Ke tal van?
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 31
James Remington pasaba días buenos, teniendo en cuenta que era un criminal perturbado. Dependiendo de las imágenes que le pasaran por la cabeza podía estar ligeramente lúcido e incluso encantador en algún momento.
Según refirió a Harding una de las enfermeras a las que entrevistó, había instantes en que se podía entrever la astutamente que le había convertido en uno de los mejores y más poderosos agentes de Hollywood.
Otras veces, se limitaba a sentarse y babear. A Harding lo fascinaba, hasta el punto de transformarse para él en una obsesión. Según se decía, Remington era un ejecutivo de primera, un miembro brillante de la maquinaria del mundo del espectáculo, un hombre que había alcanzado riqueza y privilegios. Y que se había quedado sin nada por una mujer.
'También ella le fascinaba: un tranquilo y sumi so ratón, si se atenía a las opiniones de los que la conocieron durante su matrimonio. Una valerosa superviviente que había escapado de una pesadilla, según la versión feminista.
Harding estaba convencido de que era ambas cosas, pero también de que había algo más. De hecho, entraban en juego demasiados factores. La bella y la bestia destruidos por amor; el monstruo tras la máscara.
Ya tenía montones de notas, cintas grabadas, fotografías, copias de los informes médicos y policiales. Contaba con un primer borrador del libro, que estaba convencido, le haría muy rico y famoso.
Le faltaban aún las entrevistas personales con los personajes clave.
Estaba dispuesto a emplear tiempo y esfuerzo para conseguirlas. Mientras seguía el rastro de Bella a través del país, acumulando impresiones y reuniendo datos, había continuado visitando a Remington con regularidad.
Cada vez que iba a visitarlo, sentía renovados su ambición y sus propósitos, pero también notaba una rabia oculta que lo desconcertaba. Aquella rabia tenía que haberse desvanecido, sin embargo volvía cada vez con más fuerza.
Cargó la mayor parte de los gastos del viaje en la cuenta de representación de la revista, y aunque iba enviando reportajes, era consciente de que un día tendría que rendir cuentas. También empezaba a echar mano de sus reservas personales, incapaz de detenerse.
Si alguna vez Harding estuvo orgulloso de su trabajo en la revista, lo había disfrutado, se había crecido ante el ritmo y las exigencias que le imponía.
Ahora le molestaba cada hora que debía dedicar a cumplir con sus obligaciones profesionales.
El asunto Remington/Cullen era como una fiebre que le quemaba por dentro.
La primera vez que conectó realmente con James Remington fue el día de San Valentín, algo que nunca dejaría de parecerle tremendamente irónico.
—Ellos creen que estoy loco.
Era la primera vez que Remington se dirigió a él por iniciativa propia. Harding tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no pegar un salto ante el tono tan razonable y tranquilo de su voz. Echó un vistazo a la grabadora para comprobar que estaba en funcionamiento.
—¿Quién lo piensa?
—La gente de aquí, mi hermana la traidora, mi mujer la adúltera. ¿Conoce a mi mujer, señor Harding?
Al oír que le llamaba por su nombre, algo helado se deslizó por su garganta. En cada una de las visitas se había presentado, pero nunca creyó, nunca llegó a pensar que James le hubiera oído o entendido.
—No, no la conozco. Esperaba que usted me hablara de ella.
—¿Qué le puedo contar de Marie? —Allí había un susurro, un eco de paciente diversión—. Me decepcionó. Es una puta, una estafadora y una mentirosa. Pero es mi puta. Yo le di todo, la hice bella; me pertenece. ¿ha intentado seducirle?
A Harding se le secó la boca. Era ridículo, pero sintió como si James pudiera leer su mente.
—Yo no conozco a su... mujer, señor James. Espero tener la oportunidad, y poder transmitirle un mensaje de su parte.
—¡Ah! Tengo muchas cosas que contarle a Marie, pero es muy privado —dijo, susurrando la última palabra con una sonrisa en los labios—. Entre marido y mujer hay muchos asuntos privados, ¿no cree? Lo que ocurre en el santuario del hogar no interesa a nadie.
Harding le dirigió un gesto de asentimiento lleno de simpatía.
—Resulta difícil, ¿verdad?..., mantener en equilibrio esa privacidad cuando se es alguien con una vida pública.
Los ojos de Remington se empañaron, como si la niebla cubriera el hielo, y empezó a moverse rápidamente por la habitación. Habían desaparecido la inteligencia y el humor ingenioso.
—Necesito un teléfono. Creo que he perdido el mío. ¿Dónde está el maldito conserje?
—Estoy seguro de que vendrá enseguida. ¿Puedo preguntarle qué fue lo primero que le atrajo de la señora Remington?
—Era pura, sencilla, como el barro esperando a que le dieran forma. Supe inmediatamente que tenía que ser mía. Yo la modelé. —Dobló las manos como si le costara dominarse—. Yo no sabía la cantidad de defectos que tenía, la cantidad de trabajo que me supondría. Me dediqué a ella en cuerpo y alma. —Se inclinó hacia delante con el cuerpo temblando por la tensión—. ¿Sabe por qué se marchó?
—¿Por qué?
—Porque es débil y estúpida. Débil y estúpida. Débil y estúpida —lo repitió una y otra vez, como si fuera el estribillo de una canción, mientras se golpeaba una mano con el puño—. Lo sé porque yo no lo soy —giró la muñeca como para buscar el Rolex que ya no llevaba—. Es hora de que me va ya, ¿no? Es hora de ir a buscar a Marie y llevarla a casa. Tiene mucho que explicar. Llame al botones para que traiga mi equipaje.
—Está... de camino. Dígame, ¿qué pasó aque lla noche en Tres Hermanas?
—No recuerdo. Pero en cualquier caso, nada importante. Tengo que tomar el avión.
—Tiene tiempo de sobra. —Harding bajó la voz y le siguió hablando en un tono relajante cuando Remington comenzó a retorcerse en la silla—. Usted fue para encontrar a Marie. Ella estaba vi viendo en la isla. Se quedaría encantado al encontrarla con vida.
—Vivía en un cuchitril, su casa era poco más que un cobertizo para herramientas. Pequeña puta. Había calabazas en el porche y un gato. Había algo extraño en la casa —se pasó la lengua por los labios—. No quería que yo estuviera allí. —¿Era la casa la que no quería? —Se había cortado el pelo. Yo no le di permiso. Lo había hecho ella misma. Tenía que castigarla, había que enseñarla. Debía recordar quién mandaba. Me obligó a que le hiciera daño —Remington sacudió la cabeza—, me lo imploró.
—¿Ella pidió que le hiciera daño? —preguntó Harding con cautela. Algo se agitó en su interior, algo feo e irreconocible. Algo que se había despertado en su interior con sólo pensarlo.
Le conmocionó y le horrorizó, casi le hizo retirarse otra vez, pero entonces James comenzó a hablar.
—No aprendió. ¿Se puede ser tan torpe? Claro que no. Le gusta que la castiguen. Se fue corriendo cuando maté a su amante, pero él volvió de entre los muertos —continuó James—, yo tenía derecho a matarle por intentar apoderarse de lo que era mío. Tenía derecho a matarles a ambos. ¿Quién es toda esa gente?
—¿Qué gente?
—La del bosque —dijo James con impaciencia—. Las mujeres del bosque. ¿De dónde salen? ¿Qué tiene esto que ver con ellas? ¡Y él! ¿Por qué no murió cuando le maté? ¿Qué mundo es éste?
—¿Qué ocurrió en el bosque?
—El bosque —se frotó los labios cuando su respiración comenzó a acelerarse—. Hay monstruos en el bosque. Bestias escondidas detrás de mi cara, arrastrándose en mi interior. Hay luz en un círculo. Fuego. Demasiadas voces. ¿Están gritando? ¿De quién son esos gritos? Ahorquen a la bruja. «¡No permitan que viva ninguna bruja!» «¡Matenlas a todas, antes de que sea demasiado tarde!»
Gritaba, aullaba como un loco. Cuando llegaron los enfermeros y le ordenaron a Harding que se fuera, recogió la grabadora con manos temblorosas.
No vio la astuta mirada en los ojos de James.
ooolaaaaa jejeje espero muuchos reviewes
byeeee
