ke tal stan? espero ke biien

recuerden de ke nada me pertnece

Capítulo 39

La tormenta se había convertido en galerna. Al segundo día, Jasper emergió del trabajo y echó una ojeada a su alrededor. Había recibido un nuevo cargamento de libros y recambios de parte del equipo. En aquel momento tenía las piezas de un sensor esparcidas sobre la mesa de la cocina, y un monitor destripado encima de la encimera.

La cocina todavía olía a los huevos que se le habían quemado por la mañana, ya que como no le quedaba más remedio reconocer, cuando tenía la mente ocupada no hacía nada a derechas.

También se le había roto un vaso y se había hecho un corte en el talón con un cristal.

Había convertido toda la casa en un laboratorio, lo que no le parecía mal, pero al no tener un ayudante que pusiera un poco de orden, estaba todo hecho un desastre.

No le importaba trabajar en medio de aquel caos, pero desde luego no era una buena solución para vivir de forma permanente.

Si la casa de campo resultaba demasiado pequeña para acogerle a él y su trabajo, entonces, obviamente, era demasiado pequeña para... Alice, pensó con rapidez.

Todavía no estaba preparado para utilizar el término «esposa», ni siquiera con el pensamiento.

No se trataba de que no quisiera casarse, por que sí quería. Tampoco dudaba que ella aceptaría. Se limitaba a esperar que ella se rindiese. Había ejercitado la paciencia ante su obstinación todos los días de la semana.

Sin embargo, lo primero es lo primero.

Cuando un hombre decide establecerse definitivamente, debe encontrar un lugar adecuado. Aunque sentía un enorme cariño por la casita amarilla, ésta no cumplía todos los requisitos necesarios, y, además, dudaba seriamente de que Rosalie quisiera venderla.

Se levantó y consiguió pisar un tornillo exacta mente en el mismo sitio en el que se había cortado. Estuvo unos instantes soltando juramentos de su invención, antes de irse cojeando a calzarse los zapatos que pensaba que ya llevaba puestos.

Encontró un par en la puerta del dormitorio, donde, evidentemente, se habían colocado solos, a la espera de que tropezara con ellos. Con los zapatos en la mano, echó una ojeada al dormitorio e hizo una mueca.

Normalmente no vivía como un dejado. De acuerdo, admitió, aunque intentaba realmente no vivir como un dejado, se le iba de las manos.

Olvidando los zapatos, se remangó. Arreglaría la habitación y el trabajo manual le serviría para despejarse la mente. Tenía que pensar en la casa.

Debería tener el tamaño suficiente para albergar todo su equipo sin que molestara. También necesitaría un despacho.

Como no estaba seguro de cuándo había cambiado las sábanas por última vez, decidió actuar prudentemente y quitarlas.

Estaría bien que hubiera espacio para un equipo de entrenamiento y pesas.

También estaría bien tener sitio para las pesas y el equipo de entrenamiento. Pensó que a Alice también le gustaría disponer de un espacio propio, mientras recogía calcetines, camisas y ropa interior. Un lugar en el que aislarse cuando él empezara a ponerla nerviosa. Su madre llamaba al suyo «escotilla de escape» y se acordó que debía llamar a casa.

Llevó la ropa sucia hasta la pequeña habitación junto a la cocina, le faltó poco para pisar otra vez el mismo tornillo y metió todo lo que pudo en la lavadora. Puso el jabón y decidió que debía hacer una lista de la compra; se preguntó dónde habría un bloc de notas y olvidó poner en marcha la lavadora.

Necesitaban tres habitaciones como mínimo, aunque sería mejor cuatro. La casa debería estar cerca del mar. Alice estaba acostumbrada a vivir justo encima de la playa, aunque en la isla todo estaba próximo al mar, o sea que...

—¡Pero Whitlock eres un imbécil! Lo tienes delante de ti. Lo supiste desde la primera vez.

Se precipitó al teléfono y marcó el número de información:

—Necesito el número de la compañía McCarthy de Nueva York —pidió a la operadora.

Una hora después, para celebrar lo que consideró el primer paso para convertirse en propietario, desafió a los elementos. Thaddeus McCarthy no había dado saltos de alegría ante su oferta, pero no la había descartado de entrada.

Tampoco le había venido mal que McCarhty co nociera a su padre. Contactos y más contactos. Jasper pensó, cuando recobró el aliento, que sería mejor caminar hasta el café y librería, que arries garse a conducir el Rover por los caminos helados.

Tenía un buen presentimiento y estaba convencido de que McCarthy negociaría, lo que le recordó que debía llamar a su padre para ponerle al tanto. Estaba seguro de una cosa: cuando deseas algo con todas tus fuerzas y la parte contraria lo sabe, estás pidiendo que te despellejen.

Debía averiguar el valor de las propiedades en la zona, se dijo, y se palpó los bolsillos con aire au sente, esperando encontrar un trozo de papel para escribir una nota que se lo recordara.

El dinero no era un problema, pero había que respetar los principios. Además imaginaba que si le engañaban, Alice se disgustaría, y eso sería un mal comienzo.

Jasper se prometió que al día siguiente tomaría el coche y echaría un nuevo vistazo a lo que iba a ser suyo.

Encantado con la idea, continuó andando con la cabeza baja, ya que el viento le azotaba en las orejas y una mezcla de hielo y nieve se arremolina ba a su alrededor y le golpeaba.

Mírale, pensó Alice: en medio de semejante tempestad, saliendo a la calle sin ninguna necesidad; sin mirar dónde va y paseando como si fuera un soleado día de julio.

Aquel hombre necesitaba a alguien que le cuidara. Tendría que ser quien se hiciese cargo. Se encaminó hacia él calculando el tiempo y la distancia, se detuvo, y esperó a que llegara hasta ella.

—¡Dios mío! —Como Alice estaba preparada y él no, Jasper resbaló. Instintivamente se agarró a ella y los dos patinaron—. Lo siento.

Alice se rió y le dio un leve y amistoso puñetazo en la mandíbula.

—¿Con cuántas paredes te tropiezas de media a lo largo del día?

—No llevo la cuenta, sería desmoralizador. ¡Qué guapa estás! —de nuevo la agarró por el bra zo, pero esta vez con firmeza; la obligó a ponerse de puntillas y depositó un cálido y largo beso en sus labios. Alice se tambaleó suavemente.

—Lo que siento es frío y estoy calada. Tengo la nariz colorada y los dedos de los pies helados. Edward y yo hemos estado toda una hora terrible en la carretera de la costa. Se han caído varias líneas eléctricas, se han salido coches de la carretera y en el tejado del taller de Ed Sutter se ha derrumbado un árbol.

—Tienes un buen trabajo; si consigues llevarlo a cabo, claro.

—Sí, muy divertido, pero creo que lo peor llegará mañana —contestó ella estudiando el cielo y el mar, como habían hecho los isleños a lo largo de los siglos; ambos tenían el color gris del humo—; cuando pase esto, estaremos un tiempo tranquilos. ¿Qué de monios haces tú aquí afuera? ¿Te has quedado sin luz?

—No, cuando salí funcionaba. Me apetecía un café decente. —Jasper se dirigió hacia la calle por donde había llegado Alice—. ¿Me estabas buscando?

—Forma parte de mi trabajo controlar a los residentes de nuestra pequeña roca.

—Muy considerado por tu parte, ayudante Cullen. ¿Te apetece una taza de café?

—Me vendría bien, además me apetece entrar en algún lugar cálido y seco durante diez minutos.

Jasper le tomó de la mano cuando llegaron al extremo de la ventosa calle principal.

—¿Qué te parece si compro un poco de sopa y algo más para llevar a casa? Podemos cenar allí más tarde.

—Las posibilidades de tener luz esta noche en la casita no son muy grandes. Nosotros tenemos un generador en casa. ¿Por qué no coges lo imprescindible y te vienes esta noche?

—¿Cocinará Bella?

—¿La hierba es verde?

—Iré. —Jasper le abrió la puerta.

Lulú apareció como por arte de magia detrás de una estantería.

—Me imaginaba que se trataba de un par de locos; la gente normal está en casa, quejándose del tiempo.

—¿Y tú? —preguntó Alice.

—En esta isla hay locos suficientes como para tener que abrir la librería. Hay unos cuantos en el café ahora mismo.

—Allí es donde nos dirigimos. ¿Se ha marcha do Bella a casa?

—Todavía no. Rosalie le ha dicho que se vaya, pero Bella se ha plantado, no entiende por qué Peg tiene que salir con este tiempo, si ella ya está aquí. En cualquier caso, hoy vamos a cerrar antes, dentro de una hora.

—Me alegro de saberlo.

Alice se quitó el chubasquero que estaba em papado y comenzó a ascender por las escaleras.

—¿Me haces un favor? —le preguntó a Jasper.

—Por supuesto.

—¿Te importa quedarte hasta que cierren y asegurarte de que Bella llegue bien a casa?

—Encantado.

—Gracias. Me quedo más tranquila. Se lo diré a Edward para que no se preocupe.

—Le diré que me acompañe a mi casa para ayudarme a coger lo necesario.

Alice le dedicó una sonrisa de satisfacción.

—¡Qué encantador eres!

—La gente me lo dice continuamente. —Jasper la cogió de la mano, mientras se dirigían a la barra.

—Acaba de llamar Edward —les comunicó Bella—. Habéis tenido un día de locos, ¿verdad?

—El trabajo es así. ¿Me puedes preparar dos cafés largos para llevar? Uno es para Edward. Paga este chico —añadió, señalando a Jasper con el dedo.

—Yo también quiero un café largo, pero lo to maré aquí, y... ¿eso es pastel de manzana?

—Sí. ¿Quieres que caliente un trozo?

—¡Huy, sí!

Alice se apoyó en la barra, contemplando distraída el café.

—Te advierto que he invitado a Jasper a cenar y a que se quede a pasar la noche.

—Tenemos guiso de pollo.

El rostro de Jasper se iluminó.

—¿Guiso de pollo casero?

Bella se rió mientras colocaba las tapas en los cafés para llevar.

—¡Qué fácil eres de contentar!

Alice se enderezó y se apartó de la barra.

—¿Quién es ése que está ahí solo? —le pre guntó a Bella—. El del jersey marrón y botas de ciudad.

—No lo sé. Es la primera vez que lo veo. Creo que se hospeda en el hotel. Llegó hace una media hora.

—¿Has hablado con él?

Bella cortó una generosa porción de pastel para Jasper.

—He hablado con él un poco. Vino en el trasbordador hace dos días; no le des más vueltas, a la gente le gusta venir aquí, Alice.

—Es una época extraña para que venga uno de la ciudad. En estas fechas, no se hospedan grupos en el hotel. Bueno... —Alice cogió las tazas que Bella había dejado encima de la barra—, gracias. Te veré después —se volvió hacia Jasper; hubiera conseguido evitar el beso que le dio si no llega a ser porque tenía las manos ocupadas.

—Ten cuidado. —Jasper sacó de un tirón la gorra del bolsillo de Alice y se la colocó en la cabeza.

Harding contemplaba la escena tras el periódico que había traído del hotel. Había reconocido a Alice Cullen gracias a sus archivos, de la misma forma que había reconocido a Bella, lo cual no explicaba su reacción ante ambas.

Había esperado sentir una agradable sensación de anticipación, como si colocara los personajes en escena. Sin embargo, en ambos casos casi se había sentido enfermo: una especie de furia atroz le había recorrido el cuerpo cuando coronó las escaleras y vio a Bella detrás de la barra.

Tuvo que darse la vuelta y esconderse tras las estanterías hasta que recuperó el control. Había empezado a sudar como un cerdo e imaginó que sus manos se cerraban alrededor del cuello de Bella.

La violencia de semejante experiencia casi le hizo dar media vuelta y marcharse, pero se le pasó tan rápidamente como había llegado, y volvió a recordar sus propósitos: la historia, el libro, la fama y la fortuna.

Consiguió acercarse al mostrador y pedir la comida con su calma habitual. Pensaba concederse un par de días para observarles antes de entrevistarse con todos ellos.

Ya había perdido algo de tiempo. Sus primeras veinticuatro horas en la isla las había pasado enfermo, debido al misterioso virus que le había atacado. Tuvo que limitarse a permanecer en la cama, sudando a causa de los desagradables y tremendamente reales sueños que había tenido.

Sin embargo, ya esa tarde se sentía mejor, casi como de costumbre.

Todavía se sentía un poco débil, pero se dijo que comer y hacer algo de ejercicio le ayudaría a restablecerse.

La sopa le había reconfortado, al menos hasta que entró la morena.

Entonces le volvió el frío, el dolor de cabeza y la ira inexplicable. Tuvo una visión de ella de lo más extraña: le apuntaba con una pistola, le gritaba, y él quería levantarse y aporrearle la cara con los puños.

Después le vino otra imagen: la joven persiguiéndole después de surgir de en medio de una tormenta, con el cabello al viento y lleno de luz, sosteniendo entre las manos una espada que relucía como la plata.

Dio gracias a Dios de que se marchara y se llevara con ella aquel extraño estado de ánimo.

Todavía le temblaban las manos cuando volvió a coger la cuchara.

.

.

Alice entregó a Edward su café y empezó a to mar el suyo, mientras él finalizaba la conversación que mantenía por teléfono. Mientras deambulaba por la oficina, le oyó tranquilizar a alguien acerca de la tormenta e informarle sobre los procedimientos de emergencia y las ayudas médicas.

Alice pensó que debía ser un nuevo residente, probablemente los Cárter, que se habían mudado a la isla en septiembre. No había nadie que llevara tan poco tiempo en la isla como para asustarse por una tormenta de invierno.

—Era Justine Cárter —confirmó Edward cuando colgó—. La tormenta le está alterando.

—Deberá acostumbrarse o regresar al continente antes del próximo invierno. Oye, he invitado a Jasper a pasar la noche en casa; seguramente fallará la luz.

—Buena idea.

—También le he pedido que se quedara en la librería hasta que Bella salga y le acompañe a casa.

—Una idea todavía mejor, gracias. ¿Qué ocurre?

—A lo mejor es la tormenta, que me intranquiliza. Tengo un presentimiento sobre el tipo que vi en el café, no sé por qué. Es de ciudad. Lleva botas nuevas, tiene hecha la manicura y viste ropa de marca. Tendrá unos cuarenta largos. Es de complexión fuerte, pero me parece algo enfermizo, estaba pálido y sudoroso.

—En esta época del año la gripe ronda.

—Sí, bueno. He pensado acercarme al hotel e intentar pescar alguna información sobre él.

Como creía en las intuiciones de Alice, Edward señaló el teléfono.

—Llama y ahórrate el paseo en medio de este caos.

—No, obtendré más información si voy en per sona; me ha puesto nerviosa —admitió su hermana—. El tipo se ha limitado a leer su periódico y comer, pero me ha inquietado. Quiero investigarlo.

—De acuerdo. Mantenme informado.


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