Ke tal stan?
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Capítulo 42
No podía soltarla, ni dejar de reprocharse haber corrido semejantes riesgos. Nunca había visto, experimentado o teorizado algo que le hubiera aterrorizado tanto como presenciar el cambio que había sufrido Alice.
—No pasa nada. —Ella le daba golpecitos en la espalda. Después, al darse cuenta de que ambos temblaban, puso las manos alrededor del cuello de Jasper y le abrazó fuerte—. Estoy bien.
—Deberían matarme —Jasper sacudió la cabeza y enterró el rostro en el cabello de Alice.
Como el método de la suavidad parecía no surtir efecto, Alice decidió emplear una táctica más acorde con su persona.
—¡Cálmate, Whitlock! —ordenó y le dio un empujón—. No sé a qué viene tanto lamento si no me ha pasado nada.
—Te he hipnotizado y te he dejado al descubierto. —Se echó para atrás y Alice vio que no era miedo sino ira lo que mostraba su rostro—. Te hirió, pude verlo. Después te fuiste.
—No, no me fui. —La reacción de Jasper le había dado tiempo a Alice. Se le encogió el estómago; algo se había introducido en su interior. No, pensó, no era así exactamente: algo había venido sobre ella—. Yo estaba aquí —dijo lentamente, mientras intentaba encontrar una explicación también para sí misma—. Tuve la sensación de estar bajo el agua. Ni me ahogaba, ni estaba hundida, si no que... flotaba. No sufría. Fue sólo como un golpe rápido, y después me dejé llevar. —Levantó las cejas mientras lo pensaba—. Yo creo que no estaba preocupada. No me gusta la idea de que me aparten para que otro exprese su opinión.
—¿Cómo te encuentras ahora? —le preguntó Jasper.
—Bien, me encuentro fenomenal. Deja de tomarme el pulso, doctor.
—Deja que te quite todo esto —cuando empezó a desconectar los electrodos, ella puso una mano sobre su pecho.
—Espera. ¿Qué resultados has sacado?
—La advertencia de ser más cauteloso —respondió Jasper, escupiendo casi las palabras.
—No, no. Piensa como un científico, como cuando empezamos. Se supone que debes ser objetivo, ¿verdad?
—Maldita objetividad.
—Venga, Jasper. No podemos tirar los resultados por la borda. Cuéntame, me interesa. —Alice suspiró, cuando él frunció el ceño—. Ya no es sólo asunto tuyo. Yo tengo verdadero interés por lo que ha sucedido.
Alice tenía razón, y por tanto él se esforzó en calmarse.
—¿Tú qué recuerdas exactamente?
—Creo que todo. En un momento determinado yo tenía ocho años; estuvo bien.
—Empezaste la regresión tú misma.
Jasper se apretó las sienes con los dedos. Despeja tu cerebro, se ordenó. Aparta las emociones y dale respuestas.
—Quizá el juego fue el desencadenante —comenzó Jasper—; si quieres un análisis rápido, yo diría que regresaste a un tiempo en que no tenías conflictos. Inconscientemente, necesitabas volver a un momento en que las cosas eran más sencillas y no te cuestionabas a ti misma; cuando disfrutabas del don. Sí. Creo que tú dirías que volviste a un tiempo de Hermandad, de aprendizaje, de perfeccionamiento... —se encogió de hombros, nerviosa—. Pero después te hiciste mayor y comenzaste a plantearte las consecuencias, el peso que supone. —Jasper puso una mano en su mejilla—. Todo esto te preocupa.
—Bueno, ahora no hay nada sencillo, ¿verdad? Para mí no lo ha sido desde hace diez años.
Él no contestó; la contemplaba paciente. A Alice le temblaban las palabras en la garganta, y entonces empezó a hablar como un torrente.
—Yo he visto en sueños lo que ocurriría si daba un paso de más. Si no tenía el cuidado suficiente, si no lo manejaba con firmeza. A veces en aquellos sueños me sentía bien, sorprendentemente bien al hacer lo que quería y cuando quería, cuando me saltaba las reglas.
—Sin embargo, nunca lo hiciste —dijo él suavemente—, en vez de eso, lo dejaste todo parado.
—Cuando Emmett McCarthy abandonó a Rosalie, ella se hundió. Yo comencé a pensar, ¿por qué puñetas no hace nada? ¿Por qué no se lo hace pagar a ese hijo de perra? ¿Por qué no le hace sufrir como sufre ella? Me pregunté qué haría yo, qué podía hacer. Nadie me haría a mí semejante daño, porque si alguien lo intentaba... —Se estremeció, antes de continuar—. Me lo imaginé y antes de que pudiera darme cuenta un relámpago cruzó el cielo. Era un relámpago negro con púas, como una flecha. Hundí el barco de Edward —confesó con una débil sonrisa—; estaba vacío, pero podía no haber sido así. Podía haber ido Edward a bordo y yo no habría sido capaz de detenerlo. Perdí el control, sólo sentía ira.
—¿Cuántos años tenías? —le preguntó Jasper, poniendo una mano en su pierna y dándole un apretón.
—No había cumplido los veinte, pero eso no importa —replicó ella ferozmente—; tú sabes que eso no importa. «No dañaré a nadie». No estoy segura de poder cumplir esa promesa y es fundamental. ¡Dios mío! Edward había estado en aquel maldito bote unos veinte minutos antes de que ocurriera. Yo no pensé en él, no me preocupé por él ni por nadie. Sólo estaba como loca.
—Por eso renegaste del don y de tu amiga.
—Tuve que hacerlo. Las dos cosas van unidas, están demasiado conectadas. Rose nunca lo habría entendido, ni aceptado, habría estado dándome la lata continuamente, maldita sea. Además, yo estaba cabreada con ella porque... —Se secó una lágri ma y dijo en voz alta lo que incluso se había negado a admitir en su fuero interno—. Yo sentí su dolor como si fuera mío, lo sentí físicamente. Su desconsuelo, su tristeza, el amor desesperado que sentía por él, y no lo pude soportar. Estábamos demasiado unidas y yo no podía respirar.
—Para ti ha sido igual de duro que para ella, o peor.
—Creo que sí. Nunca se lo había contado a nadie. Me gustaría que quedara entre nosotros.
Jasper asintió y cuando sus labios se rozaron, Alice pensó que eran cálidos.
—Tendrás que hablar con Rose antes o después.
—Prefiero que sea después. —Alice sorbió por la nariz y se frotó la cara bruscamente—. Dejémoslo ya, ¿de acuerdo? O me parece que se repetirá. Ya tienes tus registros y tus grabaciones —dijo, señalando el equipo—. Nunca pensé que consiguieras hipnotizarme. Sigo valorándote poco. Ha sido relajante, incluso agradable —se echó atrás el pelo—, pero después...
—¿Qué pasó después? —continuó Jasper. No tenía que mirar las máquinas para saber que su respiración y sus latidos se aceleraban.
—Había algo esperando, algo que quería abrirse camino hasta allí. Estaba agazapado, a la espera. ¡Qué dramático suena! —Aunque se rió, le vantó las rodillas en un gesto autoprotector—. No era ella. Se trataba de algo... distinto.
—Te hacía daño.
—No, aunque quería hacerlo. Entonces yo me deslicé bajo el agua y ella salió a la superficie. No puedo explicarlo de otra manera.
—Ya es suficiente.
—No veo por qué. No pude controlarlo, al igual que no controlé lo que le ocurrió a la barca de Edward. Tampoco pude controlar las luces hoy. Aunque ella se encontraba dentro de mí, parecía tampoco que podía controlar una parte de ella. Era co mo si el poder estuviera cautivo en algún lugar entre nosotras, e intentáramos subir para agarrarlo. —Se estremeció y sintió que tenía la piel helada—. No quiero volver a hacer esto nunca más.
—De acuerdo, vamos a parar —Jasper tomó sus manos para tranquilizarla—. Voy a guardar todo esto.
Aunque Alice asintió, sabía que él no la comprendía. No quería volver a saber nunca más nada de todo aquello. Pero tenía miedo, mucho miedo de no tener elección.
Se dijo que había algo que se estaba acercando, a ella.
Jasper la arropó como si fuera una niña y ella se dejó hacer. Cuando se acercó en la oscuridad para consolarla, ella fingió dormir. El acarició le pelo y Alice sintió que las lágrimas empezaban a brotar.
Si ella fuera una persona normal y corriente, su vida podría ser así, el hombre que amaba podría abrazarla en la oscuridad, pensó Alice con amargura.
Algo tan sencillo, que lo era todo.
Si no se hubieran conocido, se habría contentado con su vida tal y como era. Hubiera disfrutado de vez en cuando con algún hombre que le hubiera atraído y despertado su interés. No estaba segura de haberse reconciliado con sus poderes, pero su corazón hubiera continuado siendo sólo suyo.
Una vez que entregas el corazón arriesgas más que tu propio ser: arriesgas a la persona a quien se lo entregas.
¿Cómo podría hacerlo?
Agotada de pura preocupación, suspiró y se hundió en el sueño.
.
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La tormenta había vuelto, fría y despiadada, lo que provocó en el mar un frenesí de sonidos y de furia. Los relámpagos estallaban en el cielo, haciendo que se quebrara como si fuera de cristal. Una lluvia negra chorreaba de los fragmentos rotos para ser arrojada como dardos helados por un viento cruel.
La tormenta era salvaje y ella la dirigía.
El poder la alimentaba, fluyendo a través de sus músculos y de sus huesos con una enorme fuerza. Había una energía superior a cuanto ella hubiera conocido antes, a cuanto hubiera podido imaginar.
Con semejante fuerza en la punta de los dedos, conseguiría la venganza. No, la justicia. No era venganza buscar el castigo de los malos, pedirlo, e imponerlo con la mente clara. Pero ella no tenía la cabeza despejada, incluso en la agonía de su voracidad, lo sabía, y lo temía.
Se estaba maldiciendo a sí misma. Miró al hombre que se encogía de miedo a sus pies. ¿Para qué servía el poder si no podía utilizarse contra los malos, para detener al demonio, para castigar la crueldad?
—Si lo haces, caerás en la violencia, en la desesperación.
Sus hermanas, destrozadas por el dolor, permanecían dentro del círculo, y ella fuera.
—¡Tengo derecho a hacerlo! —gritó ella.
—Nadie lo tiene. Hazlo y arrancarás el corazón del don, el alma de lo que eres. Ella ya estaba perdida.
—No puedo detenerlo.
—Sí puedes. Sólo tú puedes. Ven, quédate con nosotras; él es quien te destruirá.
Miró hacia abajo y vio cómo cambiaba el rostro del hombre una y otra vez, del terror, a la alegría, de la súplica a la avidez.
—No, él se acaba aquí.
Ella levantó una mano, estallaron relámpagos que cayeron como flechas de la punta de sus dedos y se transformaron en una espada de plata.
—Yo tomo tu vida con lo que es mío, para en derezar lo malo y acabar con los conflictos. En bien de la justicia doy rienda suelta a mi ira y sigo el cur so del destino. Desde este lugar y en este momento... —contenta, con una alegría insana levantó la espada mientras gritaba—..., probaré el fruto ma duro del poder. Declaro que se derramará sangre por sangre. Hágase mi voluntad.
Dejó caer la espada con un golpe despiadado. Él sonrió mientras la punta le atravesaba la carne. Después desapareció.
La tierra tembló, sonaron gritos de terror en la noche y a través de la tormenta llegó corriendo aquel a quien ella amaba.
—¡Detente! —gritó ella—. ¡Aparta!
Sin embargo, él luchó por abrirse camino hasta ella en medio de la galerna; partieron rayos de la punta de su espada que se clavaron en su corazón.
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—Alice, cariño, despierta, has tenido una pesadilla.
Ella estaba sollozando, y el profundo dolor que traslucía aquel sonido le afectó más que los temblores que la sacudían.
—No pude detenerlo. Le he matado. No pude pararlo.
—Ya pasó. —Jasper tanteó buscando la lámpara de la mesilla, pero no encontró el interruptor. Se sentó a su lado y la abrazó meciéndola—. Ya pasó todo. Estás bien. Despierta. —Le besó en las mejillas húmedas y en las sienes.
Alice le rodeó abrazándole con todas sus fuerzas.
—Jazz.
—Vamos, estoy aquí. Has tenido una pesadilla. ¿Quieres que encienda la luz y te traiga un vaso de agua?
—No, sólo... no. Abrázame, ¿quieres?
—Desde luego.
Abrazada a él, pensó que no se trataba de una pesadilla, sino de una visión, la combinación de lo que había ocurrido y lo que iba a suceder. Había reconocido el rostro, los rostros, del hombre de la playa, al que ya había visto en otros sueños. Uno había muerto trescientos años antes, maldecido por la que fuera Tierra. Otro era el que había visto en el bosque cerca de la casita amarilla, cuando sostenía un cuchillo contra la garganta de Bella. Y el tercero, era al que había visto en el café leyendo el periódico y tomando sopa.
¿Era el mismo dividido en tres? ¿Eran tres etapas de un mismo destino? ¡Dios Santo! ¿Cómo podría averiguarlo?
Ella les había matado. Al final, se había visto de pie en la tormenta, con la espada en la mano. Les había quitado la vida porque podía hacerlo, por que la necesidad de hacerlo había sido enorme.
Y el precio que había pagado por ello, era algo que amaba demasiado.
Era Jasper a quien había visto corriendo a través de la tormenta. Jasper el que había sido destruido porque ella no podía controlar lo que había en su interior.
—No permitiré que suceda —susurró— no lo permitiré.
—Cuéntamelo. Explícame el sueño, eso te ayudará.
—No. Esto me ayudará —dijo Alice levantando la boca para sumergirse en la suya—, tócame, ¡por Dios! hagamos el amor. Necesito estar contigo —se le saltaron las lágrimas al tiempo que se apretaba contra él—. Te necesito.
Le deseaba corno consuelo, como satisfacción, porque le hacía falta. Ella tomaría y daría por última vez. Todo lo que podría haber sido, todo lo que se había permitido desear quedaría reunido y fluiría a través de aquel perfecto acto de amor.
Alice podía verle en la oscuridad: cada rasgo, cada línea, cada plano suyo los llevaba grabados en el corazón y en la mente. ¿Cómo podía estar tan profunda e irremediablemente enamorada?
Nunca había pensado que fuera capaz de sentirse así, ni lo había deseado. Pero ahí estaba, doliéndole por dentro. Él era su principio y su fin, aunque no tuviera palabras para explicárselo.
Jasper no necesitaba palabras. Fue consciente de lo que le ocurría, de su rendición y de su exigencia. Había una ternura tan profunda entre ellos como ninguno de los dos había experimentado antes, que le inundó y le llevó a murmurar su nombre. Quería darle todo: su cuerpo, su mente, su alma. Quería pro porcionarle calor con sus manos y con su boca, mantenerla a salvo para siempre.
Alice se puso encima de él y ambos se unieron en un gemido. Hacer el amor fue como una fiesta que los dos disfrutaron muy despacio. Una caricia dulce, unos labios fundidos, el suave deseo que agita las almas.
Alice se abrió y él la llenó. Un calor acogiendo otro calor. Se movieron juntos en una oscuridad sin fisuras, con un ritmo sostenido, mientras el placer florecía y maduraba como un fruto.
Jasper besó las lágrimas de Alice, que tenían un sabor agradable. En la oscuridad, buscó sus manos y ambas se fundieron.
—Eres todo para mí.
Le escuchó decirlo con gran ternura, y ambos se sumergieron en una oleada de placer que les inundó, tan suave como la seda.
Alice durmió el resto de la noche en sus brazos, sin sueños.
HolA ke tal? ke les parecio?
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