heelooo ke tal?
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 32
Alice trabajaba penosamente con el papeleo. Había perdido la apuesta con Edward, lo que aún le irritaba, ya que aquella falsa primavera continuaba. Por la tarde se alcanzarían unos veinte grados y ella seguiría pegada a la mesa del despacho.
Lo único bueno era que Edward no estaba allí, por lo que podía seguir de mal humor y dedicarle todo tipo de insultos entre dientes. Cuando se abrió la puerta de la comisaría se preparó para sol tarle algunos a la cara. Pero era Jasper, escondido detrás de lo que parecía ser toda la producción holandesa de tulipanes.
—¿Qué haces? ¿Ahora te dedicas al negocio de las flores?
—No. —Se dirigió hacia ella y le tendió el ramo multicolor—. ¡Feliz día de San Valentín!
—¡Ah! Bueno, eh... —A Alice se le encogió el estómago, a pesar de que se le derretía el corazón—. Humm...
—Ahora, me das las gracias y un beso —dijo Jasper queriendo ayudarla.
—Gracias.
Había tantas flores que tuvo que apartarlas a un lado antes de poder darle un beso. Cuando hubo cumplido esta parte del ritual, la abrazó, la atrajo hacia él y Alice se vio transportada a un mundo suave y como de ensueño.
—Hay muchas flores —dijo Jasper rozando sus labios, y ambos se estremecieron—. Dame las gracias otra vez.
—Gra... —comenzó a decir, mientras él la besaba más intensamente, hasta que se le erizó la piel y se puso de puntillas.
—Creo que con esto ya queda todo saldado —murmuró Jasper, al tiempo que deslizaba las ma nos arriba y abajo por las caderas de Alice.
—Eso espero —tuvo que aclararse la garganta—. Son preciosas. —Se sentía estúpida sujetando las flores, y peor al pensar que lo que de verdad le apetecía era enterrar el rostro de él en el ramo y olerlo como si fuera un cachorro—. No tenías que traerme flores; a mí el día de San Valentín me im porta un comino.
—Ya, es un invento comercial etcétera, etcéte ra. ¿Y qué? —preguntó Jasper.
Le hizo gracia el comentario y dejó de sentirse como una tonta.
—Son muchísimas, en la floristería han debido de arrodillarse ante ti. Voy a ver si encuentro algo donde ponerlas —comentó ella.
Se tuvo que conformar con un cubo de plástico, pero se permitió suspirar y sorber por la nariz, mientras lo llenaba de agua en el grifo del baño.
—Las colocaré mejor cuando las lleve a casa —prometió al volver con el cubo entre las manos—. No sabía que los tulipanes tenían tantos colores diferentes. Creo que nunca me había fijado.
—Mi madre es aficionada a los tulipanes. No sé cómo lo llaman aquí, pero ella sabe acelerar el crecimiento de los tulipanes cada invierno colocándolos en botes de cristal.
Alice puso el improvisado jarrón encima del escritorio.
—Seguro que le mandas flores a tu madre hoy.
—Por supuesto.
—Eres un cielo, doctor Whitlock —le dijo Alice mirándole, a la vez que sacudía la cabeza.
—¿Tú crees? —Jasper rebuscó en un bolsillo, frunció el ceño, luego en el otro. Por fin sacó un pequeño corazón de azúcar y se lo puso a Alice en la palma de la mano.
—Que seas mía —leyó y sintió de nuevo los nervios encogiéndole el estómago.
—Entonces, ¿qué me dices? —Jasper le tiró de la coleta—. ¿Vas a corresponderme por San Valentín?
—¡Qué barbaridad! Ya veo que te encanta todo esto. Me parece que estoy atrapada. Tendré que comprarte una postal sentimentaloide.
—Es lo menos que puedes hacer —continuó jugando con la coleta de pelo brillante—. Oye, con respecto a esta noche. Cuando quedé con Rosalie no caí en la cuenta de que era el día de San Valentín. Si quieres, puedo cambiarlo para otro día y salimos a cenar, a dar una vuelta o lo que tú quieras.
—¡Ah! —recordó que era viernes. Había hecho grandes esfuerzos para bloquearlo en su mente, y ahora él le estaba dando ocasión de posponer algo que, ella lo sabía bien, era importante para su trabajo.
Efectivamente, era un encanto, pensó con un suspiro.
—No te preocupes, ya que está organizado...
—Podrías venir conmigo —rogó Jasper.
Alice comenzó a darse la vuelta, pero él que seguía sujetándola por la coleta, hizo que permaneciera donde estaba, y así el gesto de ternura perdió su sentido.
—No sé lo que voy a hacer. No cuentes conmigo.
—Como quieras. —A Jasper le espantaba ver có mo Alice entraba en conflicto, pero no sabía cómo ayudarla—. Me gustaría comentarte algunas cosas. Si decides no acudir a la sesión de Rosalie, ¿podrías venir a mi casa después?
—¿De qué se trata?
—Ya hablaremos. —Le dio un tirón de pelo antes de ir hacia la puerta—. Alice —se detuvo con la mano en el pomo, y la miró. Ella tenía la pistola a un lado y el cubo de tulipanes al otro—. Ya sé que en ciertos aspectos nos encontramos en diferentes lados de la barrera. Siempre que sepamos por qué y lo admitamos, siempre que nos aceptemos el uno al otro, todo irá bien.
—Eres tan malditamente equilibrado...
—Oye, mis padres se gastaron mucho dinero en procurar que lo fuera.
—Con los psiquiatras —dijo Alice, haciéndo le una mueca burlona.
—Efectivamente. Te veré luego.
—Sí —murmuró ella cuando se cerró la puerta.
El problema era que ella no tenía un carácter tan estable, desde luego. Para empezar, porque estaba loca por él.
Alice se dio cuenta enseguida de lo complica do que iba a resultarle mantener su reputación de persona difícil paseándose por el pueblo con semejante ramo de tulipanes. Y de que sería casi imposible, cuando se veía a esa misma mujer examinando con atención el despliegue de sentimentales tarjetas de San Valentín.
—Me gusta ésta. —Gladys Macey rebuscó a su alrededor y señaló una tarjeta enorme con un gran corazón rojo.
Alice se esforzó en que no se le notara la vergüenza.
—¿Ah, sí?
—La compré para Cari hace una semana y le encantó cuando se la di esta mañana. A los hombres les gustan las tarjetas grandes. Se deben sentir más varoniles.
Sin dudar de que Gladys sabía más que ella de semejantes asuntos, Alice sacó la tarjeta del expositor.
—Es la última —comentó—. ¡Qué suerte!
—Desde luego —Gladys se inclinó para con templar los tulipanes—. Deben ser unas cuatro docenas.
—Cinco —le corrigió Alice. Sí, las había contado. No lo pudo remediar.
—Cinco docenas, humm... Y además en esta época del año, cuestan un ojo de la cara. Creo que son tan bonitos como un cuadro. ¿También te han regalado dulces?
Alice pensó en el pequeño corazón que llevaba guardado en el bolsillo.
—Algo así.
—También dulces —Gladys asintió con aire entendido—. Está muy enamorado.
A Alice casi se le cae el ramo.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que está locamente enamorado.
—Locamente enamorado. —Alice sintió cómo le cosquilleaba la garganta, pero no sabía si por risa o por miedo—. Esa palabra está presente a menudo en estos días. ¿Por qué piensas eso?
—Bueno Alice, por amor de Dios, un hombre no regala flores, ni dulces a una mujer en San Va lentín porque esté buscando una pareja para jugar a las cartas. ¿Por qué la gente joven es tan estúpida para estas cosas?
—Pensé que era una de esas personas a las que le gustan las tradiciones.
—Los hombres no suelen ser muy detallistas a no ser que se les recuerde, que tengan un problema, se sientan culpables o estén locamente enamorados. —Gladys enumeró todas las posibilidades con los de dos, cuyas uñas llevaba recién pintadas con el color rojo San Valentín—. No, según mi experiencia, des de luego, que no. ¿Le recordaste qué día era hoy?
—No, yo no me he acordado.
—¿Han tenido alguna riña?
—No —reconoció Alice.
—¿Hay algo que creas que le haga sentir culpable?
—No, no hay nada.
—Bueno, entonces, ¿qué debemos pensar?
—Según tu teoría, que está perdidamente enamorado. —Tenía que darle vueltas. Alice se puso a estudiar la postal que tenía en la mano—. O sea, que les gustan las grandes, ¿no?
—Sin duda. Debes colocar las flores en algún jarrón bonito, son preciosas para estar en ese viejo cubo —le dio a Alice una palmadita en la espalda y se alejó.
Gladys le contaría al mundo entero, en cuanto tuviera ocasión, que la ayudante estaba colada por el hombre que había llegado del continente, y viceversa.
Tan liindozz jejeje
espero les haya gustado y me dejen algun review de regalo
byeee
