Holaaa espero disfruten de este capitulo

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 38

Rosalie estaba leyendo la primera anotación del diario sentada ante el escritorio de su despacho. Tras el viento caía una lluvia helada que azotaba las ventanas.

Iba vestida de un azul brillante y atrevido para disipar la tristeza, y de sus orejas colgaban las estrellas y lunas que Bella le había regalado su último cumpleaños. Jugaba con los pendientes mientras leía, haciendo chocar la luna con las estrellas.

Cuando terminó de leer, se echó hacia atrás y estudió a Jasper divertida.

—Bueno, hola, primo.

—No sabía cómo ibas a tomártelo.

—Procuro aceptar las cosas como vienen. ¿Puedo quedármelo un tiempo? Me gustaría leer el resto.

—Por supuesto.

Rosalie dejó el libro a un lado y tomó su café con leche.

—Es todo tan agradable y hay tales conexiones...

—Yo creo que es pura coincidencia —comenzó Jasper, pero Rosalie le detuvo.

—A veces las coincidencias son las que conectan las cosas. Yo puedo seguir el rastro de mi familia hasta su inicio en las Hermanas. Sé que hubo quien se quedó y quien se marchó. Y ahora recuerdo que había una rama Whitlock; un hijo y tres hermanas. El chico abandonó la isla, sobrevivió a la guerra y comenzó a amasar una gran fortuna. ¡Qué raro, que no haya pensado en esa historia hasta ahora! Que no lo haya relacionado contigo. Supongo que no debía hacerlo. Además, yo siento algo por ti, una especie de sentimiento familiar. También eso es algo agradable, cercano y reconfortante.

—Cuando até todos los cabos no me resultó nada reconfortante —replicó Jasper.

—Ah, ¿no?

—No, fue excitante. Ser descendiente de una bruja y un silkie, es impresionante, ¿no? —Jasper cortó un trozo del pastel de manzana que ella le había servido—. Después me sentí muy fastidiado por no haber heredado poderes.

—Estás equivocado —el afecto y la admiración que traslucía su voz casi le hicieron sonrojar—. Tu poder está en tu mente. La fuerza y la apertura de miras de tu cerebro son una magia poderosa, por que además no bloquean tu corazón. Necesitamos los dos —hizo una pausa—; ella te necesita.

Jasper se sobresaltó. Rosalie lo había dicho de una manera tan sencilla, tan suave...

—Hazme un favor, no se lo digas a Alice, porque se cabrearía.

—Tú la entiendes, conoces sus defectos y sus manías, pero la quieres de todas formas —observó Rosalie.

—Sí, yo... —se le fue la voz y dejó el pastel a un lado—. Has hecho que me delate.

—Pido disculpas, pero no lo lamento. —La risa de Rosalie fue demasiado cálida y suave como para que él se molestara—. Yo pensaba que estabas enamorado, pero quería oírtelo decir. ¿Crees que serías feliz en la isla?

Durante un instante, él no dijo nada.

—Tú conoces bien a Alice, ¿verdad? No sería feliz, en ningún otro lugar; por tanto, sí, puedo ser feliz aquí. De todas formas, toda mi vida he estado encaminándome hacia este lugar.

—Me gustas mucho, lo suficiente como para desear haber sido yo la elegida, y que tú estuvieras destinado para mí. Como no es el caso —añadió Rosalie cuando vio que Jasper estaba un tanto aterrado—, me alegro de que seamos amigos. Creo que ambos pueden ayudarse a alcanzar lo mejor.

—Tú quieres a Alice de verdad.

La calma de Rosalie se alteró un momento; el color de sus mejillas se desvaneció, algo extraordinario, y después se encogió de hombros.

—Sí, casi tanto como me saca de quicio. Espero que guardes esto para ti, al igual que yo haré con tus sentimientos.

—Trato hecho.

—Y para sellarlo... —Se levantó y se giró hacia la estantería que estaba a sus espaldas. Tomó una caja de madera tallada, la abrió y sacó un colgante de plata en forma de estrella con una piedra—. Ha pertenecido a mi familia, nuestra familia —corrigió Rosalie—desde que se instalaron aquí, en las Hermanas. Se dice que aquella que fui realizó el colgante con una estrella fugaz, y la piedra con un rayo de sol. Te lo regalo.

—Rose...

Se limitó a besarle ligeramente y deslizó la cadena por su cabeza.

—Bendito seas, primo.

.

.

Harding hizo una nueva visita a James Remington. Había completado su plan de trabajo según el calendario previsto, pero sintió la necesidad imperiosa de ver a James una vez más antes de marcharse.

Experimentó una extraña afinidad ante aquel hombre. Al darse cuenta, se sintió espantado y atraído a la vez. James era una especie de monstruo, y sin embargo... ¿Acaso los hombres no llevan todos una bestia al acecho en su interior? Las personas sanas, civilizadas (y Harding se consideraba una de ellas) la dominan, la controlan.

Consideraba que los que no hacían ninguna de las dos cosas, los que mimaban a la fiera, la alimentaban y la adiestraban para atacar, conseguían así ejercer su fascinación.

Se dijo que sus visitas constantes a James se limitaban a motivos relacionados con la investigación, negocios, pero en realidad había llegado a considerar apasionantes aquellos encuentros continuos con el demonio.

Harding pensó que todos estamos a un paso del infierno. Mientras repasaba sus notas mentalmente, esperando para entrar, solamente observando, aprendiendo de los que han caído, se podía comprender lo que nos espera al otro lado de la cordura.

Harding entró en la sala de visitas y escuchó el sonido del cerrojo. ¿Sería aquél el último sonido que oiríamos cuando cayéramos, el implacable estallido penoso de un cerrojo?, se preguntó mentalmente.

Esta vez James no estaba atado. Le habían comunicado a Harding que, como parte de su tratamiento, le habían quitado todas las sujeciones. No se había comportado violentamente con los demás ni consigo mismo y había cooperado en las últimas sesiones.

La habitación era pequeña y estaba casi vacía. Había una mesa y dos sillas. Como le habían quitado las esposas, Harding pudo ver el brillo de la cadena colgando de la muñeca derecha de Remington. Había una tercera silla en un rincón, ocupada por un guardia de anchos hombros y cara pálida. Las cámaras de seguridad registraban cada sonido y cada movimiento.

Harding pensó que aquel infierno, o como quisiéramos llamarle, ofrecía poca privacidad y menos aún comodidad.

—Señor Remington.

—Llámame James. —No había el menor rastro de locura en su voz—. Después de todo esto, no tiene sentido un tratamiento tan formal. Yo te lla maré Jonathan. ¿Sabes Jonathan? Eres la única persona que viene a hablar conmigo. Me dicen que mi hermana ha venido a verme, pero yo no la recuerdo. Me acuerdo de ti.

La voz era suave, pero muy clara. Harding sintió un ligero estremecimiento al rememorar la pinta y el tono de voz de James el día de su primera visita.

Seguía estando delgado, demasiado pálido y tenía el pelo lacio, pero Harding pensó que si se vestía con un traje de diseño y le enviaban a Los Ángeles de vuelta, sus socios se limitarían a mirarle y pensar que había trabajado demasiado.

—Tienes buen aspecto, James.

—No estoy en mi mejor momento, pero hay que tener en cuenta las circunstancias —contrajo un músculo de la mejilla—. Este lugar no es para mí. Mis abogados lo liaron todo, pero ya me he ocupado del asunto, de esos estúpidos e incompetentes cabrones; he tomado medidas, les he despedido y espero tener nueva representación legal esta semana; me llegará la libertad dentro de poco tiempo.

—Comprendo.

—Creo que sí. —James se echó hacia atrás y después miró hacia las cámaras de seguridad—. Creo que te haces cargo. Yo me defendería a mí mismo y lo que era mío. —Sus ojos se posaron en Harding y algo oscuro pareció cruzarse por su rostro carente de color—. Me han traicionado y han abusado de mí. Aquellos que están en mi contra son los que pertenecen a este lugar, no yo —añadió.

Harding se sentía incapaz de mirar hacia otro lado, de romper la conexión visual con él.

—¿Te refieres a tu ex mujer?

—A mi mujer —le corrigió Remington, para decir a continuación en un susurro apenas audible—: hasta que la muerte nos separe. Dile que pienso en ella cuando la veas, ¿lo harás?

—¿Cómo?

—No podrás acabar lo que empezaste, ni obtener lo que deseas hasta que te pongas en contacto con ella, y con los demás. He estado pensando. —James inclinó la cabeza lentamente, mientras sus ojos claros como el agua permanecían clavados en los de Harding—. Tengo todo el tiempo del mundo para pensar. Necesito que alguien le recuerde a mi mujer que no he olvidado. Necesito que alguien les demuestre a todos que yo no puedo ser ignorado; necesito una especie de representante, por llamarlo así.

—Señor Remington... James. Yo soy periodista, escritor.

—Yo sé quién eres. Sé lo que persigues: fama, dinero, reconocimiento. Yo sé cómo proporcionarte todo eso. Mi trabajo consiste en conseguir esas cosas para otras personas. Tú quieres ser famoso, Jonathan. Yo creo famosos.

De nuevo algo pareció moverse tras sus ojos, como tiburones nadando en una profunda piscina. Harding se estremeció, pero no podía apartar la vista. Sentía que su piel se quedaba helada, y aún así Remington ejercía una fuerte atracción sobre él; se le entrecortó el aliento al sentir una presión terrible en el pecho.

—Voy a escribir un libro.

—Sí, sí. Un libro importante. Contarás la historia y su final como deben ser. Quiero que todos sean castigados. —Tendió la mano libre y estrechó los fláccidos dedos de Harding—. Quiero verlos muertos.

Algo restalló en el aire y chisporroteó, lo que hizo que el vigilante se incorporara:

—Nada de contactos físicos —dijo.

—No permitan que viva una sola bruja —dijo Harding débilmente, mientras se dibujaba una sonrisa feroz en el rostro de James.

—Nada de contactos físicos —repitió el vigilante al tiempo que se dirigía hacia la mesa, pero ya Remington había deshecho el apretón de manos.

—Lo siento —James apartó la mirada y bajó la cabeza—, lo olvidé. Sólo quería estrecharle la mano. Viene a visitarme; viene a charlar conmigo.

—Simplemente nos estábamos despidiendo. —A Harding su propia voz le sonó un tanto débil; lejana—. Debo partir de viaje y no podré visitarle durante un tiempo. Debo marcharme. —Harding se puso de pie vacilante. Le palpitaba en las sienes un terrible dolor de cabeza.

Remington levantó la mirada por última vez.

—Volveremos a vernos.

—Sí, por supuesto.

James se dejó conducir tranquilamente de vuelta a la celda, manteniendo la cabeza baja y arrastrando los pies. Al descubrir que en la locura también existía poder, floreció en su corazón una alegría sombría, una flor del mal.

Cuando Harding se encontró en el trasbordador de Tres Hermanas, apenas recordaba ya su última visita a James. Le molestaba y le preocupaba la posibilidad de estar enfermo. Su capacidad para recordar detalles era una de sus mejores habilidades. Sin embargo, algo que había sucedido ape nas ocho horas antes se le representaba como una escena desdibujada tras un cristal borroso.

No podía recordar de qué habían hablado, só lo que había sentido un repentino dolor de cabeza, tan fuerte que le había obligado a tumbarse en el asiento delantero del coche y esperar a que se le pasaran las náuseas, el dolor y los escalofríos, antes de atreverse a conducir.

Incluso en ese momento, sólo de pensarlo, tenía estremecimientos. El mar agitado y una lluvia fina como una aguja, y helada, no contribuían a mejorar su estado. Tuvo que acurrucarse en el interior del coche y tragar en seco unas cuantas píldoras más contra el mareo.

Le aterraba la idea de tener que moverse en medio de aquella lluvia brutal y vomitar en aquel mar encrespado. Para evitarlo, se tumbó de nuevo en el asiento y se esforzó en respirar de forma lenta y regular. Comenzó a contar los minutos que faltaban para llegar a tierra firme otra vez. Debió quedarse dormido y soñó con serpientes que se deslizaban bajo su piel con un tacto helado; con una mujer de ojos marrones y melena cafe que gritaba de dolor y suplicaba, mientras él la golpea ba una y otra vez con un bastón.

Ahora ella se ha callado. Está en silencio. Semilla de Satán.

Soñó con el estallido de un relámpago azul que surcaba el cielo como una flecha y se clavaba en su corazón.

Tuvo sueños de horror, venganza y odio.

Se le apareció una encantadora mujer vestida de blanco que lloraba acurrucada sobre un suelo de mármol.

Soñó con un bosque sombrío a la luz de la luna nueva, el que se encontraba de pie sosteniendo un cuchillo contra una blanca garganta. Y en el momento en que el cuchillo cortó limpiamente y la sangre de ella le cubrió, el mundo estalló. El cielo se partió en dos y el mar abrió su enorme boca para tragarse a todos aquellos que se le resistían.

Se despertó con un grito que estrangulaba su garganta, y golpeándose como si quisiera matar aquello que reptaba por su interior. Se quedó horrorizado al contemplarse en el espejo retrovisor: unos ojos claros como el agua, que no eran los suyos, le miraban fijamente.

En aquel momento, en el trasbordador se oyó a todo volumen el sonido que anunciaba el atraque en Tres Hermanas. Los ojos que le miraban fijamente, mientras sacaba un pañuelo para enjugar el sudor de su rostro, estaban enrojecidos y angustiados, como los suyos propios.

Se dijo que tendría algún virus. Había estado trabajando demasiado, viajando sin parar y cambiando de zonas horarias a menudo. Se tomaría un día o dos libres para recuperarse.

Tranquilizado con este pensamiento, se abrochó el cinturón de seguridad y poniendo el coche en marcha, bajó por la pasarela del trasbordador a la isla de las Tres Hermanas.


oh oh se avecinan problemas jeje ke le habra pasado ahora a Harding? uff esto se sta poniendo bbuuenooo

espero sus reviewws

byee