Hello ke tal van? ya viero Amanecer? a poco no esta de lujo? jeje
espero les guste el capi
recuerden de ke nada me pertnece
Capítulo 30
Jasper dedicó casi todo el día a reparar el sensor, que solamente quedó arreglado a medias. Para conseguir los repuestos necesitaría un día o dos, y al ser viernes, se encontró en un momento de crisis. Escribió:
No estoy seguro de lo que espero del viernes. Es mejor así. Es un error acudir a un experimento anticipando resultados específicos; la mente se cierra a posibilidades. Ahora tengo una teoría sobre lo que sucedió en la cueva de McCarthy. La traducción de la frase tallada en el muro en gaélico sería: "Mi corazón es tuyo. Ahora y siempre." Aunque llevará tiempo averiguar la fecha en que fue grabada (enviar un calco y un dibujo al laboratorio, lo antes posible), sigo pensando que fue realizada hace unos veinte años. Basándome en esto, la situación de la cueva y la reacción de Rosalie Hale al encontrarnos a Alice y a mí allí, es lógico deducir que la cueva tiene un significado especial y personal para ella. Creo que la inscripción fue hecha para ella o por ella.
Los McCarthy tienen un hijo, Emmett, que creció en la isla. Nadie comenta nada de él en relación con Rosalie. Es una omisión deliberada, consciente, lo cual naturalmente me lleva a pensar que Rosalie y él tuvieron relaciones, y probablemente, que fueron amantes antes de que él abandonara la isla.
Esto, a su vez, puede ser la base de la última parte de la leyenda, que se refleja en las descendientes de las primeras hermanas.
Bella y Edward serían los primeros, e hipotéticamente, Rosalie y Emmett serían los últimos.
Esto sitúa a Alice en el medio. Alice y...
Le temblaban los dedos, por lo que se detuvo, se sentó y se frotó los ojos bajo las gafas. Buscó de forma inconsciente el café que derramó sobre la mesa; mientras lo limpiaba se dio un respiro para serenarse. Continuó:
Yo estoy conectado al curso de los hechos. Lo sentí antes de venir. Ya con los documentos que he consultado y que tendré que compartir con los demás, había desarrollado ciertas teorías. Pero las teorías y la realidad son diferentes, como distintos son los efectos que producen en aquellos a los que afectan: en mí, me resulta más difícil de lo que pensaba mantener la objetividad, permanecer en el papel de observador, del documentalista cuando...
.. .no puedo dejar de pensar en ella. Intentar separar los sentimientos de lo profesional ya es bastante duro, pero ¿cómo puedo estar seguro de que esos sentimientos no son el resultado del interés profesional?
—Y de las hormonas —lo escribió.
¿Me fascina la ayudante Alice Cullen porque tiene un don sobrenatural que le viene de hace trescientos años, o porque es una mujer que ha conseguido interesarme en todos los aspectos posibles?
Empiezo a pensar que por ambas razones, y que me encuentro tan profundamente involucrado en esta historia que no me importa de dónde procedan mis sentimientos.
Se recostó de nuevo y como su concentración había disminuido, sintonizó con los pitidos y zumbidos del equipo del salón. Al levantarse del pequeño escritorio, se golpeó la rodilla con el lateral; salió del despacho cojeando y soltando maldiciones.
Alice estaba junto a la puerta, escudriñando las máquinas.
—¿Nunca las apagas?
—No —Jasper tuvo que esforzarse por no frotarse el estómago, porque con sólo mirarla le dolía.
—He llamado.
—Estaba en el despacho trabajando, no te he oído.
—Tienes suerte de que sea insistente. —Alice levantó la caja de cartón que traía—. Es una pizza, grande y llena de cosas, como habías pedido. ¿Te apetece?
A él se le hizo la boca agua y su estómago se encogió.
—Pues la verdad es que llevo semanas soñando con una pizza.
—Yo también. —Alice la puso encima de una máquina que había costado una cantidad de seis cifras. Se quitó el abrigo y lo tiró al suelo; se quitó la gorra que siguió el mismo camino que el abrigo, mientras avanzaba hacia él—. ¿Tienes hambre?
—Sí, sí.
—Bien. Yo estoy muerta —se subió encima de él, abrazándole por la cintura con las piernas y aplastando su boca contra la suya.
Jasper dio un traspié. Todo pensamiento racional huyó de su cabeza que quedó en blanco.
—Ahora sexo, después la pizza —dijo ella, sin aliento mientras recorría su rostro rápidamente con los labios y mordisqueaba su cuello—. ¿Te parece bien?
—Me parece estupendo —se tambaleó en dirección al dormitorio, pero al llegar a la puerta tuvo que abrazarla contra la jamba—. Espera... déjame... —Cambió la inclinación del beso, hundiéndose profundamente en su boca, hasta que el gemido de ella se hizo eco del suyo propio—. Te siento todo el tiempo —dijo mientras le mordisqueaba el cuello—, todo el tiempo, y me estoy volviendo loco.
—Yo también. Quiero que te desnudes. —Comenzó a tirar de su jersey.
—Espera. Despacio.
—¿Por qué? —riéndose, Alice empezó a atormentarle jugando con la lengua en su oreja.
—Porque... ¡Dios mío! Porque llevo mucho tiempo pensando en esto. —Jasper le clavó los dedos en las caderas, mientras se dirigía hacia la cama—. Parece que hace siglos que sólo pienso en esto y no quiero precipitarme. —Consiguió liberar una mano con la que la tomó por el pelo echando su cabeza hacia atrás, hasta que sus ojos se encontraron—. Quiero saborearlo. Quiero saborearte a ti. Quiero... —se inclinó y le mordisqueó los labios—... tardar años en hacer el amor contigo, en tocarte —continuó, mientras la reclinaba sobre la cama—, en probarte. —Con cuidado, Jasper le levantó los brazos por encima de la cabeza.
Alice temblaba debajo de él.
—Te expresas bien —consiguió articular—, para ser un loco de la informática.
—Vamos a ver qué tal se nos da el trabajo en equipo —Jasper recorrió con el dedo la línea de su estómago que quedó al descubierto cuando se le subió el jersey.
Bajó la cabeza y en el último momento la giró para que sus labios rozaran la mandíbula de Alice.
El cuerpo de Alice estaba tenso bajo el suyo, liberando energía en oleadas que eran casi visibles. Jasper deseaba todo aquello, pero antes quería que ella se rindiera, sin fuerzas, aturdida de placer.
Alice flexionó sus manos bajo las de él, pero no luchó. Su corazón batía contra el suyo y rindió sus labios cuando Jasper los buscó. Saber que ella dejaba que él marcara el ritmo y la intensidad ya era excitante.
Ella sintió que era fuerte, que tenía fuerza suficiente como para hacerle aquel regalo. El iba a demostrarle lo precioso que le parecía.
Nunca había conocido a un hombre capaz de encender todos aquellos fuegos solamente con su boca. Mientras anhelaba sus manos, sus huesos y sus músculos se fundió bajo aquel calor. Suspiró y se entregó.
Su pulso se debilitó. Su mente se nubló.
Cuando Jasper soltó sus manos, sus brazos, Alice se sintió ligera y fuerte; alzó los brazos para quitarle las gafas, dejarlas a un lado y poder en marcar su rostro con las manos y acercar su boca a la suya de nuevo.
Entonces, Jasper volvió a acariciarla poco a poco hasta levantarle el jersey y quitárselo. Después hizo un perezoso recorrido por sus pechos justo por el borde del sujetador y luego jugueteó un poco con el cierre.
A su vez, ella le quitó el jersey y dejó que sus manos se movieran errantes por su cuerpo.
La boca de él volvió a buscar la suya, arrancándole un suave gemido de placer. Ella se sintió que flotaba con aquel beso, ingrávida. Se pegó a su cuerpo y le mordió satisfecha como un gato, hasta rozar con su boca la curva de su hombro; se estremeció ligeramente de puro anhelo, gimiendo, cuando en sus besos Jasper descendió por su cuello para hundirse bajo el algodón del sujetador y jugar con su pezón.
Entonces gritó y se arqueó sin poder contenerse, mientras Jasper cerraba los labios ardientes y hambrientos sobre su pecho.
Luchó intentando recobrar el aliento, el equilibrio. Clavó los dedos en las sábanas cuando su cuerpo pasó del golpe de la satisfacción a la desesperación.
Jasper pensó que era como lanzarse dentro de un horno. Un hombre podía deshacerse con semejante calor. Desabrochó el sujetador y encontró la carne. Sintió, entonces, que Alice se concentraba debajo de su cuerpo, como las nubes de tormenta se funden en la masa eléctrica, y se estremeció al oír su grito ahogado de alivio.
Cuando Alice volvió a quedarse de nuevo sin fuerzas, Jasper se movió hacia abajo recorriendo sus formas de mujer atlética, las líneas delga das y firmes de su cuerpo. Curvas y ángulos, hondonadas y rectas adorables. Quería deleitarse, aprovecharlas, absorberlas. Sus corazones desbocados latían en un mismo pulso. El sabor de ella se hizo más intenso, más fuerte, hasta que Jasper se preguntó cómo había podido vivir hasta entonces sin él.
Alice se encontraba impotente, nunca antes se había sentido así. Nadie la había tomado nunca con semejante paciencia implacable. Era su dueño, y la excitaba saber que le dejaría hacer lo que quisiera con ella y que lo disfrutaría.
Tenía la piel húmeda y caliente. Parecía que él conocía cada nervio de su cuerpo y que iba a hacer que se estremecieran uno por uno. Se volcó hacia él, se abrió, se entregó con una libertad que no ha bía sentido nunca antes con nadie.
Cada uno de sus movimientos era tan lento como si estuvieran nadando en el agua. El cuerpo de Jasper temblaba por el suyo, los latidos de su corazón se aceleraban. Alice podía sentirlo y también cómo se tensaban sus músculos bajo las caricias de sus manos.
Cuando sus sentidos estuvieron llenos de ella, de su olor, su sabor, su textura, Jasper se puso encima. Y esperó, esperó hasta que Alice abrió los ojos que tenía cargados de placer.
Se deslizó dentro de ella, muy hondo, muy profundo.
La tomó con lentos y largos avances, hasta que empezó a sollozar y a él le hirvió la sangre. Veía cómo temblaba el pulso en su adorable garganta cuando le llegó un nuevo orgasmo.
Alice deslizó los brazos alrededor de su cuerpo, ya sin fuerzas.
—No puedo más.
—Déjame a mí —contestó Jasper mientras aplastaba su boca contra la de ella otra vez—, déjame.
Como a través de un sueño, Alice se elevó de nuevo con él, sintió con él y experimentó otra vez cómo volvía aquella necesidad imperiosa.
—Ven conmigo —dijo agarrándose a sus caderas y gimiendo cuando se sintió arrastrada una vez más.
Jasper ya estaba dispuesto. Su mundo se agitó. Enterró su rostro en la oscura masa de su cabello y se abandonó.
Alice se sintió tan suave como si su piel se hubiera vuelto de terciopelo espolvoreado con oro. Cualquier asomo de tensión se había disuelto, de hecho, se preguntaba si sería capaz de preocuparse por algo de ahí en adelante.
Decidió que el buen sexo era la mejor droga po sible.
No era muy dada a los abrazos y nunca se le había dado bien la charla en la cama, pero se encontraba enroscada estrechamente a Jasper, acurrucada junto a él, sintiéndose muy bien. Sus piernas se enlazaban con las suyas, su cabeza se apoyaba en su hombro y tenía el brazo enganchado alrededor de su cuello.
Lo mejor de todo era que, a juzgar por cómo él se aferraba a ella, parecía estar dispuesto a pasar así dos o tres años más.
—¿Has aprendido esos movimientos estudiando las costumbres sexuales de las sociedades primitivas? —preguntó Alice.
Él rozó su pelo con la mejilla.
—Me gusta pensar que aplico mi propia interpretación.
—Lo has hecho bien.
—Igual que tú.
—He tirado tus gafas al suelo. ¿Te importa buscarlas para no pisarlas?
—No, pero quería decirte algo antes.
—¿El qué?
—Eres muy guapa.
—¡Ay Por favor! Estás todavía atontado.
—Tienes ese pelo espeso, negro. Todavía me apetece morder ese labio superior tuyo tan grueso; a lo que hay que añadir ese cuerpo tan estupendo, y resulta un conjunto maravilloso. —Cuando ella levantó la cabeza y le miró fijamente, tuvo que parpadear hasta que consiguió enfocarla bien—. ¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Estaba intentando recordar cuál fue la última vez que oí utilizar el término «estupendo» de esa manera. Eres un poco raro, Jasper. Encantador, pero raro. —Alzó la cabeza lo suficiente como para mordisquearle—. Necesito carburante —dijo—, quiero pizza.
—De acuerdo, la traeré.
—De eso, nada. Yo la traigo. Tú quédate donde estás, desnudo —añadió mientras rodaba por encima de él y salía de la cama —. Por cierto, tú también tienes un cuerpo estupendo.
Entró en el salón y se estiró en un movimiento sensual. Fue a la cocina, desnuda y sintiéndose ágil, para buscar dos cervezas que acompañaran la pizza. Agarró unas servilletas y luego dio un pequeño giro.
¿Se podía sentir mejor?, se preguntó. No se trataba sólo de sexo, pensó dando un suspiro soñador, que si no hubiera estado tan absorta, le hubiera avergonzado. Jasper era tan dulce, tan cariñoso, tan constante sin llegar a ser aburrido o pesado.
Le gustaba escucharle, mirar cómo la comisura izquierda de su boca se levantaba de esa forma tan peculiar, algo más que la derecha, cuando sonreía. Y la manera en que se le desenfocaban y enturbiaban los ojos cuando pensaba. Y cómo su pelo rubio oscuro y espeso nunca estaba bien peinado.
Además tenía esa fascinante intensidad, equili brada por el sentido del humor. Era el primer hombre con el que ella se había sentido involucrada; tenía tantas facetas, admitió. No era una persona simple y no esperaba que ella lo fuese. ¿Acaso no era encantador? Se volvió hacia el salón, con las botellas chocando alegremente, para coger la pizza. La felicidad le hacía flotar, y antes de comprender lo que estaba sucediendo su corazón dio un vuelco y se paró
Abrió los ojos de par en par.
—¡Dios mío!
Antes de poder reaccionar ante el descubrimiento, súbito y ligeramente aterrador de que estaba enamorada, todas las máquinas de la casa entraron en acción.
Su cabeza se llenó de sonidos: pitidos, chirridos, zumbidos, timbrazos. Las agujas daban latigazos, las luces centelleaban. Permaneció de pie, paralizada por la impresión.
Jasper dio un grito y saltó de la cama. Salió corriendo hacia el salón, pisó un par de zapatillas y cayó al suelo de bruces. Soltando maldiciones, se levantó y entró corriendo desnudo en la habitación.
—¿Qué has tocado? ¿Qué has hecho?
—Nada, nada. —Alice sujetaba las botellas como si fueran un salvavidas. Se dijo que más tarde, mucho más tarde sería capaz de recordar todo aquello y soltar una carcajada.
Pero, por el momento, lo único que podía hacer era mirar fijamente a Jasper, que se afanaba corriendo de una máquina a otra, gritando datos, y palpándose su cuerpo desnudo, como si pudiera encontrar un bolsillo en la piel que escondiera un lápiz.
—¡Qué barbaridad! ¿Ves esto? —Tomaba las hojas de papel y se las ponía casi en la nariz, mientras examinaba la impresora—. Son acontecimientos extraordinarios. El primero, hace una hora aproximadamente. Creo. No puedo comprobarlo. No consigo leer ni una maldita letra en los gráficos. ¿Dónde demonios están mis gafas? ¡Santo cielo! Otro sensor abrasado. ¡Es impresionante!
—Jasper...
—¿Sí? Humm —hizo un gesto con la mano, como si espantara a una mosca molesta—. Sólo quiero rebobinar el vídeo para ver si hay alguna manifestación visible.
—Yo creo que sería mejor que te pusieras algo encima, porque estás un poco... expuesto a herirte en este momento.
—¿Eh? ¿Cómo? —preguntó él distraídamente.
—¿Por qué no nos vestimos los dos y te dejo seguir con tu trabajo?
Jasper pensó que sólo un idiota dejaría marchar a una mujer desnuda para ponerse a jugar con sus juguetes. Especialmente si la mujer era la ayudan te Alice Cullen. El doctor Jasper Whitlock no era ningún idiota.
—No. Vamos a tomarnos la pizza —asió la caja y su olor, y el olor de ella le despertaron el apetito otra vez—. Comprobaré los datos mañana. No se van a marchar a ninguna parte. —Se acercó a Alice y rozó su mejilla con los nudillos—. Tampoco quiero que tú te vayas.
Alice pensó que sonaba razonable; también ella examinaría sus datos internos mañana.
—Ten cuidado. No quiero que te caigas sobre la caja y aplastes la cena.
Se ordenó a sí misma guardar calma y se dirigió con él al dormitorio.
—La cicatriz que tienes en el trasero, ¿cómo te la hiciste?
—Bueno, en una especie de caída por un acantilado.
—¡Jesús! Jasper... —Se sentaron en la cama con la pizza entre los dos y ella le tendió una cerveza—. Eres único.
Alice no pretendía quedarse. Desde su punto de vista, no era lo mismo acostarse con alguien que dormir a su lado; añadía un nuevo grado de intimidad que, a menudo, desembocaba una situación delicada.
Pero de alguna forma sin que supiera exactamente cómo se las había arreglado él para conseguirlo, se encontró a la mañana siguiente compartiendo la estrecha ducha.
Jasper demostró ser muy hábil en lugares reducidos.
.
.
Cuando se fue a casa, se sintió perdida, un tanto confusa y ligeramente avergonzada. Tenía la esperanza de poder deslizarse escaleras arriba, cambiarse de ropa para ir a correr a la playa y actuar como si nada hubiera sucedido. Su deseo se vio frustrado cuando Bella la llamó desde la cocina.
—¿Eres tú, Alice? El café está preparado.
—¡Maldita sea! —murmuró y cambió de dirección a regañadientes. Estaba aterrorizada ante la idea de mantener una conversación de chicas y no sabía cómo manejar la situación.
Ahí estaba Bella trabajando en la cocina repleta de olores caseros a pan recién hecho, tan fresca como una rosa, mientras rellenaba otra tanda de moldes de pasteles.
La miró y Alice se sintió desaliñada, violenta y hambrienta.
—¿Quieres desayunar? —preguntó Bella cari ñosamente.
—Bueno, quizá. No —tragó aire—, la verdad es que quiero correr antes. Eh... supongo que debería haber avisado anoche de que no pasaría la noche en casa.
—¡Ah! No pasa nada. Llamó Jasper.
—No pensé... —cuando se dirigía hacia la nevera para sacar una botella de agua, se paró en seco—. ¿Qué Jasper llamó?
—Sí. Pensó que podríamos preocuparnos.
—Él pensó... —repitió Alice, lo cual la deja ba a ella como una, ¿qué?, como una estúpida desconsiderada—. ¿Y qué dijo?
—Que estabais disfrutando de una sesión de sexo salvaje y que no nos preocupáramos. —Miró a Alice por encima de los pasteles con las mejillas arreboladas, mientras reía a carcajadas al ver el rostro de su cuñada alterado por la conmoción—. Se limitó a decir que estabas con él, lo del sexo salvaje lo he deducido yo.
—A ti por las mañanas te gusta ser muy bromista, ¿no? —Replicó Alice, destapando la botella de agua—. Yo no sabía que había llamado. Tendría que haberlo hecho yo.
—No importa. ¿Lo... pasaste bien?
—Estoy despierta, veamos, desde las siete cuarenta y cinco de la mañana. Creo que puedes deducir algo de ese dato.
—Lo haré, aunque pareces un poco malhumorada.
—No lo estoy —Alice bebió agua con el ceño fruncido—. Está bien: es que pienso que me podía haber dicho que iba a llamarte, o sugerirme que te llamara yo, pero cualquiera de las dos opciones su pondría que yo iba a quedarme a pasar la noche, lo cual no era cierto, pero es evidente que él decidió que sí, algo un tanto prepotente por su parte, si quieres saber mi opinión, porque no es exactamente lo mismo que si me hubiera pedido que me quedara desde el primer maldito momento.
Bella aguardó un momento.
—¿Cómo?
—No sé. No sé qué he dicho exactamente. ¡Dios mío! —Irritada consigo misma se pasó la botella de agua fría por las sienes—. Todo este asunto me parece muy extraño.
—¿Te lo parece él?
—Sí. No sé. Quizá. Tengo una pelota en la cabeza, con muchos sentimientos encontrados y no estoy preparada. Necesito correr.
—Yo también he tenido que correr hoy —dijo Bella suavemente.
—Me refiero a correr por la playa. —Alice suspiró al ver el gesto de complicidad que le hizo Bella—. Está bien, lo has conseguido, pero es demasiado pronto para las metáforas.
—Entonces, déjame hacerte una pregunta directa. ¿Eres feliz con él?
—Sí —Alice sintió que su estómago se encogía—. Sí, sí lo soy.
—No te va a hacer daño disfrutar con eso de momento y ver qué pasa después.
—Tal vez pueda, quizá lo haga, pero me he dado cuenta de que siempre va un paso por delante de mí, el muy cabrón. —Se sintió rendida y se sentó—. Creo que me he enamorado.
—¡Ay, Alice! —Bella se inclinó y tomó el rostro de Alice entre sus manos—. Yo también lo creo.
—Yo no quiero.
—Lo sé.
Alice dejó escapar un suspiro.
—¿Por qué sabes tanto?
—Yo he pasado por lo mismo que tú y no hace tanto tiempo. Da miedo y a la vez es excitante, y simplemente lo cambia todo.
—Me gustaba como era todo antes. No se lo cuentes a Edward —dijo, e inmediatamente se arrepintió—. Pero, ¿qué estoy diciendo? Por supuesto cuéntaselo a Edward. Es la costumbre. Sólo te pido que esperes unos días y quizá entonces yo consiga asumirlo.
—De acuerdo —Bella se fue a cambiar las bandejas que estaban en el horno.
—Quizá lo que ocurre es que me pone caliente y eso es lo que me descoloca.
—Supongo.
—Si esta noche puede ser ejemplo de algo, entonces creo que podemos quemarnos en un par de semanas como máximo.
—Puede ocurrir.
Alice tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Si vas a quedarte ahí dándome la razón como a los locos, se acabó. Me voy a correr.
Bella puso los pasteles a enfriar sobre la rejilla, encantada consigo misma al ver que Alice se enrarecía. «Vete y corre», dijo en voz baja, «apuesto que él te alcanzará».
ke liiindos? a poko no? jeje
espero sus reviews
byee
