Ke tal todos? espero les este agradando jeje Gracias por leer..
recuerden de ke nada me pertnece
Capítulo 37
Alice era consciente de que tenía un problema. Nunca antes había compartido el poder con ningún hombre. Nunca había sentido la necesidad, ni el deseo de hacerlo. Con Jasper había sido como una especie de fuerza absoluta, un deseo profundo y sofocante de ampliar su intimidad, de que él entrara en contacto con aquella parte suya.
Ya no tenía ninguna duda de que estaba enamorada, ni esperanza alguna de ser capaz de racionalizarlo.
Según la tradición familiar, los Cullen esperaban mucho tiempo antes de enamorarse. Cuando ocurría, el amor llegaba de forma fulminante, y era para siempre. Parecía que ella confirmaba la tradición familiar. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo actuar. En aquel preciso momento, la verdad era que no le importaba nada.
En cuanto a Jasper se sentía como si estuviera ligeramente borracho, y no veía ningún motivo pa ra luchar contra aquella sensación. Se había levantado el viento, su golpeteo contra las ventanas provocaba que la casa tuviera un aire más acogedor. Parecían ser los únicos habitantes de la isla. Por él, podía seguir siendo así.
—¿Qué historia querías contarme?
—Mmm —Jasper siguió jugando con su pelo y pensó que podría permanecer muy feliz entre aquellas enmarañadas sábanas con ella el resto de su vida—. Eso puede esperar.
—¿Por qué? Estamos los dos aquí. Tengo sed. —Alice se levantó echándose el pelo para atrás—. ¿Dijiste algo de un vino?
—Probablemente. ¿Estás segura de que te apetecen el vino y la conversación?
Ella ladeó la cabeza.
—O eso, o te preparas para otra cosa.
Aunque estaba decidido a no admitirlo, sabía que si ella saltaba otra vez sobre él, no iba a sobrevivir.
—Traeré el vino.
Alice se rió cuando salió de la cama.
—Toma —Jasper sacó un chándal de un cajón y se lo lanzó—. Ponte cómoda.
—Gracias. ¿Tienes algo de comer?
—Depende de lo que quieras.
—Pues algo para masticar. Tengo un antojo.
—Explícate. Tengo patatas fritas.
—Muy bien. —Alice tiró del pantalón de chándal ajustando el cordón hasta asegurarse de que no se caería.
—Voy a buscarlo.
Cuando él se marchó, se puso la sudadera del chándal y se deleitó oliendo las mangas, disfrutando de la sensación de vestir algo que le pertenecía. Era algo tonto y muy femenino, admitió, pero no tenía por qué saberlo nadie más.
Cuando entró en la cocina, Jasper ya había abierto el vino y preparado dos copas, y también había una bolsa de patatas fritas en la encimera. Alice se apoderó de las patatas, se tiró sobre una silla y se dispuso a comer.
—Esto... no vamos a hablar aquí —empezó a decir Jasper.
Se encontraba inmerso en una burbuja de felicidad, pero le atenazaban los nervios. No sabía cómo iba a reaccionar Alice ante lo que tenía que decirle. Esa era una de las cosas que le fascinaban de ella, que era imprevisible.
—¿Por qué?
Pensó que ésa era otra de las cosas que le gustaban de ella, que planteaba los por qué, casi tan a menudo como él.
—Porque estaremos más a gusto en la otra habitación.
—¿En el salón? ¿Nos vamos a sentar sobre tu equipo?
—Ja, ja. No, está el sofá, todavía está. Además podemos encender la chimenea. ¿Tienes frío en los pies? ¿Quieres unos calcetines?
—No, estoy bien —sin embargo, notó que él no lo estaba. Había algo que le ponía nervioso, se dijo mientras le seguía al salón. Para llegar hasta el sofá tuvieron que ir abriéndose camino entre un montón de trastos, por lo que dudó que en algún momento lo hubiera utilizado para lo que servía, desde que se había instalado en la casa.
Jasper puso el vino en el suelo y comenzó a remover pilas de libros y a ponerlos aparte. Alice abrió la boca para protestar por la molestia, pero la cerró de nuevo de golpe y casi pudo escucharse el sonido.
El vino, la conversación y un fuego agradable: todo muy romántico. Imaginó que era el tipo de puesta en escena que un hombre cree necesaria para decirle a una mujer que la quiere.
Su corazón empezó a latir con rapidez.
—¿Se trata de una conversación importante? —preguntó con labios temblorosos.
—Yo creo que sí. —Jasper se agachó ante la chimenea—. Por eso estoy un poco nervioso, aunque no pensaba estarlo. No sé cómo empezar.
—Sabrás hacerlo. —Como le temblaban las piernas, Alice se sentó.
Jasper arregló los troncos con cuidado y después se volvió hacia ella. Alice tardó un momento en captar la mirada especulativa en sus ojos, que ella clasificó como su mirada científica.
—Sí, puedo encender el fuego desde aquí —dijo— pero no lo haré Jasper, asi que muevete y prendelo tu mismo.
—Simplemente me lo estaba preguntando. El saber popular sostiene que encender fuego es la forma básica de la magia, lo que normalmente se aprende primero y lo último que se pierde. ¿Es cierto?
—Supongo que estás hablando de las formas tangibles de magia, de las que requieren control, una dirección y un punto de atención —dijo Alice moviéndose porque sentía calor y tenía picores—. Rosalie te explicaría mejor que yo este tipo de cosas. Yo hace mucho tiempo que ni pienso ni he pensado en ellas, y ella en cambio nunca deja de hacerlo.
—Probablemente por eso a ella el control y la filosofía de todo el asunto le llegan con mayor facilidad —Jasper prendió una larga cerilla de madera y la acercó para encender el fuego—. Tu poder es más, no sé, explosivo, y el de ella más controlado. —Como las llamas comenzaban a crecer, él se puso de pie y apoyó las manos en la cintura de sus pantalones vaqueros. —Estoy pensando en cómo plantear lo que quiero decirte.
Alice sintió un ejército de mariposas en el es tómago.
—Limítate a decirlo.
—Trabajo mejor cuando tengo un plan —res pondió él inclinándose para tomar un poco de vino—. Yo lo tenía todo muy bien planteado en mi cabeza... hasta esta noche. Pero, Alice, primero viéndote, entendiendo hasta cierto punto por lo que has pasado, lo que sentiste y después, estando contigo... —Él se sentó a su lado, le alcanzó la co pa y después tocó el dorso de su mano—. Quiero que sepas que nunca he estado con nadie como contigo, con nadie más.
Alice notó las lágrimas agolpándose en su garganta, y por primera vez en su vida su sabor le pareció agradable.
—Para mí es diferente.
Jasper asintió, pero notó una pequeña punzada en el corazón, al interpretar que para ella la experiencia íntima que habían compartido era distinta por ser lo que era.
—De acuerdo. Bien, lo que estoy intentando decir es que... —se pasó una mano por el pelo—, como me importas, como lo que hay entre nosotros me importa, el resto se complica un poco. Supongo que me preocupa que tú pienses que me interesas sólo por mi trabajo. Eso no es cierto, Alice. Sencillamente, me interesas.
En el interior de Alice todo se suavizó, como si una suave mano rozara seda.
—Yo no pienso eso. Si fuera así, no estaría aquí. No querría estar aquí y sí quiero.
Jasper tomó su mano y le besó la palma, provocando que un largo escalofrío recorriera su cuerpo desde la garganta hasta la punta de los pies.
—Jaz... —susurró.
—En principio, yo pensaba decírselo antes a Rosalie, pero quiero contártelo a ti.
—Yo, tú, Rose...
—En teoría, ella es la conexión principal, pero todo está ligado, en cualquier caso. Además, me he dado cuenta de que necesito hablarlo contigo primero. —Jasper le besó la mano de nuevo, pero esta vez, de forma un tanto ausente; después bebió un poco de vino, como alguien que aclara su garganta antes de una conferencia.
El buen humor de Alice estaba empezando a tornarse en crispación.
—Creo que mejor es que lo sueltes de una vez, Jasper.
—Está bien. Cada una de las hermanas tuvo hijos: unos permanecieron en la isla, otros se marcharon y nunca volvieron, y otros viajaron, se casaron, y después retornaron a la isla para criar a sus hijos. Me imagino que tú ya sabes todo esto, y que sus hijos hicieron lo mismo, generación tras generación. El resultado es que algunos descendientes siempre permanecieron en Tres Hermanas, pero hubo otros que se dispersaron por el mundo.
—No sé dónde quieres llegar.
—Probablemente sea mejor que te lo muestre. Espera un momento.
Alice vio cómo se levantaba y se abría paso a través del equipo. Le oyó maldecir cuando se golpeó un pie, lo que le produjo una pequeña y maligna satisfacción.
Qué hijo de puta, pensó, mientras golpeaba el almohadón con el puño. No pensaba hablarle de su amor infinito, ni abrir su corazón, ni pedirle matrimonio. Había estado dando vueltas para vol ver a su estúpida investigación, mientras ella per manecía allí sintiéndose muy sentimental.
¿Y de quién era la culpa?, se preguntó. Era ella la que había tergiversado todo, la que se había dejado poner el bozal. Era ella la que había dejado de pensar con claridad, al dejarse llevar. Tenía que poner remedio, no en lo que se refería al amor. Era una Cullen y aceptaba que le amaba y que siempre le amaría; pero lo que sí podía hacer era mantener la cabeza fría otra vez y empezar a pensar.
Era la persona que le estaba destinada, y eso era algo que él debería asimilar. El doctor Jasper Whitlock no se limitaría a estudiar brujas, se iba a casar con una de ellas, quisiera o no, tan pronto como ella encontrara la forma de hacérse lo ver.
—Perdona —Jasper esquivó el equipo con más cuidado esta vez—. No estaba donde yo pensaba. Nunca hay nada en su sitio. —Cambió su expresión, cuando vio la brillante mirada que le dirigió Alice—. Eh... ¿Ocurre algo?
—No, no, nada. —Ella palmeó juguetona el al mohadón que tenía al lado—. Estaba pensando que es una pena que me siente yo sola frente al fuego. —Cuando él se sentó, deslizó su pierna encima de la suya en un gesto de intimidad—. Mucho mejor así.
—Bueno. —Jasper sintió que la presión de su sangre empezaba a elevarse cuando Alice se inclinó y le rozó la mandíbula con los labios—. Pensé que te gustaría leer esto.
—Humm. ¿Por qué no me lo lees tú? —Alice le mordisqueó ligeramente el lóbulo de la oreja— Tienes una voz tan sexy... —Sacó las gafas de Jasper de su bolsillo—... y no te imaginas lo que me sucede cuando te pones las gafas.
Jasper emitió unos sonidos ininteligibles y después agarró torpemente las gafas.
—Esto son fotocopias. El original lo tengo en una caja fuerte, ya que es muy antiguo y frágil. Fue escrito por mi tatarabuela, bueno por una retatara buela muy lejana, por parte de mi madre. La primera anotación es del 12 de septiembre de 1758 y fue realizada aquí, en la isla de las Tres Hermanas.
Alice pegó un brinco.
—¿Qué estás diciendo?
—Creo que debes limitarte a escuchar —dijo y leyó:
Hoy mi hija menor ha tenido un hijo. Le han llamado Sebastian, y es un niño sano y robusto. Estoy encantada de que Hester y su joven marido quieran quedarse en la isla; que quieran formar su hogar y criar su familia aquí. El resto de mis hijos están tan lejos ahora, y aunque de vez en cuando consulto la bola de cristal para verles, mi corazón sufre ya que no puedo tocar sus rostros, ni los de mis nietos.
Nunca más volveré a dejar la isla. También eso lo he visto en la bola de cristal. Todavía me queda tiempo de estar aquí y sé que la muerte no es el final. Pero cuando contemplo la belleza del hijo de mi pequeña, me entristece pensar que no estaré aquí para verle crecer.
Jasper se aventuró a echarle una rápida ojeada a Alice, que le contemplaba fijamente, como si nunca antes le hubiera visto. Se dijo que lo mejor era terminar de leerlo todo, limitarse a sacarlo de una vez a la luz.
—«Me entristece que mi propia madre no eligiera vivir» —continuó él— «que no se permitiera la alegría que yo he sentido hoy al ver nacer un niño de los míos. El tiempo pasa rápido. Si nuestros hijos recuerdan y eligen sabiamente, lo que llega con este niño equilibrará algún día la balanza».
Alice no era consciente de que sostenía la copa, pero tenía los nudillos blancos.
—¿De dónde has sacado el libro?
—El verano pasado estuve removiendo algu nas cajas en el desván de mis padres y encontré el diario. Ya había rebuscado antes allí. Siempre ponía nerviosa a mi madre porque solía manosear las cosas viejas. No sé cómo no me tropecé antes con el diario, a no ser que pienses que no llegó allí hasta junio pasado.
—Junio. —Alice se estremeció y se puso de pie. Bella llegó a la isla en junio, y fue entonces cuando conectaron las tres. Se dio cuenta de que Jasper empezaba a hablar y levantó una mano. Necesitaba concentrarse—. Tú supones que lo escribió una antepasada tuya.
—No se trata de una suposición, he trazado la genealogía, Alice. Su nombre era Constance y su hija menor, Hester, se casó con Josh Whitlock el 15 de mayo de 1757. Su primer hijo, un varón, Sebastian Whitlock nació en la isla de las Tres Hermanas. Luchó en la Guerra de la Independencia. Se casó, tuvo hijos y se instaló en Nueva York. La línea de descendencia continúa directa hasta mi madre, y hasta mí.
—Me estás diciendo que eres el descendiente de...
—Tengo toda la documentación, certificados de matrimonio y de nacimiento. En realidad, podemos decir que somos primos lejanos.
Alice le miró fijamente y después se giró a contemplar el fuego.
—¿Por qué no lo dijiste al llegar aquí?
—Pues, porque era un poco delicado. —Deseó que se sentara de nuevo y se acurrucara otra vez contra él. Sin embargo, sabía que no ocurriría en tanto no terminaran con aquello—. Pensé que podría usarlo como acicate, como una especie de moneda de cambio.
—Como un as en la manga —observó ella.
—Sí. Si Rosalie me hubiera puesto impedimentos, esta información sería un buen medio para derribarlos, pero no lo hizo, y empecé a sentirme incómodo al ocultarlo. Pensaba contárselo esta noche, pero necesitaba decírtelo antes a ti.
—¿Por qué?
—Porque a ti te afecta. Sé que me echarás la bronca, pero...
Alice agitó la cabeza.
—No realmente. —Jasper pensó que se encontraba disgustada, pero no enfadada—. Yo hubiera hecho lo mismo para conseguir algo que me im portara —comentó Alice.
—Yo no sabía que tú estarías ahí, ya sabes lo que quiero decir —continuó Jasper—. Nunca pensé que nos encontraríamos tan involucrados como lo estamos. Yo me muevo en un campo que mucha gente considera irracional, al que lo mejor es acercarse de la forma más lógica posible. Pero aparte de eso, desde un punto de vista más personal, toda mi vida me he sentido atraído hasta esta isla sin saber de qué lugar se trataba. El verano pasado por fin lo supe.
—Sin embargo, no viniste —dijo ella.
—Tenía que recopilar datos, investigar, analizar y contrastar hechos.
—Como siempre, el loco de la informática.
Alice se sentó en el brazo del sofá, y él pensó que ya era un paso adelante.
—Voy a hacer conjeturas. Yo he soñado con la isla, antes de saber dónde se encontraba, o si existía, ya soñaba con ella, y contigo. Y eran unas visiones muy intensas; formaban parte de mi vida de tal manera, que me pareció más seguro aproximarme a través de mi formación, como observador, como testigo.
—¿Y qué te dicen tus observaciones, doctor Whitlock?
—Tengo montañas de datos, pero dudo que quieras leerlos —Alice asintió al ver la pregunta implícita en sus ojos—. Bien. Pero también he sacado en conclusión un sentimiento muy sencillo: estoy donde debo estar. Yo juego un papel en todo esto, aunque todavía no sé cuál es —dijo él.
Alice se volvió a levantar.
—¿Cómo un papel?
—Equilibrando la balanza.
—¿Con ese cerebro tan minucioso que tienes, crees que la isla está condenada a hundirse en el mar? ¿Cómo puedes creer en una maldición de hace cientos de años? Las islas no se hunden como los barcos que naufragan.
—Hay investigadores y estudiosos que rebatirían esa opinión poniendo como ejemplo la Atlántida.
—Tú serías uno de ellos —contestó ella agriamente.
—Sí, pero antes de empezar con esa discusión y aburrirte sin objeto, déjame decirte que siempre se pueden hacer interpretaciones algo menos literales: un huracán de fuerza cinco, un terremoto...
—¿Un terremoto? —Alice sintió la tierra temblar bajo sus pies; ¡ella había hecho temblar la tierra! No quería ni pensarlo—. ¡Dios mío, Jasper!
—No querrás que empiece a hablar de planchas, presión y palancas, ¿verdad?
Ella abrió la boca, para cerrarla a continuación y conformarse con sacudir la cabeza.
—No creo. Soy licenciado en geología y meteorología y puedo llegar a ser muy aburrido. De todas formas, piensa que la naturaleza sencillamente es una fiera y nos soporta a duras penas —comen tó Jasper.
Ella le estudió detenidamente. Era serio, sexy, tranquilo, y de alguna manera estaba totalmente seguro de sí mismo. No era de extrañar que se hubiera enamorado.
—¿Sabes? Apuesto que no eres tan aburrido como piensas.
—Perderías la apuesta. —Intuyó que ella ahora aceptaría, así que se acercó para tomar su mano—. El cielo y la tierra, Alice, hacen algo más que sostenernos entre ellos dos. Esperan que merezcamos estar aquí.
—Y nosotros debemos decidir hasta dónde llegar.
—Eso lo resume todo, más o menos.
Alice exhaló un suspiro.
—Me resulta cada vez más difícil sostener que son estupideces. Primero Bella, después tú y ahora esto —añadió mirando las fotocopias del diario—. Me siento como alguien a quien le van añadiendo barrotes en la jaula, de forma que cada vez tiene menos oportunidades de escapar. —Miró las páginas del diario con el ceño fruncido, y se le ocurrió una idea nueva—. Tú tienes lazos de sangre con las Hermanas. —Fijó su mirada en la suya—. ¿Puedes hacer magia?
—No. No se me ha concedido —contestó él—; he heredado el interés y la fascinación por la magia, pero no el uso.
Alice se relajó y se acurrucó a su lado en el sofá.
—Bueno, algo es algo.
Wow con que esa era el AS bajo la manga de Jasper jeje buueno ahora falta ver las otras reacciones jeje
cuentenme ke les ha parecido el capi?
espero sus reviews y espero sean muuuuchoooos
byee
