta que consiguió su primer premio gordo en Dallas, donde Bella Swan había alquilado una habitación con cocina en un motel barato y se había empleado como pinche en un bar mugriento.

Se llamaba Lidamae, según se leía en la placa que llevaba prendida sobre el uniforme de color rosa fuerte. Había servido mesas durante treinta años, y suficientes tazas de café como para llenar el maldito Coito de Méjico. Se había casado dos veces y había echado a patadas en sus perezosos culos a dos hijos de puta.

Tenía un gato llamado Bola de Nieve; no había terminado el bachillerato, y hablaba con un deje de Tejas tan agudo como para cortar diamantes.

A Lidamae no le importaba dejar de lado sus obligaciones un momento para hablar con un periodista. Además no vaciló en aceptar la oferta de un billete de veinte dólares por su tiempo y las molestias. Escondió el billete donde se supondría que lo haría: en la copa de su generoso sujetador.

Respondía tan perfectamente a la típica imagen de la camarera, con su pelo rubio platino peinado en enorme cascada, el intenso azul de la sombra de ojos que cubría sus párpados casi hasta las cejas, que Harding se preguntó quién podría hacer su papel en la película que se rodaría basándose en el libro.

—Yo le dije a Tidas, Tidas dirige la cocina, que había algo raro en aquella chica. Algo espeluznante.

—¿Qué quieres decir con espeluznante?

—Su forma de mirar, una mirada de conejo, asustada de su propia sombra. Siempre vigilando la puerta, además. Por supuesto, me di cuenta de que estaba huyendo —con un gesto de asentimiento satisfecho Lidamae sacó un paquete de Camel del bolsillo de su delantal—. Las mujeres notamos estas cosas a nuestra manera. Mi segundo marido intentó patearme una o dos veces —expulsó el humo como si fuera su aliento—, pero, fue su culo el que acabó pateado. El hombre que me levante una mano haría bien en contratar un buen seguro, porque iba a pasar una buena temporada en el hospital.

—¿Alguna vez le preguntaste algo al respecto?

—Esa no diría ni mu —resopló al tiempo que lanzaba por la nariz una nube de humo como si fuera un dragón—. Siempre guardando las distancias. Hacía su trabajo, no puedo decir otra cosa, y siem pre era educada. Una señora, le dije a Tidas, esta Bella es una señora. Llevaba la clase escrita en la cara: delgada como un hilo, con el pelo arreglado de cualquier forma, teñido de rubio poco definido, pero era igual, se le notaba la clase —dio otra calada al cigarrillo y lo sacudió—. No me sorprendí lo más mínimo cuando vi el reportaje en las noticias —continuó—. La reconocí enseguida, aunque en la fotografía que enseñaron, iba muy arreglada y era morena.

Lo comente con Suzanne... Suzanne y yo estábamos haciendo el turno de comidas, le dije: «Suzanne mira quién sale en la televisión»; en aquella de ahí, la que está encima de la barra —señaló la televisión para más información de Harding—. Le dije: ésa es la pequeña Bella que trabajó aquí unas semanas el año pasado. A lo mejor Suzanne se quedó de piedra, pero a mí no me sorprendió.

—¿Cuánto tiempo trabajó aquí?

—Pues serían unas tres semanas. De repente un día no apareció en su turno. No volvimos a verle el pelo hasta el reportaje en las noticias de la televisión. Déjame decirte que Tidas se cabreó. Esa chica sabía cocinar.

—¿Vino a verla alguien alguna vez? ¿Hubo alguien que le prestara más atención de la normal?

—Nadie. De todas formas pocas veces sacaba la cabeza de la cocina.

—¿Tú crees que Tidas me dejará ver los contratos laborales?

Lidamae dio una última calada a su cigarrillo, mientras estudiaba a Harding a través de una nube de humo azul.

—Preguntar no hace daño, ¿verdad?

Le costó otro billete de veinte dólares ojear el papeleo, pero le consiguió la fecha exacta de la partida de Bella. Con ese dato y un cálculo aproximado de los ahorros de Bella, Harding se lanzó a explorar la estación de autobuses.

Le siguió la pista hasta El Paso, donde casi la perdió, si no es porque se topó con un hombre que le había vendido un coche. Siguió su rastro día a día, leyó una y otra vez, cada artículo, entrevista, informe o comentario aparecidos a raíz de la detención de Remington.

La chica había trabajado en comedores de es cuelas, en restaurantes de hoteles y cafeterías, permaneciendo en cada lugar no más de tres semanas, durante los seis primeros meses de su viaje. Parecía que había hecho el recorrido sin ton ni son.

Harding dedujo que aquél había sido precisa mente el propósito. Bella se había dirigido al sur, luego al este y después, siguiendo de nuevo sus propias huellas, se encaminó de nuevo al norte. Aún así, con el tiempo se había marchado hacia el este otra vez.

Aunque no otorgaba gran credibilidad a la opinión que Lidamae tenía sobre su propia perspicacia, encontró un hilo conductor en las entrevistas a patrones y compañeros: Bella Swan era una señora.

¿Qué más era? Le correspondía juzgarlo por sí mismo. Tenía que encontrarse con ella cara a cara. Pero antes, quería más: quería la historia de James Remington.

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Sin saber que su vida estaba siendo examina da minuciosamente en aquel mismo instante, Bella aprovechó su día libre y la mejora del tiempo. El deshielo de febrero trajo una falsa sensación de primavera y una temperatura que no requería más abrigo que una ligera chaqueta.

Se llevó a Lucy a dar un paseo a la playa y jugueteó con la idea de ir al pueblo y comprar algo insensato e innecesario. El hecho de que pudiera hacerlo era uno de sus milagros cotidianos.

De momento, se contentaba con la playa, el mar y la gran perra negra. Mientras Lucy se divertía cazando gaviotas, Bella se sentó en la arena y contempló las olas.

— Tienes suerte de que esté de buen humor, porque si no debería abrirte un expediente por tener al perro suelto.

Bella alzó la mirada mientras Alice se dejaba caer a su lado.

—También deberías abrir otro para ti. Esta mañana cuando han salido las dos a correr, tampoco he visto que cogieras una correa —respondió Bella.

—Esta mañana utilicé la correa invisible. —Alice se rodeó con los brazos las rodillas que tenía levantadas—. ¡Dios mío! ¡Qué día! Me gustaría que hubiera cientos como éste.

—Ya lo sé. Yo no he podido quedarme en casa. La lista de lo que tengo que hacer es tan larga como tu brazo, pero me he escapado.

—La lista seguirá estando ahí.

—Tendrá que esperar.

Como vio que Bella continuaba mirándola fijamente, Alice se bajó las gafas de sol y la escudriñó por encima de ellas.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Pareces... contenta contigo misma —sentenció Bella—. No te he visto demasiado en las últimas dos semanas, pero cuando nos hemos encontrado parecías algo ensimismada.

—Ah, ¿sí? Bueno, la vida es bella.

—Ya, ya. Has estado con Jasper Whitlock.

Alice deslizó sus dedos por la arena dibujando florecillas.

—¿Ésta es tu forma educada de preguntarme si lo estamos haciendo?

—No —Bella esperó un instante antes de continuar—. Pero bueno, ¿lo han hecho?

—No, todavía no —Alice se inclinó hacia atrás satisfecha y apoyó los codos en la arena—. Me está divirtiendo esta etapa presexual más de lo que nunca pude imaginar. Sobre todo porque siempre he creído que si ibas a bailar, pues llegabas y a bailar. Pero...

—Un romance es un baile, de alguna manera.

La mirada de Alice fue rápida y cortante.

—Yo no he dicho que estemos teniendo un romance de los de corazones, flores y miradas de cordero. Es un hombre interesante con el que salir, nada más... cuando no está buscando fantasmas, claro. Ha estado en todas partes. Quiero decir en lugares de los que yo ignoraba su existencia. —Recordó que incluso sabía cuál era la capital de Liechtenstein—. ¿Sabías que se licenció con dieciséis años? —continuó—. Eso es ser inteligente, ¿no? A pesar de todo eso es una persona normal. Le gusta el cine y el béisbol. Quiero decir que no va de listillo...

—No es un intelectual snob —corrigió Bella, divertida.

—Eso es. Le gusta Rocky y escucha música normal. Es como si tuviera una enorme capacidad intelectual que le permitiera usar las fórmulas de la gravedad, y a la vez disfrutar de una buena teleco media. Además, en el agua, a la que es muy aficionado, demuestra estar en una forma excelente, aunque a veces, en tierra firme, puede llegar a pisarse sus propios pies. Es encantador.

Bella abrió la boca para añadir algo al respecto, pero Alice ya se había lanzado de nuevo.

—La verdad es que es un loco de la electrónica, pero muy hábil. Me arregló los auriculares cuando ya iba a tirarlos. El otro día además... —frunció el ceño cuando vio la amplia sonrisa de Bella—. ¿Qué ocurre ahora?

—Estás completamente colada.

—Por favor... ¡Menuda expresión! —Soltó un bufido y cruzó las piernas por los tobillos—. Completamente colada. ¡Jesús!

—Es la expresión perfecta para lo que estoy viendo. Y además pienso que es maravilloso.

—No te subas al barco del amor, Bella. Esta mos bien juntos y punto. Después nos acostaremos y seguiremos juntos. Continuaremos llevándolo amistosamente hasta que no me cuelgue el cartel de bruja del cuello. Entonces volverá a Nueva York y escribirá su libro, o su reportaje, o lo que sea. No estamos enamorados.

—Puedes decir lo que quieras, pero en todo el tiempo que llevo en Tres Hermanas, nunca te he visto pasar tanto tiempo con alguien, ni estar tan feliz.

—O sea, que me gusta más que la mayoría de los hombres, que es el que más me atrae... —dijo Alice enderezándose de nuevo y encogiéndose de hombros.

—Totalmente enamorada —murmuró Bella entre dientes.

—Cállate.

—¿Por qué no le invitas a cenar?

—¿Qué?

—Tráelo esta noche a casa a cenar.

—¿Por qué?

—Porque voy a preparar el plato favorito de Edward y habrá comida de sobra.

—¿Vas a preparar carne a la cazuela? —A Alice se le hizo la boca agua.

—Estoy convencida de que a Jasper le gustará tomar algo hecho en casa en lugar de comida preparada, cenar en un restaurante o calentarse algo de lo que yo vendo —Bella se puso de pie y se sacudió la arena de los pantalones.

—Desde luego, le gusta comer. Bella, no estás intentando hacer de casamentera, ¿verdad?

Bella abrió sus ojos cafés con aire de inocencia.

—Por supuesto que no. Dile que venga a las seis y media y avísame si no le viene bien.

Dio unas palmadas llamando a Lucy y se dirigió a casa.

Tenía mucho que hacer en poco tiempo


Ke tal stan? ke les ha parecido el capitulo? x lo q se ve no se le avecinan cosas buenas a Bella uuyy jeje y ke kreen ke pasara en la cena? jeje kieren saber?

dejenme un par de reviews y les digo..

byee