Hooola ke tal van? estoy mas ke kontenta x todos ls reviews ke me han dejado jeje eso me hace saber ke la historia les gusta jeje
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 43
Tenía que llegar la mañana. Alice estaba prearada. Había que dar una serie de pasos y los daría sin vacilación y sin pesar, se dijo a sí misma.
Salió de casa temprano. Le echó a Jasper una última mirada; dormía apaciblemente en su cama. Se permitió imaginar por un instante cómo podría haber sido. Después cerró la puerta sin mirar atrás.
Oyó cantar a Bella, que ya estaba levantada en la cocina, y se dijo que su hermano se levantaría pronto para comenzar la jornada. Tenía que apresurarse.
Salió por la puerta delantera y se encaminó hacia el pueblo y la estación de policía con paso enér gico.
El viento y la lluvia habían cesado durante la noche; el aire se había tornado gélido otra vez. Podía escuchar el bramido del mar. Las olas seguirían siendo altas y fuertes, y el mar habría arrastrado hasta la playa todo tipo de objetos.
Sin embargo, aquella mañana no podía permitirse entretenerse con sus ejercicios al aire libre.
No se apreciaba ningún movimiento en el pueblo, que parecía un cuadro pintado bajo una capa cristalina de hielo. Se imaginó que rompía aquella fina cubierta como si fuera una cascara de huevo.
Entró en la oficina del sheriff y cerró la puerta, decidida a que su hogar y todos los que se encontraban en él, permanecieran a salvo.
Dentro hacía frío, por lo que estaban utilizando el equipo de emergencia. Al cortarse el suministro eléctrico por la noche, el generador se habría conectado. Pensó que Edward y ella tendrían que enfrentarse más tarde con los residentes que no tuvieran suministro suplementario. Pero eso vendría después.
Después de consultar la hora, encendió el ordenador. Tenía suficiente batería para averiguar lo que necesitaba.
Se encogió de hombros y empezó la búsqueda: Jonathan Q. Harding.
El trabajo básico de policía la tranquilizaba; era una rutina que hacía sin pensar. Se había detenido en el hotel, donde le habían proporcionado su dirección, o la que él había dado como tal, se advirtió.
Por fin sabría de quién demonios se trataba, y con esto empezaría a componer el puzzle y a saber qué papel jugaba Harding en aquella obra.
Examinó los datos que aparecían en la pantalla: Harding, Jonathan Quincy. Cuarenta y ocho años. Divorciado. Sin hijos. Los Ángeles.
—Los Angeles —repitió y sintió de nuevo el ligero estremecimiento que había experimentado cuándo leyó su ciudad de residencia en el registro del hotel.
James Remington era de Los Ángeles, como mucha otra gente, volvió a recordarse como ya ha bía hecho el día anterior, pero tampoco esta vez lo pensó con mucho convencimiento.
Leyó la información sobre su trabajo: periodista en una revista, un reportero. ¡Hijo de puta!
—¿Estás buscando una historia escabrosa, Harding? Bien, pues no lo conseguirás. Intenta llegar a Bella a través de mí, y...
Se detuvo, respiró profundamente y de forma consciente, deliberada, se concentró en la súbita rabia que experimentó. Se recordó que ya habían pasado por allí otros periodistas, mirones, parásitos y curiosos y que les habían manejado sin demasiados problemas. Harían lo mismo con aquél.
Volvió sobre los datos y se dio cuenta de que no constaba que Harding hubiera hecho nada contra la ley, ni siquiera tenía pendiente una multa de aparcamiento. Aparentemente, era un tipo legal.
Alice se recostó en la silla y empezó a pensar. Si ella fuera una periodista de Los Ángeles que buscara una buena historia, ¿por dónde comenzaría? La familia Remington era un buen inicio: su hermana, después algunos amigos, socios. Buscaría a los principales protagonistas, lo cual incluía a Bella. ¿Y a partir de aquí? Probablemente, seguiría por los informes policiales y las entrevistas a aquellos que hubieran conocido a James y a Bella.
Pero todo aquello no era más que el trasfondo de la historia, ¿no? No se podía llegar al meollo de una cuestión hasta tratar directamente con los principales implicados.
Tomó el teléfono para contactar con el centro donde estaba recluido James, pero escuchó interferencias en la línea que después se cortó. Primero la luz y ahora los teléfonos, pensó. Murmurando disgustada, sacó su teléfono móvil y lo encendió. Cuando vio la señal de que no tenía batería, rechinó los dientes.
—¡Mierda! ¡Maldita sea! —Se levantó de la silla y comenzó a pasear por la habitación. Ahora sentía auténtica urgencia por actuar. No importaba si la que presionaba era la policía, la mujer o la bruja, pero tenía que saber como fuera si Harding se había encontrado con James.
—Está bien. —Se quedó quieta de nuevo. Era absolutamente necesario que se calmara y se controlara.
Hacía mucho tiempo que no intentaba volar. No disponía de los medios para ayudarse a concentrar su energía. Aunque por una vez, echó de menos a Rosalie, sabía que estaba sola en aquel asunto.
Trazó el círculo, intentando no apresurarse, y una vez en el centro despejó su mente y se abrió.
—Invoco a todos los que tienen poder para que acudan en mi ayuda. Traigan el viento para facilitar mi vuelo, abran los ojos para mejorar mi visión. Mi cuerpo permanece aquí, pero mi espíritu vuela libremente. Hágase mi voluntad.
Sintió que un hormigueo recorría todo su cuerpo con suavidad y que se elevaba; después fue como si su ser abandonara el cascarón que le acogía. Miró hacia abajo y vio su propia forma, la de la Alice que estaba de pie, con la cabeza levantada y los ojos cerrados dentro del círculo.
Conocía el riesgo de recrearse en la sen sación de volar y retrasar su partida, concentró su pensamiento en su objetivo y remontó el vuelo.
La corriente de aire, el mar debajo, era algo embriagador. Como conocía el peligro de aquella seducción, antes de dejarse embargar por el movimiento y aquel magnífico silencio, llenó su mente de sonidos: el zumbido de voces que eran los pen samientos y las palabras de toda una ciudad discurriendo por su interior. Las penas, las alegrías, los arrebatos, las pasiones, todo mezclado formando una maravillosa música humana.
Mientras viajaba, planeando hacia abajo, fue se parando las voces hasta encontrar las que necesitaba.
—Esta noche no ha habido cambios —dijo una enfermera que le estaba mostrando un gráfico a otra compañera. Sus pensamientos enviaron una interferencia leve: quejas, cansancio, el recuerdo de una discusión con el cónyuge y el deseo creciente de un helado.
—Bueno, está mejor en coma. Qué raro —pensó la enfermera—: había tenido el ataque justo un par de horas después de que se marchara aquel periodista. Había estado despierto, estable, interesado durante unos días y de pronto aquel cambio radical.
Mientras las enfermeras recorrían el pasillo, una de ellas se estremeció ligeramente cuando Alice pasó a su lado.
—¡Huy! ¡Qué escalofrío!
Alice atravesó la puerta cerrada y entró en la habitación donde James estaba tumbado. Había monitores registrando sus constantes vitales y cámaras filmando. Alice se cernió sobre él, es tudiándole. Estaba en coma, tras una puerta cerrada a cal y canto. ¿Qué daño podía hacer ahora?
Mientras pensaba esto, James abrió los ojos y sonrió burlón.
Alice sintió una puñalada en el corazón; el dolor era tremendamente agudo y completamente real. El poder de Alice, el que la rodeaba, se tambaleó, y sintió que caía.
Los pensamientos de James llenaban su mente. Eran sangrientos, como puñetazos brutales que hablaban de venganza, de muerte y destrucción. Le pellizcaban como si fueran unos dedos avariciosos que de forma repugnante también la excitaban; la tentaban a rendirse, y a algo peor, la tentaban a aceptar
No. No me tendrás, ni a mí ni a los míos. Luchó, peleó por liberarse. Sintió oleadas de miedo en la garganta, al darse cuenta de la terrible fuerza de lo que se había despertado en él.
Se soltó con un grito de ira y de miedo. Y se encontró dentro del círculo que ella misma había trazado en el suelo de madera de la comisaría. Se desgarró la camisa y con una mueca de dolor contempló horrorizada las terribles marcas rojas que tenía entre los pechos.
Luchó por mantenerse en pie y recobrar el suficiente control como para cerrar el círculo. Avanzaba dando traspiés buscando el botiquín de primeros auxilios cuando la puerta se abrió de golpe. Rosalie entró como un torbellino.
—¿Se puede saber qué demonios se supone que estás haciendo Alice?
Instintivamente Alice cerró su camisa.
—¿Qué haces tú aquí?
—¿Creías que no me iba a enterar? —Rosalie acortó la distancia que las separaba, temblando de ira—. ¿Creías que no lo iba a sentir? ¿Cómo te atreves a hacer algo así sin la preparación adecuada? ¿Sabes el riesgo al que te has expuesto?
—Yo he asumido ese riesgo y no tienes ningún derecho a espiarme.
—Lo has puesto todo en peligro, y lo sabes, como también sabes que no te espiaba. Me despertaste en medio de un bonito sueño.
Alice ladeó la cabeza y la contempló detenidamente. Tenía el pelo completamente alborotado, llevaba la boca sin pintar y las mejillas pálidas.
—Ya que lo dices, veo que no te has entretenido en ponerte tus pinturas de guerra. Creo que no te veía sin maquillar desde que teníamos quince años.
—Incluso sin maquillaje tengo mejor aspecto que tú, especialmente en este momento. Estás blanca como el papel. Siéntate. Que te sientes—repitió y resolvió el problema empujando a Alice sobre una silla.
—Ocúpate de tus asuntos —contestó Alice.
—Desgraciadamente, tú eres asunto mío. Si pretendías investigar a James, ¿por qué no te limitaste a observarle?
—No me regañes, Rosalie. Sabes que en ese terreno soy menos hábil que tú. Además no tenía ni cristal, ni bola, ni...
—Hubiera servido una taza con agua, como sabes perfectamente. Es muy peligroso volar en solitario, sin alguien que te ayude a volver, si fuera necesario.
—Bueno, pues no lo he necesitado. He vuelto sin problemas.
—Podías haberme pedido ayuda —la frustración se mezclaba con la pena en la voz de Rosalie—. Por todos los santos, Alice, ¿tanto me odias?
La sorpresa hizo que la joven bajara las manos boquiabierta.
—Yo no te odio. No podría...
—¿Qué te ha pasado? —El enfado de Rosalie desapareció al ver las marcas rojas en el cuerpo de Alice. Rápidamente le abrió la camisa y se estremeció—. Ha sido él. ¿Cómo puede ser? Tú estabas dentro del círculo y él no es más que un hombre. ¿Cómo pudo romper tu protección y marcarte así el cuerpo?
—No es simplemente un hombre —dijo Alice de forma inexpresiva—, ya no. Hay algo en él muy fuerte y oscuro; parte de eso está aquí. Hay un hombre en el hotel.
Le contó a Rosalie lo que sabía, igual que pensaba contárselo a Bella. Debían estar preparadas.
—Necesito estudiarlo y pensar —respondió Rosalie—. Encontraremos la respuesta. Mientras tanto, ¿aún tienes el amuleto y las piedras protectoras?
—Rosalie...
—No hagas el tonto, sobre todo no ahora. Ponte el amuleto, pero recárgalo antes. Tienes que apartarte de ese Harding hasta que sepamos algo más.
—Lo sé. No dejaré que esto suceda, Rose. Quiero que me prometas que me detendrás ante lo que pueda suceder.
—Encontraremos la forma de actuar. Deja que me ocupe de tus heridas.
—Me detendrás —repitió Alice, sujetando a Rosalie por la muñeca y apretándola con vehemencia—. Tú eres más fuerte que yo y sabes lo desesperada que debo estar para reconocerlo.
—Lo que haya que hacer, se hará —Rosalie apartó la mano de Alice con impaciencia—. Tus heridas son dolorosas, deja que te cuide.
—Durante un instante el dolor fue excitante. —Alice emitió un largo suspiro—. Me atraía, lo deseaba, así como lo que me pudiera suceder.
—Eso forma parte de su maldad, y eso también lo sabes. —Un miedo, frío y pegajoso recorrió la piel de Rosalie.
—Sí, lo sé y además lo he sentido. Bella y tú pueden resistirse. Bella debe permanecer junto a Edward. Yo he visto lo que puede suceder y no correré riesgos. Yo no puedo marcharme, no funcionaría, o sea que Jasper debe partir.
—No lo hará —Rosalie alivió el dolor de las heridas de Alice con la punta de los dedos.
—Le obligaré.
Rosalie puso su mano sobre el corazón de Alice y en los latidos pudo sentir el amor y el miedo. A su vez, su propio corazón se encogió de compasión.
—Inténtalo.
Hola hola ke les ha parecido este capi? dudas? preguntas?
espero sus reviewws
byee
